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Un hombre trabaja en su escritorio. Saca folios escritos y hojas nuevas. Repasa con la mirada lo que hizo el día anterior, se vuelve hacia las cuartillas y comienza a redactar. Está concentrado; su gesto varía conforme el texto avanza. Por su imagen (algo nublada por el humo de la pipa) podemos suponer que se trata de un académico, un profesional en sus asuntos.

Si miramos lo que hay en el papel tal vez cambie nuestro juicio: no escribe números ni lleva cuentas; no prepara una conferencia ni elabora un reporte; ni siquiera redacta una carta… Nuestro dedicado amigo escribe una novela.

Ronald Tolkien era catedrático de literatura inglesa en Oxford. Sólo unas cuantas personas sabían que en su mente se estaba forjando un mundo. Un grupo de colegas compartía con Tolkien el amor por la mitología. Todos los martes se reunían con él y el escritor C.S. Lewis [1] a beber una cerveza, leer textos y comentar sus reflexiones sobre la «imaginación creativa». Se hacían llamar los Inklings, algunos de ellos destacaron más adelante en el campo de las letras.

EN LA FRAGUA DE LOS RELATOS

Los Inklings se plantearon un problema que a todos nos preocupa, al menos un poco, al menos alguna vez: ¿qué caso tiene la fantasía, cuando lo que nos debe importar es la vida real? Todos soñamos de vez en cuando, algún «quisiera que» aparece en nuestro diálogo interno de camino al trabajo. Formulamos un «ojalá que» cuando no podemos resolver un problema.

Nos imaginamos una escena más o menos breve de nuestras esperanzas o temores y luego la sacudimos, para que se desprenda de la cabeza y no nos confunda. A veces es un impulso inevitable, otras algo mecánico y otras a fuerza de carácter ya nos hemos deshecho del curioso desvarío. Pero fantasear es algo natural aun en el más «aterrizado» de los hombres.

Como casi todos los escritores, John Ronald Reuel Tolkien supo hacer de ese hábito un arte. De hecho, se adentró en los caminos de esos ensueños porque descubrió en ellos una misión extraordinaria y además indispensable: dar el testimonio de la verdad y amar el misterio.

No es fácil para los hombres combinar verdad y misterio, pero Tolkien descubrió que la ficción lo hacía posible, de modo que sus novelas no fueron para él una afición, un hobbie como lo calificaron algunos colegas cuando sus libros triunfaron. Tenía con ellas un compromiso muy serio.

Lo que resulta quizá más extraordinario de su obra es que da frutos, como un árbol sembrado en buena tierra. Él amaba los árboles y estaría de acuerdo. En muchos de sus lectores queda la semilla del amor por la belleza y la palabra; la capacidad de mirar el mundo con esperanza. Es inspirador no sólo de la vocación de algunos escritores, sino de cientos de personas optimistas e ingeniosas, que aprendieron con él que es posible «vérselas con los gigantes» de su mundo diario y salir bien parados de tan descabellada ventura.

VERDAD CON FANTASÍA: ALEACIÓN INQUEBRANTABLE

Dicen que no hay autores ni obras intemporales: la aparición de El señor de los anillos coincidió con jóvenes ávidos de algo verdadero y consistente en qué creer. Los lectores de Tolkien pertenecen prácticamente al posmodernismo, muchos se encuentran en la llamada Generación X, que polémicas aparte se tipifica por la pérdida de sentido y finalidad. No es de extrañar que en torno se hayan suscitado cultos literarios, villas «medievales», juegos de rol y de video, páginas de internet, clubes y foros de discusión.

Contribuye a la formación de esta gran «comunidad tolkieniana» que leer solía ser una actividad individual, pero esta historia puede casi pide ser compartida con otros lectores, seducidos por la sospecha de que dentro del libro se cocina algo de su propia existencia.

A veces se presenta la tentación de sustituir la realidad por las ficciones, sobre todo cuando se encuentra en ellas cómo llenar el vacío que la vida cotidiana no satisface. Todo depende de un equilibrio delicado. Tolkien escribía convencido de que la fantasía tiene una función en la vida del hombre. En ella, apuntó, se forja el cumplimiento de algunos deseos humanos primordiales: la renovación, la evasión y el consuelo.

La creatividad renueva nuestra mirada sobre el mundo, la renovación es una «profilaxis contra el extravío». Nuestro mundo se vuelve monótono cuando cae en la prisión de lo cotidiano: una vez que poseemos las cosas dejamos de prestarles atención, hasta perderlas. Dejan de sorprendernos. Los mejores cuentos, dice Tolkien, tratan de las cosas sencillas que se iluminan con una luz peculiar. La evasión es la parte más irónica de la fantasía. No se trata de huir ni de rendirse; es «liberarse». El evasor no está sujeto a la moda, no convierte las cosas y situaciones en amos inevitables porque adquiere una doble destreza: mirar la realidad a distancia y, con una mejor perspectiva, reaccionar ante la imposición. Es una actitud muy distinta de la que supone perderse en otro mundo:

es convertirse en viajero frecuente entre uno y otro para atesorar lo mejor de ambos territorios e intercambiarlos [2] .

Finalmente, el consuelo da sentido a contar historias tan llenas de maravillas y constituye la motivación más profunda de Tolkien. Es un adelanto de la esperanza que tanta falta hace a toda persona y se encuentra en lo que el autor llama eucatástrofe: el repentino giro de la historia para que suceda lo que queríamos. ¡Como si nos concedieran un deseo!

No se trata del «final feliz porque sí» (¡no es nada fácil de conseguir!), pues no se niega la posibilidad de la tristeza y el fracaso; sólo si ambos finales son viables la historia se acerca de veras a la vida. Es sólo que la eucatástrofe proporciona una visión fugaz del gozo eterno y es tan penetrante como el sufrimiento mismo.

Cuando este ensueño toca el corazón, dice Tolkien, «nos atraviesa un atisbo de gozo que escapa del marco, atraviesa realmente la misma tela de araña de la narración y permite la entrada de un rayo de luz» [3] .

Como profundo católico, todas las inclinaciones y facultades de Tolkien tienen una finalidad en consonancia con el anhelo de la humanidad: la de ser redimida.

¿ENGAÑO ENFERMIZO?

La intención de Tolkien no era evadirse de la realidad, sino aprovechar la distancia natural que en ocasiones suele tomar el hombre para buscar lo que es eterno y permanente. Pero en el camino advirtió que en esas tierras no se puede andar sin riesgo; a veces se puede confundir la verdad con la estupidez o el delirio Hay personas que confunden el mundo de las hadas con el real. Aunque la fantasía no se puede rechazar, porque sería arrancar del hombre algo tan necesario como el aire, tampoco puede pretenderse que alguien viva de aspirar el polvo de las hadas (valga la analogía).

En una reunión, C.S. Lewis preguntó si los escritores de cuentos se dedicaban a «dorar mentiras» [4]. Para responder, Tolkien compuso un poema llamado Mitopoeia, en que Filomito responde a Misomito la acusación de contar «mentiras a través de plata». La pregunta de Lewis señalaba simplemente lo que muchos piensan. La fantasía les parece peligrosa porque hace trucos y combinaciones, como si un mago quisiera cambiar la realidad o engañarnos. Una actividad así sería ilegítima y antinatural.

Ante la desconfianza, Tolkien asegura que esta forma de creatividad es natural en el hombre. No destruye su capacidad de comprender la realidad, sino que la mejora; es incluso una poderosa aliada de la sabiduría. «Una de las enseñanzas de los cuentos (si es que puede hablarse de enseñanza en las cosas que no la imparten) es que a la juventud inexperta, abúlica y engreída, el peligro, el dolor y el aleteo de la muerte suelen proporcionarle dignidad y hasta en ciertos casos sentido común» [5] .

Por supuesto, Tolkien también era consciente del peligro a que conducen los excesos y no dudó en advertir contra ellos; a la fantasía se la puede utilizar mal y aplicar a fines perversos, puede confundir las mentes de las que procede. Si en lugar de ayudar a conocer mejor la realidad, la imaginación la obstruyera, la fantasía como tal moriría y quedaría sólo un enfermizo engaño. Por eso el escritor debe esforzarse por labrar su obra con la consistencia interna que sólo da la verdad [6] .

SAGAS AUDACES, MAGOS EN TRANCES

De hecho, si lo pensamos con cuidado, se requiere un cierto grado de heroicidad para ser un escritor de literatura fantástica. Uno se imagina a una persona pacífica, ¿qué peligro podría correr, fuera de malgastar un poco el tiempo? (Muy su tiempo.) Lo cierto es que, aunque se halle en un inofensivo estudio, un escritor corre riesgos que no sospechamos.

Trabajar con la fantasía es similar al oficio de un mago. Para Tolkien era una suerte de habilidad, «una magia de talante y poder peculiares, opuestos a los vulgares recursos del mago laborioso y técnico» [7].

Si el artista combinara mal los elementos que forman su obra, podría ocurrir lo mismo que en un laboratorio de alquimia fuera de control aunque con suerte no pase de un experimento frustrado. El riesgo es que el alquimista media con una materia sumamente delicada: los anhelos del ser humano y aquello que está en el fondo de su corazón. Si lo que consigue es engañar, confundir, alterar a sus lectores, algo ha salido mal. Si lo que logra, con cuidado y sutileza, es encender una luz que suele estar apagada, ha obrado un auténtico milagro.

Así, ser cuentista profesional es mucho más que un juego. El autor de fantasías debe equilibrar sus facultades y recurrir a la fortaleza de su propia voluntad. Como el mago, tiene cierto poder sobre la realidad, sólo que no trata de alterarla, sino de conocerla y enriquecer su espíritu con ella. El punto de equilibrio se halla en hacerse cargo de sus límites y aplicarlos cuando sea indispensable.

¿Qué podría llevar a un hombre a aceptar tal riesgo, más si se trata de un individuo común, un académico aficionado a la buena charla, los paseos, los bosques y su pipa? Todo buen mago guarda celosamente sus secretos, pero deja pistas para los que quieran seguirlas, porque en el fondo no tiene nada que ocultar y sí mucho que enseñar. Ésa es la última y más importante certificación que podría exigir el lector circunspecto para aceptar la invitación de Tolkien y entrar al mundo que creó para nosotros.

LOS SECRETOS DEL TALLER (ENTRE UN MAESTRO Y SU APRENDIZ)

Alguna vez, Ronald Tolkien dijo que el material del que extraía sus historias procedía del «humus» de su mente, de todas las lecturas que había hecho, de su admiración por los textos antiguos con que trabajaba. También contaba que los cuentos se extraían de una especie de marmita en que se guardaban todos los sueños de los hombres. Pocas veces habló de su propia vocación en primera persona, pero desarrolló al respecto una teoría muy interesante: la del subcreador.

El hombre, admirado de la belleza con que el Hacedor creó el mundo, tiene a veces el deseo de imitarlo y pone manos a la obra. Se vuelve un «pequeño hacedor» en aprietos: por un lado, tiene una gran admiración hacia la Creación que nadie podría igualar. Por otro, cuando descubre su propia creatividad siente el deseo de esgrimir ese poder en el mundo exterior, aunque su obra jamás será una creación perfecta. Inventar mundos implica un dilema para el artista, porque pone en juego su relación con la realidad y con el creador verdadero.

Tolkien escondió una pequeña pista de su propia vivencia en uno de sus libros más importantes, El silmarillion. En las primeras páginas aparece un personaje llamado Aulë. Era un vala, tenía bajo su cargo dar forma a la superficie de la tierra y cuanto hay en ella: hizo las montañas y las llenó con minerales y gemas. Anhelaba tener aprendices para enseñarles el arte y los oficios de la roca, así que un día, escondido bajo las montañas, forjó a los enanos con la piedra.

Ilúvatar como los elfos llaman a Dios descubrió lo que Aulë había hecho y le hizo ver que aquellas criaturas dependían de su pensamiento, no podrían ser ni moverse si él dejaba de pensar en ellas.

Aulë explicó que había obrado por admiración, como un hijo que emula a su padre y le ofreció su torpe creación para que dispusiera de ella según su voluntad. Con todo, estaba tan apenado y temeroso de que Dios estuviese enojado con él, que decidió mejor destruir a los enanos y levantó el mazo contra ellos En ese momento los enanos se inclinaron. ¡Ilúvatar les había dado vida! Sin embargo, le advirtió que no arreglaría lo imperfecto.

Aulë es un gigante transformado en niño. El titán ha construido con sus potentes brazos el perfil del mundo, está orgulloso de su habilidad y fuerza; de pronto le vemos pequeño y avergonzado. La humildad de su respuesta nos conmueve: cuando ofrece la obra de sus manos a Ilúvatar, el artista convierte su trabajo en un homenaje al creador del mundo que tanto admira.

Un subcreador no puede menos que esmerarse en hacer lo mejor posible su obra: si se ve bendecida tendrá vida, pero llevará sólo aquellas cualidades que haya sido capaz de darle.

Tolkien lo sabía y por eso dice: «Todo escritor, todo subcreador que elabora un mundo secundario, una fantasía, desea en cierta medida ser un verdadero creador o, bien, tiene la esperanza de estar haciendo uso de la realidad; esperanza de que la índole típica de ese mundo proceda de la realidad o fluya hacia ella» [8] .

La existencia de un mundo fantástico pende de un hilo muy frágil. Sin él, todo el universo se disuelve en la mentira que Lewis sospechaba. Pero esa fina hebra existe y su valor más grande del que se le concede: es crucial, como aquello que separa al ser del no-ser; algo que Tolkien estimaba de origen divino.

Todo artista es transgresor de alguna manera: es señor de las cosas de la naturaleza, pero desea de ellas mucho más que utilidad. Sus obras aspiran a vivir como seres independientes y libres, dueños de un lenguaje y una historia.

En cada página de El señor de los anillos, o de cuentos como Hoja de Niggle y El herrero de Woonton Major, J.R.R. Tolkien hace vida la convicción de que «la fantasía sigue siendo un derecho humano: creamos a nuestra medida y en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no sólo creamos, sino que lo hacemos a imagen y semejanza de un Creador» [9] .

Ronald Tolkien era un hombre versátil. Como padre, profesor y colega, hombre de su tierra, de su mundo y de su Dios, consagró su vida a buscar las raíces escondidas en el corazón (una suerte de Tierra Media), donde se hallan el sentido y la esperanza del hombre; enriqueció su búsqueda de tal manera que hizo de ella un poema heroico para compartir su viaje y, si es ventura, el final feliz.

EPÍLOGO (PARA UN LECTOR EN SU AGUJERO)

A veces la obra de Tolkien asusta más que sus gigantes y dragones. El tamaño de los libros tiene el mismo aspecto que los enanos desproporcionados de Aulë. La saga completa inicia en El silmarillion árbol del que nacen todas las ramas, aunque se publicó hasta la muerte del escritor, pero para comenzar a leerla se recomienda El hobbit y luego los tres tomos de El señor de los anillos.

Además hay otros libros con historias a medio forjar es como si nos asomáramos al taller de un herrero y lo halláramos repleto de fragmentos. Visto así, lo mismo que fascina a unos aterra a otros: hay un camino muy largo por delante.

Dos cosas puedo asegurar: los libros son efectivamente mágicos, resultan más breves de lo que uno creía, se leen en menos de lo que uno calculaba y se disfrutan más de lo que parecía. Tolkien debió gozar mucho sus novelas para dedicarles tanto tiempo durante varios años. Él mismo tenía ganas de saber en qué iban a parar las historias y qué ocurriría con sus personajes. Sólo que prefirió trabajar con cuidado para que la obra marchara tan bien para sus lectores como para él.

En segundo lugar, hoy nos cuesta trabajo comprometernos. Somos hábiles para hacer muchas cosas a la vez sin dedicarnos a una concreta, salimos del paso por inercia y, si el dragón de los tiempos nos vence, pocas veces nos levantamos a buscar otro medio para derrotarlo: nos quedamos ahí o conseguimos otro dragón menos aterrador porque, sucede que los dragones sí existen, ¿qué vamos a hacerle?

Tolkien contaba con eso. No en balde la historia comienza con un hobbit que prefiere una cena caliente y la siesta a los largos paseos. Sus antihéroes nos pertenecen como no puede hacerlo Sigfrido, aquél que nació héroe, y los lectores tolkienianos, igual que sus personajes, solemos gustar más de los cómodos agujeros hobbit. Sin embargo, pica nuestra curiosidad y nos hace recorrer página por página llevados de la mano, y así seguimos la senda de los grandes. Al final, los pequeños se cuentan ya entre los héroes, han sido forjados por el camino, paso a paso. ¡Era más aburrido quedarse atrás!

Por último, seguir el camino nos regresa siempre a casa. Volver a casa es regresar a uno mismo, conocedor y poseedor de su lugar en el mundo. La fantasía hace de la vida una gran empresa.

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[1] Autor de las Crónicas de Narnia, Cartas del diablo a su sobrino, así como de varios ensayos antropológicos como La abolición del hombre y Sorprendido por la alegría. La figura de «Jack» Lewis fue protagonizada por Anthony Hopkins en la película Tierra de sombras.

[2] Sobre esta idea, recomiendo un cuento maravilloso, de los últimos que escribió Tolkien y que no pertenecen a ninguna de sus sagas. Se llama El herrero de Woonton Major, publicado en castellano junto con otros cuentos independientes: Egidio, el granjero de Ham y Hoja de Niggle. Editorial Minotauro.

[3] J.R.R. TOLKIEN. «Sobre los cuentos de hadas» en Árbol y hoja. Minotauro. Barcelona, 1994.p. 84.

[4] Estas conversaciones, según cuenta Humphrey Carpenter, se desarrollaron en el marco de una reflexión sobre el modo en que en Cristo se cumplen y subliman todos los mitos. Dichas pláticas entre Lewis, Tolkien y Dyson contribuyeron a la conversión de Lewis al cristianismo.

[5] J.R.R. TOLKIEN. Op. cit., p. 58.

[6] Ibid., p. 60.

[7] Ibid., p. 21.

[8] Ibid., p. 86.

[9] Ibid., p. 70.