Los clásicos es la forma que tiene el hombre de avisarle a Dios que ha comprendido que su alma es inmortal.  Clásico no es lo que ha detenido en el tiempo y permanece atrás, inamovible, o lo que ha quedado como un ancla para que, no obstante nuestra rebeldía, regresemos siempre al mismo punto de partida. No lo clásico traspasa la barrera de lo temporal; permanece siempre tan vivo que, nosotros,   al mirar cómo envejecen nuestros cuerpos, lo contemplamos siempre el mismo, y lejos de ser un ancla es la vela que impulsa nuestro barco. Ciertamente podemos ver en lo clásico la base de nuestra cultura, pero esta base se despliega alegremente sobre nuestras cabezas.

 Es una cualidad universal poder trascender mediante las obras, pero, de alguna forma, siempre que hablamos de lo clásico rendimos homenaje a los griegos y recordamos su extraordinaria lección. Y es que, después de todo, en Grecia nacen las primeras expresiones de lo clásico y lo Occidental, tal y como concebimos estos conceptos. Nietzche afirmaba que los griegos eran la raza más discreta, la raza más bella, la más justamente envidiada, la mejor avenida con la vida».

Los griegos, incapaces de representar en su arte a un hombre incompleto, por considerarlo siempre de forma integral; los griegos de pensamiento profundo, penetrante y claro; los del espíritu atento y curioso; los de la vida pública participativa; los griegos de la mirada serena, pero siempre dispuestos al canto y la danza; los griegos poetas, filósofos y atletas a un tiempo, nos dejaron una herencia que, a pesar de haber intentado despilfarrar en más de una ocasión, no hemos podido agotar.

Nuevo al paso de los siglos

Cuando llegaban a término las guerras médicas, y tras la evacuación y saqueo de Atenas, los griegos entraban en su propia era clásica con el juramento de no reconstruir lo que habían derrumbado los persas, más bien –en un gesto de su genialidad– , decidieron levantar sobre las ruinas, templos, monumentos y edificios enteramente nuevos que nadie pudiera olvidar pese al paso de los siglos.

Cuando llegaban a término las guerras médicas, y tras la evacuación y saqueo de Atenas, los griegos entraban en su propia era clásica con el juramento de no reconstruir lo que habían derrumbado los persas, más bien –en un gesto de su genialidad– , decidieron levantar sobre las ruinas, templos, monumentos y edificios enteramente nuevos que nadie pudiera olvidar pese al paso de los siglos.

La época de Pericles, Fidias, Mirón, Sócrates, Platón, Aristóteles dejó tal huella, que lo clásico queda como uno de los principales elementos distintivos y más profundamente enclavados en el alma de la cultura de Occidente.

Más tarde, la imperial Roma ocupó Grecia, pero ésta respondió con la invasión de su cultura. Se convirtieron en los mejores educadores, y en poco tiempo, su espíritu había llegado hasta las más lejanas fronteras que conocieron los césares.

Roma aportó también lo suyo, y la integración fue tan estrecha que ahora hablamos de nuestras raíces greco latinas. Estas raíces crecieron en un territorio específico -lo que hoy conocemos como Europa- y junto con la tradición judeocristiana, conformaron la identidad de Occidente.

Lo clásico atraviesa esta amalgama por el centro; es mucho más que el siglo cuarto antes de Cristo, en la antigua Grecia; tampoco se concreta a los movimientos artísticos que retoman los cánones de la estética grecolatina. Lo clásico es el modelo de los modelos, porque es el culmen de toda forma de expresión; está más allá de la permanente lucha entre lo académico y lo lírico, las reglas y sus rupturas, lo apolíneo y lo dionisíaco.

 Lo clásico atraviesa la cultura occidental por el centro, porque es su llave.

 Occidente en América

 Cuando el mundo grecolatino se vino abajo y su cultura parecía perderse bajo el frenesí de los jinetes bárbaros, el cristianismo tomó la extraordinaria llave y la resguardó casi por mil años. Le dio una nueva dimensión a lo clásico, no únicamente  por la doctrina, sino que volvió a sacar la gran madeja y tejió nuevos lazos culturales para cobijar a Europa. 

 El cristianismo comenzó a unir, así, al viejo continente; pero los pueblos europeos suelen ser bastante orgullosos y cuando pudieron contemplar la llave entera y abrir con ella el Renacimiento –puerta del mundo moderno–, se dividieron. Las comunidades se disolvieron para dar paso al individuo, el sueño de Europa se disipó ante sus fortalecidas naciones.  Occidente se partió por la mitad: lo católico y lo protestante, que asimismo correspondieron, en gran medida, a los países latinos (grecolatinos) y a los germanosajones.

 Lo clásico quedó en ambas partes, aparentemente.. Y Occidente llegó así a tierras americanas; primero por medio de España, católica y latina; más tarde por los ingleses, sajones y protestantes. Muchas otras naciones arribaron también, pero el influjo de estas dos, en la porción que cada una dominó fue determinante para toda América.

Testigos de la verdad

 He tenido ocasión en mi vida de conocer a varios testigos de la verdad ejemplo modélico de humanistas integrales preocupados por el destino del hombre contemporáneo, espíritus sensibles a toda suerte de valores y hondamente preocupados por el declinar actual de la cultura. Cuando figuras como K. Jaspers,  M. Heidegger, G. Marcel, R. Gmrdini, X. Zubiri, Karl Adam y Karl Rahner nos fueron dejando, experimenté un profundo sentimiento de orfandad.  Una luz  se apagaba en el universo cada vez que uno de ellos desaparecía. De un libro de Kant sobre moral afirma Goethe que no  era una luz en el cielo, era toda una constelación. Ciertamente, los grandes guías son faros destinados a iluminar, la marcha de la humanidad.

 Esta noble tarea sólo podrán realizarla de hecho si cuentan con la colaboración de personas  dispuestas a asumir su doctrina, vivirla  personalmente  perfeccionarla merced a su buen sentido y su intuición individual, y, así elaborada, transmitirla a otros. Que la luz se alumbra en el encuentro, en la vida de comunidad,   lo expresó certeramente Jorge Guillén en este denso verso:

«No hay soledad, Hay luz entre todos.  Soy vuestro»

 Alfonso López Quintás

Occidente en América

Cuando el mundo grecolatino se vino abajo y su cultura parecía perderse bajo el frenesí de los jinetes bárbaros, el cristianismo tomó la extraordinaria llave y la resguardó casi por mil años. Le dio una nueva dimensión a lo clásico, no únicamente  por la doctrina, sino que volvió a sacar la gran madeja y tejió nuevos lazos culturales para cobijar a Europa. 

 El cristianismo comenzó a unir, así, al viejo continente; pero los pueblos europeos suelen ser bastante orgullosos y cuando pudieron contemplar la llave entera y abrir con ella el Renacimiento –puerta del mundo moderno–, se dividieron. Las comunidades se disolvieron para dar paso al individuo, el sueño de Europa se disipó ante sus fortalecidas naciones.  Occidente se partió por la mitad: lo católico y lo protestante, que asimismo correspondieron, en gran medida, a los países latinos (grecolatinos) y a los germanosajones.

 Lo clásico quedó en ambas partes, aparentemente.. Y Occidente llegó así a tierras americanas; primero por medio de España, católica y latina; más tarde por los ingleses, sajones y protestantes. Muchas otras naciones arribaron también, pero el influjo de estas dos, en la porción que cada una dominó fue determinante para toda América.

Una raza clásica

 Lo clásico implica, entre otras muchas cosas, además de las ya mencionadas, la armonía, la integración equilibrada, la unión de elementos; por eso se logró la conformación de la cultura griega sobre las ciudades- Estado; por eso se dio el binomio greco- latino; por eso las naciones latino- americanas son mestizas racial y culturalmente, y son precisamente estas naciones las que han sido llamadas «continente de la esperanza».

 Occidente parece dominar ahora todo el mundo, pero es así principalmente por la porción que se ha ido desvinculado de sus valores más profundos y radicales.

 La civilización occidental prevalece, mientras la cultura occidental ha sido inducida a un profundo sueño.  La hora de Latinoamérica ha llegado, no puede esperar más pues ella tiene la llave, ha sido nombrada y debe salir a escena. La raza cósmica del continente de la esperanza es, en el sentido más profundo, una raza clásica.