E1 triunfo de la Revolución  Cubana, el primero de enero  de 1959, se concretaba gracias a la voluntad de un puñado de hombres valientes, lanzados a la lucha armada, más que por imponer un proyecto ideológico, por cambiar el estado de cosas reinante bajo la dictadura del General Fulgencio Batista.

Cuando Fidel Castro y los sobrevivientes de la invasión organizada en México, se consolidaban, durante el año 1957, en las montañas de la Sierra Maestra, la situación socioeconómica  del país resultaba asfixiante. Desempleo, bajos salarios, un debilitado sistema de salud, campesinos en condiciones miserables y altísimo nivel de analfabetismo. A esto se sumaba una tremenda corrupción política, administrativa y un creciente deterioro de las libertades jurídicas y constitucionales. Sin duda un caldo de cultivo ideal para la Revolución. Y fue así como, con el deterioro moral del ejército batistiano y tras el empuje de los rebeldes, triunfó la insurrección popular que parecía el faro de esperanza de América Latina.

Triunfo y ambición: mueran los valientes

El año 1959 no sólo significó la caída del tirano, sino también la llegada al poder de un hombre con aspecto de salvador: la encarnación del progreso para un pueblo que había visto trunca su intención de construir la democracia, después de siglos de colonialismo.

El joven «romántico y prometedor» llegaba para traer el orden constitucional y reorganizar una sociedad libre −según creían aquéllos de buena voluntad y con sed de justicia social− con apenas 57 años de fundada. Pero pronto la desilusión colmó a muchos, pues las verdaderas intenciones del líder, aprovechándose de la simpatía popular, eran perpetuarse en el poder −su máxima ambición−, y para llevar a cabo sus propósitos tomó la vía del socialismo.

Por supuesto que el camino escogido no era fácil de desandar, por el contrario, estaba lleno de grandes obstáculos y mayores riesgos. Pero la ambición es, por lo general, cualidad de los audaces, y Fidel Castro es audaz, lo que no quiere decir valiente, aunque haya creado esa imagen, porque los valientes -salvo raras excepciones- nunca llegan al final de la batalla.

Lo primero que hizo el líder cubano, fue, precisamente, desbrozar su camino de valientes. Encerró a Hubert Matos, se deshizo de amigos como el periodista Luis Conte Agüero, llenó las cárceles de presos de conciencia, fusiló sin piedad ni misericordia, provocó el exilio de muchos cubanos capaces y honestos, obligó al Che Guevara a .mejores aires» y contó con el factor suerte, en la misteriosa desaparición de Camilo Cienfuegos, el más popular de los comandantes de la Revolución.

Después vendría lo peor. La creación de fuertes aparatos de represión, la invalidez de todas las libertades civiles y religiosas, la militarización de la nación, el estancamiento del pensamiento social, la exaltación aberrante de un nacionalismo primitivo y cada vez más decadente; la paranoia ideológica de un hombre en su afán por gobernar con la mayor centralización posible del poder, un relativo nivel educacional, salud pública gratuita pero insuficiente y una hambruna atroz.

En resumen, un país de gente sonámbula, bajo una de las dictaduras militares más autoritarias que jamás haya conocido el continente.  Tan anárquica, que se daba el lujo de espiar a potencias amigas como la ex- Unión Soviética y tan derrochadora y corrupta  que recuerda al imperio romano.

Vuelven las mariposas

Durante muchos años, la sabiduría popular cubana impuso un dicho que corría de boca en boca, para referirse al proceso que vivía la nación: -Esto no hay quien lo tumbe pero no hay quien lo arregle». El conformismo, como expresión vital pesimista, se apoderó de la gente. El país no mostraba grandes progresos, se vivía en los límites de la pobreza, pero el gobierno era un bastión inexpugnable.

Sin embargo, a fines de la década de los 70 y a pesar de la subvención económica soviética -que llegó a alcanzar el alucinante nivel de 4 millones de dólares diarios-, la economía cubana parecía venirse abajo definitivamente. Fidel Castro, presionado por algunos asesores de «su confianza», decidió abrir la entrada

al país a la comunidad cubana en el exilio, con el propósito de recibir divisas fuertes. Por esa rendija se filtró la luz que ayudó a despejar la cortina de humo de la desinformación.  Los familiares que habían emigrado a Los Estados Unidos y que según la propaganda del régimen fidelista, eran discriminados económica y racialmente, llegaban a Cuba, después de casi 20 años de ausencia y nostalgia, con maletas llenas de todas las cosas que el socialismo no daba y con dólares necesarios para comprar en tiendas donde los isleños no podían hacerlo y entrar a los hoteles exclusivos para extranjeros.  Los cubanos que se habían marchado del país con el apelativo de «gusanos», regresaban como «mariposas» gracias al poder del billete del imperio.

puerto de Mariel. Por más de todas las cosas que aquellos días, el pueblo el socialismo no daba y bromeaba: «Cuando estas con dólares necesarios pa- cosas pasan, el que tiene ra comprar en tiendas que irse no es el pueblo sidonde los isleños no po- no el presidente». dían hacerlo y entrar a los hoteles exclusivos para extranjeros. Los cubanos que se habían marchado del país con el apelativo de «gusanos», regresaban como «mariposas», gracias al poder del billete del imperio. Esta nueva faceta de la realidad de entonces, arrojó como resultado los históricos acontecimientos de 1980: miles de cubanos se asilaron en la embajada del Perú y otros miles abandonaron la isla.

Camino irreversible

Para el gobierno las cosas iban de mal en peor y se dedicó a diseñar una política de «reconciliación interna», de «rectificación económica», de «diálogo» con los intelectuales jóvenes. Aparentaba flexibilidad, mientras se experimentaban leves mejoras económicas.

En ese momento, aparecieron en la palestra política internacional la figura de Mijail Gorbachov y su Perestroika, y, con ellas, los dolores de cabeza para Fidel Castro, que veía tambalear su hegemonía frente a los cambios injertados al socialismo.

Mientras el líder soviético luchaba por democratizar su país y sacarlo del atraso económico, el gobernante cubano se daba cuenta que el edificio levantado sobre un pantano −socialismo mundial−, no puede darse el lujo de cambiar de lugar, porque se derrumba. Su astucia y habilidad, ganada con la experiencia del poder, más su auténtica intuición, le decían que si él adoptaba la línea de Moscú, iba hacia el principio de su fin, y decidió entonces el camino de la «independencia».

Por primera vez en toda la historia del socialismo cubano, no acatarían las orientaciones de los soviéticos. No era una desobediencia absurda. Era un mecanismo de defensa; el instinto de conservación de un hombre dispuesto defender lo alcanzado hasta con las uñas, porque no se trataba sólo de gobernar en cuerpo y alma a un pueblo, ni de seguir siendo una figura política, sino de conservar el poder como único sentido de la existencia.

Cuando Gorbachov visitó Cuba, dejó claro que la situación de la URSS era irreversible. Al marcharse, Fidel dejó claro que el camino que él había escogido para la isla, también era irreversible. Comenzaba así la lucha por conservar lo inconservable, el capítulo más funesto de la triste historia de una revolución, que ya era, antes que nada, contrarrevolución. No por caduca, sino por absurda.

Con el derrumbe del socialismo europeo y la desintegración de la URSS, la situación del pueblo, que ya era caótica, se recrudeció.

Cuba hoy

En estos momentos, el país apenas posee los recursos necesarios para vegetar. Una economía que en 1989 utilizaba 13 millones de toneladas de petróleo, en este año -pese al trueque de petróleo por azúcar con Irán- tendrá que ingeniárselas para trabajar con menos de la mitad. Ya no cuenta con el 85% del intercambio comercial con las repúblicas ex-soviéticas. No tiene piezas de repuesto para transporte público. La inflación

está por encima del 700% y crecen diariamente el des empleo y subempleo. El bloque estadounidense se cierra cada vez más, y no se recibe respuesta de los inversionistas extranjeros. La productividad decrece aceleradamente, y no parece haber más remedio que resignarse al colapso.

Esta situación se traduce en realidades concretas que resultan espeluznantes. Un cubano tiene sólo derecho a consumir 80 gramos de pan diario, cinco libras de arroz y una de pollo al mes, seis onzas de frijoles mensualmente, cuatro huevos semanales, y leche, si no es mayor de siete años. Y si a eso agregamos que a veces falta el jabón mensual para el baño, que no hay hojas de afeitar y que el papel higiénico es un objeto de lujo, es lógico que se crea que el gobierno de Fidel Castro tiene los días contados.

Para quienes todavía dudan del parecido de Cuba con el mundo recreado por George Orwell en Rebelión en la granja, y 1984, diremos que las casas no reciben pintura ni reparaciones desde hace 30 años; tener la osadía de disentir ideológicamente o guardar un dólar, cuesta años de cárcel.  Las prisiones  están abarrotadas porque cualquier actividad de compra o venta fuera de los mecanismos establecidos oficialmente, por inofensiva que sea, se pena con crueldad.

Está aplicándose la reubicación laboral forzosa como medida para contrarrestar  el desempleo. Los campesinos son amenazados con perder sus tierras. Los graduados universitarios no consiguen trabajo.

La prostituta cubana es la más barata del mundo «civilizado», pues se vende por unos pantalones de mezclilla o alguna comida en los lugares prohibidos al cubano. Los jóvenes no tienen dónde divertirse. Se hacen largas colas para ver al médico y en las farmacias no hay productos tan elementales como algodón.

El 70%  de los divorcios es causado por no tener viviendas independientes, mientras que la clase gobernante vive con los privilegios de una «burguesía socialista», que lo tiene todo al precio de nada, porque son los dueños absolutos el país.

 

Resistir ¿única opción?

Desde el derrumbe del socialismo como sistema social, Fidel Castro se ha dado a la tarea de intimidar a la población con la idea de que no hay otra alternativa que la de resistir.  Esto significa no cambiar, no democratizar al país, no liberar la opinión de la prensa ni tolerar el pluripartidismo escuchar a la intelectualidad.

Prefiere que Cuba siga sin libertad y en la miseria, porque de lo contrario, según sus propias palabras, el país caería en manos de los cubanos de Miami que vendrían a restaurar «el capitalismo feroz», la educación, la medicina privada y la cruel explotación.

Este mensaje, por lo general, sólo resulta efectivo en alguna parte de las viejas generaciones, que no saben cuánto ha cambiado el mundo y se debaten en el dilema de comparar el pasado con el presente. Las nuevas generaciones, por su parte, sólo conocen del pasado lo que les han contado y sienten la necesidad de ampliar sus horizontes, de decir lo que piensan, y para ello, es imprescindible que la sociedad cubana dé un giro de 180 grados.

Es una cruda verdad la que asevera que «no sólo de pan vive el hombre». Si hay pan y no hay libertad, la sociedad marcha cojeando, pero si no hay ni pan ni libertad, no hay sociedad. Ante semejante realidad el cubano amanece cada día. La solución parece sencilla: la rebelión. Pero llevarla a la práctica es difícil por muchas razones.

Desde los primeros años de la Revolución Cubana, la pena de muerte ha sido el método preferido para maniatar a la oposición y cientos de personas han muerto en el intento. Otro método ha sido el de las largas condenas de cárcel en condiciones infrahumanas, que han quebrantado la salud y la voluntad de más de uno.

Con estos antecedentes, no son muchos los que poseen el desprendimiento suficiente de sus intereses personales como para o ponerse al gobierno.

Para ejercer la intimidación por la fuerza, el presidente cubano cuenta con numerosos efectivos policiales, conformados por policía regular, policía de tránsito, policía especial (tropas antimotines), policía secreta (DSE) y policía voluntaria. A manera de ejemplo podemos decir, que siendo La Habana una ciudad de alrededor de 2 millones de habitantes, posee 100 mil efectivos policiales. Una cifra asombrosa que simboliza, por un lado, el miedo del régimen a una sublevación popular al estilo de Rumania y, por otro, el sentido de contención lógico con que vive el pueblo.

Este descomunal aparato represivo es la razón fundamental por la cual la población vive poseída por el «síndrome de la persecución es. e tiene la constante sospecha de ser vigilado, de que cualquiera puede se policía.

A esto hay que sumar los llamados «Comités de Defensa de la Revolución» (CDR); instituciones establecidas en cada cuadra que llevan un riguroso control de la vida de cada vecino.  Son los encargados de organizar los mítines de apoyo al gobierno y llevar la relación de personas que asisten y las que no. Estas manifestaciones, que parecen espontáneas, resultan obligatorias, pues la no asistencia a los actos puede significar una mala recomendación de dichos comités, que son los encargados de dar una valoración de cada individuo para trabajar o estudiar a determinados niveles.

Si bien hace algunos años existían grandes masas que simpatizaban con Fidel Castro, hoy, después del desastre socialista, son decenas los militantes de la Juventud y el Partido Comunista, que renuncian a su filiación  política, mientras otros, por discrepar con la inflexibilidad gubernamental, son purgados. La gente ya se expresa en las calles sin el miedo de otros años aun cuando se han dado órdenes de reprimir a todo el que «hable mal del comandante en jefe y el socialismo.  La oposición sigue creciendo y organizándose bajo la constante persecución. Y la doble moral que llevaba al pueblo a pensar una cosa y hacer otra, se resquebraja a la velocidad de la luz.

Sin embargo, una sublevación masiva en estos momentos, a pesar de que sería definitiva para Fidel Castro, costaría incontables vidas, y el ánimo de la población está arraigado al criterio de que no hay que morirse porque el socialismo cubano se va a caer por sus propios pies.

Para eso, la mayoría de los cubanos −sobre todo en las grandes urbes− sabe que el país se paralizará y por ese rumbo lo están llevando. Unos más y otros menos conscientes, pero todos unidos en una espontánea «revolución del miedo», que encubre la real situación social −sólo se palpa viviendo muy cerca del ciudadano común− a la vez que socava poco a poco, el andamiaje socio-político del gobierno.  Lamentablemente, el socialismo caribeño aún se sostiene gracias a la ayuda material y moral de muchos ingenuos y otros tantos insensibles. Al alargarse la vida del régimen no se está defendiendo −como algunos quieren hacer ver− el proyecto social alternativo que significó Cuba en los años 60, ante las adversas condiciones socio-económicas que sufría América Latina, sino contribuyendo a la angustia de la miseria y a la pesadilla espiritual del pueblo cubano

No más migajas

Aunque parezca cruel, el camino de la reconciliación nacional en Cuba no se logrará con una disminución de las presiones económicas ni con pedir reformas sociopolíticas, porque Fidel Castro no está dispuesto a ceder un ápice de terreno. Cualquier benevolencia posibilitará que el gobierno respire y salga a flote, pero las cosas continuarán igual. No es el bloqueo la causa del deterioro de las condiciones de vida, sino el modelo social escogido, que atentó contra la dignidad humana en países con mayores recursos, conduciéndolos al caos. ¿Por qué se desmoronó el comunismo ruso después de 70 años?  ¿Por falta de petróleo? No. Se hundió por limitar al hombre la posibilidad de disentir, por querer una sociedad con un pensamiento monolítico.

El cubano a estas alturas ya no quiere migajas, sino el pan entero. El reciente congreso del Partido Comunista demostró el ánimo intransigente en la política a seguir, citando pudo ser un ejemplo de buena voluntad; y la golpiza y encarcelamiento de la poeta María Elena Cruz Varela (Premio Nacional de Literatura), mostró la gentileza que ofrece la dictadura militar  (en los principales puestos del gobierno se han colocado conocidos generales). Creer que el presidente cubano puede ceder, es sólo posición de ingenuos. Por tanto, la huelga general de brazos caídos que practica el pueblo −la gente va al trabajo y produce poco−  y la disidencia de conciencia, son las mejores armas para alcanzar el éxito y evitar la violencia, o reducirla a la mínima expresión.

El tiempo dirá la última palabra, porque un hombre de ambigua personalidad como lo es el gobernante de la isla caribeña, puede sorprendernos con cualquiera de sus aberraciones. Mientras, los cubanos honestos −dentro o fuera del país− es lamentan de que, lo que fuera un faro de esperanza, se convirtiera en la tumba de los sueños de varias generaciones de cubanos.