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Director: Franco Zeffirelli.
Intérpretes: Mel Gibson, Glenn Close, Ian Holm, Alan Bates.

Hace 22 años, el escenógrafo, director de ópera y realizador italiano Franco Zeffirelli debutaba en el cine con dos buenas adaptaciones de sendos tramas de William Shakespeare: «La fierecilla domada» y «Romeo y Julieta». Su carrera posterior ha sido un poco irregular, y tras grandes éxitos –«Hermano sol, hermana luna»; «Jesús de Nazareth», «Campeón», sus dos siguientes películas «Amor sin fin» y«El joven Toscanini»–  no contaron con el beneplácito ni de los espectadores ni de los críticos. Ahora. se ha vuelto a reconaliar con unos y otros al retomar a su veta shakespereana con «Hamlet», que no desmerece en nada de la versión dirigida por Lawnce Olivier en 1948, la mejor de las que hasta ahora se habían filmado.

El guión de Christopher De Vore y del propio Zeffirelli reduce de 5.000 a 1.200 los versos de la obra original, pero respeta escrupulosamente su lenguaje poético y su rico mensaje de fondo. De todos modos, Zeffirelli actualiza el tradicional retrato -romántico y ambiguo- del joven príncipe danés, obsesionado por vengar el asesinato de su padre.
Y así, lo presenta lleno de la energia y la inestabilidad interior característica de la juventud. A la vez, resalta con admiración la lucidez y sensibilidad del atormentado personaje, su profunda visión de la lucha que se da en la naturaleza humana entre la trascendencia y las pasiones más bajas.

En este moderno y atractivo retrato, es decisiva la magnífica caracterización de Hamlet que hace Mel Gibson. El joven actor ha sabido disimular su acento australiano y su encasillamiento en el cine de acción, para ofrecer todo un recital interpretativo. Su trabajo adquiere aún más relieve al lado de Glenn Close -plena de facultades en su papel de Gertrude, la madre de Hamlet- y de algunos de los mejores actores ingleses de teatro, muchos de los cuales ya habían intervenido en la reciente versión fílmica de «Enrique V», dirigida por Kenneth Branagh. Hay que destacar también a la joven Helena Bonham-Carter, espléndida en su breve papel de Ofelia.

Por su parte, Zeffirelli lleva a cabo una exuberante puesta en escena, que dota de espectacularidad visual la tragedia shakespereana. Si en otros de sus filmes el director italiano cargaba demasiado la mano en un esteticismo empalagoso, esta vez ha sabido aliviarlo con un desarrollo narrativo pausado pero ágil. Además, Zeffirelli ha cuidado al máximo la dirección artística y la ambientación, envolviéndolas con la cautivadora fotografía de David Watkin y con la banda sonora de Ennio Momcone, buena, aunque menos inspirada que otras veces.

Así, Zeffirelli ha superado la tendencia al elitismo del más radical cine de autor. Y, sin rebajar un ápice la calidad artística de su película, consigue que posea una de las cualidades que Shakespeare más quería para sus obras: la popularidad, la capacidad de llegar al gran público.