Las recientes reformas al artículo 27 de la Constitución mexicana tienen un efecto del que se ha hablado poco: les permite a los campesinos dejar de serlo.

El ejido designado por la constitución tiene tres ies:  inembargable, intransferible imprescriptible. Los ejidatarios no se podían deshacer de su parcela so pena de perderla, lo cual les dejaba dos opciones: trabajar allí, o abandonar «su» tierra sin recibir beneficio alguno de ella.

Según algunos, estas tres  ies significan una garantía porque nadie les puede quitar la tierra. Esa fue probablemente la intención de quien inventó tal forma de tenencia  pero en realidad produjo una especie de esclavitud: «has sido, eres y serás campesino desde tu nacimiento hasta tu muerte en ese mismo pedazo de tierra, que no puedes usar más que para cultivarlo, y nunca como garantía, sin que lo puedas vender ni usar más que para lo que yo estrictamente te he autorizado». El campesino sólo tenía dos opciones: ser campesino, o perder todo.

La tierra no quedó garantizada: los comisarios ejidales («comisario» proviene de las granja colectivas

soviéticas, que el gobierno cardenista copió para México) podían hacer que un ejidatario perdiese el derecho a

su parcela por cualquier marrullería  legaloíde  o inconveniencia política. El ejidatario quedaba en calidad de rehén, anclado a esa tierra y sin esperanza de obtener algún beneficio para él o para su familia si se deshacía de ella.  Muchos, desde luego, optaron o se vieron obligados a lo segundo: la ciudad de México no tiene 20

millones de habitantes sólo porque sean muy hermosos sus volcanes; tampoco están llenas de mexicanos

Los Ángeles, Chicago y San Antonio porque a los inmigrantes ilegales les guste el turismo. Están allí,

sobre todo, personas que no tenían nada o porque, por dejar de ser campesinos, perdieron todo.

 

¿Garantía contra garantía?

Los hijos de los trabajadores de las ciudades pueden ser futbolistas o estudiar para médicos o trabajar de mecánicos, políticos, choferes o enfermeros. Tienen abierta la posibilidad de ser lo que ellos decidan.  Pueden esforzarse y prepararse, como también desperdiciar las oportunidades abiertas; y quien en verdad lo intente, tendrá éxito.

Para los habitantes de las ciudades (en general para todo el que no sea ejidatario) aparece clara la garantía del artículo quinto de la Constitución, que dice a la letra.

:«A ninguna persona podrá impedirse que se dedique a la profesión, industria o comercio que le acomode, siendo lícitos».

En cambio, quien por (mala) suerte hubiese nacido en el campo tenía completamente  vedada su libertad de trabajo, gracias a esas leyes y prácticas; obligado de por vida a ser campesino. <Es eso lo que defienden quienes tanto se oponen a que haya nuevas opciones para que un ejidatario decida qué hacer con su tierra?

Gracias a las recientes modificaciones constitucionales se abren nuevas opciones para que los campesinos

escojan libremente (entre ellas conservar su ejido), Hoy, si así lo prefieren, pueden transferir su derecho a la tierra a quien sí quiera trabajarla y ganar por ello. Las reformas pretenden reconocer al campesino su libertad personal fuera de la tutela de comisarios y burócratas; no tienen que perder todo. ¿Es eso lo que atacan quienes tanto se oponen a que haya nuevas opciones para que un campesino decida qué hacer con su tierra?

“Tierra y Libertad”

Emiliano Zapata jamás quiso −en el Plan de Ayala de 1911− dejar a sus paisanos un ejido burocrático como el que inventó Cárdenas dos décadas después; Zapata hablaba de tierra con pleno dominio para el campesino, en beneficio de él y de su familia. Zapata no pretendió convertir a los campesinos en rehenes de comisarios al estilo soviético, ni quiso sujetar a los dictados de una burocracia  el destino de sus hermanos campesinos. No conoció a Lenin ni a su colectivización burocrática; sin duda se hubiera levantado en armas contra Cárdenas

cuando declaró como único ese tipo de propiedad de la tierra.

Hoy, tras la muerte y miseria  de mucho millones de campesinos (precio inmenso que nada tiene que  con los ideales de Zapata  ni con la tradición  antigua  de México): luego  de haber dejado que se depredara la ecología  y México lastimara  su capacidad  su capacidad para producir comida, por fin se vuelve a  reconocer que los campesinos  son seres humanos y libres mexicanos de pleno derecho. 

Es absurdo pensar en regresar al latifundio  porfiriano,  que hasta  por el mero crecimiento  de la población sería muy  improductivo (más de ochenta  millones hoy, doce entonces):  los ejidatarios (tan libre y respetables como usted y como yo)  encontrarán el camino que más le convenga.

Bienvenida su libertad y todos saldremos ganando: los ejidatarios  activos que se quedan en el sistema actual, los que prefieren  alquilar su tierra, quienes los retribuyan  por cederla si no  quieren, los citadinos que prefieran irse a trabajar al campo, y un México que se enfrenta  al reto de dar de comer a sus hijos conservando productiva la capa fértil de la tierra.