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La felicidad lleva el compás suave de una música interior. Tan invencible como un paso de luna, tan sutil como el aire paseando las ramas, tan radical y poderosa como el misterio del color azul.

El baile, como el juego, tiene origen religioso, y lo sexual interviene en él como introducción al misterio de la vida. Una sexualidad que necesita aún del baile conserva todavía una dignidad humana, y su desmitificación llevaría necesariamente a la alienación, en el sentido más propio de la palabra. Los sacerdotes de muchas religiones bailan todavía en sus servicios divinos o idolátricos. En las culturas cristianas se ha perdido casi totalmente la conciencia del origen religioso de la danza, pero si uno no ha caído del todo en la trampa del racionalismo logra reconocer el sello danzarín de la liturgia católica, no sólo en sus procesiones, sino también en sus gestos, su poesía y su música (¿no será, en el fondo, toda música, música de baile?).

¿No bailaba Francisco de Asís en el monte de sus visiones y estigmas, mientras tocaba un violín improvisado con dos ramas de árbol? ¿No bailó la extática Teresa de Jesús en su claustro ante la atónita grey de sus monjitas contemplativas? ¿No son todos los aplausos del entusiasmo humano incoación de una danza, que por circunstancias diversas, no se atreve a llevar a cabo la propia perfección?

LA VIDA ES UNA MUJER QUE BAILA

“El danzarín es una imagen de la vida”, dijo en la antigüedad el filósofo Plotino, y en nuestro tiempo afirma Paul Valéry en su ensayo El alma y la danza: “La vida es una mujer que baila y que dejaría de ser mujer si levantara el salto hasta las nubes. Así como nosotros no podemos alcanzar lo ilimitado, ni despiertos, ni soñando, debe ella también renunciar a convertirse en copo, pájaro, idea, volver a sí misma…, pues la tierra que la despide la reclama siempre de nuevo”. En su concepción algo espiritada de la danza, Valéry ve el cuerpo en un combate festivo con el espíritu, intentando imitar su omnipotencia, pugnando por competir con su ligereza y su variabilidad.

En realidad, el baile no es otra cosa que una encarnación de los movimientos del espíritu: una traducción finita de su infinitud, aunque tan sólo en la instantaneidad de un impulso, que se levanta como la llama entre tierra y cielo, para recogerse luego en sí mismo.

La íntima unidad del existente humano reclama esta encarnación de la alegría que capta e intenta seguir el ritmo del gobierno divino del universo. Cuanto más penetra el espíritu en los secretos de la vida, tanto más sensible y dócil se hace al paso y al compás divino. Por esto, Jesucristo mismo fue llamado por San Hipólito, “primer danzador en la fila”, y los antiguos Padres de la Iglesia, desde San Gregorio Nacianceno hasta San Ambrosio y San Agustín, designaban al cristiano como “danzarín real”, sin empacho alguno, porque la danza expresa y exprime el misterio de un caminar por la tierra en presencia de Dios.

Sólo el que ha descubierto la interioridad de este mar sin orillas de la alegría y aprende a saborearla en la prosa cotidiana, llega a dominar el arte de la danza de la vida.

La auténtica alegría no es algo modal, no es un involucro de actitudes, palabras o acciones, sino algo esencial, no circunscrito en el marco del espíritu, sino que, como todo lo que en el hombre es verdaderamente espiritual, exige su actualización y realización en el cuerpo. Sin embargo, dado que la amargura y aun la ira emergen de vez en cuando inevitablemente en nuestras vidas, dado que todos tendemos al rencor, al lamento e incluso a la agresividad, dado que todos algún día murmuramos “es inútil”, “no vale la pena”, “no hay nada que hacer”…, nuestra alegría organizada y programada se convierte fatalmente en comedia o en desesperada fuga, degenerando en desamorada ironía, en estúpida juerga o en sensualidad egoísta.

RAÍCES ABISMALES

“Hemos tomado la alegría poco en serio”, decía el barón de Hügel. Creemos poseerla, en efecto, porque bromeamos de buena gana y nos burlamos de todo…, pero estas burlas y bromas son demasiado fugaces, demasiado sujetas al humor del instante, al viento que sopla, a la radioactividad atmosférica: sucedáneos de la alegría genuina, intrínsecamente superior a la bullanguería, a la emoción hemorrágica y a las pasiones desatadas. La verdadera alegría se abriga en el corazón quieto, perceptible en cualquier sitio y circunstancia, aunque suene realmente en la más íntima soledad del alma. Es la alegría del puro existir criatural, libre de la nostalgia del pasado y del miedo del porvenir, recibida a cada instante del cielo y al ritmo de la misteriosa Providencia.

La piedra de toque de la alegría y el baile auténticos es su interioridad. ¿La oímos cantar dentro de nosotros cuando estamos solos? ¿La hemos percibido en lo profundo de nuestro ser cuando el dolor, el fracaso o el abandono nos han visitado? Agua limpia que todo lo impregna y refresca, espíritu que en todas partes halla posibilidades de encarnación, partícipe del mismo espíritu de Dios, que en la aurora del primer día del mundo, danzaba sobre las aguas primordiales. Si la dicha que rompe a bailar no posee esta perennidad y estas raíces abismales, correrá siempre el riesgo de la hipocresía, del capricho a destiempo, de la necedad y la ligereza coactivamente planificadas, de la degradación libidinosa y de la carnavalada espasmódica.

Debido a la masificación y tecnificación de la vida social moderna, la alegría se deforma con facilidad y se hunde en la agitación rumorosa y aturdidora, sin íntima textura vital, aunque la mascarada se prolongue indefinidamente. Por ello, y al servicio de la sinceridad y de la autenticidad de la alegría, el hombre actual debería aprender de nuevo a saborearla en el escondite de su alma, en el recogimiento sereno de todos sus sentidos internos y externos, y dejarla allá respirar y crecer – no por codicia o malentendida discreción, sino porque allí tan sólo están su patria y su casa, y desde allí tan sólo es capaz de alumbrar y penetrar toda la existencia- . Si la alegría florece en el corazón profundo, se abre espontáneamente al sol, sale “sin ser notada”, de puntillas, modesta, delicada y al mismo tiempo tan poderosa que “mueve el sol y las demás estrellas”.

LOGRAR FELICIDAD Y REGALARLA

Todos los viejos maestros de moral declaran -con una unanimidad que debería hacer estremecer nuestras ideologías separatistas- que el fin y la norma de toda la conducta ética es la felicidad. Aquí muere la furia del homo faber, la glorificación de la productividad, y también la pasividad encogida, la melancolía y el aburrimiento…, que conducen irremediablemente a la desesperación. La felicidad, no el éxito ni el esfuerzo, ni ninguna virtud particular, es la medida, el compás que rige nuestro compromiso diario: la alegría del que escucha la música de Dios y procura bailar a su ritmo.

Existe la alegría de los ricos -cultivada, amanerada, estereotipada, cara y complicada- , y existe la alegría de los pobres -natural, espontánea, variada- , sin abalorios, que cualquier nimiedad es capaz de encender. ¿No fue acaso el gran Santo Tomás Moro, quien compuso esta “oración para pedir buen humor”, desde la soledad de un calabozo, antecámara de su martirio?:

“Dame, Señor, una buena digestión y también algo que digerir.

Dame salud del cuerpo y, con ella, el sentido común necesario para conservarla lo mejor posible.

Dame un alma santa, Señor, que mantenga ante mis ojos todo lo que es bueno y puro, para que a la vista del pecado no se turbe, sino que sepa encontrar los medios para poner orden en todas las cosas.

Dame un alma ajena al tedio, que no conozca refunfuños ni suspiros ni lamentos. Y no permitas que esta cosa que se llama ‘yo’, y que siempre tiende a dilatarse, me preocupe demasiado.

Dame, Señor, sentido del humor. Dame la gracia de comprender una broma, para lograr un poco de felicidad en esta vida y saberla regalar a los demás. Así sea”.