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La poesía más honda es la de la letra erre, la de la tierra y el barro, del relámpago en la isla y del arroyo que corre. Es la poesía que rasga en las guitarras de España y que reparte rimas en cada rincón de la sierra americana.

No para oír tu risa, sino para pronunciar fuerte la erre, fue que Neruda escribió: “quítame el pan si quieres, pero no me quites tu risa”. A los poetas de la erre no les importan las raíces por profundas, sino por la erre de raíces. No quería una tumba García Lorca (y no se la dieron), quería morir bajo la erre que retumba: “Cuando yo me muera enterradme con mi guitarra bajo la arena”. No por eufónica, sino por seductora, la quería Miguel Hernández: “Arrímate, retírate conmigo: vamos a celebrar nuestros dolores junto al árbol del campo que te digo”.

Y, ¿por qué no decirlo?, a mí tampoco me atrae por su curvilínea caligrafía, a mí me gusta la erre por sí misma. La quiero sólo por la erre sonora de rosa. La o, la s y la a te las regalo; el aroma, el color y las espinas hace tiempo que los fui olvidando.

RENCOR ENTRE VOCALES

Ninguna riqueza especial encierra la erre, pero tampoco se la puede acusar de tosca, tal vez de ruda; no obstante, aún sirve para decir rocío. Nada sobresaliente ha realizado en su existencia, ni comienza ni culmina el abecedario. ¿Algún sentimiento especial? Nada bueno, rencor entre dos vocales. Y así, de cualquier manera, a todo ser humano le sirve la erre. A los ricos, por supuesto. También a los pobres, cuando menos para rascarse. ¿Que a ti no te ha servido? Qué pronto olvidas, amor mío: te sirvió para romper mis cartas.

No forma muchas palabras, es cierto, pero sin ella, los rusos no tendrían patria. No se usa mucho en los discursos, pero cuando se usa, qué tal raspa la garganta. Nadie puede negar que es la erre, y no su linda cara, lo que da estilo a los franceses. Los ecologistas la odian, dicen que es factor de riesgo, pero a quién le importa el riesgo si se tiene enfrente un buen cigarro.

Su sonido es primitivo, ni duda cabe, rústico; varios siglos se tardaron en domarla porque era rebelde, respondona. Sin ella no hubiéramos tenido “buen salvaje” (me refiero, por supuesto, a la erre de Rousseau). Pero el ser humano es siempre vengativo y no le gusta eso de que las letras se redoblen y se rebelen: “¿Conque rejega? Que le den unos cuantos latigazos y le apliquen el peor castigo, a ver si sigue tan risueña”. Y así lo hicieron, desde entonces la erre forma parte inseparable de la palabra racional. ¡Qué crueldad! ¿Quién fue capaz de semejante disparate? Yo sé quién fue, y la verdad, fue por ardido, fue a un tipo al que no le gustaba su nombre (no lo culpo), y es que no era rana y se llamaba René.

RÍSPIDO RETORNO

Varios siglos se la pasó encerrada: razón, razonable, racional… ligada a todo lo que tuviera que ver con rollazos intelectuales. Pero sus orígenes se mantuvieron en el inconsciente colectivo: ahí tienen la guerra como prueba irrefutable (muy racionales, pero qué riatazos nos hemos dado…). El hecho es que regresó (no podía fallarnos, a mí y a toda la raspa de la sociedad, rateros y refugiados incluidos). Empezó su ríspido retorno con algunos resentimientos (resquemores, para que me entienda la raza de la colonia Revillagijedo), que luego se convirtieron en revueltas sociales y terminaron en revoluciones mundiales.

Caramba, qué revolcada le pusieron a la erre de la razón. Desgraciadamente todo tiene su precio, porque con el río revuelto ni los pescadores se beneficiaron. Se inventó la erre más oscura: RIP. Pero se inventó también otra palabra para no dejar que hasta la erre se muriera, para tener un poco de esperanza, un verbo que hay que pronunciar hincados y que se llama rezar.

Era necesario encontrar un nuevo uso para la antaño revolucionaria letra erre. Las calles lluviosas de los cuadros de Rembrandt eran demasiado grises. Los cuentos rimbombantes de Rubén Darío ya no producían ningún relajamiento. Los poemas rabiosos de Rimbaud acabarían de enterrar la erre y no quedaría de ella nada más que la siempre estéril resignación.

ENTRE ROLA Y ROLA

Había que intentar algo, balbucear la erre de otra manera: rr… rr… no suena mal, vamos, un poco de imaginación… rr, rr, rr. Hasta que al fin un día la erre volvió a sonar recio, cuando un tipo (tenía que ser músico el fulano aquel de la ocurrencia) se hartó y dijo: “No sean aguados, no se aburran, ¿por qué no tocamos un rockn rollito?”. Sus compañeros se alegraron con esa idea genial y dijeron: “¡Suave!”, pero él, incomprendido como todos los genios, les grito: “No, suave no, ¡recio!”. Y así, entre rola y rola, la erre volvió a su carril y ahora nadie puede olvidar a Ringo Star y a los Rolling Stones. Y como Elvis no tenía erre, le pusieron “el rey”. Entonces, para no quedarnos atrás en este lado del Río Bravo, lanzamos a Rigo Tovar (nomás paque se den un quemón).

¿Que la erre no tiene tradición? ¡Cómo no! Ahí tienen al rebaño sagrado: las inmortales Chivas Rayadas del Guadalajara (1).

Y hasta aquí llegó el análisis de la dichosa letra erre. ¿Que no puedes pronunciarla con estilo? No importa, no es cuestión de estilo, sólo deja que rrrresbale…