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FULGURACIONES

Jack Smith es uno de los mejores novelistas del presente siglo. Su libro Fulguraciones es considerado por la crítica como “la” novela de finales del XX. Factura impecable, trama sólida, personajes vivos: Fulguraciones es una obra maestra de la literatura anglosajona.

El asunto es sencillo. El personaje central, Calvin Truman, impulsa el resurgimiento del Ku Klux Klan en el sur de California. Calvin es un defensor de los valores tradicionales de la cultura WASP amenazados, en su opinión, por los mexicanos, las feministas, los judíos, los negros y los gays. A lo largo del libro, Smith va argumentando por boca de Calvin las razones por las que homosexuales, mujeres y minorías raciales deben ser despojados de la ciudadanía norteamericana. El autor recoge con crudeza y pinceladas de trazos finos, los defectos e inconvenientes que se han generado en la sociedad yanqui en torno a los barrios de inmigrantes, los movimientos gays y las actitudes feministas. Al mismo tiempo, resalta las virtudes y simpatía de Calvin: un tipo agradable y afable, que captura la benevolencia del lector desde el primer momento. Finalmente, Calvin es brutalmente masacrado junto con su familia sin que se encuentre a los asesinos. Todo hace suponer que fue venganza de una minoría.

En tan sólo un año, las ventas de Fulguraciones en Estados Unidos reportan 15 millones de ejemplares, y ocupa el primer lugar de ventas en Inglaterra, Alemania y Australia. Actualmente se prepara la traducción castellana y pronto se venderá en España.

¿Le gustaría a usted que su hijo de nueve años leyera Fulguraciones? Si la respuesta es negativa, tiene usted suerte. Fulguraciones no existe.

LA CABAÑA DEL TÍO TOM

La opinión norteamericana del siglo XIX estaba poco sensibilizada sobre la esclavitud. A la mayoría de los americanos, la venta y compra de negros como si fuesen cosas le parecía un hecho normal. La novela La cabaña del tío Tom removió los corazones y las inteligencias de muchos estadounidenses; sin ese libro muchos hubieran continuado indiferentes ante la brutalidad e inmoralidad de la esclavitud. La emancipación de los afroamericanos fue suscitada en buena medida por la novela de Harriet Elizabeth Sowe.

Nadie puede dudar de que hay libros que promueven valores positivos, libros que animan a la solidaridad, al respeto de los derechos humanos, a la compasión. Un colega poeta escéptico dedicado a la televisión lo dice de manera curiosa: “después de leer las novelas de Luis de Wohl se me antoja ser bueno”. Por supuesto que en mi opinión los gustos literarios de mi amigo son muy cuestionables. Después de leer al cursilísimo de Wohl, lo único que me queda es una fuerte migraña. Al margen de sus decadentes gustos, mi colega acierta al señalar un hecho: “hay libros que animan a ser mejor”.

Pero así como hay libros que animan a ser mejores, también existen libros que propician “contravalores”. Mein Kampf (Mi lucha) de Hitler es un texto poco aconsejable para promover la solidaridad y el pluralismo en la sociedad multicultural. A nadie nos gustaría que Mein Kampf se convirtiera en un nuevo best seller en Alemania.

Un libro es un conjunto de imágenes e ideas. Los libros son tramas y argumentos que mueven la sensibilidad y la inteligencia. Los norteamericanos que leyeron La cabaña del tío Tom fueron removidos por el sufrimiento del pobre esclavo Tom y su familia. Los jóvenes guardias de Auschwitz alimentaron su odio contra los judíos con las páginas de Mi lucha. Las ideas y las imágenes escritas por Hitler contribuyeron a inmunizar a los SS contra el sufrimiento humano: la tortura de niños y ancianos judíos les parecía algo razonable, tal vez, hasta moralmente bueno.

¿LEER O NO LEER?

La conclusión salta a la vista. Existen libros que en ocasiones conviene leer y existen libros que en ocasiones conviene no leer. Platón quien ha sido catalogado como fascista y totalitario por algunos se percató del poder de la palabra escrita. En La República donde describe su ciudad ideal el filósofo griego pone especial atención en lo que los poetas enseñan a los niños. Platón propone desterrar de su ciudad ideal la poesía heroica, pues las traiciones e infidelidades de los dioses deforman la religiosidad de los niños. El cristianismo romano también tempranamente advirtió el riesgo de algunas lecturas. San Basilio el grande autor del pequeño tratado Cómo leer la literatura pagana recomienda leer algunos clásicos que fomentan valores como la justicia y la valentía, a través de las hazañas de héroes de la antigüedad, pero también pone en guardia contra las lecturas paganas que fomentan el vicio.

Los neoilustrados se escandalizan como sus abuelos cuando escuchan hablar de libros buenos y libros malos, libros recomendables y libros inconvenientes. Clasificar éticamente los libros es afirman mientras se tiran de los pelos una actitud inquisidora, pueril, intolerante, cerril, totalitaria, mojigata: clasificar libros en “buenos” o “malos” es un renacimiento del Santo Oficio y del fundamentalismo islámico.

¡Cuidado! Palabras como “intolerancia” y “censura” se han convertido en armas arrojadizas que se lanzan contra el enemigo y lo descalifican de inmediato. Tan sólo estoy señalando un hecho: los libros promueven una actitud ante la vida. Como hay actitudes buenas y actitudes malas, luego, habrá libros buenos y libros malos. A nadie en sus cinco sentidos se le ocurriría afirmar que violar y asesinar niños es una actitud positiva. En consecuencia, un libro que promoviera tácitamente tal actitud no sería un libro bueno. Incluso un liberal furibundo tendría que reconocer su carácter nocivo.

Lo diré de otra manera. Se afirma que los libros son alimentos de la inteligencia. (La metáfora es cursi y azucarada, pero verdadera: continuemos con ella). Un pastel de chocolate es un alimento y, en ese sentido, es bueno. Sin embargo, el pastel puede resultarle perjudicial a un diabético, a un ulceroso, a un bebé, a un individuo que padece migraña. Sólo a un imbécil se le ocurriría afirmar que el médico es un “fascista”, “totalitario” o “mojigato” porque precave contra los riesgos del pastel en cada caso. Al diabético se lo prohibe taxativamente, al bebé se lo permite en pequeñas raciones, y al enfermo de migraña se lo permite únicamente en determinadas circunstancias. El paciente es libre de comer el pastel que le apetezca, pero le subirá el azúcar o le sangrará la úlcera. Ciertamente, también él conoce su propio cuerpo y percibe en cierta medida qué le hace o no daño, pero si es sensato, aceptará que el médico conoce mucho mejor los mecanismos fisiológicos y la acción del azúcar sobre ellos. La prescripción del médico es un criterio insoslayable.

Con los libros sucede algo muy similar.

Hay libros convenientes o libros inconvenientes; sólo los hipócritas y los analfabetos niegan el vértigo que ocasionan algunas lecturas.

Quien, en la adolecencia, haya leído Herman Hesse, sabe a lo que me refiero. Un libro influye: yo nunca recomendaría Una temporada en el infierno de Rimbaud, a un enfermo de depresión, le vendría mejor una novela de Agatha Christie o algún ensayo de Alfonso Reyes.

Perdamos el miedo a hablar de una ética de la lectura. Debemos asumir una actitud responsable ante el material impreso. Existen libros malos de la misma manera existen ideologías malas (el nazismo, el racismo).

LIBROS PROHIBIDOS

La expresión “libro prohibido” evoca calabozos, oscurantismo, cacería de brujas y quema de herejes; encapuchados dogmáticos, verdugos de la intelligentzia y de los bourgois bien-pensant. Trataré de exorcizar el término.

Tradición es un conjunto de creencias, de convicciones, de mentalidades, de costumbres aceptadas, habitualmente de una manera tácita, por una comunidad dada. Dos filósofos Gadamer y McIntyre han reivindicado el concepto de tradición. Un prejuicio típicamente ilustrado es afirmar que la pertenencia a una tradición es algo malo y, que por el contrario, no pertenecer a una tradición es bueno. Para los liberales ilustrados el ideal cultural es la asepsia ideológica, carecer de presupuestos tradicionales para estar abiertos a otras tradiciones. Atacan a los comprometidos con una tradición esgrimiendo contra ellos calificativos como “dogmáticos”, “intolerantes”, “fanáticos”. Por el contrario, los liberales se vanaglorian de pluralistas, open mindness y tolerantes. El “burgués bien pensante” pretende reducir al mínimo las repercusiones comunitarias de las tradiciones, de suerte que cada quien pueda vivir y pensar de acuerdo a su propia tradición en la intimidad de su casa, sin el “obstáculo” de otra tradición ajena. Propugna las “tradiciones privadas”, mientras que sus oponentes (yo entre ellos), proponen una tradición pública.

Varios filósofos han demostrado que la asespsia ideológica, la neutralidad, la objetividad, la ausencia de compromisos con una tradición es un mito. Cualquier individuo racional pertenece a una tradición. Todos vivimos comprometidos con determinadas creencias y pautas de comportamiento. La racionalidad humana requiere necesariamente de una tradición. No hay diálogo multicultural si no hay tradición previa. El pluralismo y la tolerancia dentro de este diálogo multicultural, sólo son posibles en la medida en que los interlocutores comparten algunos valores tradicionales. Pongo un ejemplo muy sencillo. Un fan de la selección de fútbol brasileña sólo puede “pelearse” con un seguidor de la selección francesa porque tienen algo en común. Las trifulcas entre los seguidores de Brasil y los de Francia son posibles gracias a que ambos entienden las reglas de fútbol y aceptan la autoridad de la FIFA. Un aficionado al criquet no se pelea con un fan del Real Madrid. El diálogo incluso en términos duros, de lucha exige un punto común en el terreno de las creencias. El simple hecho de discutir supone reconocer el valor de la palabra: ya estamos inmersos en una tradición de reverencia al logos.

Por supuesto, hay de tradiciones a tradiciones. Algunas son muy particulares; se circunscriben a una comunidad pequeña (las tradiciones de una fraternidad estudiantil en Harvard), otras son más generales (los albures mexicanos) y otras tradiciones son más universales (reconocer del valor de la vida humana, del diálogo, de la tolerancia).

Las tradiciones posibilitan el sentido de una serie de acciones y pensamientos. Por ejemplo, el guarismo “10010” sólo tiene sentido en la tradición de los números arábigos. Julio César no hubiera podido leerlo, pues sus signos numéricos eran letras. Incluso este número cambia su significado dependiendo del sistema que usemos, decimal o binario. Otro ejemplo más pedestre: muchos chistes pierden su gracia fuera de un grupo de amigos. Cuando un extraño los escucha no los entiende. Un último ejemplo: el testimonio de los Evangelios sólo tiene sentido pleno para los cristianos. Por eso santo Tomás escribió la Summa Contra Gentiles una obra para convertir musulmanes procurando no recurrir a la autoridad bíblica.

A toda tradición corresponde una antitradición: la negación de las creencias, principios y costumbres vertebrales de la tradición en que se vive. Y así como una tradición cultural suele reconocer un libro canónico, un resumen o exposición de los principios madre (e.gr. el reglamento de fútbol para los futbolistas), así suele reconocer libros prohibidos. Un libro anticatólico rechaza o cuestiona principios fundamentales del canon.

Es ingenuo suponer el desarrollo de comunidades culturales sin libros prohibidos. Toda comunidad posee un antilibro. Algunas reconocen abiertamente el “anticanon”, mientras que otras o esconden la lista negra, o no lo explicitan. La revolución cultural en tiempo de Mao Tse Tung prohibió las obras de Shakespeare; la Inquisición, las de Voltaire; y el poder judicial norteamericano, el filme antiabortista El grito silencioso.

En la sociedad neoliberal lo más frecuente es negar la existencia del anticanon. Esta negación parte del supuesto que el anticanon debe ser un listado oficialmente promulgado. No hace falta, sin embargo, dicha promulgación. El libro Sobre el cielo de Aristóteles es un antilibro de la astronomía contemporánea. Los estudiantes de astronomía no estudian directamente dicha obra, pues la tradición contemporánea niega la astronomía aristotélica. Un recetario de hechizos y embrujos es un libro prohibido en una Facultad de Medicina, el chamanismo y la brujería están expulsados de la comunidad médica. Quizá algunos pocos médicos estudien los rituales, pero lo hacen para rescatar elementos como la herbolaria, porque es compatible con la medicina moderna tradicional, o bien porque consideran que es un antecedente de la propia tradición. En cualquier caso, los estudiantes se forman con libros de texto, libros canonizados por la comunidad de expertos, y no con libros de sortilegios.

LA ATRACCIÓN DE LO PROHIBIDO

Hablando acerca del atractivo de los llamados libros prohibidos y de quienes tengan acceso a ellos estén bien formados académicamente, Jaime Torres Bodet escribió: El mal escritor lleva, en su ineficacia, un precioso antídoto. Los peligros principian con el talento. ¿Cuántos caramelos de miel de abeja o cuántos relatos de Ohnet sería preciso absorber para intoxicarse? No es fácil averiguarlo. Bastan, en cambio, algunos centígramos de heroína, dos o tres capítulos de Nietzsche o una página de Spinoza para empezar a sentirse exento de algunas obediencias tradicionales. Sin método y sin maestros, el parroquiano de ciertas salas de lectura podría compararse con un enfermo que se aplicara todos los díasy solamente por fe en los prospectos las inyecciones de acción menos previsible: hoy un centímetro cúbico de los Vedas; mañana, cinco gramos de Byron o de Gógol…

Somos hijos de la Ilustración: individualistas e idólatras del progreso. La burguesía adora las innovaciones y abomina de la violación de su intimidad: tiene desplantes de adolescente: no a la tradición, no a la autoridad.

A diferencia de otras culturas donde la tradición es respetada (piénsese en la veneración oriental a los ancianos y a la autoridad), la cultura burguesa es celosa de su individualidad y amante del futuro. Mientras que las culturas orientales veneran la tradición, el bourgois semeja un adolescente renuente a aceptar otra autoridad que su conciencia y otra incardinación en el mundo que sus intereses y caprichos. Los ilustrados burgueses rinden reverencia el libre mercado y a la intimidad de la conciencia.

En coordenadas culturales de la burguesía es lógico que los “libros prohibidos” resulten atractivos. Los adolescentes gustan de ir contra corriente, de utilizar pelo corto cuando se usa largo, y largo cuando se usa corto. Los adolescentes desprecian los consejos, son intromisiones: “yo sé lo que hago con mi vida”. No es de extrañar que los grandes consumidores de “libros subversivos” Nietzsche, Sade, Sartre sean los adolescentes. Usualmente tampoco los entienden, pero “se sienten” mayores, como cuando fuman y beben; quien quebranta la ley experimenta un fino placer. Tampoco es de extrañar mantengo el paralelismo que la cultura burguesa sea atraída por los libros prohibidos. Tanto para los adolescentes como para los burgueses, estas lecturas ejercen la fascinación de la novedad. El pensamiento burgués venera el futuro: avanzar es anular la tradición. He aquí la razón por la cual la mejor manera de lograr un best seller es presentarse como antitradicional. He aquí la razón por la cual tantos y tantos lectores devoran ataques contra su propia tradición. Los libros sobre ángeles sólo tuvieron éxito cuando el materialismo imperaba; los “valores” se pusieron de moda cuando lo habitual fue el pragmatismo cínico.

¿POR QUÉ LEER LO PROHIBIDO?

¿Qué de bueno hay en leer un libro contra la propia tradición? La respuesta es compleja. Se me ocurren tres motivos. Primero, para defender la propia tradición: no podemos defendernos de un enemigo que no conocemos. Segundo, para cambiar de tradición. Tercero, para enriquecer la propia tradición.

Un libro prohibido es un ataque radical a los principios de la propia tradición, cuestiona mi horizonte de comprehensión, dicho en terminología gadameriana. Un libro de texto, un handbook, es la sistematización de tal tradición, la antítesis del libro prohibido. Quien lee un libro prohibido debe saber lo que está haciendo, debe saber que ninguna tradición es inmune a los ataques de tradiciones rivales. Los libros, especialmente los libros bien escritos, influyen y pueden llegar a modificar mis creencias y costumbres. Recuérdese a Torres Bodet, hay un encanto, un embrujo en los textos perfectamente bien escritos, ese es el riesgo.

Un lector maduro pondera la conveniencia de las lecturas. Un lector inmaduro es un lector que lee indiscriminadamente.

No estoy afirmado que el lector ponderado no lea libros prohibidos; afirmo que reconoce en un libro prohibido un ataque contra sus convicciones y si lo lee, tiene un motivo proporcionado y procura adquirir la herramienta intelectual adecuada para digerir el texto prohibido.

El problema verdadero radica en que el lector inmaduro no está dispuesto a reconocer nunca sus limitaciones y carencias intelectuales. El bourgois antes está dispuesto a reconocer que es gordo y feo que aceptar la necesidad de estudiar más.

Antítesis del lector maduro es el individuo que ni siquiera sabe que pertenece a una tradición. Proclama una “apertura” total, signo de su estulticia: nadie está exento de juicios previos (pre-juicios). El lector frívolo no se considera perteneciente a ninguna tradición y se vanagloria de “leer de todo”. Se autoengaña y su falta de compromiso intelectual le obliga a ir de un lugar a otro según soplen los vientos culturales. La conciencia de pertenencia a una tradición no es un handicap, es una ventaja, pues conocer los propios límites es, de alguna manera, superarlos.

Todo individuo racional parte de unos presupuestos que no son negociados ni discutidos, son presupuestos a partir de los cuales se negocia o se discute. Así, un comprador y un vendedor de bienes raíces no discuten sobre la licitud de la propiedad privada de la tierra, sencillamente la presuponen. Con base en esta suposición negocian. Todos partimos de algún punto.

NO PAGO PARA QUE ME PEGUEN

Un expresidente mexicano cortó el subsidio a una revista política que lo atacaba. Su argumento: “no pago para que me peguen”. La idea es interesante. ¿Tiene sentido leer sin motivo proporcionado un libro que ataca mi propia tradición? Pongo otro ejemplo. Ariel Gómez lee la Anti Oda a la madre de Ariel Gómez. El poeta, llamémosle Cornelio Saucedo, es magistral. Ritmo, metáfora, brillantez, se dan cita en la Anti Oda. En ella, Cornelio afirma que la madre de Ariel es una ramera pendenciera, frívola y voluble que se prostituye para financiar un grupo terrorista. El poeta ataca a la madre de Ariel. ¿Qué sentido tiene que Ariel lea la Oda? ¿Por qué leería un insulto poético artísticamente bello a su madre? Mutatis mutandi algo similar ocurre con los libros prohibidos. Que un católico romano lea la Letanía de Satán de Baudelaire sin justificación es una actitud inmadura. El católico cree en la existencia de Dios y del demonio. Leer una serie de versos blasfemos es inmaduro. Que un librepensador lea tal poema es comprensible; para el librepensador, Satán es un mito. Los versos de Baudelaire carecen de cariz blasfemo, no ofenden sus creencias; no así para un católico. Otro caso, ¿tiene sentido que un judío lea “por gusto” un libro antisemita? Podrá leerlo por motivos específicos: conocer la naturaleza de las calumnias, detectar al infame escritor o prever un ataque con la comunidad judía, pero leerlo simple y llanamente por curiosidad, por “gusto”, denotaría una falta de sensibilidad. Sólo los tontos pagan para que se les pegue. Sólo los ingratos festejan las ofensas poéticas contra sus padres.

Un malentendido y falso pluralismo nos hace pensar que es conveniente leer sin ponderación, sin consejo. No es raro que quienes presumen de leer de todo, suelen ser tipos que con crasas dificultades leen un libro al año. Quienes están habituados a leer saben que hay más libros que tiempo. Son individuos que disciernen y que no echan en saco roto los consejos de los demás. Si yo pretendo hornear una lasagna “comible” y no cocino frecuentemente, lo sensato es revisar un recetario o pedir consejo a una persona con experiencia, no a un profesor de filosofía.

CENSURA Y LECTURA

Los censores me aterran. A lo largo del tiempo la censura no sólo se ha mostrado cruel e injusta, sino también ineficaz. Es imposible detener con prohibiciones las ideas. La experiencia lo demuestra.

Ningún hombre, ninguna institución humana puede consagrarse como intérprete único, absoluto y exclusivo de la verdad. Ni siquiera para nosotros los católicos, el Magisterio es el poseedor absoluto de la verdad. El Magisterio se pronuncia sobre muy pocos asuntos y pocas veces lo hace invocando su infalibilidad. Por otra parte, el ámbito de la Iglesia es espiritual y religioso; lo que no tiene que no esta ligado a la fe, moral y costumbres no es de su incumbencia directa. Por tanto, los listados de textos prohibidos son algo sujeto a revisión. No olvidemos, por ejemplo, que santo Tomás fue prohibido durante un tiempo por el obispo de París, y que la condena inquisitorial contra Galileo ha sido revocada por Juan Pablo II. Ni siquiera la Iglesia católica, a la que los ilustrados consideran como la prohibidora par excellence, elabora listados definitivos de libros prohibidos.

Como es sabido, después del Vaticano II, se abolió la pena canónica contra quienes leen libros del Index sin autorización. Ya no hay excomunión por leer a Voltaire. Lo que pocos saben es que no se abolió la prohibición moral. Esto quiere decir que cada católico ha de cuidar con sentido de responsabilidad su propia fe y que la Iglesia apela más al afán de sus hijos para preservar su fe, que a la amenaza de la excomunión. Se trata de sustituir la censura, por una ética de la lectura. Un lector maduro es un lector que se aconsejará, que tomará en cuenta sus circunstancias (disponibilidad de tiempo, estudios) para saber si debe o no debe leer un determinado libro. Es absurdo que un católico que jamás ha leído el Evangelio, lea De servo arbitrio de Lutero.

Leer sin ponderación alguna es un acto de vanidad; presuntuosamente se minusvalora el poder de un libro. Cuando yo empeño mi inteligencia en leer un texto que ataca mi tradición debo hacerlo conscientemente, sabiendo que su lectura puede hacer tambalear mis convicciones. A veces valdrá la pena hacerlo. Ojalá los nazis hubieran leído textos subversivos antinazis.

Pero no deben olvidarse dos puntos. Primero, que así como hay venenos corporales, también hay venenos intelectuales. Un libro que propicia el machismo, el racismo, el asesinato de homosexuales, la paidofilia, es venenoso. En contadas ocasiones será razonable probar un veneno, quizá como tratamiento contra el cáncer, tal vez para hallar un antídoto. Pero un veneno se prueba de manera controlada. Hay tradiciones inhumanas, impregnadas de veneno. Segundo, leer un “libro prohibido” es una aventura. No toda aventura es buena (el narcotráfico), ni toda aventura es mala (irse de backpack a la Tarahumara). Pero lo razonable es cuestionarse si estamos preparados para afrontar dicha aventura. Si tenemos salud, tiempo y dinero; será provechosa. Una aventura fuera de nuestra propia tradición exige un previo conocimiento de nuestras convicciones, habilidad argumentativa y humildad intelectual. Me causan risa los estudiantes mexicanos que hablan inglés perfectamente, pero no saben escribir en español. ¿Nos entendemos? La mayoría de los lectores de los libros “negros” no llega a dialogar con el autor, ni siquiera digiere intelectualmente sus argumentos.

En conclusión, más que una cultura de la censura deseo promover una ética de la lectura. No pocas ocasiones la censura se ha mostrado contraproducente e injusta.

Es muy fácil que el censor se convierta en un instrumento del poder político (por ejemplo, la Inquisición española se convirtió en un mano de la corona de España que llegó, incluso, a desafiar la autoridad del Papa). Además, el censor puede equivocarse, recuérdese la cantidad de ataques que llovieron sobre Blondel, acusado falsamente de modernismo, y es preferible liberar al culpable que encarcelar al inocente.

Es mejor hacer consciente a los lectores de la importancia de discernir, de procurarse lecturas que amplíen su horizonte de comprehensión, no que lo destruyan. Cuando observo la historia del pensamiento cristiano desde la ilustración, me surge la duda de si la intelligentzia cristiana no habrá asumido una postura excesivamente defensiva, que la lleva a descuidar la construcción y comprehensión del nuevo mundo. Desde la Ilustración, los intelectuales cristianos han estado más a la defensiva y pocas veces ha ido un paso adelante. Se ha dedicado demasiado a prohibir y refutar, en lugar de construir y asimilar.

Cuando las obras de Aristóteles llegaron a la cristiandad medieval hubo dos actitudes. Las de quienes prohibieron a Aristóteles, pues el filósofo pagano atacaba puntos cruciales de la fe (la inmortalidad del alma, la providencia divina, la creación) y la de quienes estudiaron al Filósofo para incorporar elementos rescatables a la tradición cristiana. Tal fue el caso de Tomás de Aquino. El resultado fue un monumento teológico fundamental para los católicos. El Aquinate fue un lector maduro de Aristóteles.

Frente a una civilización que se autodenomina poscristiana, me preguntó si no harán falta lectores maduros que superen la estrechez de mente del conservadurismo arqueológico y la frivolidad escéptica y acomodaticia de los burgueses de la cultura. En cualquier caso sé que mi posición es escandalosa, por “retrógrada” para los burgueses y por “escéptica” para los conservadores. Como siempre, quedo mal con todo mundo. Mi esperanza es que este artículo caiga en las manos de un lector maduro.