Oriana Fallaci
Diana. México. 1992, 680 págs.

Inshallah no es la crónica de una guerra en Oriente Medio, sino de los hombres que hacen la guerra. La presencia de la muerte da vida a la vida para bien y para mal. La guerra sublima y bestializa. Desecha lo superfluo decantando lo bello y exacerba la miseria. Es el marco ideal para engendrar historias de amor y finales de vidas inimaginables. Después de mucho sufrir, se puede encontrar en otra silueta a un hermano a quien consolar, pero también a un enemigo del cual vengarse. El vaivén de
las paradojas en la guerra persiste de principio a fin en esta obra. La fórmula de la vida es buscada por todos, cada quien en su particular estilo y situación. La veterana periodista italiana Oriana Fallaci, explora el sentido de la vida y la muerte en la guerra y lo expresa en una novela, seguramente porque ha sido corresponsal de mil batallas y siente los sucesos como un artista. Las contiendas las desatan quienes tienen como obsesión la posesión del poder. Los más, se enamoran de la guerra a primera vista, porque ahuyenta la rutina y permite entregarse a la vitalidad y al misterio. Comprenden la existencia y a sus hombres como no podrán comprenderlos en un tiempo y lugar de paz.

Pero cuando la guerra está detrás de la puerta, cierto que se ve, oye, huele como nunca. Y también se sufre como nunca y la vocación de soldado se desintegra en los cuerpos inertes de los inocentes. Sobreviene el rechazo de la violencia hasta las lágrimas y también, pero sin llanto, a que la autora navegue entre la certeza y la ironía al sugerir que toda desgracia ocurrida dentro de las 680 páginas se deben al “como Dios quiera”: Inshallah. En algunos momentos, es una palabra que significa respuesta a los acontecimientos inexplicables de la vida, y en otros de un destino trazado desde siempre en la fatalidad. Esta ambiguedad, le resta fuerza a la novela, como también la desatinada inserción de personajes en la unidad del relato. Sin embargo, la inspirada perfilación de personalidades y sus relaciones en binomios, aseguran la lectura de la última página.

Las historias de amor son el fuerte de inshallah. Cada descubrimiento de los ellos y las ellas hace vibrar. Logra transmitir que, en la refriega, todas las parejas que aparecen, que nacen, que se identifican, están despojadas de los estorbos que aniquilan los encuentros verdaderos. En la historia, la alquimia que genera la guerra en los enamorados permite el lucimiento de mana como gran conocedora de la psicología amorosa. A lo largo de la lectura -cargada de pesimismo-, la cultura de su creadora y la zozobra de no haber encontrado la fórmula vida-arte, quedan develadas. Un atisbo de esperanza es que las interminables guerras a los ojos de una especialista, no con un mal al que tengamos que resignamos. Son en mucho el resultado de un adormecimiento de la conciencia, por lo que “hay que explicar de nuevo en todas las lenguas, que quien hace mal comete pecado y quien comete pecado, debe ser castigado en vida y después de la muerte”.

Al final, buscando algo con qué quedarme, escojo una frase que Ninette, pareja de Angelo, el protagonista, oyó, en no sé qué película “La vida no es un problema que resolver, es un misterio que viviir”.