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Nuestra cultura está impregnándose de propuestas que plantean la maleabilidad hasta el infinito de masculinidad y feminidad y socavan la complementariedad, interdependencia y colaboración de los sexos, sobre todo en el ámbito familiar. Pesa, además, una sospecha generalizada sobre los hombres, a los que automáticamente se tacha de autoritarios, competitivos y violentos o -simultáneamente- de irresponsables, inútiles o apáticos. Pero distintas voces -desde la antropología, la economía, la sociología o el simple sentido común- empiezan a destacar los riesgos de este eclipse de la paternidad.

En su edición del pasado septiembre, la revista The Economist dedicaba a la familia un reportaje donde señalaba las desastrosas consecuencias económicas que divorcio y nacimientos fuera del matrimonio suponen para niños y mujeres. El informe ahondaba también en los efectos que las distintas políticas fiscales, de empleo o de protección social tienen en la familia. Así, el positivo esfuerzo de protección social hacia las madres solteras hace que las mujeres con niveles salariales bajos o sin trabajo prefieran depender del Estado antes que de un marido (caso de Gran Bretaña). Por otro lado, un sistema fiscal que beneficie al matrimonio promueve que las personas se casen y que disminuyan los nacimientos fuera del matrimonio (caso de Alemania).

La situación es especialmente difícil para los hombres que tienen salarios bajos, formación escasa y han sido educados en la idea que el papel del varón en la familia es sostenerla económicamente. Y esta circunstancia es frecuente entre algunos británicos y norteamericanos que rechazan la idea de un matrimonio donde no podrán cumplir esa función. Sin embargo, The Economist concluía que, junto al negativo panorama económico, el auge de las familias monoparentales esconde un fenómeno preocupante: los padres están siendo borrados del mapa cultural occidental.

PATERNIDAD: LA IDEA PERDIDA

Ya hace tres años, la socióloga francesa Evelyne Sullerot, en su libro Quels pères, quels fils?, llamaba la atención sobre el nuevo prejuicio contra la paternidad. Pero fallaba al proponer soluciones sólo de carácter legal. En Estados Unidos, David Blankenhorn, fundador y presidente del Institute for American Values, publicó la pasada primavera uno de los mejores estudios de la cuestión con su Fatherless America. Su libro, que obtuvo un gran eco en la prensa, examina el complejo proceso cultural de oscurecimiento de la paternidad que, en última instancia, alienta graves problemas sociales tales como la violencia juvenil y doméstica, el aumento de embarazos de adolescentes y de niños nacidos fuera del matrimonio, los abusos sexuales contra menores y, por supuesto, la creciente marginación económica de muchas mujeres y niños.

Según Blankenhorn, la paternidad ha sufrido una disminución progresiva que comienza cuando, con la Revolución Industrial, hogar y centro de trabajo se separan. Desde entonces, la realización del varón se lleva a cabo de manera creciente fuera de la familia. Y el padre se ha desprendido de funciones tan vitales como la de educador moral y cuidador irreemplazable, parapetándose únicamente en el reducto del formal título de cabeza de familia y sustentador económico.

El libro es fundamentalmente una crítica cultural. La paternidad, según Blankenhorn, es una “invención” cultural en mayor medida que la maternidad, ya que la contribución biológica del varón se reduce al momento de la concepción. Antropológicamente, la paternidad humana constituye lo que el autor considera como “un problema necesario”. En todas las culturas, el bienestar del niño y la buena marcha de la sociedad exigen una elevada inversión de esfuerzo paterno. Y hoy, de manera creciente, los hombres adultos no desean o no son capaces de realizar tal inversión.

La devaluación cultural que vive la paternidad, la torna incompatible con su definición como un rol que sólo los hombres pueden ejercer. En nuestros días la masculinidad unida a la paternidad aparece como algo que ha de ser superado más que recuperado. Y es que la aspiración masculina de mantener relaciones sexuales sin responsabilidad se presenta como el modelo “masculino” emblemático en series televisivas, películas y literatura. Así, una paternidad disgregada y vaciada de contenido produce una masculinidad dudosa, caracterizada por unas relaciones sexuales episódicas o violentas.

UNA SOCIEDAD FRAGMENTADA

En opinión de Blankenhorn, las culturas deben movilizarse para reforzar el rol del padre. Se trata de guiar a los hombres a través de cauces -jurídicos o no- que les hagan mantener una unión estrecha con los hijos y darse a ellos. La historia de la paternidad fusiona la paternidad biológica y la paternidad social en una identidad masculina coherente. A medida que avanza el papel de los padres, se consigue conducir a los varones hacia las necesidades colectivas. Precisamente, según David Gutman, el resultado más significativo del proceso actual de eclipse de la paternidad es la fragmentación de nuestra sociedad en individuos aislados unos de otros y ajenos a las aspiraciones y realidades de su común pertenencia a una familia, comunidad y nación.

Blankenhorn destaca que la “inversión” de los padres enriquece a los niños no sólo mediante recursos económicos, sino a través de la protección física, la transmisión de la cultura y la ayuda diaria.

Muchos antropólogos consideran el descubrimiento histórico de la paternidad como la clave de la aparición de la familia humana e, incluso, de la civilización. Así, Jane y Chet Lancaster advierten que, en el curso de la evolución, el momento cumbre de la fundación de la familia es la canalización de la energía masculina hacia la crianza de los jóvenes. La familia es una organización compleja destinada a dirigir una energía que sea invertida en la próxima generación, siendo su rasgo más distintivo la colaboración entre hombre y mujer.

SEMILLAS DE VIOLENCIA

La asociación entre hombre y violencia, que aparece con notable fuerza y simplificación en nuestros días, llega a culpar a los hombres en general, y a los padres y maridos en particular. Blankenhorn explica el papel que está desempeñando la ausencia de la paternidad y delimita el perfil de víctimas y culpables.

En primer lugar, confirma la propensión a la marginación, violencia o crimen que sufren muchos jóvenes norteamericanos, precisamente aquellos que no viven con su padre y cuya adolescencia resulta mucho más problemática. Según un estudio realizado en Estados Unidos por el Progressive Policy Institute, “el crimen está más relacionado con las familias monoparentales que con la raza o la pobreza”.

Para muchos, la violencia doméstica es un fenómeno tan antiguo como el matrimonio. Sin embargo, Blankenhorn pone de manifiesto que pocas veces se analiza el estatus del hombre que maltrata a la mujer: ¿es su marido, su novio formal o un amigo esporádico? Lo políticamente correcto nos induce a concluir que se trata siempre de un marido y que la institución matrimonial (y la dependencia económica de las mujeres) es el entorno ideal de la violencia. Sin embargo, una investigación realizada por el Departamento de Justicia norteamericano muestra algo muy distinto.

De 1979 a 1987, cerca de 57.000 mujeres fueron maltratadas por sus maridos; 200.000 lo fueron por sus novios; y 216.000 por sus ex maridos. En 1994, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos hizo público un estudio que contenía la siguiente información: anualmente, cerca del 6% de las mujeres embarazadas norteamericanas son maltratadas por sus “maridos o compañeros”; pero la proporción entre unos y otros es significativa: por cada mujer casada maltratada por su marido, tres mujeres solteras reciben malos tratos de esos terceros con quienes conviven.

El aumento de abusos sexuales contra niños está directamente unido al declive de la paternidad y a la creciente convivencia de los niños con hombres que no son sus padres. Los medios de comunicación e incluso muchos expertos, presentan el retrato-robot del culpable como el de un padre “respetable” y con apariencia normal. Blankenhorn reconoce que, aunque hay padres que cometen abusos sexuales contra sus propios hijos, su proporción es notablemente inferior a la de quienes no son sus padres. Y la razón es que un padrastro o un novio ocasional o formal de la madre, no puede establecer con los niños el mismo lazo que se tiene con un padre, y que el tabú más poderoso de la sociedad humana -el incesto- sigue funcionando.

UN PADRE PARA CADA NIÑO

El aumento de embarazos de adolescentes y fuera del matrimonio viene favorecido también por la ausencia de la paternidad y, según Blankenhorn, reviste una especial gravedad al perpetuar el círculo creado. Este fenómeno se debe no sólo, como hemos visto, a que los chicos jóvenes son alentados en la idea de una sexualidad libre de responsabilidades sin la menor intención de ser padres o comprometerse, sino porque algunas mujeres han aceptado (o se han resignado) a esta posición. Es común ver que una joven educada sin padre tiene menos seguridad en sí misma, baja autoestima, exige mucho menos de los hombres y, en cambio, cae ante el primer espejismo o promesa de amor esporádico. “Cuando una joven no puede confiar y amar al primer hombre de su vida -su padre- , el resto de sus relaciones pueden resultar dañadas”.

Todo este panorama no implica que haya que condenar al ostracismo ni a las madres solteras, abandonadas o divorciadas ni, por supuesto, a los niños. Blankenhorn propone la recuperación de la figura del padre antes que insistir en otros remedios sociales (más policías en las calles, leyes más estrictas…) o en los modelos sustitutivos que ofrece el discurso cultural de moda: el “nuevo” padre (configurado como una segunda figura materna), el padre “visitante” (resultado del divorcio, cuya única función es pagar la pensión y el derecho de visita), el “tipo de al lado” (mentor, profesor o jefe del club juvenil), el padrastro y el padre “donante de esperma” (conocido o desconocido, limitado a la biología).

Blankenhorn concluye su libro con una realista descripción de lo que puede considerarse un buen padre -y un hombre- y que se resume con una frase: quien coloca a su familia en primer lugar. Y recuerda de paso que, frente a los derechos de los adultos, cada niño tiene derecho a su padre.

¿INTERESES “IRRECONCILIABLES”?

El libro de Blankenhorn, pese a su completo examen, deja la puerta abierta a otras muchas cuestiones que por prudencia o limitación de espacio no llega a considerar. La primera sería el pesimismo vital con que hoy muchas mujeres y no pocos hombres enfocan las relaciones entre los dos sexos y, en especial, el matrimonio. La segunda es la emergencia de nuevos y sorprendentes modelos de relaciones afectivas e incluso de “masculinidad” y “feminidad”.

En el verano del 94, el periódico español El Mundo traducía un artículo estremecedor de Gore Vidal que proponía la superación de la familia basada en el matrimonio: ante los “irreconciliables” intereses de ambos sexos, habría que dejar que las mujeres se ocuparan de la crianza de los hijos, libres de las interferencias de la convivencia con los varones (más interesados en otros asuntos).

Quizás esta proposición no se haya formulado tan abiertamente por otros, pero un vistazo a la literatura, cine, televisión y teatro actuales nos muestran que la idea no anda tan lejos. ¿Cuántas narraciones presentan hoy a hombres decentes -con sus fallos- , pero interesados por sus hijos, capaces de ser fieles y comprometerse? ¿Cuántas, por el contrario, se refieren a mujeres sin fisuras, cuyas vidas han sido siempre destrozadas por un hombre (naturalmente) sin el cual estarían mucho mejor? Asistimos a una visión desencajada de la realidad donde la conclusión parece evidente: el matrimonio es una institución obsoleta en donde las mujeres sufren y los hombres pierden su libertad.

MIRADA TURBIA

Pero además, existe la creencia tácitamente aceptada de que ciertos escritores, cineastas, diseñadores, etcétera, conocidos por su homosexualidad, son quienes -de verdad- conocen, comprenden y retratan mejor el complejo mundo femenino… que se escapa al “pobre hombre común” incapaz de acercarse, aunque sea de lejos, a la profunda sensibilidad femenina. Además, las relaciones de parejas heterosexuales son narradas por quienes precisamente son incapaces de vivirlas. Y no es de extrañar que esa sucesión de momentos de álgida pasión, seguidos de odio, una mezcla barata de supuesta seducción, erotismo, egoísmo y violencia, sea tantas veces el modelo en el que muchos hombres y mujeres nos miramos en el cine, en la televisión, en la literatura… y en el cual no podemos reconocernos.

La visión del cuerpo que hoy se nos ofrece es resultado también de una mirada turbia que no entiende que la arruga, el kilo de más y las estrías conforman vertiginosamente nuestra anatomía una vez superados los treinta, sin que esto suponga un drama. Una mirada que procede originalmente de quienes no saben lo que es una mujer y que, a través de la moda, la publicidad y otros estímulos visuales, está calando profundamente en la sociedad. Un supuesto “gusto exquisito” se cuela como sustituto de lo que era simplemente el buen gusto. Un asfixiante ambiente viscontiano juega a medias la partida con imágenes de Barbarella, modelos andróginos (cuanto más jóvenes y ambiguos, mejor) o musculosos hombres a medio camino entre la estética nazi y lo abiertamente homosexual.

CUESTIONES PENDIENTES

La recuperación de la paternidad y masculinidad se fundamenta en dos cuestiones pendientes:

Superar, en la teoría y sobre todo en la práctica, los diversos discursos establecidos (desde posiciones ideológicas diferentes) que configuran un estatuto menor de la paternidad frente a la maternidad. Con esta concepción, se limita al padre a su función económica y se desdibuja su irreemplazable papel como educador y guía de los hijos. Como dice Evelyne Sullerot, “los padres no lograrán nuevos derechos más que asumiendo voluntariamente nuevas cargas”.

En este mismo sentido, sería deseable abandonar ese exagerado y falso juego de alabanzas y admiración ante las mujeres bajo el cual se esconden, tantas veces, muchos misóginos anónimos, inveterados “conquistadores” y otros muchos que asumen por comodidad o conveniencia su supuesta inferioridad ante las mujeres.

Pero, además, hace falta que, desde la literatura, el cine, el teatro, la televisión, la moda y la publicidad volvamos a narrar que, si bien las relaciones entre hombres y mujeres no pueden considerarse como fáciles son, desde luego, bastante interesantes.

En todas las culturas, el bienestar del niño y la buena marcha de la sociedad exigen una elevada inversión de esfuerzo paterno. Y hoy, de manera creciente, los hombres adultos no desean o no son capaces de realizar tal inversión. Así, una paternidad disgregada y vaciada de contenido produce una masculinidad dudosa, caracterizada por unas relaciones sexuales episódicas o violentas.

Muchos antropólogos consideran el descubrimiento histórico de la paternidad como la clave de la aparición de la familia humana e, incluso, de la civilización.