Rate this post
Se llama Sara y hace casi un año sufrió una embolia cerebral. Fue hospitalizada una
semana y después enfrentó una recuperación lenta que requería terapias y ayuda de
varias personas. Además del dolor físico y moral de verse con serias incapacidades, le
angustiaba, como es tan común en estos casos, lo costoso del tratamiento. De por sí, la
familia atravesaba una mala racha, y e te percance completó el cuadro.
Cuando regresó del hospital, bastante deprimida, un grupo de amigos se plantó en su
casa y así. de golpe, le amaron una fiesta; breve, pero muy alegre. Después salieron
todos a un tiempo y sólo quedó en la casa un sobre con un nutrido fajo de billetes. Su
esposo corrió para alcanzar y agradecer a la tropa bullanguera, pero ya se había
esfumado; en la puerta tropezó con una andadera de alumnio que Sara requería para
poderse mover.
Todos atesoramos anécdotas, propias o ajenas, de lo que es una verdadera amistad; y
todos, ha ta los niño, di tinguimo in dificultad, con los ojos internos -mucho más
perspicaces que los del rostro- un afecto real de una afección oportunista.
Pero, ojo, porque nuestra época padece una epidemia contagiosa: el virus del lucro, que
ataca lentamente y sin darnos cuenta, y acaba convirtiendo hasta las realidades más
nobles en simples mercanCÍas. Hemos de estar alerta y cuidarnos mucho, no sólo para
no caer en las redes de tantos, que con el pretexto de la amistad nos quieren utilizar,
porque en vez de rostros ven consumidores, sino, más especialmente, de no contraer el
virus y volvernos también mercaderes, que convierten la amistad en un género equívoco.
Por ello de confío mucho de esos cursos o libros de recetas sobre cómo hacer amigos o
conseguir relaciones «exitosas». Entre las docenas de folleto promocionales que trae el
correo, tengo frente a mí el de un seminario sobre Cómo manejar conflictos y emociones,
uno de los apartados es La construcción de relaciones positivas, pero por la forma en
que desglosa el tema, sospecho que habla justamente de cómo crear esas relaciones
utilitarias, «exitosas», lejanas de la verdadera amistad. La confusión es muy grande y
con frecuencia se ofrecen esas soluciones ficticias como válidas.

Se llama Sara y hace casi un año sufrió una embolia cerebral. Fue hospitalizada una semana y después enfrentó una recuperación lenta que requería terapias y ayuda de varias personas. Además del dolor físico y moral de verse con serias incapacidades, le angustiaba, como es tan común en estos casos, lo costoso del tratamiento. De por sí, la familia atravesaba una mala racha, y e te percance completó el cuadro.

Cuando regresó del hospital, bastante deprimida, un grupo de amigos se plantó en su casa y así. de golpe, le amaron una fiesta; breve, pero muy alegre. Después salieron todos a un tiempo y sólo quedó en la casa un sobre con un nutrido fajo de billetes. Su esposo corrió para alcanzar y agradecer a la tropa bullanguera, pero ya se había esfumado; en la puerta tropezó con una andadera de alumnio que Sara requería para poderse mover.

Todos atesoramos anécdotas, propias o ajenas, de lo que es una verdadera amistad; y todos, ha ta los niño, di tinguimo in dificultad, con los ojos internos -mucho más perspicaces que los del rostro- un afecto real de una afección oportunista.

Pero, ojo, porque nuestra época padece una epidemia contagiosa: el virus del lucro, que ataca lentamente y sin darnos cuenta, y acaba convirtiendo hasta las realidades más nobles en simples mercanías. Hemos de estar alerta y cuidarnos mucho, no sólo para no caer en las redes de tantos, que con el pretexto de la amistad nos quieren utilizar, porque en vez de rostros ven consumidores, sino, más especialmente, de no contraer el virus y volvernos también mercaderes, que convierten la amistad en un género equívoco.

Por ello de confío mucho de esos cursos o libros de recetas sobre cómo hacer amigos o conseguir relaciones «exitosas». Entre las docenas de folleto promocionales que trae el correo, tengo frente a mí el de un seminario sobre Cómo manejar conflictos y emociones, uno de los apartados es La construcción de relaciones positivas, pero por la forma en que desglosa el tema, sospecho que habla justamente de cómo crear esas relaciones utilitarias, «exitosas», lejanas de la verdadera amistad. La confusión es muy grande y con frecuencia se ofrecen esas soluciones ficticias como válidas.

Nada mejor que repensar un poco el tema; en este ejemplar, istmo ofrece un viaje alrededor de la amistad, con tres magnífico guías, que nos ayudarán a ver si nos han contagiado los diversos virus y hemos caído en ese anquilosamiento espiritual que confunde la amistad con las imágenes artríticas que la publicidad nos vende.