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EMPRESA Y EDUCACIÓN

La racionalización de la empresa la vació por motivos en parte muy justificados de todos los valores amistosos y familiares que ahora, paradójicamente, echamos en falta. Ya se ha señalado la desconexión in crescendo entre empresa y enseñanza. Se trata por desgracia de dos campos, pilares de nuestra comunidad, cuyos caminos han divergido hasta llevar a posiciones inexplicablemente despreciativas y antagónicas.

Los empresarios son considerados por los universitarios como pragmáticos y miopes, y los universitarios reciben de los primeros el calificativo de teóricos y visionarios. Esto es así incluso en ámbitos que deberían estar fuera de toda sospecha, como los departamentos de capacitación de empresas y los institutos de administración de negocios. Los unos consideran a los otros como sobrantes, dada la labor y existencia propia, en lugar de hacer un trabajo educativo complementario.

Hay ingentes esfuerzos de ambas partes para remediar tan lamentable estado; sin embargo, notamos un gran hueco. La empresa se preocupa ahora por la educación básica y superior formalizada, pero parece olvidar la aportación educativa de la familia. Diríamos incluso que se ha erigido institucionalmente en enemigo demoledor de la familia como ámbito educativo primero e imprescindible, sin el que las demás instituciones de enseñanza construyen sobre arena.

Se ha provocado una grieta al separar en la educación, de una parte, el acopio de conocimientos, y de otra, la formación del carácter; de manera que se ha puesto el portentoso poder actual de la técnica en manos de personas caracterológicamente depauperadas. No hablamos sólo de una pequeña grieta de nuestra cultura. Cristopher Dawson advierte que la gran tragedia contemporánea es haber separado el conocimiento científico (e ideológico) de la vida personal.

INSUSTITUIBLE FORMADORA DEL CARÁCTER

Fue una equivocación que la familia se haya inmiscuido en las relaciones mercantiles desvirtuando su naturaleza (de ambas instituciones;pero fue también erróneo que el racionalismo, aplicado en la empresa para corregir aquella desviación, haya eliminado del dintorno de la organización, por la ley del péndulo, valiosos factores familiares que deberían haberse mantenido y acentuado. Lo que acabamos de afirmar nada tiene que ver con el hecho sociológico de las empresas familiares, que seguirán naciendo y existiendo, fracasando por querer aferrarse a su condición extremadamente familiar y triunfando precisamente también por la inspiración familiar que las alienta.

Ahora reclama nuestra atención que la empresa, al desconfiar de la presencia en ella de relaciones familiares espurias, ha olvidado que la familia es la forjadora primaria e insustituible del carácter de los individuos que después trabajarán en la compañía.

La familia sigue incrustada inamoviblemente en la empresa; el carácter de quienes la constituyen ha tenido su vigoroso ojo de agua, para bien o para mal, precisamente en esa familia, ahora sospechosa. Es imposible contratar a un profesional químicamente puro. Toda persona llega a la empresa, no ya con adherencias, sino con estructuras caracterológicas, poso de su pedigree familiar.

Nos dice A. Sison que en el seno de la familia se obtiene la primera y más importante experiencia de pertenecer a una sociedad. Y la pedagogía actual nos enseña el acento que revisten las experiencias personales vividas en los llamados períodos sensitivos de la existencia.

En la pertenencia familiar se da un fenómeno valiosísimo para el proceso económico de los países y la empresa: «en lugar de ser considerado como un costo, cada miembro de la familia se valora como un recurso y un activo. Si en alguna ocasión los seres humanos se han de comportar en una organización de acuerdo con reglas distintas al egoísmo, necesitan tener un fuerte sentido de pertenencia. Este sentido de pertenencia, el orgullo colectivo de las tradiciones familiares, la responsabilidad compartida en ellas, son asuntos que las familias y los negocios familiares siempre han conocido para aprovecharlo por completo. Las familias son comunidades de confianza y sólo a través del manantial de las familias es como se podrá producir la confianza y transmitirla a otros foros de asociaciones, incluyendo las empresas mercantiles».

Sison no ha querido decir, ni nosotros con él, que para constituir una empresa en que rija la confianza ésta deba ser familiar. Lo que señala es que sólo un individuo perteneciente a una familia con valores bien constituidos será un componente de ese tipo de empresas al que aspiramos, en el que las personas sean consideradas como poderoso capital productivo (capital social y humano) y no como un costo de nómina, que, como todo costo, debe minimizarse.

Desde Max Weber se ha difundido la idea de que el familismo es perjudicial para el desarrollo económico. Hay que entender que la extensión de los valores familiares a otras instituciones sociales distintas de la familia misma (entre ellas las empresas mercantiles) no es lo que Weber, y posteriormente Francis Fukuyama ¾ en Confianza¾ , entendieron por familismo, sino, curiosamente, todo lo contrario.

El familismo es un modo de comportamiento social (común al parecer en China, Italia y Francia) según el cual ningún ciudadano es meritorio de confianza si no pertenece a la familia a la que yo pertenezco. En otros países, familismo es la perspectiva social por la que no admito más amistad que la que tiene lugar entre mis familiares.

Pero lo que nosotros pretendemos y sostenemos es, de alguna manera, lo contrario: quien ha practicado la verdadera amistad, el auténtico sentido de pertenencia, el amor de dádiva en su familia, será capaz de hacerlo fuera de ella. Y aún algo más fuerte: quien no ha sido generoso en su entorno familiar difícilmente podrá serlo en otro, especialmente en el de la empresa por el mercantilismo que en ella subsiste y se alienta.

«LA FAMILIA», CIMIENTO DE «LA COMPAÑÍA»

Cuando se dice hoy, frente a la complejidad que han adquirido las organizaciones, que debe regresarse a lo básico, lo básico se entiende como el conocimiento de los principios de la empresa, de sus tareas elementales que se han perdido en la maraña de la sofisticación académica.

Pero lo básico no son los primeros conocimientos gerenciales ni los fundamentales conceptos de empresa. Lo básico es el hombre y sus características como tal, de las que surgirán los modos de ser y hacer de la empresa. Como recuerda Pamies Boera, «la empresa no puede tener personalidad si su gente no tiene carácter». Por ello nos encontramos con empresas que no poseen «el espíritu, la actitud, el compromiso, la responsabilidad, la pasión, las virtudes humanas… salvo en lo que afecta directamente a la cuenta de resultados». El retorno a lo básico debe entenderse, pues, como el regreso a casa, la vuelta a la normalidad existencial de la condición humana.

Esta falta de personalidad se refleja hasta en la terminología. La expresión de la casa para referirse a la organización manifestaba que había algo hospitalario, acogedor, incluyente en ella. Se conserva aún al hablar de la compañía. Se pierde en la maraña jurídica cuando se habla de la firma. Al hablar de la casa indicamos, igual que en la familia, que allí se comparten los fines, condición primera para hacer bien las cosas; indicamos la intención de servir a los demás y el deseo de que sean mejores; que hay conocimiento de las dificultades y se «asumen como propias».

Cuando el hombre enfoca su trabajo como parte de las «circunstancias de la vida ordinaria» y no desea en modo alguno dejar de ser la persona que lleva a cabo el trabajo, en el que rige «la solidez del temple interior», pone en juego toda una trama de virtudes: fortaleza para perseverar; templanza para superar la comodidad; «justicia para cumplir nuestros deberes con Dios, con la sociedad, la familia, los colegas»; prudencia para saber lo que conviene hacer y hacerlo sin dilaciones.

Juan Pablo II, con una actitud muy positiva frente a la empresa, reconoce en los empresarios «su dinamismo, espíritu de iniciativa, férrea voluntad, capacidad de creatividad y de riesgo, que han hecho de ellos la figura clave en la historia económica…». Lo que tememos es que estas cualidades decaigan en falta de compromiso, responsabilidad, virtudes humanas… Y ello, no por una degradación endógena de las empresas en cuanto tales, sino por un decaimiento de esos valores en la familia y, como consecuencia, de quienes constituyen la empresa.

OPCIONES PARA LA FAMILIA

Hace apenas una década nuestra sociedad tenía disímbolos conceptos del hombre, los cuales han perecido ahora en su mayoría, al hacerlo quienes los preconizaban. Estas disidencias respecto a lo que el hombre es y debería ser, afectaban la sociedad, partiendo desde su misma semilla la familia y continuando con las sociedades intermedias especialmente escuela y empresa hasta llegar a la misma concepción del Estado.

Pero ahora la familia se encuentra en otras circunstancias. No nos enfrentamos a un concepto determinado del ser humano, sino a su posible carencia. El regreso a la normalidad de la vida humana es para nosotros, en Occidente, esa revaloración del hombre sencillo, lo que, según Józef Glemp, cardenal primado de Polonia, busca el cristianismo: mantener la simplicidad, unidad y coherencia originarias del hombre, concebido como ser personal espiritual, que para vivir su vida con plenitud no necesita complejas reglamentaciones ni sofisticadas ofertas materiales. Mas los ramalazos de la cultura contemporánea parecen no buscar la sencillez del hombre, sino su desaparición, empezando por la familia misma, eliminada la cual sólo nos queda un estilo nebuloso de existencia, cutáneo y superficial, sin raigambre, oriundo de ningún sitio.

Regresar a lo básico implica revivir lo que Weber llamó comunidades de carácter personal, en donde cuentan más los individuos que las cosas, y florecen a plenitud los valores familiares y las relaciones de amistad.

Pero tal opción, que apunta a las más clásicas potencialidades humanas, desde dar a cada uno lo suyo, hasta esforzarse para adquirir lo propio, se enfrenta con ese otro modo de vida y crece con pujanza entre las grietas del edificio desvanecido en el eclipse del momento contemporáneo, que se encuentra en su equinoccio.

EL LAMENTABLE HOMBRE DE NATA

¿Qué es lo básico en el hombre? Poseer un carácter y contar con una personalidad: no ser una célula delicuescente, sino firme. Un hombre firme comprende aquello que asegura Ortega y Gasset: «no somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria ya está absolutamente determinada. Las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos». Ser hombre es construirse a sí mismo: no dejarse ser.

Las personas sin carácter ¾ de barro¾ no deciden, son manipuladas, determinadas por las circunstancias. De modo diferente se comportan quienes se asemejan a las rocas: son siempre los mismos, idénticos sean cuales fueren las coordenadas en que se encuentren. Las circunstancias no los desfiguran, al contrario, ellos configuran las circunstancias.

Nada más antipático que una falsa firmeza, manifestada en una actitud mental intolerable, inflexible, arrogante o dura. Pero también nada más lamentable que un hombre de nata.

No toda firmeza es manifiesta. Hay quienes parecen débiles y van dejando huella y poso en los demás: ¿qué huella dejamos en las personas con las que convivimos? En mis tiempos de juventud romántica, tal vez dejó un profundo rastro, ya imborrable, el debilucho y enfermizo poeta John Keats, muerto a los 26 años, quien, sin embargo, pidió que pusieran sobre su tumba: «aquí yace un individuo que escribió su nombre sobre agua».

En cambio, Ibsen compara un hombre sin carácter con una cebolla: «Pir Guint se parecía a una cebolla que se va desmoronando sin llegar nunca a un punto sólido». La vida para él no consistía más que en una sucesión de meses y años que el viento se llevó, sin descubrir un centro resistente. Los «Pir Guint» pueblan la tierra y hacen de ella un vasto campo de cebollas.

El carácter del individuo y la consistencia de su vida, que llamamos firmeza de personalidad, es más importante que la ideología que sustente, el modelo social que persiga o el partido político al que se adscriba. Si me encontrara un hombre veraz, noble y humilde, quizá no requeriría preguntarle su afiliación política: si estuviera en un partido equivocado sería capaz de cambiar al partido o cambiarse a otro.

Como manifestó Huntington, lo que a la gente le importa en definitiva no es la ideología política o el interés económico: fe y familia, sangre y creencias, son las realidades con las que los pueblos se identifican y por las cuales están dispuestos a luchar y morir. Franco Kuharic, cardenal primado de Croacia, que bien sabe de esto, añade a esos conceptos el lugar donde se ha nacido y se vive; para nosotros, México.

La firmeza del carácter se adquiere en la medida en que desplegamos en nuestro interior tres capacidades: de compromiso, de renuncia y don de sí. Estas capacidades, innatas en todo hombre ¾ concebido de acuerdo con una idea cristiana de la existencia, no freudiana, marxista ni conductista¾ , harán que la familia no se convierta en un nido de egoísmos, sino en cuna de la amistad, porque es donde prende y se abre en abanico floreciente la semilla del amor de dádiva, sin el cual no hay amistad posible. La empresa debería cuidar que estos valores fundamentales no se pierdan y procurar no ser un agente de su disolución.

LA MEJOR RED DE SEGURIDAD SOCIAL

Rafael Alvira ha denominado a la familia como una llamada de ánimo para dirigir la mirada hacia nuestro origen, a lo que somos y para lo que fuimos proyectados hacia adelante; como el espacio espiritual de determinadas virtudes requeridas imperiosamente para la sociedad. Nosotros encontramos que esas virtudes tienen peculiar importancia para el nacimiento y desarrollo de las organizaciones de todo tipo, incluyendo las mercantiles.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que «la virtud hace que los bienes sean comunes entre los amigos». Por esto la familia propicia la comunidad de bienes no de manera estrictamente automática, sino cuando sus integrantes son virtuosos. Por su parte, el cometido del gobernante no será ordenar o mandar que los ciudadanos actúen conforme a la virtud, «sino promover estas inclinaciones entre los ciudadanos a través de una buena legislación», considerando «la virtud y la maldad propias del ciudadano».

Las leyes solas no bastan: «se necesita un resorte más, que es la virtud». Por ello, «al Estado no le corresponde per se formar en la virtud, sino sólo a los padres. Por naturaleza, ningún Estado está más preocupado por la educación de mis hijos que yo mismo. Sólo subsidiariamente, para coadyuvar la acción de los padres (…) podrá tomar este papel».

Ello confirma nuestra tesis de que el espíritu desenvuelto en la familia resulta de particular provecho para el ejercicio de la empresa y, además, que la familia es la forma natural primera de una sociedad, de cuya inspiración no deben eximirse las demás.

Para Alvira, la virtud familiar por antonomasia es la magnanimidad, la grandeza de ánimo, que se despliega en una triple faceta: entusiasmo para empezar, tenacidad para seguir, y desprendimiento para buscar el bien de los hijos y no para la conservación familiar inicial. Resulta evidente el efecto que estos tres rasgos de la persona tendrán en la empresa, cuando se vuelcan a ella desde la familia (entiéndase bien: gracias a quienes encarnan esas cualidades porque las han asimilado en la familia y ahora se viven en la empresa). Esta relación empresa-familia es muy distinta de la que se encuentra en las empresas familiares, donde se copia el comportamiento de una familia y se traslada, con sus méritos y defectos, a una empresa que es, además, propiedad de esa familia.

Pero también resulta evidente que vivificar la empresa gracias a estas virtudes crea en ella el clima de amistad que resume y compendia esa vivificación. En efecto, el momento cimero de la dinámica familiar es el desprendimiento, enteramente paralelo o igual al amor de dádiva, a su vez, cima de la amistad.

En este terreno, Rocco Buttiglione arremete contra el concepto del self-made man, del hombre que piensa erróneamente que su éxito es producto del propio trabajo y esfuerzo. Esto no es una alabanza de la originalidad inagotable, por cierto del individuo, sino una exaltación del egocentrismo. Los verdaderos éxitos no se logran en el aislamiento, sino en la comunión; igualmente, las verdaderas familias proporcionan al individuo aislamiento el ser persona miembro de una comunidad. Si de la familia no surgen personas, no es una familia auténtica.

Esta condición de la familia se adquiere en tres etapas: infantil, donde se manifiesta nuestra dependencia de otras personas y descubrimos la gratuidad y el don del que somos destinatarios; juventud, donde la anterior experiencia del don como sujetos pasivos incita a convertirnos en agentes activos de ese don, comulgando con otros, que dará lugar a otra familia. Esta comunión dista mucho de limitarse biológica o corporalmente, sino que se centra en un encuentro también espiritual.

Finalmente, esta condición de ser persona se patentiza en la muerte. Pero no la propia, como acentúan los existencialistas, sino la de alguien familiarmente cercano: su ausencia nos ayuda a comprender que no nos encontrábamos meramente en sociedad con un individuo, sino en intimidad con una persona, ante cuya falta nuestro ser íntimo se tambalea.

Muy en relación con el tema de la empresa incluyendo su capital monetario se ha entendido también a la familia como la primera y más sólida red de seguridad social, previsora del desempleo, jubilación, salud y educación, las cuatro áreas básicas del sistema de bienestar, hasta decir, por ejemplo, que desempeña una función amortiguadora decisiva en el desempleo.

Con una visión sintética de cuanto decimos, Leonardo Polo asevera que el futuro de la nueva sociedad se finca en la familia, la empresa y la universidad. Esa sociedad funcionará benéficamente en la medida en que estas tres instituciones den de sí, reconociendo su autonomía y dependencia, intensificando sus relaciones sin confundir su naturaleza propia.

Esto nos conduce a considerar el papel de las universidades en la formación del carácter que requieren poseer las personas integrantes de la empresa.

UNIVERSIDAD, REFORZADORA DEL CARÁCTER

La formación del carácter es tarea de toda la vida, no sólo en su mantenimiento, sino en su desarrollo. Detectado el deterioro ciudadano de Estados Unidos, y definido que en las universidades se da más importancia al desarrollo de la inteligencia que al del carácter, un grupo de universidades estadounidenses se reunió en Aspen para determinar el tipo caracterológico que desearían formar en sus ciudadanos, y a cuya consecución deberían abocarse, como tarea fundamental a realizar, sin tardanza ni dilaciones.

Por la complejidad misma del tema, el objetivo debería limitarse a un numerus clausus de virtudes. Habrían de determinarse los seis rasgos del carácter básico de las personas capaces de aglutinar una sociedad en la que valiera la pena vivir, sustituyendo la actual.

El problema no sólo fue la determinación, sino la determinación reducida. La tabla expuesta a continuación resume las condiciones de este importante y original estudio. Junto a las seis cualidades básicas se recogieron también otros ocho rasgos característicos implícitos que corresponden a ellas y les resultan necesarios.

Declaración de Aspen

Virtudes básicas

Virtudes implícitas

1. Integridad

Sinceridad y lealtad

2. Respeto

3. Responsabilidad

Autodisciplina y esfuerzo

4. Equidad

5. Atención

Compasión

6. Ciudadanía

Obediencia a las leyes, obligación de estar informados y deber de votar.

Podemos percatarnos a simple vista que una empresa formada por individuos personalmente desarrollados en estas 14 cualidades tendría un destacado diferencial competitivo y cooperativo. El mercado se vería reanimado por la concurrencia de empresas que lo harían más humano, habitable y funcional.

Pero nosotros deseamos destacar lo que conviene para nuestro propósito:

1. La integridad, respeto, equidad, atención y ciudadanía, mencionadas en las virtudes básicas, y la sinceridad, lealtad y compasión, enumeradas en las implícitas, son claramente constituyentes de las relaciones amistosas.

2. Los beneficiosos rasgos caracterológicos no serían conseguidos en ninguna universidad del mundo, por firmes que fueran sus propósitos, si los estudiantes no hubieran comenzado a vivirlas en sus familias; peor aún, si sus familias marchasen en contra de esa corriente. Las comunidades vitales, en las que las personas ocupan sin duda el primer lugar, no sólo son cimiento de las empresas, sino también de las universidades y la sociedad entera.

En resumidas cuentas, tendremos que convenir, de una manera u otra, que «ser un buen trabajador no es dedicar a la empresa 20 horas al día. Las empresas, para salir adelante, necesitan el impulso de personas sanas, equilibradas y felices. Y ninguna persona, ni hombre ni mujer, tiene salud física y psíquica si no se sabe amada sin condiciones por sus personas más allegadas y si no se preocupa de ellas haciendo de su bien el fin de su existencia».

* Resumen del capítulo XI del libro La amistad en la empresa. IPADE-FCE. México, 2001. 270 págs.