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Monto en Cólera (mi coche) y salgo al periférico, un día como cualquier otro, una vez más, para ir al trabajo. Y de la casa a la oficina pienso en la guerra de los espacios. No se trata, desde luego, de ningún conflicto intergaláctico (eso se lo dejamos a Clinton). Sino del problema territorial entre automóvil y automóvil.

Si cedes el paso, el claxon del individuo de atrás, de tonto no te baja, y si quien desea pasar eres tú, no hay peor síntoma de torpeza humana que poner la direccional. Porque entonces sí, al percatarse de sus intenciones, nadie te dejará pasar. Un día normal, como todos los días…

Muchas veces, en este terrorismo automovilístico, para que el camino no haga tan aburrido, y como ejercicio en tal y cura ante cualquier posible gastritis, me gusta imaginar al mastodonte que me aventó el coche cuando él era niño; un niño seguramente divertido y libre. Y para hacerlo simpático lo bautizo, así, de coche a coche, con el nombre de Tadeo. Sin importar la clase de animal ni la subespecie que represente ahora, el nombre de Tadeo lo hace amable rara mí.

LA CARA DE LADRILLO DE TADEO

Y lo veo con claridad: Tadeo comiendo su papilla de avena, hecho n asco, y mamá sonriéndole (con esa sonrisa que sólo las mamás pueden llevar con dignidad ante un desastre, y que es toda una lección) y diciendo con paciencia: no Tadeo, así no; Tadeo jugando – con la decencia propia de su edad- a arrancar la cabeza de sus hermanitos, mientras papá lo regaña y le enseña que a los demás se les respeta; Tadeo quinceañero sintiéndose inadecuado – como buen adolescente -, pero sobreponiéndose a esa sensación de ridículo que le cosquillea y llevando flores (regalo de cumpleaños) a la abuelita, porque de verdad la quiere; Tadeo inspirado ante una hoja en blanco buscando las mejores palabras (no las que en este momento farfulla en el embotellamiento), las más gentiles, las más adecuadas, porque antes lo han inspirado ya unos ojos castaños; Tadeo con smoking rentado en Casa Dandy, porque se nos casa y tiene toda la voluntad de querer en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad….

Desgraciadamente, como muchos de nosotros, Tadeo no ha aprovechado el tiempo a su favor, y las lecciones de buena educación que él y sus papás lograron a través de muchos brochazos de pintura y años, no pasó de ser una fachada que se ha ido desgastando y sólo revela la cara de ladrillo que hoy porta sin pudor alguno- Tadeo y toda esta historia nos conduce, irremediablemente, al buen Tomás.

SONREÍR CON ACTOS

Tomás de Aquino sin conocer personalmente el lamentable caso de Tadeo (o quizá por eso), escribió: Entre los hombres reina, de forma natural, cierta amistad genérica, que se manifiesta en los signos de afecto que uno exterioriza mediante palabras o hechos, incluso con los extraños y desconocidos. Este río de simpatía humana natural tiene su cauce, su medio de expresión, en la cortesía que es amabilidad.

A Tadeo se le olvidaron todas las lecciones familiares de buenas maneras, porque se le olvidó la principal: hacer amable la vida (digna de amar) a los demás y uno mismo.

Los papás de Tadeo, han sido siempre encantadores. Cierto. Pero tal vez no fueron lo suficientemente claros. Tadeo sólo intuyó la lección principal, pero, al no hacerla consciente, no la asimiló como suya.

La vida está tejida por pequeños y finos hechos que respiran nuestro ser y pensamiento. Cada vez que Tadeo avienta el coche, quita un tabique en la construcción del destino armónico que le toca construir para él y los demás. Y lo peor: cada vez que Tadeo no sonríe con actos, es un poco menos él porque se sumerge en las situaciones concretas, en lugar de desprenderse y encontrar esa armonía interior, el río de simpatía humana que corre muy dentro de él. Sonreír con actos es el equilibrio de la convivencia. Sin esta convicción, cualquier gesto de buenas maneras no pasa de ser el oropel cursi con el que absurdamente nos vestimos.

CELEBRAR LA VIDA

En mis recorridos diarios veo decenas de Tadeos dispuestos a matarme y auto-re-flexiono (es decir, reflexiono en el auto;este mismísimo Tadeo que desea asesinarme se convertiría, seguramente, en un anfitrión de maravilla si nos encontráramos en una importante cena de negocios… Ejemplo de la buena educación puesta al servicio del lucimiento y el interés.

Y cuando pienso en el querido Tadeo, también pienso en mí que llevo el germen tadéico a todas partes. La enfermedad que provoca sonrisas a resguardo de la conveniencia y que muestra la cara grotesca cuando hay confianza familiaridad o desinterés.

A comienzos del XIX, un gastrónomo francés, Brillat-Savarin, señalaba: Recibir a alguien como nuestro invitado equivale a responsabilizarse de su felicidad durante todo el tiempo que permanezca bajo nuestro techo bajo este firmamento que es el techo de todos (Tadeo incluido)- la disposición de ser y hacer feliz es la nota que suaviza la cara envejecida del tiempo. Nuestra manera de llevar el sol a la luna.

El sentido de la urbanidad es el mismo que el de la fiesta: celebrar la vida; dar cobijo en las noches frías que, tantas veces son los días.