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No faltan, por suerte, lectores del arte poético, pero su número aumentaría, seguramente, si la poesía fecundara nuestro mejor silencio.

Para algunos, la poesía es sinónimo de cursilería, expresión empalagosa de sentimientos. Para otros, una pérdida de tiempo, bloque de palabras artificiosamente colocadas que no resulta fácil comprender. Para unos más, la poesía es obligación cultural que amerita atención, pero sin interés real.

La lírica, dentro del mundo literario, tiene su propio espacio, aunque sea inevitable la interferencia entre lo narrativo, dramático y lírico. La poesía comunica el interior del hombre, el “yo” del poeta, un estado anímico, o refiere placeres, guerra, amor, paisajes…

EL ENCUENTRO QUE HACE POESIA

José Emilio Pacheco, escritor mexicano, dice: “La poesía puede decirnos muchas cosas si sabemos acercarnos a ella, si nos enseñamos a leerla. Es un arte y el arte está hecho para todos, aunque nos exige cierto grado de esfuerzo y aprendizaje; la recompensa es un gran placer”. Supone, también, empeño personal: “(…) la afinidad que pueda establecerse entre autor y lector (…), en ese encuentro se hace la poesía, sin el lector, el poema es letra muerta, página ciega en la oscuridad del libro cerrado. Nada más los ojos, los labios y los oídos de quien lee, pueden hacer que esa materia se ilumine y emita señales de vida”. Cada poeta imprime su estilo y cada lector, sus preferencias.

En la vida ordinaria, el modo habitual de expresión es la prosa. Si alguien dice: “Un sabio que lamentaba su miseria comprobó que a otro le iba peor”, su mensaje es perfectamente descifrado, pero la misma información vertida en poesía experimentaría algunos cambios:

Cuentan de un sabio que un día/ tan pobre y mísero estaba/ que sólo se sustentaba/ de las hierbas que cogía./ ¿Habrá otro –entre sí decía–/ más pobre y triste que yo?/ Y cuando el rostro volvió/ halló la respuesta viendo/ que otro sabio iba cogiendo/ las hierbas que él arrojó.

Calderón de la Barca, poeta español, ha empleado bastantes más palabras. Los versos siguen informando el estado anímico del sabio y su incógnita pero, además, dicen cosas que no son necesarias estrictamente hablando y dejan ocultas otras más. Desconocemos quién o quiénes cuentan el suceso, a qué hierbas se refiere, cómo se llamaban los protagonistas, etcétera. El intento del poeta no era únicamente informar sobre el tema –faltan datos, una mentalidad científica quedaría poco satisfecha–, más bien ha puesto notas de emoción al comunicar, dando sentimiento a la transmisión de un mensaje cuya escasez o abundancia de datos queda en segundo plano.

Hay mil maneras de dar a entender lo mismo, pero no con la armonía y belleza que encierra la poesía. Ahí radica el problema y la importancia: organizar las palabras de tal modo que el poeta logre transmitir lo que siente o piensa.

LENGUAJE DE HORIZONTE AMPLIO

La poesía conduce al propio conocimiento; quintaesencia de la expresión cultural, recurso verbal de aquello que no siempre puede expresarse con la razón. Es la manifestación más alta, más perfecta del genio de una lengua.

Del latín vulgar que se transformaba en castellano nacían composiciones bellas, reflejo de los sentimientos más delicados. Así ocurre siglos más tarde, como en esta estrofa de San Juan de la Cruz: Mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura/ y yéndolos mirando/ con sólo su figura/ vestidos los dejó de su hermosura.

Hay poesías que permanecen a pesar del tiempo, interesan y emocionan a millares de hombres, se “sostienen” por sí mismas. Son universales, clásicas. Su lectura deja poso, cultura, horizonte amplio. “La Literatura no es agotable, por la suficiente y simple razón de que un solo libro no lo es”, solía decir Borges. La buena poesía es un tesoro para quien está convencido del valor decisivo del sedimento cultural en el desarrollo y formación humanos.

No siempre logramos honrar a los autores; así, las composiciones denominadas “romance” son anónimas, populares, genuinamente hispánicas. Vaya un ejemplo: Que por mayo era, por mayo,/ cuando hace la calor,/ cuando los trigos encañan/ y están los campos en flor,/ cuando canta la calandria/ y responde el ruiseñor,/ cuando los enamorados/ van a servir al amor;/ sino yo, triste y cuitado,/ que vivo en esta prisión;/ que ni sé cuándo es de día,/ ni cuándo las noches son,/ sino por una avecilla/ que me cantaba al albor./ Matómela un ballestero,/ ¡déle Dios mal galardón!

LA POÉTICA DIARIA

La vida es prosa diaria y de ella surge la poesía. El tema principal de la inspiración del poeta es la vida, la prosa de la vida. Imborrable es la estrofa de Rubén Darío: Juventud, divino tesoro,/ ya te vas para no volver;/ cuando quiero llorar no lloro/ y a veces lloro sin querer.

Según Camilo José Cela: “Lo único que se necesita es tener algo qué decir y un fajo de cuartillas y una pluma con qué decirlo”, refiriéndose a la poesía de ideas, capaz de conmover al lector, que le comunica sentimientos o actitudes, y de las cuales hasta podría sacar consecuencias prácticas.

La poesía surgió, tal vez, de las exigencias planteadas por las antiguas ceremonias religiosas; con el tiempo amplió su uso y se utilizó para contar la historia de los pueblos; los diálogos teatrales; expresar la sabiduría popular en refranes (como aquél: Dinero mal prestado,/ en lomo de venado;para diversión de los mexicanos con las “calaveras” del día de muertos; para volcarse en canciones… para la vida diaria.

Es oportuna la pregunta de un poeta: “¿Puede fijarse la poesía objetivo más alto que formar parte de nuestra vida y extender nuestra experiencia, atrozmente limitada si no la enriquecemos, si no nos apropiamos de la experiencia ajena contenida en todo ese arte?”:

El verso es un lenguaje ordinario de la poesía, el lenguaje sometido a un ritmo determinado. Por eso, la diferencia entre el lenguaje en verso y en prosa hay que buscarla ahí, en la repetición de determinados elementos: acentos, pausas, sonidos… La repetición de acentos se hace compás. Cosas misteriosas, trágicas, raras,/ de cuentos oscuros de los antaños,/ de amores terribles, crímenes, daños,/ como entre vapores de solfataras (Rubén Darío). También hay ritmo en la prosa, pero es irregular, sin leyes fijas. En la poesía, los signos se despojan de la carga del habla natural, han sido re-escritos de tal modo que el lector puede deleitarse aunque toquen asuntos que, de ser reales, lo harían sufrir o llorar.

Por expresarse la poesía en verso, se le llama ordinariamente “poesía” a las composiciones versificadas. Pero es cosa distinta la poesía de la versificación. La poesía tiene muchas más posibilidades expresivas si se reviste de una forma rítmica y musical, mas no todo lo versificado es poesía, como tampoco es ajena a la poesía toda narración, descripción o relato en prosa; existe la prosa lírica o poética. Es el caso de Juan Ramón Jiménez en Platero y yo.

GENERAR EN SILENCIO

La versificación no es absolutamente esencial a la poesía, es un brillante adorno y la estructura más propia de su lenguaje. El conjunto de reglas relativas a la versificación se llama “arte métrica” y enseña la medida de los versos, su estructura, leyes y combinaciones. Llamar un “verso” a un poema, es un vicio, pues el poema lo forman varios versos, si se considera “verso” a cada renglón, a cada línea sucesiva en que se dispone una composición poética por escrito. La “estrofa” es el conjunto de versos repetidos periódicamente según cierta medida, y puede constituirse por dos, tres, hasta o­nce o doce versos.

El soneto, por ejemplo, es una combinación de estrofas: dos cuartetos (son de cuatro versos) y dos tercetos (de tres versos). Se hizo célebre aquel que probó el ingenio y habilidad de Lope de Vega: Un soneto me manda hacer Violante/ y en mi vida me he visto en tal aprieto./ Catorce versos dicen que es soneto,/ burla burlando ya van tres delante.// Yo pensé que no hallara consonante/ y estoy a la mitad de otro cuarteto;/ mas si me veo en el primer terceto,/ no hay cosa en los cuartetos que me espante.// Por el primer terceto voy entrando,/ y aun parece que entré con pie derecho,/ pues fin con este verso le estoy dando.// Ya estoy en el segundo, y aun sospecho/ que estoy los trece versos acabando:/ contad si son catorce, y está hecho.

Un enfoque útil para identificarse con el inagotable mundo poético, es elegir un poema y tratar de desentrañarlo en cada verso, en cada estrofa. O soltar un poco las amarras del propio corazón para que, a través del poema, aflore el sinfín de recuerdos y vivencias personales que nos traen su propio mensaje, es decir, el poema como vehículo para que salte la propia interioridad. Si se es constante, en poco tiempo se notan los resultados de asimilación y gusto por la poesía. Facilita esta labor el contar con antologías de poemas, esas colecciones que tienen variedad de criterios para su recopilación (temático, cronológico, poetas de una misma generación literaria…).

Las escuetas palabras de un verso dejan un margen de voluntad al que las lee, para que genere –en silencio– su propia interpretación, su propia lectura.

Un buen poema puede ser vehículo de reflexión y ocasión de descanso. La poesía ofrece al hombre un espacio de libertad, además de una grata compañía.