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En un reciente viaje a Vancouver mar y verdes montañas con picos nevados, orden, naturaleza y deportes me atenazó el alma un remordimiento. Justo al llegar conocimos a Julien, joven francés de 21 años que estudia allí para capitán de la marina mercante. Al saber nuestro origen empezó a preguntar sobre México, no sobre el folclor ni sobre la polución (tema esencial para los canadienses), a él le inquietaba, y mucho, otra cosa: ¿ cómo afrontan en su vida diaria el hecho de que haya tantos pobres en su país, cómo pueden vivir así?

Se me atragantó el desayuno y respondí como pude, diciendo que es una responsabilidad para todos los que tenemos la suerte de contar con educación, un trabajo y las posibilidades de la cultura, ayudar a quienes no lo tienen.

La pregunta, sin embargo, no ha dejado de martillarme. Estamos tan habituados a esa cruda realidad que la vemos natural, «así es nuestro país, es un atavismo del paisaje». Por otro lado, la excusa de siempre: «es el gobierno, es el sistema, sólo las grandes instancias pueden idear cómo resolver tan grandes problemas. ¿Qué puedo hacer yo ante una realidad tan compleja?».

Ciertamente muchos ayudamos de varias formas, pero ¿es suficiente? ¿Se puede aquietar la conciencia con un poco de ayuda? ¿No tendríamos que estar todos los que tenemos arriba de un peso involucrados hasta el tuétano para ayudar a los que no tienen ni uno?

En su libro Qué hacemos con los pobres, Julieta Campos comenta que ya Ignacio Ramírez (El Nigromante) formulaba esa pregunta en 1875; la respuesta sigue pendiente y ella agrega: «¿No es acaso evidente que los problemas globales se gestan en los espacios locales y deben entenderse y atenderse allí para que puedan incidir las soluciones en un auténtico cambio mundial?».

Aunque el problema sea enorme, cada uno tendríamos que explorar todas las posibilidades para mejorar esa realidad vergonzante y combatir el clima de inercia en que vivimos, descartar que es problema sin remedio y que tocará a las futuras generaciones solucionarlo.

Una de esas historias curiosas que mandan por e-mail cuenta que en algún lugar querían acabar con el amor y enviaron para ello a la envidia, la soberbia, la discordia Lo dañaban, sí, pero se recuperaba; al final surgió del rincón la rutina y, con voz tediosa aunque segura, se ofreció a matarlo, y lo logró. En México nos ha sobrepasado la rutina, ha minado la solidaridad, pasar la factura al gobierno de turno ha dejado un fuerte déficit en la participación de cada ciudadano concreto y hasta en la esfera pública, teñida de intereses y egoísmo.

Todos, individuos e instituciones, jóvenes y adultos, tendríamos que responsabilizarnos de una parcela en esas comunidades rurales y barrios urbanos donde habita la mayoría de los mexicanos.