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Günter Grass
Alfaguara. Barcelona.
1991,267 págs.

Grass (Danzig, 1927), con Heinrich Boll y Peter Weiss, forma parte de la generación de escritores de posguerra (la Kahlschlagliteratur, literatura de demolición: recordemos, por ejemplo, del mismo Grass, EI tambor de hojalata, obra francamente desoladora y pornográfica) más importante de Alemania. Como es característico en él -y el título es emblemático- Malos presagios presenta una visión sombría, quizá comprensible, de la vida social alemana. En este caso, de los intentos de reconciliación germano-polaca. El día de Fieles Difuntos de 1989, dos viudos, Alexander Reschke y Alexandra Piatowska – él alemán, ella polaca- conocen en un cementerio de Danzig (o Gdansk), donde han ido a visitar la tumba de sus cónyuges muertos. A la vista de aquellos restos, la solemnidad del día, el marco de la ciudad, las diversas nacionalidades … y unos vasitos de licor,  deciden crear una Sociedad Germano-Polaca de Cementerios para que los alemanes de Danzig, muertos fuera de la patria, puedan al fin descansar con sus ancestros. La historia, escrita por un  observador con base en los documentos que le envió Alexander, es, a la vez, una novela de amor trágico y una crónica de la Sociedad de Cementerios. Los “malos presagios”, mencionados explícitamente por Alexandra (p.222) se apoyan en que “alemanes siempre hambrientos, aunque hartos estén. Y eso da miedo”. El destino de los Reschke, que terminan casándose al final de la novela, se identifica con el de su Sociedad y los restos de quienes pensaban aliviar. Grass no renuncia al
pesimismo de sus trabajos anteriores. Si bien renuncia a la sordidez de sus obras juveniles, su amargura se vuelve ahora más cerebral. A sus casi setenta años parece despedirse de la vida -su vida infantil en Danzig, la guerra, el campo de prisioneros, los trabajos manuales, la literatura con cuadros sombríos. Los “malos presagios” de Alexandra son los  Malos presagios de Grass: que tarde o temprano volverán los alemanes (y los rusos) a dividir a los polacos, que ni aun a los muertos se les deja vivir en paz, y que, curiosamente, serán las hordas asiáticas -personificadas por el comerciante bengalí Chaterrjee- las que se comerán a Europa (p.252). Sobra decir que, por la ambientación, Grass ofrece una visión un tanto folklórica del catolicismo polaco, y se deleita al retratar a un clérigo en desacuerdo con el Papa y la caricatura de la confesión de Alexandra.