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Escribo desde San Petesburgo, la ciudad tres veces bautizada, que acaba de recuperar su nombre original. En la primera guerra europea, y por considerar que el sufijo burg tenía un cierto tufillo alemán, pasó a ser Petrogrado y, tras el triunfo de la revolución bolchevique, Leningrado. Ahora, gracias a Yeltsin y al alcalde excomunista de la monumental ciudad, le han devuelto el nombre que le puso el fundador, Pedro I, apodado el Grande, quien reconquistó el territorio del delta del río Neva, que los suecos arrebataron a Rusia un siglo antes, y que era la única salida al Báltico que tenía el Imperio de los zares. Una vez recuperado el territorio, planeó, fundó y dirigió una de las más bellas ciudades del mundo, aun siendo de las más modernas, ya que su primera piedra se puso en 1703.

Aquí me enteré que la señora Fujimori, esposa del presidente peruano, pretendía sustituir a su marido en la presidencia. Ello me aviva la memoria de dos hembras terribles que en esta ciudad en la que estoy, pensaron lo mismo… y lo consiguieron.

LA PEQUEÑA ERMITA

Ambas se apodaron Catalina. La primera –amante al comienzo y esposa después de Pedro I, el Grande– consiguió que el zar ejecutase a su hijo mayor y heredero, el zarevich Alejo, fruto de su primer matrimonio, para que la herencia del imperio recayese en su descendencia. Su augusto esposo la sorprendió en flagrante adulterio; mandó decapitar al amante y se disponía a repudiarla, cuando murió por causas harto sospechosas. Con el nombre de Catalina I fue proclamada emperatriz de todas las Rusias.

La segunda Catalina, hija del príncipe alemán Anhalt-Zerbst, se llamaba en realidad Sofía Augusta, pero cambió su nombre al recibir el bautismo ortodoxo para poder casarse, a los dieciséis años, con el heredero del trono y más tarde zar Pedro III. La superioridad intelectual y liviandad de costumbres de la monarca consorte fueron parejas. Como gustaba compartir el lecho con quienquiera que no fuera su esposo, se construyó un palacete separado, inmediato al Palacio de Invierno, al que sólo se accedía por un puente a la altura de la tercera planta.

Lo dominaba jocosamente, y en francés, “su pequeña ermita”, hermitage, aunque las actividades que allí se desarrollaban no eran precisamente las de un anacoreta. A saber: recibir a sus amantes, adquirir la mayor colección de arte que una persona sola haya conseguido reunir en vida, y conspirar contra su marido, a quien aspiraba suceder. (Como se ve, la señora Fujimori, exprimera dama del Perú, tiene insignes antecedentes).

A los diez años de ser emperatriz consorte, derribó del trono al zar y se hizo del mando supremo y autocrático del Imperio. Gobernó hasta su muerte, en régimen de despotismo ilustrado, treinta y cuatro años y nunca, al decir de los rusos actuales, alcanzó la corte un nivel cultural y de bienestar más alto, sin olvidar los éxitos militares contra Turquía, Finlandia y Estonia.

MUJER DE ALTOS VUELOS

La correspondencia de Catalina con Voltaire, escrita en un francés impecable y de altos vuelos, es curiosísima. Su deseo de comunicarse con los intelectuales europeos la indujo a invitar a San Petesburgo a Diderot, quien pasó allí largas temporadas; compró al español Godoy, ya en el exilio, su colección de arte; cubrió las paredes del Palacio de Invierno, con la asombrosa pinacoteca que ya no cabía en su pequeña ermita, y fue la creadora de ese impresionante museo que hoy lleva el nombre de su primitivo palacete: El Hermitage.

El colaborador de Menéndez Pelayo en el diccionario Hispanoamericano (Muntaner, Barcelona, 1896) experto en arte –¿Pedro de Madrazo?, ¿Juan Valera?–, hace el inventario de la pintura española que contenía en aquella época y que hace impensable que toda ella procediese de la colección Godoy: ciento quince cuadros, cifra sólo superada por El Prado, mas no por ningún otro museo extranjero: Velázquez, Murillos (entre los que me pasmó el “Niño que ríe jugando con su perro”), Riberas, Zurbaranes, Morales, Claudio Coellos, Canos, y un largo etcétera.

Las escuelas italianas y holandesas están espléndidamente representadas (Leonardos, Rafaeles, Botticellis, Ticianos, Tintoretos, lo mejor de Rembrandt: “El descendimiento de la cruz”). Y ¿qué diremos de las lámparas, relojes, muebles, tapices, frescos, escribanías, y la mejor colección del mundo de escultura griega de la mejor época? La colección de impresionistas franceses, entre los que incluyen a Picasso, me dejó frío por aquello de que en gustos no se puede disputar, pero los Mattises, Monet, Manet, Gauguin, forman una formidable colección. No puedo decir que es el mejor museo que haya visitado –ellos lo sitúan modestamente tras El Prado y el Louvre– mas si puedo decir que es el que más me ha sorprendido.

UN GRAN DUQUE VENIDO A MENOS

Al régimen soviético hay que elogiarle por haber conservado impolutos aquellos tesoros de los zares. Pero, ¡qué herencia más triste la que legaron ellos de su propia cosecha! Sus tranvías valetudinarios, herrosos, desconchados y sin pintar desde hace lustros, no los aceptaría el más modesto de los pueblos africanos; los edificios habitados por la mesocracia, con cartones en vez de cristales en las ventanas, son inconcebibles en la Europa occidental; los baches en calles que no han sido reparadas en veinte años, dan a una de las ciudades monumentales más bellas del mundo, una sensación de suburbio triste e inhóspito. Los vendedores callejeros de muñequitas, mantones pintados de pésima calidad y manufacturas artesanales, tristemente mediocres, que asaltan al turista y le ofrecen cambiar dólares por rublos a diez veces mejores condiciones que los bancos, dan la medida de la pobreza del pueblo y del artificio de su economía. El único hotel de viajeros a nivel europeo, ha sido recientemente construido por suecos.

San Petesburgo tiene toda la grandeza y la miseria de un gran duque venido a menos como los que, huyendo de la revolución bolchevique, se colocaban de taxistas o criados en París, según la divertida comedia Tovarich, que sigue de repertorio en el mundo entero.

Pero comprobar en la vida real lo que nos entretuvo en la ficción escénica, ya no es divertido. La antigua Unión Soviética –la gigantesca Rusia incluida– tardará muchas, muchas décadas, en ponerse al nivel de sus aparentemente modestos vecinos: las increíbles y prósperas Dinamarca, Suecia o Noruega.

Lo único (que es mucho), que vale la pena mirar y admirar en San Petesburgo, lo hicieron el zar Pedro I, y las hembras terribles: las dos Catalinas, a quienes pretendía emular, desde la lejanía y el tiempo, la señora Fujimori. Añado, sin dolosa intención, ni ánimo premonitorio, que ambas estuvieron a punto de ser repudiadas por sus regios esposos, del mismo modo que la nipo-peruana ha sido desposeída de su condición de “primera dama”. Las dos Catalinas, que no eran de origen ruso –sino polaca la primera y alemana la segunda (de idéntico modo que la Fujimori no es de origen quechua-español)– lograron sus propósitos. No aventuro nada, pero convengamos que si la japonesita peruano se hubiera salido con la suya, sería una curiosa repetición de la historia.