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Quizá, cuando en los ambientes académicos y universitarios se habla de literatura del siglo de oro ¾ en lengua castellana¾ los nombres que de inmediato saltan a la memoria son los de Quevedo, Cervantes, Tirso de Molina, Gracián, Góngora, Lope, Calderón o Mateo Alemán. Y si de México se trata, los de la décima musa Sor Juana Inés de la Cruz, de Bernardo de Balbuena, don Carlos de Sigüenza y Góngora o del dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón. Ni qué dudar del genio y talento de estos maestros de las letras. A ellos se debe que nuestro siglo XVII ¾ el de la Vieja y la Nueva España¾ haya pasado a la historia como el «siglo de oro».

Pero ahora quisiera referirme a un tipo de literatura y de escritores que permanecen empolvados en nuestros acervos. Con ello no sólo pretendo cooperar al rescate de una tradición artística olvidada, sino además, a la «justa restitución histórica» que éstos merecen.

Desde la segunda mitad del siglo XVI, todo el XVII y buena parte del XVIII, la Nueva España se engalanó con un gran número de fiestas y celebraciones en que participaba la sociedad entera. Unos como artistas, otros como espectadores, pero todos eran protagonistas. La fiesta novohispana era parte del ritual público y, a la vez, un medio importante de mantener el orden establecido mediante la solemnidad y las jerarquías. Muchas de esas fiestas generaron una literatura compuesta «con ocasión» del acontecimiento que se celebraba; algunas composiciones se perdieron y otras han llegado a nosotros. Sus autores, por lo general anónimos, escribían sus piezas sin mayor ambición que dar realce al acto conmemorado. Sin embargo, al enviarse a la imprenta se incorporaron a nuestra historia documental con el nombre de «literatura de ocasión».

Celebrar días reales

Hemos de considerar que el concepto de «fiesta nacional» no existía en la vida social novohispana. Siendo el rey el centro de distribución de poder, las fiestas giraban en torno a su persona y la casa real: proclamación al trono, bodas reales, o­nomástica, nacimientos y muerte de algún miembro de la familia… No había propiamente un «calendario cívico» que mantuviera viva una historia nacional, sino uno que se hacía según los sucesos de Madrid y su corte americana.

Cuando el rey de España moría, en las colonias se disponía el «pregón de lutos». En los días sucesivos al pregón, los alarifes ayudados de carpinteros, aserradores, albañiles, pintores y sastres se daban a la tarea de levantar grandes piras funerarias. Durante los nueve días que solían durar las pompas fúnebres se pronunciaban discursos compuestos por poetas distinguidos, así como un buen número de sermones pronunciados con gran recato y solemnidad. Todos iban acompañados de metáforas y poesías alegóricas compuestas en las formas más ricas y variadas. Así pues, la muerte servía para engrandecer la figura del rey, pero también para adoctrinar a la sociedad en aquello que se llamó «el engaño de la vida y el desengaño de la muerte». Era por tanto, una celebración que llevaba a la reflexión y esclarecimiento de las vanidades mundanas.

Terminado el período ordenado por el virrey y la Audiencia para el luto general, venía la ceremonia de «Jura Real», la cual se acompañaba de inscripciones que auguraban el buen gobierno. La ceremonia se llevaba a cabo en la plaza pública y se leía un panegírico. Largas horas duraba este evento, en que se leían verdaderas piezas literarias compuestas por académicos o clérigos. También se componían sermones y discursos con ocasión de la preñez de la reina, si España ganaba alguna guerra, o igualmente para celebrar la llegada de un virrey a estas tierras. Para tal suceso se elaboraban los arcos triunfales en la ruta del virrey, con elementos decorativos que cifraban las virtudes que la ciudad esperaba de sus gobernantes, mediante alegorías morales, históricas y genealógicas, que exaltaban la figura del recién llegado. Y el mismo boato se desplegaba si se trataba de un nuevo obispo: palios, ciriales, atabales y discursos leídos en público llenaban los días de júbilo y rompían lo anodino de la vida diaria.

En medio de estas pompas regias, no faltaron los incidentes chuscos que rompían el protocolo teatral de las entradas solemnes. Don Manuel Romero de Terreros nos cuenta algunos de éstos, como el sucedido al Conde de la Monclova cuando, en plena lectura del discurso de bienvenida, se hundió la tarima de la catedral, cayéndose el arzobispo y a punto también el virrey. En 1696, al aproximarse el Conde de Moctezuma al arco que erigiera la ciudad, se espantó el caballo que montaba y lo derribó cayendo, por un lado el gobernante, y por otro su voluminosa peluca.

De cómo se escribían larguísimos títulos para un solo acontecimiento

Precisamente lo que se conserva en nuestros fondos bibliográficos, son las piezas literarias, a las que se denomina «circunstanciales», o como he dicho, «de ocasión». En su mayoría están escritas con un lenguaje metaforizado y barroquísimo. Me basta citar uno de los larguísimos títulos que llevan los impresos en que se recogen los versos de estos arcos:

Zodiaco Ilustre/ de Blasones Heroicos/ girado del Sol Político/ imagen de príncipes/ que ocultó en su Hércules Thebano/ la sabiduría mitológica/ descifrada en poéticas ideas y/ expresado en colores de la pintura/ que en el festivo aparato de el/ Triunfal Arco, en el más fausto día dispuso y erigió/ al/ Ilm° Señor Don Ioseph/ Sarmiento de Valladares virrey, gobernador y Capitán General de esta/ Nueva Españacon licencia en México, año de 1646.

Este tipo de literatura también se llama «emblemática». El emblema es un compuesto de literatura e imagen creado por el jurista milanés Andrea Alciato, quien publicó «Emblemata Liber» (Milán 1522). Al decir de González de Zárate, los arcos de triunfo constituían con su emblemática un código semántico compuesto por una simbiosis de pintura y poesía. Así, las fiestas estaban alimentadas por la rica tradición literaria que vivía la Nueva España y se expresaban, de modo especial, en los certámenes o palestras literarias. Eran éstos, concursos de composición en lengua latina o castellana, en los que participaban por lo general estudiantes y maestros borlados de la Real y Pontificia Universidad de México.

Se convocaba con suficiente tiempo a los concursantes, mediante una procesión. Cualquier conmemoración importante era pretexto suficiente para organizar estas justas. Las organizaban las academias y sociedades literarias, órdenes religiosas o alguna corporación de artesanos. Al llegar al Paraninfo de la Universidad, donde los esperaba el virrey, el secretario anunciaba los motivos del torneo y especificaba las reglas de composición literaria. Terminado este acto, se disolvía la fiesta hasta pasar de dos a tres semanas para que tuviera lugar la justa, en la cual los poetas concursantes leían ante el jurado su exuberante composición, repleta de erudiciones y latinajos. El escrito que presentaban contenía los tópicos referentes a la fiesta que se celebraba. Algunas eran de fina estructura, otras de regular calidad, y muchas más bien de aficionado con buena intención.

Al final se hacía la entrega de los premios, después de que algún maestro de la Universidad, con la lección de una composición conclusiva, daba por terminado el evento. Los premios consistían entre otros, en charolas y bandejas de plata, floreros de porcelana, guantes perfumados, piezas de seda selecta, tazas y cucharas de plata labrada y cajas de rapé adornadas con piedras preciosas.

Olvidada tradición

Los certámenes literarios de la Real y Pontificia Universidad de México, reflejan el tono general de cultura humanística y letras eruditas de esta Nueva España, especialmente de la Universidad que, como señaló Rafael Heliodoro Valle, en 222 años que llevaba de vida habían salido de sus aulas 29,882 bachilleres y 1,162 doctores y maestros. En síntesis, la vida literaria de nuestros antepasados se nos presenta como un emblema. La ciudad se convierte en el escenario de un enorme teatro de representaciones artísticas, al estilo del Gran Teatro cortesano de Madrid, como lo había escrito con pluma maestra Calderón de la Barca. Y así lo enseñaban y aprendían quienes participaban de la fiesta barroca. No en vano se imprimió varias veces «El gran teatro del mundo» de Calderón, e incluso se sabe de una traducción al náhuatl, hecha en el pueblo de Tzumpahuacan. Sirva pues este pequeño escrito como aportación para la «restitución histórico cultural» de una tradición novohispana y, por tanto, mexicana: la olvidada «literatura de ocasión».