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Atender a la familia se ha vuelto muy complicado, ahora que en muchos hogares trabajan fuera de casa el padre y la madre, ya sea por inclinación o por necesidad. Los niños necesitan mucha atención, y los padres, aptitudes acrobáticas para cuidarlos y a la vez dedicarse a la profesión. Algunos tiran la toalla, renunciando a tener hijos o a seguir la carrera. Quienes quieren compaginar ambas cosas buscan remedios prácticos, pero no siempre las empresas los facilitan. Se empieza a pensar que no bastan las fórmulas ensayadas, que es preciso revisar la manera de concebir el trabajo.

Para hacerse a la idea de los problemas que encuentran muchas padres para conciliar familia y trabajo, sirve un reciente reportaje de Betsy Morris para la revista Fortune (17.III.97). Allí aparecen las tragedias cotidianas de profesionales norteamericanos, más bien acomodados, que pelean por sacar adelante una familia. Su principal problema es la escasez no de dinero, sino de tiempo. Se enfrentan a ocupaciones absorbentes y a una concepción del trabajo que coloca a la familia en segundo plano.

Las empresas, escribe la autora del reportaje, profesan una actitud favorable a la familia; se habla a menudo de fórmulas para permitir a los padres hacer carrera sin descuidar la atención a los hijos. Pero la realidad, para muchos cuadros medios y empleados de cierto nivel, es que conciliar trabajo y familia exige luchas agónicas, que no pocas veces pierden. Las empresas, dice Morris, «ya no consideran a los hijos de sus empleados como la futura generación de trabajadores, sino como un lujo al que uno tiene derecho una vez que se ha ganado sus galones».

Casados con la empresa

Diversos estudios muestran que, entre los hombres con titulación, aquéllos cuyas mujeres también trabajan, están peor pagados y tienen menores oportunidades de promoción que los casados con amas de casa. La razón parece ser que los primeros no pueden trabajar tanto tiempo como los otros. Según los datos de una encuesta realizada en 1995 en Eli Lilly, multinacional farmacéutica norteamericana, sólo el 36% de sus empleados dice que es posible ascender si uno dedica a la familia el tiempo suficiente, y eso que esta empresa tiene fama de ser una de las más favorables a la familia.

También ocurre al revés: la carrera puede perjudicar a la familia, a causa del estilo y el ritmo de trabajo de la moderna empresa global, en funcionamiento las 24 horas del día. «El empleado ideal es el que está siempre disponible, no el que se siente constantemente dividido. En esta aldea global, para la empresa, el héroe es el que está libre para viajar a Singapur en cuanto se lo pidan, no el pobre inútil que tiene que ir a casa a relevar a la niñera. En este mundo en el que el trabajo se ha convertido en unas fauces insaciables que devoran todas las horas del día ¾ y también muchas de la noche¾ , el trabajador modélico es el que más puede dar de comer al monstruo».

La búsqueda de la competitividad y la eficiencia económica ha hecho que el trabajo sea más exigente. Las empresas intentan hacer más en menos tiempo y con menos personas. A este propósito, Morris recuerda una encuesta de Fortune entre más de dos mil lectores: el tiempo medio empleado en trabajar y desplazarse al trabajo resultó ser de 57 horas semanales.

Sentimiento de culpa

Esto cuadra mal con una «verdad fundamental», anota Morris: que «los niños, tanto de familias acomodadas como de hogares pobres, necesitan tiempo y atención». Los padres lo saben, y a veces se encuentran divididos entre las exigencias de la familia y las del trabajo, sin saber cómo conciliarlas.

Morris recoge el testimonio de una psicóloga que trata a padres y madres muy ocupados: «Me dicen que si trabajan menos de 50 horas por semana, no llevan la carga que les corresponde». Por otra parte, la prolongada dedicación al trabajo les crea sentimientos de culpa. Un padre que apenas ve a su única hija, de siete años, cuenta a Morris el dolor que le causó un suceso ocurrido cierto día que, excepcionalmente, fue a recogerla a la escuela. Al verlo, un compañero de clase dijo a la niña: «No sabía que tuvieras padre».

Morris relata algunos casos de padres que han optado por dar prioridad a la familia. Karen Sukin, de 32 años, es abogada, al igual que su marido, Brad, de 33 años. Cuando Karen entró en una importante firma de abogados, le advirtieron que, si quería tener hijos, sería mejor esperar hasta ganar la condición de socia. Pero ella no quería esperar hasta los 40 y correr el riesgo de no poder concebir para entonces. Cuando nació su primer hijo, hace cinco años, le aconsejaron que se reintegrara cuanto antes a la jornada completa y se escapara a casa cuando fuera necesario. Pero aquello resultaba demasiado difícil, y terminó optando por la dedicación parcial (¡40 horas semanales!), que le permitía cenar en casa. Año y medio después tuvo otro hijo, para asombro de sus jefes. Su tercer embarazo fue mal recibido: «Se podían leer sus caras. Era como si me dijeran: ‘Pero si ya tienes suficiente. Tienes un niño y una niña, no tienes derecho a más’». Karen tuvo que dejar el empleo. Mientras, su marido trabajaba entre 60 y

80 horas a la semana en otra firma.

Empiezan a ser más frecuentes las decisiones de este tipo. En los meses pasados, el Daily Telegraph, de Londres, ha publicado varios reportajes sobre mujeres, profesionales brillantes, que han abandonado el trabajo o han pasado a tener dedicación parcial para atender a sus hijos. El mensaje es que lo hacen a sabiendas y con orgullo, aunque su decisión no sea comprendida. Las antiguas tesis feministas (el hogar como cárcel de la mujer) ya no hacen mella en muchas mujeres que no quieren perder la oportunidad única de estar con sus hijos y cuidarlos personalmente cuando son pequeños.

Una de estas madres es la abogada Vicky Endert, que dejó su trabajo cuando quedó embarazada. Tenía intención de reincorporarse después del parto, pero no encontró suficientes facilidades en la empresa, para la que el niño parecía no importar mucho. Su propio padre no comprende su decisión: «Dice que he desperdiciado mis estudios. No entiende por qué fui a la universidad, si luego iba a dejar la profesión». Pero añade; «Estoy convencida de que al dedicar mi vida a Tabe [su hijo], he hecho lo que tenía que hacer». Para ella, el problema es de los que no la entienden: «Me indigna que no se reconozca el valor que tiene la crianza de los hijos. Yo creo, de corazón, que es importante que la madre esté en casa, al menos durante los dos primeros años».

Los hijos quedan para después

Por su parte, Morris cuenta casos de otros padres que siguen sus respectivas profesiones. Nancy y Marty Hasson tienen una hija de dos años, y para no descuidarla, han acordado un minucioso reglamente doméstico. Por ejemplo, tanto el trabajo de él como el de ella exigen viajar. Pues bien, quien prevea un viaje debe anunciarlo con anticipación; si no lo hace, tiene que suspenderlo. Si coinciden dos viajes, hay que estudiar cuál es el más importante, pues uno de ellos ha de quedarse en tierra. ¿Todo perfecto? No: a veces no es posible evitar conflictos, y este equilibrio inestable de dos carreras causa tensiones.

En cambio, otros matrimonios entrevistados por Morris dicen que la presión de la carrera profesional les ha llevado a renunciar a los hijos o a no tener tantos como habrían deseado. Es un caso frecuente: las estadísticas demográficas muestran que los jóvenes retrasan el matrimonio y los hijos. En Estados Unidos, un tercio de las mujeres y la mitad de los hombres, de 25 a 29 años siguen solteros: las proporciones más altas de la historia. Las mujeres de 40 a 45 años sin hijos, que eran el 10% en 1976, pasaron a ser el 17.5% en 1994, otro récord histórico.

En parte, esto es por necesidad económica. Actualmente, en Estados Unidos, en el 84% de los matrimonios, trabajan marido y mujer. Pero si se estudia la evolución de los ingresos familiares en los últimos veinte años, se observa que el gran aumento de hogares con dos sueldos no se ha traducido en un incremento proporcional de las rentas. No es que, para la clase media, sea imprescindible contar con dos nóminas; pero en muchos casos, hace falta para mantener el nivel de vida.

En esta situación, «el supremo símbolo de status masculino ya no es un coche de lujo, ni una casa de campo, ni una esposa que ha hecho una buena carrera profesional. Hoy se puede decir que uno es un hombre de éxito si se puede permitir tener una mujer que no trabaja. Tal vez eso suponga una pérdida de ingresos, pero proporciona un lujo poco común en estos días: paz en el frente doméstico».

El problema de fondo

Ciertamente, muchas empresas intentan dar facilidades: horarios flexibles, puestos de trabajo compartidos, permisos… Surgen iniciativas interesantes. Semejantes medidas pueden aliviar algunos síntomas del conflicto entre trabajo y familia.

Pero, sostiene Morris, «no resuelven el problema de fondo: el modo jerárquico, y a veces implacable, en que está organizado el trabajo; el sistema de promoción de empleados que exige la máxima dedicación de tiempo precisamente cuando los hijos son pequeños; la importancia que se da al tiempo de presencia en la empresa como medida de la dedicación del trabajo y del compromiso con la empresa».

En esta idea abunda el último libro, póstumo, de Christopher Lasch, autor de La rebelión de las élites. Este sociólogo norteamericano, fallecido en 1994, se introdujo en la historia de la vida cotidiana, para buscar en la existencia de la gente corriente explicaciones de fenómenos sociales de alcance general. Su obra Mujeres y vida cotidiana: amor, matrimonio y feminismo, revisa el tópico de la «familia tradicional».

Según la idea comúnmente admitida, la mujer de clase media estaba encerrada en el «hogar tradicional», en que sólo el marido contribuía al sostenimiento de la familia, trabajando fuera de casa (antes de la revolución industrial, lo normal era que las mujeres y los hijos trabajaran en el campo o en el negocio familiar). De esa cárcel fue liberada gracias, en gran medida, al movimiento feminista, que la impulsó a buscar trabajo externo, para desarrollar sus aptitudes, adquirir una nueva misión familiar en igualdad con el varón y ganar cierta independencia económica respecto del marido.

Lasch sostiene que ese modelo no es «tradicional» sino un invento reciente, de mediados de este siglo. Sus estudios históricos le permiten mostrar que antes, muchas mujeres de hogares modestos tenían empleo y las de clase media desarrollaban una intensa actividad en asociaciones benéficas, grupos religiosos o movimientos cívicos. Para Lasch esta labor, muy importante para la sociedad, ha sido pasada por alto a causa del prejuicio de que el trabajo remunerado es el único que importa.

Cambiar la concepción del trabajo

Un ejemplo anecdótico ¾ no mencionado por Lasch¾ de esta actividad femenina es Mrs. Beetons Book of Household Management, uno de los clásicos de la administración de empresas, publicado en 1861. Su autora, la británica Isabella Beeton, empezó a escribirlo a los 23 años, cuatro después de su matrimonio. Aunque trata del modo de gobernar una casa con servidumbre, los expertos en management y recursos humanos siempre lo han apreciado por sus sabias observaciones sobre el trato con los empleados, perfectamente válidas para las empresas. Esto demuestra que la administración doméstica es un trabajo de alto nivel y que las mujeres decimonónicas como Mrs. Beeton no eran simples amas de casa «encerradas» en el hogar.

Lasch opina que nuestras dificultades para armonizar profesión y vida familiar exigen corregir la actual concepción del trabajo. Un feminismo auténtico, afirma, trataría de remodelar los puestos de trabajo en función de las necesidades de las familias y dejar de menospreciar el trabajo no remunerado. Mientras las posibilidades de realización personal y de contribución a la sociedad se cifren en la llamada «economía productiva», catalogando el hogar en el campo del «ocio», el trabajo y la vida familiar serán dos mundos separados que los hombres y las mujeres difícilmente podrán habitar a la vez.

ACEPRENSA