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Afluencia récord, retorno de las fiestas, prestigio, inflación de proyecciones, plétora de ruedas de prensa, exposiciones, homenajes, fuegos artificiales en la Croisette, promociones de diversos productos Para celebrar su cincuenta aniversario, el Festival de Cannes quiso revivir sus horas de esplendor. Por primera vez los cineastas laureados con la Palma de Oro otorgaban la Palma de las Palmas a un gran cineasta que nunca la había recibido: Ingmar Bergman; pero el director sueco, que estuvo en Cannes por primera vez en 1947, cincuenta años más tarde y después de haber realizado cuarenta y cinco películas, renunció al viaje a pesar de las facilidades dadas por el Festival. Fatigado y deprimido por la pérdida de su esposa, Bergman enviaba a su hija para recibir esta Palma excepcional. Un homenaje merecido que la ausencia del homenajeado no privaba de emoción. De un siglo de cine, figuras como la de Bergman significan la mitad de su historia.

Las fiestas del 50 aniversario debían forzosamente aumentar el número de participantes y curiosos. Así, los periodistas acreditados alcanzaron la cifra de 4,000. Este Festival fue el de las colas y las barreras. La verdadera consolación no puede ser otra que el éxito de la manifestación. No en vano los responsables del Festival nos recuerdan a menudo que Cannes es, después de los Juegos Olímpicos, el acontecimiento más ampliamente cubierto por los medios de comunicación.

Otra de las constantes del Festival: la inflación de proyecciones. Imposible no sentirse frustrado ante la cantidad de platos ofrecidos en este suntuoso banquete cinematográfico. Cincuenta y cuatro películas formaron parte de la selección oficial si contamos la sección Un certain regard, a ellas hay que añadir más de treinta películas que formaban parte de la Semana de la crítica, la Quincena de realizadores y de Cinéma en France. Era naturalmente imposible ver todo y los más voraces corrían el riesgo de ser víctimas de fuertes dolores de cabeza. Por todo ello, nos limitaremos aquí al núcleo duro de la selección oficial en competición, precisando sin embargo, que la calidad media de las otras secciones nos ha parecido superior.

¿Selección mediocre?

Fue preciso esperar hasta el último momento para que la selección estuviera completa. China impedía venir a Zhang Yimou y Abbas Kiarostami, sólo obtuvo luz verde a última hora. Todo ello traducía una realidad que no se gana nada con ocultar: la selección del 50 aniversario no estuvo a la altura de la conmemoración. Pocas películas despertaron entusiasmo y, a veces, los aplausos iban más al tema que a la calidad cinematográfica.

El Festival fue fiel a sus tradiciones de películas espectaculares con grandes stars para la inauguración y la clausura y, quizá, se dejó ganar por una mayor diversificación de géneros. El cine de autor fue dominante y no faltó una preocupación de universalidad. Con todo, si bien el Japón y una película africana estaban presentes en la competición, es de señalar la ausencia de los países del Este y de América Latina, que era preciso buscar en las otras secciones. Como siempre, Cannes estaba dominado por ciertas cinematografías: el cine anglosajón (Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña), Francia y una Italia en claro declive, con ausencia de los países nórdicos, Alemania y España.

Principio y fin «a la americana»

Verdadero acontecimiento mediático fue la presentación de «Le cinquième élément» de Luc Besson que, como de costumbre, guarda secretas sus películas hasta la última hora. Con la complicidad de Bruce Willis y Gary Oldman, este nuevo film de ciencia ficción reivindicó su calidad de película francesa enteramente financiada por la Gaumont pero no ocultaba su inspiración hollywoodiana. Una cinta que entra de lleno en el standard de la ciencia ficción sin pretensiones metafísicas, con un despliegue extraordinario de efectos especiales y con la garantía y no es pose de que el espectador no se aburrirá durante las dos horas de proyección. La obra no merece, pues, ni la actitud despectiva de algunos ni la voluntad de buscar explicaciones intelectuales de otros. Su interés radica, quizá, en que contribuye a una especie de mundialización de la producción cinematográfica, probando además que un equipo francés es capaz de hacer una gran producción «a la americana» a condición de contar con actores made in USA. Y casi lo mismo podría decirse del film británico «Le baiser du serpent» del francés Philippe Rousselot, aunque en un género muy diverso.

Un actor norteamericano, Clint Eastwood, servía también para atraer a las masas el día de la clausura con «Absolute power», dirigida e interpretada por él. Dejando de lado un comienzo demasiado complaciente, la película muestra una extraordinaria eficacia en la forma narrativa, sin un momento de caída de ritmo que compensaba con creces las horas de aburrimiento que el Festival había producido muchos días.

El paso crucial: de actores a directores

El estatuto de star, por confortable que sea, no satisfizo a Gary Oldman y Johnny Depp, quienes pasaron a directores. El primero, con «Nil by mouth» obedecía a una necesidad personal: esta sombría historia de una familia minada por el alcohol y la droga es fruto de sus recuerdos de juventud alrededor de los 60 en el sur de Londres. El resultado es necesariamente penoso, reñido con toda idea de distracción; pero nadie pondrá en duda ni la sinceridad de la confidencia ni una cierta maestría en el relato.

El caso de Johnny Depp es diferente, pues él es intérprete de su película: «Rafael, últimos días». Tema de suspenso en el que Marlon Brando hace una breve aparición. El relato, con una fuerte carga social la miseria determina la aceptación voluntaria del sacrificio a cambio de una fuerte suma de dinero es aquí muy poco creíble, ya que Rafael es interpretado por Johnny Depp, quien parece perfectamente apto para sacar adelante a su mujer y a sus hijos. Hubiera sido preciso otro tratamiento y no el esteticista para dar una cierta credibilidad a la historia.

Variaciones sobre la familia norteamericana

Ang Lee, director taiwanés establecido definitivamente en Estados Unidos y a quien debemos la admirable «Sense and sensibility», esta vez se ha interesado en la novela de Rick Moody. «The ice storm», se sitúa en 1973, el año de laffaire Watergate, símbolo sin duda de una crisis moral más general. La familia de Ben Hood (Kevine Kline) se deshace bajo la presión de una liberación sexual que sólo produce frutos amargos. El trabajo de los actores es irreprochable; la dirección, correcta; pero el conjunto, inevitablemente decepcionante.

Del lado de Nick Cassavettes, la familia ocupa un lugar importante. En principio porque «Shes so lovely» es un guión de su padre, John Cassavettes, y porque su madre, Gena Rowlands, interpreta un corto papel. La historia gira alrededor de una pareja unida por una gran pasión, pero que debe separarse: Maureen (Robin Wright Penn) y Eddie (Sean Penn;diez años más tarde, Eddie busca a su esposa pero ella está casada otra vez. El nuevo marido (John Travolta) desea que su hogar no sea destruido, pero Maureen partirá de nuevo con Eddie. El paso del tiempo juega un papel capital y es en este terreno, quizá, que la dirección se muestra menos convincente. Detalle secundario pero importante: la producción de esta película norteamericana es francesa.

Suspensos falsos, policías verdaderos

Un género poco habitual en Cannes, el del suspenso policiaco. Del lado de Australia, una primera película de Samantha Lang, «The well». Falso suspenso, rodado en el desierto australiano en torno a la relación ambigua de dos mujeres y de un misterioso individuo que ellas esconden en un pozo. La cinta no tenía nada que hacer en Cannes.

Antes de la proyección, algunos se preguntaban qué hacía en Cannes «L.A. Confidential» de Curtis Hanson, director clasificado en la categoría de comercial. Pero su película es una de las pocas sorpresas agradables del Festival. La cinta nos conduce a los años 50 para presentarnos tres tipos de policías, Kevin Spacey, Russell Crowe y Guy Pearce, que se ocupan de una matanza en un bar. La acción es compleja y requiere gran atención, pero el lado espectacular no impide una profundización de los personajes, en particular de los policías, afectados por motivaciones diversas.

Cine francés: como en confidencia

Las obras más representativas del cine francés han sido las de Philippe Harel y Manuel Poirier, quienes están en sus primeras obras más ambiciosas después de varios intentos de carácter más bien menor.

El primero conoce su primer éxito de público sólo desde hace unos meses con «Les randoneurs». Su película de Cannes es sin duda más ambiciosa; cuenta la historia de un adulterio trivial. La originalidad estriba en la forma, pues la película es un largo diálogo, a través de varios meses, entre Ella y Él, con la particularidad de que Ella (Isabelle Carré) está siempre en la pantalla, mientras Él que es el propio director se limita a prestar su voz. El método podría ser penoso, pero pronto comprendemos que está basado en la interpretación de la actriz y en la riqueza de los diálogos. Isabelle Carré fue la favorita para el premio de interpretación.

Por su parte, Manuel Poirier con su película «Western», nos gasta una pequeña broma con el título; su oeste es simplemente Francia y Bretaña, donde se encuentran por casualidad dos curiosos personajes: Paco (Sergi Lopez), representante de calzado de origen español, y Nino (Sacha Bourdo), especie de vagabundo ruso de origen italiano. Estamos en presencia de un cine nuevo que aporta el oxígeno provincial en el ambiente enrarecido del joven cine francés, casi siempre intelectual y parisino.

Cine italiano, en el hielo

La acogida de las películas italianas ha sido más bien fría. Casi glacial respecto a la de Marco Bellocchio, «Il principe di Homburg», adaptación de la obra romántica de Heinrich von Kleist. El valor de ésta y sus temas amor, honor, fidelidad y justicia no están en tela de juicio. Cabe dudar, sin embargo, qué aporta de nuevo esta versión cinematográfica que parece inscrita en las figuras obligadas de una producción cultural europea.

Mucha mayor ambición, y medios de una importancia excepcional, han sido movilizados por Francesco Rosi, uno de los directores del cine italiano que tuvo sus horas de gloria en Cannes. «La tregua» es un relato épico sobre las vicisitudes, dramáticas o picarescas, por las que pasaron los liberados en territorios bajo ocupación rusa, antes de regresar al suelo italiano. Rosi pretende hacer como una continuación de «La lista de Schindler» y su película tiene como objetivo el mercado norteamericano, de ahí la presencia de John Turturro como héroe principal. Si las escenas de acción de carácter épico están a la altura de las grandes superproducciones, la película adolece de una cierta frialdad.

El fantasma norteamericano

La influencia del cine norteamericano ha aparecido en otras películas. En forma de reproche, en el caso de Idrissa Ouedraogo. «Kini y Adams» plantea un problema dramático que no es específico de África, pero está rodado en Zimbabwe, en cinemascope y en inglés. El realizador africano desea sobre todo romper un cierto número de tópicos del cine de su continente, muchas veces concebido más para el público europeo que para el verdadero público africano.

También existe una cierta referencia, más positiva, al cine norteamericano en «Al Massir» («El destino») del egipcio Youssef Chahine, al menos en la forma de evocar la Córdoba musulmana del siglo XII para denunciar, con ayuda de este ejemplo histórico, los grupos integristas. Su relato ofrece el aspecto didáctico envuelto en una agradable historia folletinesca en la que amores, rivalidades y sorpresas juegan un papel primordial. Es en esta doble óptica, popular y didáctica, que «Al Massir» cobra su auténtico significado.

El cine asiático: entre lo trágico y lo cómico

El veto opuesto a la última obra de Zhang Yimou por las autoridades de su país ha dejado el campo libre a Wong Kar-Wai, cineasta de Hong-Kong. «Happy together», rodada casi enteramente en Argentina, presenta las dificultades de una pareja homosexual lejos de su país natal. El tema de la homosexualidad es secundario ya que, dejando de lado la escena de obertura, el resto de la película describe más bien los destinos paralelos de los antiguos amantes. Como todo el cine de Wong Kar-Wai, se trata de acoplar la imagen a los estados de ánimo de los protagonistas, sin que pueda decirse que la acción tenga una importancia decisiva.

La presencia de «Unagi» («La anguila») del japonés Shohei Imamura, también creó cierta sorpresa por alejar al cine nipón de sus habituales obras históricas o complejos dramas rituales. En su conjunto, es una simpática historia contemporánea, en la que lo trágico y lo cómico se disputan una visión del mundo que termina por ser positiva.

Grandes maniobras en torno a la violencia

Gilles Jacob, el director del certamen, nos había anunciado algunas historias violentas.

«Welcome Sarajevo» del director británico Michael Winterbottom cuenta una historia real para introducirnos en la ciudad sitiada, víctima de la crueldad gratuita de los asediantes. La prensa, que el film retrata, sirve como reflejo de la indiferencia de la comunidad internacional. Un poderoso motivo de reflexión frente a la historia para las nuevas generaciones que se inflaman contra los que no combatieron el nazismo.

No es la primera vez que Michael Haneke aborda en sus obras el tema de la violencia en la sociedad actual. Con «Funny games», el director austríaco afirma querer condenar la violencia, hacerla odiosa a los espectadores. El propósito sería laudable, pero es preciso reconocer que no es eficaz. Es difícil admitir las saludables virtudes terapéuticas de la cinta, rodada, por otra parte, de forma correcta pero trivial.

La violencia terrible constituye también el núcleo central de la última película de Mathieu Kassovitz, «Assasin(s)»; el título así escrito indica que en el film hay varios asesinos, en realidad, tres generaciones: el viejo asesino a sueldo (Michel Serrault), su sucesor (Mathieu Kassovitz) y un tercer personaje que supera rápidamente las hazañas de sus predecesores. «Assasin(s)» constituyó uno de esos pequeños escándalos que animan la vida del Festival: fue abucheada en su proyección de prensa. La razón de las reacciones negativas hay que buscarlas en diversos errores. El primero, utilizar la violencia de forma tan brutal que sólo produce rechazo; el segundo, usar y abusar del televisor para explicar los males de la sociedad actual y, por último, el film adolece de un cambio de registro durante el desarrollo de la historia.

Infatigable fustigador de la violencia durante los últimos años, el alemán Wim Wenders presentó una obra con un título ya simbólico: «The end of violence», producción europeo-norteamericana que adopta la forma de thriller. La historia es un complejo rompecabezas en donde la mayoría de los personajes, incluyendo al principal, Mike Max (Bill Pullman), no comprenden lo que pasa el público a veces tampoco, pero el suspenso es mantenido y la violencia, naturalmente, condenada y nunca presente en las imágenes, todo ello para conducirnos a un fin positivo. La nueva obra de Wenders traduce bien sus preocupaciones morales y contiene un trabajo irreprochable desde el punto de vista cinematográfico.

Invitaciones a la reflexión

Si no han faltado los ataques a Wenders por lo que algunos consideran como exceso de moralismo, no cabe duda que las obras más interesantes de Cannes son aquellas basadas enteramente en una reflexión moral. A esta categoría pertenecen «The sweet hereafter» del canadiense Atom Egoyan, y «El sabor de la cereza» del iraní Abbas Kiarostami.

El primero, que no es un realizador fácil, adapta esta vez una novela del escritor norteamericano Russel Banks. La historia podría parecer simple: un accidente escolar plantea un problema de responsabilidad. Egoyan multiplica las pistas y alterna las épocas de la narración para cambiar el signo del suspenso, el responsable que se busca no existe en realidad. La culpabilidad que al novelista y al cineasta les interesa, es la de los adultos; ésta se manifiesta de forma más llamativa en un caso concreto que contiene buena parte de la clave de la obra que deja un halo de poesía y misterio a los que es difícil escapar.

Abbas Kiarostami, en competición in extremis, ha dado una nueva prueba de su originalidad. «El sabor de la cereza» pertenece a esa categoría de películas minimalistas en las que los elementos dramáticos son reducidos al máximo. La conclusión de la película es preciso dejarla a los eventuales espectadores, a los que será conveniente prevenir contra toda interpretación puramente política. Las reflexiones de Abbas Kiarostami, si bien tienen lugar en un marco concreto, escapan a las interpretaciones reductoras de la política a las que son dados ciertos críticos en Occidente.

Un Palmarés en clave

La satisfacción de ver reconocida la estatura internacional de Abbas Kiarostami con una Palma de Oro y de encontrar algunas de las películas más interesantes en la lista de los premios, no debe ocultar el carácter poco riguroso de un Palmarés que, dada la ausencia de obras capitales, tenía que ser fruto de una discusión laboriosa.

Los premios más significativos contienen una «clave» de orden político o simplemente humano, como reconocía en una declaración posterior la presidenta del jurado Isabelle Adjani. La Palma de Oro a Kiarostami otras películas de este autor la merecían más en el pasado hay que ponerla en relación con las dificultades de su película para llegar a Cannes. El añadir «La anguila» de Shohei Imamura era una forma de devaluar la suprema recompensa; en ningún momento esta película japonesa había sido evocada para algún premio. El Premio del 50 aniversario para el conjunto de la carrera de Youssef Chahine ha sido una fórmula correcta de recompensar su oposición al integrismo musulmán. Sólo el Gran premio del jurado a Atom Egoyan por «The sweet hereafter» parece proporcionado; esta película recibió también el Premio ecuménico y el Premio de la crítica internacional. Tampoco discutiremos el Premio de interpretación masculina a Sean Penn en «She´s so lovely», pero sí el de Kathy Burke en el papel de esposa maltratada de la película «Nil by mouth», un buen trabajo pero en un papel secundario; en cambio, Isabelle Carré lo merecía cien veces más por «La femme infidele» de Philippe Harel Los otros premios no despertaron reacciones apasionadas. «Western» hubiera merecido más que el simple Premio del jurado; en cuanto a la mejor dirección, Won Kar-Wai por «Happy together», y al mejor guión «The ice storm» de Ang Lee, parecen determinados por el equilibrio diplomático entre los diferentes países, una preocupación que ha estado siempre presente en Cannes.