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«Hay azules que se caen de morados», dice un famoso verso de Pellicer. Es el caso de El maleficio de la mariposa, comedia azul, tan intensamente azul que toma tintes de morado: es un azul que se cae de morado. Hay, en esta primera obra dramática de García Lorca, un lirismo cargado de sentimiento trágico, lirismo azul subido de tono, diáfano, espeso: álgido azul que se condensa y se rebasa.

El maleficio de la mariposa fue estrenada el 22 de mayo de 1920, en el Teatro Eslava de Madrid, cuando Federico contaba veintiún años. Un prólogo enternecedor antecede la obra:

«Señores: La comedia que vais a escuchar es humilde e inquietante, comedia rota del que quiere arañar a la luna y se araña su corazón. El amor, lo mismo que pasa con sus burlas y sus fracasos por la vida del hombre, pasa en esta ocasión por una escondida pradera poblada de insectos, donde hacía mucho tiempo era la vida apacible y serena».

Serena fue antes la aldea, antes de que se abriera el telón, porque apenas comenzado el drama un presagio se cierne sobre el cielo de las otrora felices cucarachas. Se dice que, para suavizar la palabra «cucaracha», Federico la cambió por el uso andaluz «curiana», así que curianitas y curianitos serán los personajes. Y la Curiana Nigromántica, cucaracha añosa y experimentada, es la primera en advertir el funesto auspicio. García Lorca pone de una vez en su boca toda la combinación (lírica y trágica) que levantará la estructura de El maleficio de la mariposa:

Mi alma tiene gran tristeza, ¡vecina!

Me dijo ayer tarde una golondrina:

«Todas las estrellas se van a apagar.»

Dios está dormido, y en el encinar

vi una estrella roja toda temblorosa

que se deshojaba como una enorme rosa.

La vi perecer

y sentí caer

en mi corazón

un anochecer.

«Amigas cigarras grité, ¿veis las estrellas?»

«Un hada se ha muerto», respondieron ellas.

Fui junto a los troncos del viejo encinar

y vi muerta el hada del campo y del mar.

¿Cabe mayor sencillez, y al mismo tiempo mejor complicación, en estos versos de rima consecutiva? Su lírica guarda una vibración que no se cifra sólo en el acierto prosódico y en la aceleración intermedia del ritmo («Poesía es una palabra a tiempo», definió Lorca), sino en los símbolos de muerte y desasosiego. El modo de decir es suave y ligero, pero lo dicho aplasta: «Dios está dormido» y esto basta para echarse a temblar. Si añadimos que se ha muerto un hada y que todas las estrellas se van a apagar No se puede leer, no se leería bien este García Lorca, si, por concentrarnos demasiado en los insectos que a veces dicen: «Yo voy a barrer/ mi puerta con brisa del amanecer», terminamos perdiendo el fondo aciago de la obra: el sacrificio incomprensible de un inocente, que es la esencia de lo trágico.

Sensatez y sentimientos

Pero me estoy adelantando mucho, porque el inocente aún no aparece. Estábamos en que una sabia y respetada cucaracha amaneció con ánimo fatídico, y su vecina tampoco se levantó con las mejores noticias: tiene un hijo que no da golpe, que escribe poemas en cortezas de árbol y, mientras más se enamora de una estrella que sólo existe en su imaginación, más hondo desaira a Silvia, curianita que no sólo lo idolatra, ¡sino además es rica! Doña Curiana, madre del poeta adolescente, le explica que no es fortuna de despreciar la de Silvia, y que, en último caso, tampoco es imprescindible que la ame nada más que se lo diga:

Ella tiene un cristal

precioso, que encontró

una noche su abuelo,

muy azul; él creyó

que era un trozo de cielo.

Tiene casa espaciosa,

el troje bien repleto.

¡Mira, si es una sosa!

¡Requiébrala discreto!

Dile que te enamora

su carita de estrella;

que te pasas las horas

solo pensando en ella.

Si la Curianita Silvia es una sosa, digo yo, es muy comprensible que al Curianito no le guste y prefiera buscarse otra (claro que habría que averiguar bien cómo está eso del pedazo de cielo). El asunto se complica cuando el cucaracho, de por sí contaminado de versos, ve llegar un grupo de Curianas campesinas que traen en brazos a una mariposa blanca, con el ala rota. «Viene desmayada», escribe García Lorca en sus indicaciones escénicas. Era lo que faltaba para acabar de perder piso: de inmediato el Curianito está enamorado de la mariposa. El amor imposible, como si lo estuviera pidiendo, llega en forma de gusano con grandes alas.

Es previsible que un amor así no irá por buen camino, pero, para mejor remarcar el sino adverso del cucaracho, no falta en la tragedia un funesto vaticinio: como el oráculo en Edipo Rey, como las brujas en Macbeth, la Curiana Nigromántica advierte al cucaracho:

Este círculo mágico lo dice claramente.

Si de ella te enamoras, ¡ay de ti!, morirás.

Caerá toda la noche sobre tu pobre frente.

La noche sin estrellas donde te perderás

Pero ¿de dónde le vino a este Curianito una adolescencia tan feroz, una predisposición tal al fracaso? «Quizá arriesga Federico en su prólogo, leyó con mucha dificultad algún libro de versos que dejó abandonado sobre el musgo un poeta de los pocos que van al campo, y se envenenó con aquello de “yo te amo, mujer imposible”. Por eso, yo suplico a todos que no dejéis nunca libros de versos en las praderas, porque podéis causar mucha desolación entre los insectos». No sabemos si la Curianita Silvia también se tropezó con el libro de poemas, o si fue García Lorca el que desprevenido entró en una biblioteca y, tras un empacho de versos, puso a Silvia a decir:

¡Amor, quién te conociera!

Dicen que eres dulce y negro,

negras tus alas pequeñas,

negro tu caparazón

como noche sin estrellas;

tus ojos son de esmeraldas,

tus patas son de violeta.

La única sensata en el reparto es Doña Curiana, quien, al oír semejante desvarío de la pobre Silvia, le ofrece la receta que oyó de un grillo para curar los males de amor. «¿Qué decía la receta?» preguntó la niña Silvia con urgencia.

Dése a los enamorados

dos palos en la cabeza

y no se los deje nunca

tumbarse sobre las hierbas.

Metamorfosis y ritmo

Dos transformaciones dolorosas captura Federico en El maleficio de la mariposa. La primera es el trance del cucaracho niño al adolescente, el despertar de la sexualidad. La imaginación infantil y feliz del Curianito da paso a la melancolía; pensamientos tristes la constatación de lo imposible dentro de lo imaginado ocupan su mente; la aldea se le ha quedado chica para sus desproporcionadas emociones. Sabiéndose flechado por la mariposa, el cucaracho se pregunta:

¿Qué tengo en mi cabeza?

¿Qué madejas de amores me ha enredado aquí el viento?

¿Por qué ya se marchita la flor de mi pureza

mientras otra flor nace dentro del pensamiento?

¿Una flor sustituye a otra, o es el fruto que dolorosamente madura? Como por un declive cae el cucaracho a otra parada de la evolución, declive inevitable pero trabajoso, escollado. Por vía de reflexión se sorprende de ver germinar dentro de sí a un yo desconocido. Desde la oscuridad interior avanza uno que tarde o temprano llegará. No sabemos qué clase de bicho crece dentro de nosotros mientras dormimos, y cualquier día nos despertará con la nueva de que hemos cambiado.

La otra transformación ¿más radical? es la que guarda todavía en su memoria la mariposa. Un nuevo estado desplaza al anterior; la novedad de una forma constitutiva aniquila la forma precedente. La privación y la muerte del que fuimos se manifiesta toda en la metamorfosis del gusano que, ganando la libertad de sus alas, pierde la seguridad de la seda.

Hilé mi corazón sobre carne

para rezar en las tinieblas,

y la muerte me dio dos alas blancas,

pero cegó la fuente de mi seda.

Ahora comprendo el lamentar del agua,

y el lamentar de las estrellas,

y el lamentar del viento en la montaña,

y el zumbido punzante

de la abeja.

Porque soy la muerte

y la belleza.

Como una ceremonia está descrita, con deslumbrante inspiración, la actividad de la larva: el hilo delgado que enhebra es retiro para rezar en las tinieblas. La ceremonia conduce a una muerte y un nacimiento, y un gemido se adivina en el proceso de la transformación: se lamenta en su devenir el río de Heráclito; se lamenta en su capullo la abeja reina; muere ¿no toda? con la sexualidad la infancia. La vida es fuego abrasador, proceso bélico que en su persecución destruye y funda.

A un mismo tiempo la muerte y la belleza. ¿De qué manera compaginan? ¿Por que no se vuelve incomprensible el mundo en su incesante mutación? Los contrarios se avienen pensó Heráclito como el arco y la lira: ajuste de contravuelta. Se instaura en el mundo una trama secreta de correspondencias. Y las criaturas todas están atentas al cambio, coordinadas, como por un ritmo universal. Mejor lo expresó la poesía simbolista del García Lorca en su primera época, cuando lo puso en boca de la mariposa herida:

Lo que dice la nieve sobre el prado,

lo repite la hoguera;

las canciones del humo en la mañana

las dicen las raíces bajo tierra.

Que cante la araña

en su cueva;

que el ruiseñor medite

mi leyenda;

que la gota de lluvia se asombre

al resbalar sobre mis alas muertas.

Comedia rota

La fábula no puede terminar bien. No es normal que una cucaracha se enamore de una mariposa: contradice a la naturaleza. El cucaracho debía resignarse y abandonar el objeto de su deseo; acallar lo que, aun surgido del fondo de su alma, era naturalmente una aberración.

El 5 de junio, día en que se cumplieron 100 años del nacimiento de Federico García Lorca, se estrenó El maleficio de la mariposa en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM, dirigida por José Ramón Enríquez, uno de los hombres, por preparación y capacidad, más prestigiados del teatro en México. En su montaje, tanto el curianito como la mariposa son representados por varones. Al preguntarle el motivo, Enríquez explica que la descripción del curianito recuerda el modo en que García Lorca habla de Verlaine, «y la pasión de Verlaine es Rimbaud». Para José Ramón Enríquez, este amor imposible, este destino trágico, representa también el drama de Federico García Lorca, joven poeta homosexual, que exclama con el Curianito:

¿Quién me puso estos ojos que no quiero

y estas manos que tratan

de prender un amor que no comprendo?

¡Y con mi vida acaba!

¿Quién me pierde entre sombra?

¿Quién me manda sufrir sin tener alas?

Desde una primera interpretación, la tragedia se consuma cuando el poder imaginativo del cucaracho lo pierde, despeñándolo en el abismo de un amor para el que la naturaleza no lo ha dotado. La mariposa, recuperada, vuela y escapa de su amante para siempre. El ritmo universal tropieza cuando una de las notas no encuentra contrapunto y queda como truncada, rota, impedida de plenificación. Comedia rota del que quiere arañar la luna y se araña el corazón.

Desde la otra interpretación pasa lo mismo: el joven poeta homosexual no tiene respuesta para sus manos y sus ojos, que tratan de prender un amor que no comprende. Queda impedido, en esta perspectiva, de plenificación. En ambos casos es un impedimento grave: incapacidad natural de consumar su amor.

El texto original de García Lorca está incompleto, le falta el final. De cualquier forma, la última indicación escénica sobrevivió y no deja dudas sobre el desenlace:

«Por el fondo de la escena aparecen Gusanos de Luz y unas Curianas que cogen el pétalo de rosa que guarda a Curianito y se lo llevan lentamente con gran ceremonia y solemnidad. Todo está iluminado fantásticamente de rosa. La marcha fúnebre se va alejando poco a poco».