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Por Jerónimo José Martín

Hay personas que te caen bien nada más conocerlas. Alfonso Cuarón es una de ellas. Cuando entré en la habitación del Hotel María Cristina, me recibió con una desbordante amabilidad que traslucía la enorme ilusión que siente por su trabajo. Además, su juventud y su abrumadora sencillez contrastaban favorablemente con la solemne decoración de la suite y, en general, con el superficial y cargante glamour que suele flotar en estos eventos cinematográficos.

Tomamos un café tranquilamente, mientras preparábamos la entrevista. Bastaron unas breves palabras para que me resultara imposible tratarlo de otro modo que no fuera de tú a tú.

La crítica destaca la belleza y profundidad de “La princesita” (“A Little Princess”). ¿Qué aporta tu película en el proceso de recuperación y renovación del cine familiar al que asistimos desde hace unos años?

Se está llamando cine familiar a muchas películas infantiles. El cine familiar es otra cosa. Está más bien en la tradición de las novelas de Charles Dickens -como Grandes esperanzas- , o de algunas películas de David Lean -uno de los grandes maestros del cine familiar- , o de “E.T.”, de Steven Spielberg, otro gran ejemplo de cine familiar. El cine infantil es distinto y, por desgracia, se confunde con el familiar. Ambos están bien, pero son géneros distintos.

Uno de los temas fuertes que afrontas en tu película es el sentido de la muerte, que también tratan otras películas familiares e infantiles recientes. ¿Qué dificultades te supuso plantear este tema difícil a un público infantil y juvenil?

El tema de la muerte está en toda la tradición de los cuentos de hadas, desde los hermanos Grimm hasta Andersen. Tratan sobre todo de miedos primarios, como el abandono, la pérdida del padre o de la madre, etcétera. En los cuentos de hadas clásicos, la muerte no se plantea como fatalidad final, sino como parte irremediable del viaje. Desde el primer momento, entendí mi película como el viaje espiritual de Sara, la niña protagonista. Ella comienza su historia en el paraíso; más tarde es llamada a la realidad, para que, a través de esa experiencia y de su propio sufrimiento, sea salvada por la compasión y comprenda que ese paraíso no está en otro lado más que dentro de ella misma.

En tu película planteas un atractivo más allá, por ejemplo en esa secuencia -que me parece magistral- en la que Sara consuela a la pequeña niña huérfana que quiere hablar con su madre muerta. ¿Hasta qué punto tiene que ver ese más allá con el destino final de ese viaje espiritual de Sara?

Como parte de su viaje espiritual, Sara encuentra distintos personajes. Pero todos son parte de sí misma. Esa niñita huérfana es la parte de Sara que no tiene mamá. En su viaje de aprendizaje, Sara tiene que aceptar y abrazar todas esas partes de ella misma que no ha aceptado ni abrazado antes. Sara se va reflejando en distintos personajes para encontrarse a sí misma. En esa escena, Sara acepta que no tiene mamá, hablándose a sí misma a través de la otra niña. De la misma manera, la chica vanidosa que se arregla el cabello, es la parte arrogante de Sara. Y la niña gordita, sin autoestima, representa el miedo de Sara al rechazo de su padre. Este recurso narrativo no es muy original: es el mismo esquema de “El mago de Oz”: su protagonista, Evelyn, va conociendo durante su aventura a distintos personajes que son parte de ella: el coraje, el valor, la inteligencia, el corazón… Es lo que algunos llaman un rito de pasaje.

¿Qué peso tiene la religión, y en concreto la católica, en la que supongo has sido educado, en ese viaje espiritual que describe tu película?

Como mexicano, evidentemente me ha influido la religión católica: de niño fui educado en ella; pero más tarde me separé del catolicismo, y ahora no me considero tal. En este sentido me he acercado más a otras corrientes místicas, para descubrir finalmente que la esencia de todas las religiones es la misma: todas hablan de compasión, caridad, fe, esperanza, humildad…, las grandes virtudes que hacen grandes a los seres humanos. No creo que todas estas ideas las haya plasmado de modo consciente. Pero hay algo de todo esto en el fondo de mi cabeza, y quizá en la película me he descarado de alguna manera. He tratado todo el tiempo de ser fiel a Sara, ir a su espíritu y meterme dentro de él.

La película posee un gran vigor estético y dramático. Parece como si todo el equipo técnico y artístico se hubiera implicado profundamente en la historia. ¿Ha sido así?

Sí. Estoy muy satisfecho porque todos los que participamos nos rendimos al maravilloso espíritu de Sara. Y al rendirnos, nos empezó a guiar por caminos extraños que muchos no conocíamos. Tanto es así que cambió la vida de muchísima gente involucrada en la película. Por ejemplo, mujeres que habían decidido no tener hijos jamás, ahora están embarazadas; no sé cuántos embarazos ha provocado la película… O gente que ha encontrado el amor o ha dado un giro a su carrera profesional hacia objetivos más altos… La película contagió de una manera especial a mucha gente.

Como otras películas norteamericanas recientes, “La princesita” hace una crítica profunda a la moral del triunfo a cualquier precio, y plantea el verdadero sentido del triunfo de la persona en parámetros alejados del materialismo rampante de ciertas actitudes actuales. ¿No es así?

En efecto, la película trata sobre el triunfo, pero un triunfo que está dentro de la persona y que es probado por todas las adversidades. Habla de ese triunfo del espíritu humano en lugares tan inhumanos como Auschwitz, donde se dieron cita los mayores horrores en la historia de la humanidad y, a la vez, el espíritu humano siguió haciendo grandes gestas. O Sarajevo, una ciudad sitiada y bombardeada, en la que el espíritu humano lleva a la gente a seguir organizando festivales de música, de teatro… Habla de ese espíritu triunfante que hace comunes a todos los seres humanos. Más que las diferencias, trato de ver las similitudes entre las personas. El triunfo no puede estar divorciado de la compasión. Para mí, la compasión es una de las grandes virtudes. Es un sentimiento casi inexplicable, porque no tiene nada que ver con la piedad, con la que a veces se confunde. En la compasión tu no existes como ego; estás conectado con otra cosa, que es casi inexplicable, que hace bello al ser humano y que me da mucha esperanza sobre él.

O sea que tu película viene a ser también como un acto de rebeldía frente al cinismo pesimista de cierto pensamiento actual…

Sin duda. A pesar de que “La princesita” es una película de época, al sumergirnos en el espíritu de Sara tratamos una temática totalmente contemporánea: la rebeldía. Sara es un ser rebelde, cuyas motivaciones surgen de donde debe salir la verdadera rebeldía: de la compasión. En muchas sociedades actuales, fundamentalistas, la rebeldía nace de la ideología, no de la compasión. Los problemas vienen cuando la ideología toma poder dentro del ser humano o de la sociedad. Sara es un ser rebelde, pero en el mejor sentido: en el sentido en que Jesús era un rebelde, y Jonás, el profeta; y Mahoma, y Buda…

¿Afecta también este planteamiento a la visión del universo femenino que ofrece la película?

Desde luego. La película es muy contemporánea también en lo que hace referencia a su visión de la mujer. Sara es rebelde, tiene ideas propias, es independiente, pero no en el sentido ideológico de separada de los demás, de estar en contra de algo o alguien… A veces, cuando hablas de una mujer independiente, la gente piensa que está en contra de los hombres. La belleza del verdadero feminismo es esa independencia que entiende las diferencias entre el hombre y la mujer, pero que descubre y abraza las similitudes entre los dos sexos. Y, volviendo a lo que hemos hablado antes, pienso que el sexo femenino es mucho más compasivo que el masculino.

Otro tema importante es la familia. Tú mismo reconoces que te interesó el tratamiento que le da la novela de Frances Hodgson Burnett, incluso de cara a las propias relaciones con tu hijo de 10 años…

Que por cierto, es quien interpreta el papel del niño deshollinador…

¡Qué sorpresa! No lo sabía. Lo hace muy bien…

Sí, creo que está bastante bien.

En fin, ¿cuál es tu opinión sobre la familia?

Es algo fundamental en cualquier sociedad, pasada, presente y futura. Y la familia, no estrictamente desde el punto de vista de la sangre… Las familias se van creando y organizando. No creo que su cimiento sea la estructura tradicional, que no está mal, pero que muchas veces se quiere imponer… En mi opinión, la familia debe estar estructurada alrededor del amor. Si ese amor se da en una estructura tradicional, ¡qué mejor!, ¡qué mejor!… Pero si no se articula así, la estructura de amor es pilar suficiente. En cualquier caso, creo que la familia, en ese sentido de núcleo de amor, es una de las cosas que pueden salvar a la humanidad. Una vez más, no la familia vista desde la ideología -del rol que debe jugar cada componente- , sino de ese algo que une a la gente con la gente. La película trata sobre la familia en muchos sentidos. Sara es sacada de su paraíso y encuentra su propia familia. Una vez que la encuentra, lleva esa nueva familia a su paraíso. De hecho, Sara acaba al final con Becky, la niña negra que se ha convertido en una hermana para ella. No necesitan tener la misma sangre para ser hermanas.

Llama la atención que en tu primer largometraje en Estados Unidos hayas podido contar con un equipo de tal categoría: el productor Mark Johnson (“El mejor”, “El secreto de la pirámide”, “Avalón”, “Good Morning Vietnam”, “Rain Man”, “Bugsy”, “Un mundo perfecto”, “Quiz Show”…), el guionista John LaGravenese (“Pescador de ilusiones”, “Los puentes de Madison”), el director de fotografía Emmanuel Lubezki (“Como agua para chocolate”, “Un paseo por las nubes”), el diseñador de producción Bo Welch (colaborador habitual de Tim Burton y diseñador de cintas de la talla de “El color púrpura”, “Grand Canyon” o “Lobo”), el compositor Patrick Doyle (“Indochina”, “Enrique V”)… ¿Cómo lo conseguiste?

He tenido muchísima suerte. Con Emmanuel Lubezki, el director de fotografía, he tenido desde siempre mucha relación: él ha hecho todos mis trabajos anteriores. Cuando tuve la primera conversación con el productor Mark Johnson, le dije que me gustaría contar con Bo Welch como director de arte. Y me contestó que la semana anterior le había mandado el guión a él y a Lubezki, y que los dos querían participar, que estaban en perfecta sintonía con mis ideas. También fue una gran experiencia trabajar con Patrick Doyle, que creó una partitura original y compleja: Mezcla cantos y ritmos hindúes con cánones barrocos, cuartetos de cuerda al estilo de Beethoven y pasajes operísticos tipo Rossini. Pero todas las composiciones emplean el mismo lenguaje y siguen la experiencia de Sara en cada momento. Pasa lo mismo con las letras de las canciones, interpretadas todas por niñas y en las que se mezclan mantras hindúes con poemas de William Blake, que para mí es el gran poeta de la compasión…

La crítica ha destacado el vigor visual y la personalidad narrativa de tu película. ¿Cómo te planteaste la puesta en escena?

Sólo me rendí a Sara; ella iba dictando todo. Si en algún momento se emplea la cámara lenta es porque pensaba que Sara estaba viendo las cosas así. Hay un juego constante entre la cámara y Sara. Por ejemplo, puede estar aparentemente derrotada, pero su espíritu está activo. Entonces, la cámara, a pesar de mostrar a Sara derrotada, está activa, moviéndose por todos lados. Generalmente, en la película la cámara está muy libre, se mueve por todas partes, porque es el espíritu de Sara. Toda la cinta está contada desde su punto de vista. Habitualmente, la cámara está detrás de ella o mirándola. Lo único que hice fue rendirme a lo que ve o siente en cada momento.

¿Incluso en los pasajes o­níricos, que ilustran el relato fantástico que Sara cuenta a lo largo de la película?

Sí, claro. Todos esos pasajes o­níricos se inspiran en el Ramayana, la gran leyenda épica del hinduismo. Hemos tenido suerte, porque hay mucho material gráfico sobre este relato para documentarse; gran parte de la pintura clásica hindú se basa en él. Al principio, intentamos ser puristas. Luego dijimos: “No, esto es bellísimo, pero Sara no vería así las cosas…”. Decidimos entonces inspirarnos en esa calidad casi infantil del pintor francés Henri Rousseau [ 1844-1910] . Finalmente, mezclamos este estilo con la pintura clásica hindú y, sobre todo, nos rendimos una vez más al espíritu de Sara. Así, hay muchos elementos recurrentes en la película, de los que nadie tiene por qué darse cuenta conscientemente. Por ejemplo, las espinas, que aparecen constantemente en la fantasía, pero también en la escuela donde vive Sara, sobre todo en la oficina de Miss Minchin. O el predominio del color verde… Hemos intentado jugar con muchas cosas subconscientes: por un lado, la realidad emocional que ve Sara y, por otro, diversas cosas que no está asimilando racionalmente pero que están dentro de su cabeza a partir de la experiencia que vive.

Te habrá costado trabajo controlar los fuertes elementos melodramáticos de la historia, sobre todo trabajando con niñas.

En todo momento intentamos alejarnos del sentimentalismo; odio las películas sentimentales y gozo las cintas emocionales. Considero que mi película es honestamente emocional. Pienso que entre lo emocional y lo sentimental hay un abismo como entre el día y la noche. El trabajo con las niñas fue maravilloso, porque dieron ese matiz emocional a toda la película. Algunas eran tan inteligentes que podían delimitar perfectamente entre su personaje y su propia personalidad, por ejemplo, Liesel Matthews, la niña que interpreta a Sara. Yo podía gritar y tratar duramente a Sara, y Liesel también me contestaba a gritos; después nos reíamos. O le ponía música tristísima, o nos poníamos a hablar de rollazos: la muerte, el abandono, de cómo puedes reaccionar a impulsos como los sueños…; trabajábamos mucho con sueños. Siempre respetando a Liesel, que es maravillosa. Ha sido una gran experiencia. Aprendí lo que no había aprendido nunca.

¿Qué proyectos tienes para el futuro?

Muchísimos. Ahora preparo una película con Richard Gere de protagonista. Se trata de otro viaje, como el de Sara, pero de un adulto: un hombre que cruza el desierto y tiene que llegar al océano porque cree que es una ballena. Así como la compasión es el tema de “La princesita”, el perdón es el tema de esta nueva cinta.

Tuvimos que acabar, porque Alfonso Cuarón tenía otros compromisos. Una pena, porque creo que los dos disfrutábamos la entrevista. Antes de irme, le pedí un autógrafo. Me lo dio un poco azorado, quizá porque todavía no se acostumbra a que le pidan su firma, como si fuera una gran estrella o un cineasta consagrado. Y, sin embargo, para mí, su película -a pesar de un cierto eclecticismo, a veces discutible- , tiene mucho más interés que la mayoría de los títulos que copan las carteleras de todo el mundo. Estoy seguro de que Alfonso Cuarón va a dar mucho de que hablar en el futuro. “Para Jerónimo -me puso antes de la firma- : gracias por conectarte con la magia de Sara”.