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Imaginar y elegir el camino por el que habrán de desarrollarse profesionalmente es una de las dificultades que enfrentan hoy los jóvenes dentro de un entorno cambiante, que para muchos no ofrece puntos de referencia claros ni permanentes, y frente al cual la experiencia de sus padres ha perdido relevancia.

Una de las manifestaciones del proceso de maduración del ser humano es la reflexión incesante acerca de su futuro; de lo que será su vida y de cómo gobernarla. La elección de la carrera profesional es hoy particularmente difícil.

Aunque en este frenético momento el joven recoge todas las dimensiones de su persona y las entrelaza imaginando y ensayando personalidades hipotéticas propias, aparecen de manera singular algunas cuestiones relacionadas con su medio y su momento concreto que debe resolver, decidir y realizar sin retraso.

Disyuntiva profesional

Entre las que aparecen como especialmente urgentes y determinantes, encontramos una que, encima, está marcada por plazos claramente condicionados: la disyuntiva profesional. Esta cuestión de las grandes decisiones se presenta durante la vida de casi todos, en más de una ocasión, y muchas veces de manera obligada, convirtiéndose en un nuevo arranque, en la base del futuro próximo y remoto.

Cuando el joven se plantea el problema de su futuro profesional, se encuentra hoy con una doble dificultad: por un lado, no cuenta con patrones probados de carrera a su alcance que le garanticen el «éxito» pues sólo a él y a nadie más se le han presentado las cosas de ese modo particular, y por otro, está solo frente al resultado de su decisión que le marcará y condicionará por el resto de su vida productiva.

En tanto se ha acelerado la dinámica del cambio del medio social, las referencias que servían de guía para visualizar y determinar las estrategias de desarrollo profesional han perdido relevancia. Lo que fue tradicionalmente eficaz, lo que resultó afortunado como base del futuro en experiencias ajenas, no lo será más. Las mareas borran incesantemente los caminos.

Pero el futuro personal no puede dejarse a los encuentros fortuitos. Nadie puede escapar a la exigencia de imaginarlo y quererlo. Hay que afrontarlo y resolverlo; aunque esto sólo suponga esperar.

Buscar en el cambio

Si el cambio relativo se eleva como la condición dominante en la nueva dinámica social, habrá que buscar en el cambio mismo las claves de lo que vendrá, las referencias del horizonte que se quiere construir, los soportes del futuro profesional.

La reflexión no será entonces acerca de las alternativas probadas en el pasado, con base en criterios de certidumbre y beneficio; de afinidad o disposición; de agrado o desagrado acerca de la actividad concreta que se supone habrá que realizar. La reflexión acerca del futuro profesional deberá partir de los valores del movimiento, de los sentidos del cambio, de los anclajes de la nueva dinámica; y, fundamentalmente, de lo que es el ser humano, de su naturaleza, único eje permanente del cambio mismo en la sociedad.

Ya no será posible elegir carreras por actividad o función, sino por cambios de conocimiento básico, por habilidades desarrolladas, por capacidades de adaptación y aprendizaje, por valores universales que permitan conservar la dirección propia en la adecuación permanente a la tarea: por oficio profesional.

El nuevo futuro

El futuro siempre ha sido nuevo. Hoy lo es también, pero de manera más radical. Lo que está por venir arranca de lo que hoy existe, de lo que es posible desde el fundamento de la realidad, pero cuando lo vivido no muestra sentidos claros, cuando las lecturas de lo posible son particularmente confusas, cuando el presente no ha sido asumido plenamente y con profundidad de conciencia, el futuro se presenta incierto, radicalmente nuevo.

¿Quién es capaz de predecir la actividad que acabará realizando un joven que hoy emprende una carrera profesional? Penosamente podríamos suponer, con base en las limitantes que le imponga su preparación escolar, lo que no hará…, pero correríamos el riesgo de equivocarnos.

La formación profesional orientada a la tarea anacrónica. Pocos oficios profesionales pueden aprenderse en las aulas y con mucha frecuencia aquello que se logra dominar queda atrás en el avance vertiginoso de la innovación y del cambio del medio en el que habrá de aplicarse.

No es extraño que la universidad tradicional sea incapaz de cerrar esta brecha cada vez más profunda y que quien se prepara para el nuevo futuro tenga que valerse por sí mismo. El oficio, el saber práctico que se convierte en acción eficaz, no se forma por un conjunto de rutinas o procedimientos aprendidos. El oficio se gesta en la persona amasando todo lo que ella es, quiere y hace en cada momento. El oficio es el potencial despliegue de todas las capacidades y es el acto mismo.

El futuro, el desarrollo profesional futuro, exige acciones comprometidas en el presente. La incertidumbre no debe convertirse en inmovilidad. Quien emprende hacia el futuro tiene que elegir y actuar en consecuencia. La capacidad de compromiso, la capacidad de mantener arraigada la voluntad por avanzar con dirección y paso firme, será el primer rasgo del profesional exitoso. De ello vendrá la experiencia, el dominio del propio oficio, la perfección en el desempeño personal frente a lo nuevo y la capacidad de aprender siempre.