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	<title>Revista ISTMO &#187; Las manías de Zagal</title>
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		<title>Día de asueto de las ánimas mexicanas</title>
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		<pubDate>Mon, 05 Dec 2011 22:57:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Las manías de Zagal]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi familia no acostumbra poner ofrenda de Día de Muertos. Sin embargo, desde mi adolescencia adopté la costumbre de colocarla en memoria de mi abuelo paterno, el minero de quien les he contado (istmo 312). Lo reconozco, se trata de &#8230; <a href="http://istmo.mx/2011/12/dia-de-asueto-de-las-animas-mexicanas/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/12/zgal.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-60697" style="margin: 5px;" title="zgal" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/12/zgal.jpg" alt="" width="205" height="52" /></a>Mi familia no acostumbra poner ofrenda de Día de Muertos. Sin embargo, desde mi adolescencia adopté la costumbre de colocarla en memoria de mi abuelo paterno, el minero de quien les he contado (<strong>istmo </strong>312). Lo reconozco, se trata de un tic pintoresco y culterano de intelectual coyoacanesco. Disfruto invitando a mis estudiantes a merendar tamales y auténtico pan de muerto, del que sólo se consigue en los mercados. Pongo una ofrenda sencilla, flores de cempasúchitl, copal, velas, un poco de comida y el viejo retrato de don Bardomiano, mi abuelo.</p>
<p>El catolicismo y las creencias prehispánicas se entrelazan el 2 de noviembre en una conmemoración sincrética y colorida, profundamente arraigada en nuestro país.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>LAS ÁNIMAS MEXICANAS</strong></p>
<p>La víspera, solemnidad litúrgica de Todos los Santos, los niños muertos regresan a visitar a sus padres. Antaño se les llamaba «angelitos» y los enterraban vestidos de santos o ángeles, dando por sentado que gozan en el cielo. La liturgia tridentina celebraba un funeral especial, se cantaba el Gloria, reservado para las alegrías, y el sacerdote vestía casulla blanca de fiesta. Lógicamente, las ofrendas para los pequeños incluyen juguetes y dulces.</p>
<p>Las almas adultas regresan la víspera del 2 de noviembre para comer y beber. Se celebraba la misa con rigurosos ornamentos negros, sustituidos ahora por morados. Los mayores deben pagar sus pecados en el purgatorio, de ahí la importancia de rezar por ellos. Este detalle es fundamental para comprender la diferencia entre el día de muertos mexicano y el Halloween anglosajón. El segundo, insertado en el mundo protestante, descree del purgatorio, las indulgencias y los sufragios por los difuntos. Para los calvinistas más estrictos, los deudos no podemos hacer nada por los muertos. O están salvados o arden en el infierno.</p>
<p>Cierto que nuestro 2 de noviembre tampoco es modelo de rigor teológico. Según la ortodoxia católica, las ánimas del purgatorio no pueden salir de ahí hasta pagar por sus pecados. Santo Tomás de Aquino se hubiese escandalizado ante la mexicana costumbre de ofrecer un banquete a las almas, como si el arcángel San Miguel les concediese una pausa en su tormento.</p>
<p>Los frailes del siglo XVI, sin embargo, tuvieron el suficiente criterio para adaptar la costumbre prehispánica al dogma católico. En sentido estricto, las almas no regresan del purgatorio; la ofrenda es una conmemoración, un gesto, como colocar flores en una tumba.</p>
<p>Pero como los fieles difuntos no saben de teología, nos visitan para disfrutar de nuestra estupenda gastronomía. A los muertos de Janitzio, por ejemplo, les gusta regresar a comer pato enchilado, un platillo <em>ex profeso</em> del día. Los pescadores los cazaban con arpón; aunque, con la contaminación de lago, las ánimas purépechas deben lucir como <em>z</em><em>ombies</em>. Con todo, la celebración de Pátzcuaro conserva su magia y espiritualidad.</p>
<p>En Oaxaca, los difuntos aterrizan en las casas de sus seres queridos, que encienden hogueras para guiarlos y marcan el camino al hogar con pétalos de cempasúchitl a modo de pista de aterrizaje. Por fortuna,  las autoridades del aeropuerto del DF no controlan el sistema, pues una falla técnica podría dejarlos volando en el limbo.</p>
<p>Las ánimas de San Andrés Mixquic, allá por Tláhuac, ahora beben cerveza y Coca cola gracias a la modernidad. Supongo que muchas habrán muerto por diabetes. Los habitantes del Valle de México hemos perdido la cocina sana. Abandonamos el agua de tamarindo, de jamaica, los huazontles, verdolagas, quelites y nos atiborramos de chatarra refrita. Que nadie se ofenda, pero de Mixquic queda muy poco. Hemos depredado la zona chinampera, y el turismo, dizque folclórico, arrebató el encanto a sus panteones. Lo digo con dolor, la fiesta de Mixquic ha devenido un insustancial carnaval ranchero.</p>
<p>Cuando me toque regresar del más allá, llegaré a Yucatán. Durante la fiesta del Hanal Pixan, «Banquete de las ánimas», vivos y difuntos comen opíparamente. Se cocina relleno negro, puchero de gallina y unos formidables tamales llamados pibes o mucbipollos, verdaderamente, celestiales. El auténtico pibe se cuece en horno de tierra, pues eso significa «pibil». También se agasaja a las ánimas con jícamas, camotes, yucas, mazapanes y palanquetas. Beben una especie de atole con cacao, anís y pimienta. Perfuman la ofrenda una variedad de flores y hierbas: ruda, limonaria, virginias, albahaca y otras especies silvestres imposibles de conseguir fuera de la península. Eso sí, algunos deudos desconfiados arrojan ceniza en el suelo para comprobar las huellas que dejan las ánimas.</p>
<p>Lo que más me gusta de nuestros difuntitos es su aristotelismo. Me explico: para Aristóteles los objetos se componen de sustancia y accidentes. Los accidentes son las propiedades de las cosas, color, peso y demás adjetivos calificativos. La sustancia, como su nombre lo indica, sustenta estas propiedades; es el sujeto donde las propiedades accidentales se sostienen. Pues sucede que las ánimas mexicanas dominan la metafísica y se alimentan de «la sustancia» del mole, de los tamales, del atole. Los vivos comemos las sobras, es decir, el sabor, el olor, las texturas. ¿No es encantadora esta forma de convivencia?</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>LA MUERTA RISUEÑA</strong><strong> </strong></p>
<p>No me creo eso de que los mexicanos nos reímos de la muerte. Nos burlamos, sí, de la calaca de azúcar, pero no de nuestra personalísima muerte. Ni siquiera la esperanza cristiana logra disolver el temor ante ella. La muerte siempre es amarga y dolorosa. Si Jesús lloró por su amigo Lázaro sabiendo que iba a resucitarlo, cuánto más nosotros ante el cadáver de un amigo o pariente.</p>
<p>Y con todo, nuestro día de muertos presenta un deje de dulzura. ¿Vieron la película <em>El cadáver de la novia</em> de Tim Burton? El director comentó que se inspiró en la celebración mexicana. La influencia se percibe en una escena clave, especialmente conmovedora. Los muertos aparecen en la boda de los vivos; la gente se asusta. En el clímax del terror, un pequeñito exclama: «¡Abuelo!». La trama da un vuelco y se torna entrañable. Los muertos y los vivos se abrazan cariñosamente.</p>
<p>En la cultura mexicana del 2 de noviembre, los vivos pueden reencontrase con sus difuntos, el esposo, hermano, la madre. Éste es el <em>quid</em>. Ese día, las fronteras entre este mundo y el más allá se difuminan. La reacción no es de terror, sino de agradecimiento; el encuentro no es con fantasmas, sino con visitas ansiadas a quienes consentir y agasajar.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>JACK O’LANTERN </strong><strong>LA CALABAZA SINIESTRA</strong></p>
<p>Halloween también proviene de la amalgama entre paganismo y cristianismo. Los celtas temían a los espíritus que rondaban la noche del 31 de octubre. La calabaza labrada con una vela adentro era un talismán contra los espectros;<strong> </strong>Jack O’Lantern es un monstruo lo suficientemente aterrador como para alejar a los malos espíritus de aquella noche.</p>
<p>Los mexicanos aguardamos a nuestros muertos con cariño; los anglosajones usan calabazas para espantarlos. El <em>trick or treat</em> –la frase para pedir dulces– refleja el chantaje de los espectros. Los espíritus perversos amenazaban a las hogares celtas si no recibían algo.</p>
<p>En su estado actual, la fiesta carece de significado religioso y mágico. En México, ya sea por influencia del catolicismo, ya por el vigor de las tradiciones prehispánicas, la conmemoración conserva parte de su espiritualidad. El Halloween, por el contrario, es una celebración anodina. En no pocos casos es un panegírico de la muerte violenta y sangrienta. Es Freddy Krueger. Es Jasón. Es <em>Cementerio de animales</em> (Stephen King) con los redivivos crueles y desfigurados.</p>
<p>Tristemente, a pesar de que cualquiera advierte la trivialidad de Halloween respecto al Día de Muertos, las calabazas sonrientes avasallan en México. De no ser por el esfuerzo del gobierno por preservar las tradiciones, la Catrina ya hubiese sucumbido.</p>
<p>Bueno, me ganó lo nacionalista. Tras mis devaneos cosmopolitas, a mis cincuenta años retomo mis querencias. El Día de Muertos es uno de los intentos más tiernos por sublimar la muerte de los seres queridos. Un rasgo muy valioso de nuestra cultura.</p>
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		<title>El macabro negocio de matar</title>
		<link>http://istmo.mx/2011/09/el-macabro-negocio-de-matar/</link>
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		<pubDate>Wed, 14 Sep 2011 18:54:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Las manías de Zagal]]></category>
		<category><![CDATA[316]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Y nosotros? ¿Qué estamos haciendo contra la guerra? Las buenas conciencias vivimos muy cómodos sin pensar en los horrores y estupidez del armamentismo.  <a href="http://istmo.mx/2011/09/el-macabro-negocio-de-matar/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/09/zagal.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-60001" title="zagal" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/09/zagal-300x122.jpg" alt="" width="300" height="122" /></a>«Hay que defender de la muerte todo lo que es humano; hay que </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>defender al hombre de la muerte nuclear y de la muerte del hambre».</em></p>
<p style="text-align: right;">Juan Pablo II, 22/09/1984</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>EL ARTE DE LA GUERRA</strong></p>
<p>Los Estados Unidos invadieron México en 1846, un conflicto que le costó a nuestro país la mitad de su territorio. Pocos norteamericanos se opusieron a ella. Entre las valientes excepciones destacó Henry David Thoreau (1817-1862). El filósofo se negó a pagar impuestos como gesto de desaprobación a esta guerra de conquista. En represalia, fue encarcelado durante un breve lapso. El escritor Emerson visitó a su amigo en prisión. Horrorizado al contemplarlo tras las rejas, se lamentó: «Henry, ¿qué estás haciendo tú aquí adentro?» Thoreau le replicó: «Ralph, ¿qué estás haciendo tú ahí afuera?»</p>
<p>¿Y nosotros? ¿Qué estamos haciendo contra la guerra? Las <em>buenas conciencias </em>vivimos muy cómodos sin pensar en los horrores y estupidez del armamentismo.</p>
<p>¿Por qué afirmo que es una estupidez? Suelto algunos datos casi al azar. Según la  OMS, cada año mueren 57 millones de personas por enfermedades curables o de fácil prevención.<sup>1</sup> Como es previsible, los decesos se concentran en África subsahariana y el Sudeste asiático. Por ejemplo, el tétanos mató a 300 mil africanos en 2008. Ese mismo año murieron 431 europeos por el mismo mal.<sup>2</sup> El contraste resulta escandaloso. En África no se aplica la vacuna. ¿Cómo explicarle a una madre que su niño podría haberse salvado con una acción tan simple? ¿No les parece monstruoso? Y qué decir de la malaria que aquel año cobró 756 mil muertos en África.<sup>3</sup> Morir de paludismo indica unos niveles de miseria increíbles.</p>
<p>Podemos atribuir esa situación a la corrupción e ineptitud de los dirigentes de ese continente. Los más jóvenes no sabrán quién fue Bokassa I. Se los cuento, el coronel Jean-Bédel Bokassa se hizo del gobierno de la República Centroafricana durante uno de los tantos golpes de Estado que aquejan esas tierras. Tras aburrirse de gobernar como dictador, el militar se proclamó emperador en 1977. Nuestro personaje gastó en su coronación –una ceremonia cursi y ridícula– la espeluznante cantidad de 20 millones de dólares de aquellos tiempos.</p>
<p>Estos desmanes fueron posibles gracias a la complicidad de los socios occidentales. Se trata por tanto de una responsabilidad compartida. Los países «civilizados» criticaron la impudicia del efímero emperador. Claro que sus críticas no les impidieron cerrar negocitos con él. Por si no sabían, Centroáfrica es rica en uranio.</p>
<p>Las primeras víctimas de los malos gobiernos africanos son los menores de edad. ¿Podemos culpar a los niños que mueren de tétanos por vivir en países gobernados por egoístas y ladrones? Evidentemente no.</p>
<p><strong>NECEDAD DE LA GUERRA Y GASTO IRRESPONSABLE </strong></p>
<p>¡Menuda irresponsabilidad de Su Majestad Imperial! Derrochar el presupuesto de un país subdesarrollado en una coronación de opereta fue una inmoralidad. ¿Puede haber mayor necedad?</p>
<p>Lamentablemente sí, gastar el dinero en armas para matarse los unos a los otros. Tirar el dinero en nimiedades como pajecitos y capas de armiño es grave. Pero gastarlo en armas va más allá de la moral más elemental.</p>
<p>La compasión, el perdón, el diálogo, la solidaridad son las acciones típicamente humanas. La guerra, en cambio, pone la razón al servicio de la fuerza. El arte de la guerra sustituye los argumentos con balas y da el triunfo al fuerte, no al justo.</p>
<p>Los gobernantes irresponsables no aquejan únicamente al África. España, Irlanda, Portugal y Grecia nos han sorprendido gastando por encima de sus ingresos. Pero la medalla de oro del campeonato del gasto irresponsable se la lleva Estados Unidos. Según entiendo, desde la época de Bush Jr., el gobierno norteamericano se dedicó a gastar y gastar sin incrementar los ingresos. Acumuló un déficit inmenso. Ahora se pagan las consecuencias. Y como en tantas ocasiones, los pobres y la clase media cargarán con el muerto. Por supuesto, los mexicanos estamos entre los damnificados de la crisis norteamericana.</p>
<p>¿Y en qué tanto gasta el gobierno norteamericano? Su déficit se debe, en muy buena medida, al gasto militar. En 2007, Estados Unidos gastó 570 mil millones de dólares en ese rubro.<sup>4</sup> ¿Cuántas vacunas contra el tétanos podrían comprarse tan sólo con un millón de dólares?</p>
<p>Lo peor es que el conservadurismo estadounidense lamenta que el presupuesto federal destine 10% del PIB a programas de seguridad social (Medicare, Medicaid y Seguro Social) y<em> únicamente </em>5% al gasto militar.<sup>5</sup> Consideran inadecuado el monto para una potencia encargada de defender la libertad y democracia en el mundo. (Por cierto, ¿por qué a los políticos norteamericanos no les preocupa la intolerancia religiosa y el absolutismo de Arabia Saudita?).</p>
<p>Sin embargo, esto de 5% es engañoso. Hay importantes partidas de claro sesgo militar, que no suelen contabilizarse: las pensiones de los veteranos, el presupuesto de la CIA, el gasto en seguridad interior y un largo y tupido etcétera. Algunos piensan que, en 2009 los gastos militares integrados superaron 80% de los gastos oficialmente reportados.<sup>6</sup></p>
<p>Con estos números no pretendo un análisis científico, sino llamar la atención. Pongamos las cifras de esta manera. Una hora de vuelo de la  Fuerza Aérea de EUA cuesta 23 mil 800 dólares.<sup>7</sup> Coloquemos esta cantidad al lado de los 2 mil 500 millones de personas que sobreviven con menos de 2 dólares al día. ¿Les parece razonable?</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>ARMAMENTISMO Y LEGÍTIMA DEFENSA </strong></p>
<p>La legítima defensa es un derecho de los países y de los individuos. Pero, insisto, no entiendo la violencia. Somos excesivamente tolerantes con la guerra y el terrorismo. Tal vez en otro tiempo la guerra se ceñía a normas éticas elementales, como el respeto a la población civil y a los heridos. Se podía hablar, posiblemente, de legítima defensa; los castillos construidos en Europa para defenderse de las incursiones vikingas pudieran, acaso, ejemplificarla. La pregunta es si los presupuestos militares cumplen esa función. El mundo cuenta con misiles nucleares de sobra para exterminar a la humanidad. ¿Para qué tantas bombas? ¿Para disuadir al enemigo potencial?</p>
<p>El mercado de armas se pliega a los mandados del consumismo. Si la demanda baja, se incentiva. Vender armas es un gran negocio. Los países gastan más allá de lo que resulta razonable para su legítima defensa. La iniquidad de algunos políticos llega al extremo de inventar guerras.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>BRUEGHEL «EL VIEJO»</strong></p>
<p>¿Cuánto hubiese progresado la medicina con los recursos dedicados al desarrollo de armas? Tal vez el cáncer y el SIDA estuviesen controlados. El absurdo no tiene límite.</p>
<p>Busquen en internet el óleo <em>El triunfo de la muerte</em> de Brueghel «el Viejo». El Prado exhibe el original, pintado hacia 1562. Ejércitos de esqueletos masacran a la humanidad; nadie escapa de la muerte, ni los enamorados, ni los ricos, ni los pobres, ni los sacerdotes, ni los sabios.</p>
<p>La muerte arrasa con todos. Sin embargo, existen diferentes maneras de morir. Toda muerte es dolorosa e incomprensible. Pero no es lo mismo morir de viejo, en una cama, acompañado de cariño, con medicinas y consuelos, que morir con la cabeza abierta por una bomba o el vientre destrozado por una bala.</p>
<p>«En la paz, los hijos entierran a los padres —escribió Heródoto—; en la guerra, los padres entierran a sus hijos». Como profesor, he asistido al funeral de adolescentes. El dolor de los padres es infinito. Nos rebelamos ante esas muertes inesperadas y, en cierto sentido, antinaturales. Pues la guerra multiplica ese absurdo <em>ad infinitum. </em></p>
<p>¿Qué hacer? No lo sé. Sólo se me ocurren dos ideas. La primera, casi boba, manejar mi automóvil como persona civilizada y no como un guerrero. La segunda, escribir contra la guerra, porque el silencio de un escritor sería una complicidad con los señores de la guerra. ¿Y ustedes qué harán?</p>
<p>___________</p>
<p><sup>1</sup> http://www.who.int/gho/mortality_burden_disease/en/index.html [consultada el 11/08/20011 a las 19:44]</p>
<p><sup>2</sup> http://www.who.int/gho/mortality_burden_disease/en/index.html [consultada el 11/08/20011 a las 19:53]</p>
<p><sup>3</sup> http://www.who.int/gho/mortality_burden_disease/en/index.html [consultada el 11/08/20011 a las 19:53]</p>
<p><sup>4</sup> http://www.eluniversal.com.mx/finanzas/60413.html [consultada el 10/08/2011 a las 13:14]</p>
<p><sup>5</sup> Ernest Istook, «El deber constitucional de defender Estados Unidos», http://www.libertad.org/el-deber-constitucional-de-defender-a-estados-unidos/ [consultada el 10/08/2011 a las 13:21]</p>
<p><sup>6</sup> http://www.centredelas.org/index.php?option=com_content&amp;view=<br />
article&amp;id=448:el-gasto-militar-de-estados-unidos&amp;catid=42:economia-de-defensa&amp;Itemid=63&amp;lang=es [consultada en 10/08/2011 a las 13:49]</p>
<p><sup>7</sup> http://sitrep.globalsecurity.org/articles/110802785-defense-cuts-vs-military-flexi.htm [consultada el 10/08/2011 a las 13:59]</p>
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		<title>Fe, ¿sólo en caso de emergencia?</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jul 2011 14:57:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Las manías de Zagal]]></category>
		<category><![CDATA[315]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué tan sustentadas están nuestras creencias? ¿En realidad vivimos nuestra fe, o la tenemos ahí, como un colchón arrumbado para las emergencias?  <a href="http://istmo.mx/2011/07/fe-%c2%bfsolo-en-caso-de-emergencia/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/07/zagal.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-59580" style="margin: 5px;" title="zagal" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/07/zagal.jpg" alt="" width="205" height="126" /></a>«La religión se concibe como un lujo privado que cualquiera, si lo desea, puede concederse a sí mismo, pero que no debe llevar a la vida de otros ni practicar de manera que resulte incómoda o irritante a los demás».</em></p>
<p>J. H. Newman, <em>Biglietto Speech</em></p>
<p>¿Qué tan sustentadas están nuestras creencias? ¿En realidad vivimos nuestra fe, o la tenemos ahí, como un colchón arrumbado para las emergencias? Un amigo mío, médico, me contó que la capilla del hospital en el que trabaja nunca está vacía. La enfermedad, la muerte, la soledad, el dolor llevan a muchas personas a buscar a Dios. No niego que las situaciones críticas fortalezcan el sentimiento religioso. El problema es que muchas veces se queda ahí: en un sentimiento.</p>
<p>La fe es el eje sobre el que se mueve la vida. No me refiero exclusivamente a la fe religiosa. Tenemos fe hasta en los detalles más nimios. Cuando el guardia del estacionamiento nos dice que todavía podemos retroceder en nuestro auto, le creemos. Cuando una ficha en el zoológico nos dice que la bestia detrás de la reja es un ornitorrinco, le creemos. (De hecho, por cierto, cuando por primera vez se exhibió en Europa un ornitorrinco disecado, se acusó al pobre descubridor de que había pegado partes de animales distintos para urdir el embuste). La vida ordinaria es una esfera de la fe en la que nuestra creencia rara vez tiembla; no abundan los casos del ornitorrinco. Nuestro día a día se construye sobre la fe, el crédito, el testimonio. Y hacemos bien, pues no podríamos sobrevivir sin creer en los demás.</p>
<p>El cardenal John Henry Newman (1801-1890), beatificado en 2010, es uno de los autores clave en temas de fe. Fue un gran teólogo del siglo XIX, un escritor agudo, un intelectual en toda forma, una persona íntegra. Es, sin duda, una figura señera del pensamiento cristiano en el siglo XIX.</p>
<p>La <em>Gramática</em><em> del asentimiento</em> de Newman es un tratado filosófico sobre la forma en la que se arraigan las creencias humanas. No soy experto en el tema, pero entiendo que Newman analizó el concepto de asentimiento.</p>
<p><strong>Asentimiento vital</strong></p>
<p>Newman, familiarizado con el liberalismo político, puso en alerta a los cristianos contra un cristianismo de fachada, contra el riesgo de hacer del cristianismo un mero conglomerado de proposiciones teológicas o de ritos externos. Limitar la fe a un ritual de domingos y de emergencias es, en pocas palabras, pervertir el evangelio, despojándolo de su impacto vital. El asentimiento religioso va más allá del simple decir <em>sí</em>, asentir no es, simplemente, suscribir una proposición teórica del tipo «París es la capital de Francia».</p>
<p>Newman insiste en que la fe en su uso coloquial se limita a un asentimiento superficial, un asentimiento nocional. Nuestra vida no cambia si no le creemos al profesor de geografía. ¿Qué cambiará en nuestra existencia si creemos que Barcelona es la capital de Francia? Conozco a muchas personas que así lo creen. Pero sí hay un abismo entre la fe en el libro de geografía y la fe en que nuestros padres son quienes nos engendraron. Esta segunda es una creencia <em>real</em>, una creencia en sentido fuerte. Nuestra vida cambia de rumbo completamente si abandonamos esta clase de asentimiento.</p>
<p>No siempre sabemos sobre qué se sostiene nuestra fe. Si a un cristiano se le  pregunta por qué cree en un Dios en vez de varios, sólo podrá dar cierto número de argumentos. Tampoco es tan fácil presentar evidencias. Newman explica que el uso científico de lo evidente no alcanza para la vida práctica. Si exigiéramos una demostración clara de todo lo que se nos dice, seguramente quedaríamos insatisfechos. Nunca sería suficiente.</p>
<p>¿Esto significa que la fe debe prescindir de la razón? No. Significa que la razón tiene un alcance limitado, pero no que esté disociada de las creencias. La razón se limita a las<em> nociones</em>. La fe, en cambio, atañe a las raíces más profundas. La fe en <em>sentido fuerte </em>va más allá del asentimiento teórico de nociones, porque con la fe se empeña la propia vida. De ahí que Newman considera que la práctica religiosa no se debe agotar en un cúmulo de anécdotas y costumbres.</p>
<p>El punto crucial de Newman es la denuncia de la disociación entre asentimiento y práctica, entre fe y vida. Una persona que quiere pronunciarse como creyente de cualquier religión, debe rechazar la pusilanimidad. Newman pensaba que el siglo XIX era una época de <em>creencias débiles</em>. El liberalismo condenaba la religión en el espacio público,  porque implica la censura a las creencias ajenas. Algunos liberales pensaban, por ello, que practicar en público la religión equivalía a ser intolerante con las creencias de los otros ciudadanos.</p>
<p>Sin embargo, para Newman la práctica de la fe no es una condena de las creencias ajenas, porque la fe es una práctica personal, que no es lo mismo que una<em> práctica arbitraria</em>. Es decir, lo más importante de la fe religiosa es asentir a ella con la propia vida. Newman es contundente. Si la fe no se sostiene vitalmente en todo momento y bajo cualquier circunstancia, es mejor abandonarla.</p>
<p>Insisto: la fe no se limita a la religión. Nuestros conocimientos «duros» se limitan a una porción mínima de lo que sabemos. La mayoría de lo que suponemos en nuestro manejo cotidiano se sustenta en la creencia. No se trata de una fe ciega e ingenua. Quizá muy pocos de nosotros podemos demostrar matemáticamente el teorema de Pitágoras, pero sabemos que, de hecho, existe una demostración. Tal vez la olvidamos, porque no necesitamos el teorema de Pitágoras en todo momento. Esto no significa que la demostración desaparezca.</p>
<p>Frecuentemente, las razones y argumentos para creer se desvanecen  en la memoria, no así las creencias. La fe religiosa marca todavía más este aspecto. Los motivos que sustentan la religiosidad quizá estén algo difusos en determinados momentos de la vida, pero ello no desvanece la creencia.</p>
<p>Para Newman la fe se sustenta en una sumatoria de hechos, no en una demostración. No podemos localizar un evento en particular que catalice la fe porque tal hecho no existe. La narración de nuestras vidas, sugiere Newman, puede leerse como la historia de la fe. Los eventos –irrelevantes o definitorios– y nuestras acciones nos configuran como lo que somos. La fe se sustenta de nuestros actos y experiencias. Esto significa que la fe no es un puro conocimiento, sino una práctica. Y la religión es la práctica más radical.</p>
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		<title>Los escritores, hijos de Baco</title>
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		<pubDate>Fri, 27 May 2011 16:12:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Las manías de Zagal]]></category>
		<category><![CDATA[314]]></category>

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		<description><![CDATA[«Ahora, ¡oh Baco! te cantaré a ti y contigo a las selvas, los vergeles y el olivo que crece tan lentamente. ¡Ayúdame dios de la vid!» Virgilio, Geórgicas, libro II. Los escritores requieren de genio y oficio, de técnica e &#8230; <a href="http://istmo.mx/2011/05/los-escritores-hijos-de-baco/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>«Ahora, ¡oh Baco! te cantaré a ti y contigo a las selvas, los vergeles y el olivo que crece tan lentamente. ¡Ayúdame dios de la vid!»</em></p>
<p style="text-align: right;">Virgilio,<em> Geórgicas, </em>libro II<em>.</em></p>
<p><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/05/zagal.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-59151" style="margin: 5px;" title="zagal" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/05/zagal.jpg" alt="" width="205" height="137" /></a>Los escritores requieren de genio y oficio, de técnica e inspiración. El vino facilita a veces –subrayo el «a veces»– los vuelos del alma y desata a la inteligencia de sus telarañas y monotonías. Frecuentemente, los poetas, los místicos y los enamorados han visto en la embriaguez una imagen del amor.</p>
<p>Según la leyenda, Dionisio niño descubrió la vid. Los niños son curiosos (también los niños mitológicos) y entre descalabros y travesuras alguna vez hacen algo de provecho. Baco plantó la diminuta semilla en un hueso de pájaro, maceta que pronto fue insuficiente. Colocó entonces «la matita» en el fémur ahuecado de un león. Finalmente, la parra fue acurrucada en el fémur de un asno. Moraleja: beber vino con mesura proporciona la alegría de un ave; en mayor cantidad genera la fuerza del león; en exceso, la estupidez del burro. En la salida de cualquier bar podemos verificar la fábula&#8230; El exceso del vino es destructivo.</p>
<p>Sin embargo, los escritores le tenemos particular cariño al vino y no dudamos en gastar ríos de tinta alabando sus virtudes, acaso porque la embriaguez y la inspiración algo tienen en común.</p>
<p>Espíritu e inspiración son dos palabras emparentadas. Según el Diccionario, inspirar es «atraer el aire externo a los pulmones». La inspiración es etérea, intangible, inasible, como el aire. <em>Spiritus </em>significa en latín soplo, viento, hálito. Los vapores del aguardiente y del vino son inspiradores. Aspirar el espíritu de un buen Rioja facilita la composición de sonetos y madrigales. Con jugo de naranja y refrescos de cola no se gana fácilmente el Nobel. «Los poetas son ánforas que guardan el vino de la vida», escribió Hölderlin.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>HÖLDERLIN Y BACO</strong><strong> </strong></p>
<p>Dionisio es hijo de Zeus y Semele. El rey del Olimpo, transformado en relámpago, fecundó a la joven. Baco nace de la tormenta. Hölderlin lo llama «fuego divino». El vino concentra las llamas celestes, enciende el alma y quema el cuerpo.</p>
<p>El culto a Dionisio proviene del Oriente. Es un dios telúrico, como Deméter, diosa de la agricultura. Ambas deidades eran anteriores a las invasiones dóricas en Grecia. Los dorios, oriundos del norte, se afincaron en el Peloponeso. Traían entre sus enseres al rubio Apolo. De ahí que en Esparta –la ciudad doria por excelencia– el culto estuviese centrado en Febo Apolo, el dios solar. En cambio, en las ciudades griegas de Asia Oriental, florecía el culto a Dionisio, el dios de la pasión, de las risas.</p>
<p>Nietszche contrapuso la racionalidad de Apolo a la vitalidad de Dionisio. El vino es misterio: despierta apetitos, fortalece ánimos decaídos, amaina dolores, provoca carcajadas. Lo opuesto a la disciplina espartana. Sin vino no hay discotecas ni cabaret. Dice el refrán que cualquier alegría que no provenga del alcohol es completamente ficticia.<em> </em>«Verdad es que el jugo de las frescas vides/ nos llena de una fuerza sagrada»<em>: </em>Hölderlin ¡Fuerza sagrada! Una cuba, un gin-tonic, un daikirí, un borgoña. El vino estimula el alma, y precisamente por ello uno puede cometer locuras cuando se excede.</p>
<p>Nietzsche admiró los instintos, representados por Dionisio. El filósofo del superhombre vislumbró en Dionisio el anuncio del ateísmo. Los devotos de Dionisio no son domesticados por la razón. La exuberancia vital está más allá del bien y del mal. La embriaguez inhibe las represiones. El anticristo se rebela contra la divinidad.</p>
<p>Paradójicamente, el piadoso Platón aconseja ofrecer vino a los ancianos para reanimarlos en las liturgias. El vino platónico sirve para dar culto a los dioses; el de Nietzsche para blasfemar. Los viejos, reconfortados por la bebida, rezarán con más vigor. Estamos en el camino místico.</p>
<p><strong><em>AQUA VITAE</em></strong><strong>: EL AGUA </strong><strong>DE LA VIDA</strong></p>
<p>Menester es distinguir entre el aguardiente y el vino. Docto y goloso, advierte Alfonso Reyes: «El licor no es un mero compuesto de alcohol, agua destilada, azúcar y una esencia determinada. El destilador prepara sus licores como el cocinero sus salsas y condimentos. Y así como el arte de la cocina está en el cortejo de sabores en torno a un sabor principal, así el licorista se entrega a una orquestación semejante, sujeta a sus leyes armónicas y a sus dosificaciones precisas». <em>(Memorias de cocina y de bodega).</em><em> </em></p>
<p>El aguardiente era conocido desde la Edad Media. Hasta el siglo 16 sólo se recurría a él en calidad de medicina. Por el contrario, la cerveza y el vino eran dispensados a niños y mujeres como alimento. A partir del siglo 18, los soldados se aficionaron al aguardiente para hacer más llevaderas sus austeridades. El aguardiente devino lubricante de la maquinaria social.</p>
<p>Y así como existe diversidad de aceites, así hay una gama de vinos para las distintas ocasiones. El millonario Aristóteles Brumell de <em>La muerte de un instalador,</em> (Álvaro Enrigue),<em> </em>asocia los licores con diferentes estados de ánimo:</p>
<p>«También consumo licores dependiendo de los estados por los que transita mi alma. He categorizado las correspondencias entre ánimos y bebidas basado también en las consideraciones de Hoffman. (…) Siguiendo los pasos de mis maestros, he diseñado una tabla de licores que me ceden su espíritu. Para alcanzar un estado levemente irónico templado de indulgencia, anís seco. Para una sensación de soledad con profundo descontento de mí mismo: ron. Alegría musical: ginebra. Entusiasmo musical: vodka. Tempestad musical: tequila. Alegría sarcástica, insoportable a mí mismo: brandy».</p>
<p><strong>EL VINO Y LA MÍSTICA</strong><strong> </strong></p>
<p>El vino es tan espirituoso y sus efectos tan conmovedores que los poetas místicos comparan la embriaguez con los arrobamientos. Amonesta la <em>Biblia</em>: «¿Qué es la vida a quien le falta el vino, que ha sido creado para contento de los hombres? (<em>Eclesiástico</em>, 31, 27). San Juan de la Cruz pone en boca de la esposa del <em>Cántico espiritual </em>unos versos donde el fruto de la vid sale muy bien parado:</p>
<p>«En la interior bodega/</p>
<p>de mi amado bebí, y cuando salía/</p>
<p>por toda aquesta vega/</p>
<p>ya cosa no sabía/</p>
<p><em>Y el ganado perdí que antes seguía.»/</em></p>
<p>El <em>Cántico espiritual</em> lleva por subtítulo <em>Canciones entre el alma y el esposo </em>y es una bellísima paráfrasis del <em>Cantar de los cantares</em>. Según la exégesis católica, es un elogio al amor humano y por analogía, del amor divino. El alma, embriagada con el amor a Dios, se despega de las criaturas <em>(ya cosa no sabía/ y el ganado perdí&#8230;).</em></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>BORGES: EL AMÉN DEL VINO</strong></p>
<p>El vino cataliza los estados del alma; convierte la tristeza en llanto y la alegría, en carcajada. Precisamente, por ello la adicción al vino, la desmesura en el beber es tan peligrosa y destructiva. El vino desata los ánimos, por eso se asocia a la fiesta. Borges lo expresa así:</p>
<p>¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa/</p>
<p>conjunción de los astros, en qué secreto día/</p>
<p>que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa/</p>
<p>y singular idea de inventar la alegría?/<em> </em></p>
<p>El metafísico Borges no regatea letras para el vino y encomia sus poderes salvadores. El vino es antídoto contra los tortuosos laberintos:</p>
<p>Sésamo con el cual antiguas noches abro/</p>
<p>y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro./</p>
<p>Vino del mutuo amor o la roja pelea,/</p>
<p>alguna vez te llamaré. Que así sea<em>./</em><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Amen</em> en latín: que así sea. <em> </em></p>
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		<title>Justicia ¿sólo para ricos?</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Mar 2011 00:45:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Las manías de Zagal]]></category>
		<category><![CDATA[313]]></category>

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		<description><![CDATA[«Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del desvalido y pobre» Proverbio 19, 9 «Donde no hay justicia, es peligroso tener razón…» Francisco de Quevedo Hace unos meses, regresando de una cena navideña, dos patrullas del DF &#8230; <a href="http://istmo.mx/2011/03/justicia-%c2%bfsolo-para-ricos/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>«Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del desvalido y pobre»</em></p>
<p style="text-align: right;">Proverbio 19, 9</p>
<p style="text-align: right;"><em>«Donde no hay justicia, es peligroso tener razón…»</em></p>
<p style="text-align: right;">Francisco de Quevedo</p>
<p><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/03/Zagal.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-58860" style="margin: 5px;" title="Zagal" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2011/03/Zagal.jpg" alt="" width="205" height="209" /></a>Hace unos meses, regresando de una cena navideña, dos patrullas del DF intentaron extorsionarme con un pretexto de lo más burdo. A las dos de la madrugada a uno lo pueden acusar de cualquier cosa: en mi caso yo era «sospechoso». ¿De qué? Nunca lo supe. Por fortuna, <strong>istmo</strong> me salvó. Tras una hora de estar detenido por aquellos patanes en una calle oscura, se me ocurrió mostrarles a mis captores –eso eran realmente– un ejemplar de la revista: «Soy escritor», declaré. Como por ensalmo me soltaron; eso sí, con la cortés recomendación: «Maneje con cuidado». Soy un privilegiado. ¿Qué hubiese sido de mí sin<strong> istmo</strong>?</p>
<p>En el diálogo <em>Gorgias</em>, Platón ataca duramente a un personaje –Calicles– que defiende la tesis: «Justo es lo que hace el más fuerte». Según Calicles, justicia y poderío son equivalentes. Me temo que la práctica del derecho en el mundo, y en especial en México, ha tomado este derrotero. La justicia es patrimonio de los poderosos. Los pobres, los menos instruidos y los no influyentes, están condenados de antemano. La justicia primigenia –la que no está contaminada por tecnicismos ni por deshonestidades– se ha alejado de las personas ordinarias. Sé que muchos se molestarán por esta afirmación. Lo siento.</p>
<p>La justicia más elemental –«dar a cada quien lo suyo»– se desvanece entre los laberintos de la burocracia occidental y los tecnicismos del «Derecho» (detesto escribirlo con mayúscula). No nos hagamos tontos. La justicia es un bien elitista, del que gozan muy pocos; como un Ferrari o el caviar del Caspio.</p>
<p>El derecho es una disciplina de expertos. Esto es algo malo, pues la justicia nos concierne a todos. Este es el <em>quid</em> de mi artículo. Mis amigos abogados se indignarán. Ya les invitaré unos whiskies, pero mi tesis es que el esoterismo jurídico aleja de la calle el ideal de justicia. ¿No les llama la atención, por ejemplo, el uso de arcaísmos como<em> fojas</em>? Eso es tan sólo un indicio del hermetismo al que me refiero.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>La</strong><strong><em> pólis </em></strong><strong>y</strong><strong><em> Presunto culpable</em></strong></p>
<p>Supongo que todos los lectores vieron ya <em>Presunto culpable</em>. El documental denuncia la incompetencia y brutalidad del sistema judicial mexicano. Pero hay otra denuncia más sutil: la justicia debe impartirse con base en argumentos sencillos y contundentes –que cualquier persona pueda comprender– o con base en pruebas científicas al modo de los <em>CSI</em> de la televisión. Lo inválido es la creación de un lenguaje artificial, que ni tiene la exactitud de las ciencias duras, ni goza de la transparencia del lenguaje coloquial.</p>
<p>Los griegos lo tenían muy claro. Participar en la impartición de justicia era, para ellos, un rasgo esencial del ciudadano. Los jurados populares son un invento ateniense. Esto exige que las leyes deban pensarse de tal manera que el mayor número posible de personas pueda utilizarlas.</p>
<p>Salgo al paso de una objeción: «La medicina tampoco es para los legos». La afirmación revela una confusión. La medicina es una ciencia que atañe a los particulares; la práctica jurídica, en cambio, es asunto público: es política. No hay república cuando la práctica legal es el monopolio de un gremio. El personaje central de <em>Presunto culpable,</em> Antonio Zúñiga, contempla como un espectador externo lo que el sistema legal hace con su vida. Nada más contrario al espíritu democrático. Aplicar e interpretar la ley es un quehacer público.</p>
<p><strong>Sin discusión pública no hay república</strong></p>
<p><em>Presunto culpable </em>me provocó algunas inquietudes que se entrelazan con el <em>Gorgias</em> y con la concepción republicana del derecho.</p>
<p>¿Qué hubiese sido de Toño si el abogado Heredia –el segundo defensor; el que entra al quite– hubiese cobrado los honorarios acostumbrados? Aquí salta otra liebre. Cada vez dudo más del «libre mercado». Ciertos bienes no deben comercializarse: no son mercancías. La justicia y la salud son los ejemplos por excelencia. Por ende, cualquier sistema que privilegia a los ricos en cualquiera de estos ámbitos es un sistema inmoral. ¿La solución? Para la salud, la receta es clara: fortalecer la seguridad social. (Debemos mirar, por ello, hacia Canadá y los países escandinavos, no hacia Estados Unidos).</p>
<p>Respecto al tema de la justicia, confieso que no sé cuál es el camino correcto. En cualquier caso, cuando en la práctica un sistema judicial privilegia a quien puede pagar más, estamos ante un gravísimo problema de injusticia social y, de paso, se desmantela a la vida republicana. Inocencia y culpabilidad deben desvincularse de la posición económica. Con un buen abogado, Jean Valjean –encarcelado por robar un pedazo de pan– hubiese dejado a Víctor Hugo sin trama para <em>Los miserables.</em> ¿No?</p>
<p>Otra inquietud. La historia de <em>Presunto culpable </em>da un vuelco con la presencia de las cámaras. Cuando se comienza a grabar la historia, la causa se transparenta. Se abre la posibilidad de exponer frente a la opinión pública los rostros de los involucrados. La justicia republicana debe ser transparente. Incluso en un nivel físico: los espacios deben abrirse y someterse al escrutinio público. El Estado, la burocracia y, en general, cualquier institución vertical, tienden espontáneamente a blindarse contra la crítica y a sentirse más cómodos en la opacidad. La transparencia republicana es uno de los pocos recursos para mitigar esta autocomplacencia de la autoridad.</p>
<p>Ahora bien, no basta con poner a los jueces en una vitrina. Deben, además, hablar un lenguaje dirigido a los ciudadanos. A veces pensamos que el lenguaje republicano consiste en utilizar el título de «ciudadano» a diestra y siniestra. No: el lenguaje republicano procura que el gobierno de la comunidad sea un asunto verdaderamente público. Concedo que necesitamos algunos tecnicismos. Sin embargo, deben ser instrumentos, herramientas; por no decir «males necesarios». Si no hay discusión pública no hay república. Ésta es la diferencia entre la medicina y la política. La medicina es objeto de investigación científica; la política, de deliberación. Por ello, es un contrasentido blindar con un lenguaje hermético la deliberación que debería ser pública.</p>
<p><strong>Medicina, derecho y justicia</strong></p>
<p>Los mejores médicos se precian de sanar al enfermo por medio de pocos análisis y consultas. Resuelven el problema y, luego, se desvanecen. Curan. En ello se basa su reputación. Los malos médicos no curan; los peores, generan más males con sus medicinas. Los médicos pésimos fabrican problemas para ganar más dinero. El éxito del médico consiste en que no lo necesitemos. ¿En qué consiste el de los abogados y jueces?</p>
<p>Ojalá quienes saben de leyes –jueces, legisladores, litigantes, académicos– examinen críticamente el quehacer jurídico. El refinamiento y sofisticación de las ciencias produce mejores condiciones de vida. Yo no tengo nada en contra de aquellos tecnicismos útiles. Cuestión de visitar un hospital de primer nivel.</p>
<p>Lanzo una conjetura provocativa. Sospecho que el tecnicismo jurídico tiene más de argot e instrumento de poder, que de ciencia o deliberación política. Las complejas fórmulas y cálculos de los ingenieros y biólogos resuelven problemas. Sus aportaciones legitiman la complejidad de su discurso especializado. El <em>homo sapiens</em> vive, en un país desarrollado, alrededor de 76 años: el doble del promedio en la Roma Imperial. El avance es innegable. Se lo debemos, sobre todo, a la ciencia dura.</p>
<p>¿Vivimos hoy en una sociedad donde la justicia se imparte mejor? ¿Va el quehacer jurídico por el camino de hacer justicia para la gente de a pie? No lo sé. ¿Ustedes qué piensan? En una república, el poder de interpretar las leyes no debe convertirse en una mercancía; esto equivale a convertir a la justicia en un artículo de lujo. ¿Qué hacemos si, siendo inocentes, carecemos de recursos para pagar un buen abogado?</p>
<p>Espero no haber escrito demasiadas insensateces sobre el Derecho. Si lo hice, ofrezco mis disculpas; sería una prueba más de que el orden legal se aleja de la gente común y corriente.</p>
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		<title>«Yo, Héctor Zagal,  algo estoy haciendo mal»</title>
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		<pubDate>Thu, 17 Feb 2011 19:30:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mi abuelo fue minero por el rumbo de Taxco. Murió de silicosis, sin seguridad social, como tantos otros, y dejó a mi abuela con sus cinco hijos en la miseria. La atención médica que recibió fue deficiente y, para colmo, &#8230; <a href="http://istmo.mx/2011/02/%c2%abyo-hector-zagal-algo-estoy-haciendo-mal%c2%bb/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi abuelo fue minero por el rumbo de Taxco. Murió de silicosis, sin seguridad social, como tantos otros, y dejó a mi abuela con sus cinco hijos en la miseria. La atención médica que recibió fue deficiente y, para colmo, consumió el precario patrimonio de una familia obrera. Cuando la muerte del abuelo, mi padre tenía apenas cinco años: fue la madrugada del 5 de enero. Esa noche los Reyes no llegaron a la vecindad donde vivían allá por Santa María la Ribera, en el DF.</p>
<p>Por ello, cuando explotó la mina de carbón de Pasta de Conchos (Coahuila) el 19 de febrero de 2006, recordé de inmediato la historia de mi familia paterna. Desconozco los entresijos técnicos de la tragedia. No soy un experto en derecho laboral, ni en medicina, ni en ingeniería. Ignoro si las condiciones laborales de los mineros se apegaban a la normas legales y técnicas, y si la empresa cumplía con los parámetros éticos propios de una sociedad desarrollada. Un hecho está fuera de cualquier duda: a la vuelta de sesenta años, la minería sigue cobrando víctimas y la injusticia social no parece superada.</p>
<p>Como saben los lectores de<strong> istmo,</strong> suelo repetir la admonición de un colega agnóstico: «Ustedes, cristianos, piensan que la única manera de pecar es rompiendo el sexto mandamiento, pero se les olvida que los mandamientos <em>no robarás</em> y <em>no mentirás </em>son igual de importantes y que, además, hay una infinidad de formas de romperlos, desde evadir impuestos hasta utilizar publicidad tramposa».</p>
<p>Este énfasis en los pecados contra la sexualidad obedece, en mi opinión, a que ordenar las pasiones personales es menos complicado que organizar una comunidad justa. Para no adulterar lo crucial es el esfuerzo personal. Para cumplir nuestros deberes de justicia en la empresa, en la universidad, en la política y, en general, en la sociedad, hace falta transformar las estructuras. Precisamente por ello es fácil escudarse en el sistema: «Yo quiero ser justo, pero no se puede». He escuchado esta excusa cientos de veces entre empresarios, ejecutivos y políticos. El resultado: como<em> uno solo no puede hacer nada contra el mundo, </em>entonces, nada en el mundo cambia.</p>
<p>Seré un poco más brutal. Ojalá nadie se me asuste. El núcleo del <em>Moral Issue </em>no es la sexualidad –como piensan los conservadores norteamericanos– sino la cuestión social. En una ocasión, Christopher Domínguez Michael calificó el tema de dignidad de la persona humana de «concepto gaseoso»; la dignidad es gaseosa si no se traduce en condiciones reales, tangibles, concretas. Cuando construimos departamentos donde difícilmente cabe un comedor y un refrigerador, cuando los pobres del DF invierten la cuarta parte de su vida en transporte, cuando las aseguradoras aducen pretextos para no pagar al enfermo, cuando las zonas verdes se concentran en los barrios ricos, la dignidad humana es «gaseosa».</p>
<p>Algo estamos haciendo mal en el mundo y en nuestro país. En esta ocasión, el plural –<em>estamos</em>– no es un plural mayestático para escondernos. El gerundio –<em>haciendo</em>– tampoco es un recurso retórico. Yo, Héctor Zagal, <em>algo estoy haciendo mal.</em> En una ocasión, un empresario nos invitó a Carlos Llano y a mí a cenar en su casa. Nos atendió una chica vestida de cofia y delantal blancos y almidonados. Cenamos espléndidamente. Casi al salir, me adelanté por el carro, y sin pretenderlo, alcancé a escuchar la recriminación de mi profesor: «Pero fulano, ¿no te das cuenta que tu empleada está desnutrida?».</p>
<p>En otro tono, mucho más duro, un obispo alemán comentó a un grupo de políticos latinoamericanos durante una reunión de la democracia cristiana: «Señores, yo estoy convencido de que el aborto es un crimen que clama al cielo, porque se asesina al niño no nacido, pero me parece que también es gravísimo que ustedes dejen morir de hambre a los niños que ya nacieron. ¿O es que el embrión pierde su dignidad humana en el momento de nacer? Parecería que nos olvidamos de ellos en el momento en que salen del vientre de su madre».</p>
<p>Espero que nadie se me «sienta» por lo que voy a decir: en México convergen el clasismo, el racismo, la avaricia, la inequidad, la indiferencia. Nuestra comunidad está rota, desgajada; unos odian a los otros. Y si alguien piensa que exagero, lo invito a viajar en la línea 3 del metro del DF en hora pico, preferentemente por la tarde, vestido con ropa de marca, de la que usamos cuando vamos a nuestras oficinas corporativas. Percibirá, entonces, cómo es objeto de recelo y, probablemente, de agresiones encubiertas. ¿Por qué en e<em>l tube </em>de Londres la gente usa traje oscuro y mancuernillas sin llamar la atención?</p>
<p>El resentimiento social está a flor de piel. ¿Es culpa de los «resentidos»? No me lo parece. Es culpa nuestra. Nosotros hemos sembrado el resentimiento con nuestro silencio cómplice, con nuestras omisiones y, también con nuestras acciones. Hace unas semanas cenaba con dos muchachos, Jorge y Joaquín. Uno de ellos me preguntó a bocajarro: ¿qué es lo que el cristianismo le puede dar al mundo moderno? «Esperanza», le respondí. «¿Y no podría darle algo más?», me objetó. ¿Qué le hubieran respondido ustedes?</p>
<p>El año pasado se rescató a los mineros chilenos. ¡Que alegría! Insisto, carezco de los conocimientos técnicos para comparar el caso de Chile con Pasta de Conchos. El rescate costó mucho esfuerzo y mucho dinero. La vida humana lo vale. El gobierno chileno hizo muy bien en mediatizar el rescate. Se trata de un gesto simbólico: mostrar al mundo que se reconoce, con hechos, ese trabajo tan ingrato y tan necesario en nuestra sociedad. Una vida humana no tiene precio y, por ende, la racionalidad económica que minimiza pérdidas y maximiza utilidades, no tiene lugar a la hora de salvar una vida. ¿No nos enseñaron que Dios sólo sabe contar hasta el número uno?</p>
<p>Me pregunto si, por la noches, quienes manejaron el fallido rescate de los mineros atrapados en Pasta de Conchos pueden dormir con la conciencia tranquila. Cuando cierran los ojos y recuestan la cabeza en la almohada, ¿tienen la certeza de que hicieron <em>todo</em> lo humanamente posible para rescatar a aquellos trabajadores? Supongo que estas personas habrán visto las escenas de alegría a las afueras de la mina chilena. ¿No les quedará la duda de que podrían haber hecho algo más? ¿Se hubiesen empeñado más en salvarlos si uno de sus hijos hubiese quedado sepultado junto con esos mineros en Pasta de Conchos?</p>
<p>Bueno, pues quienes pertenecemos a las clases más privilegiadas de México tenemos una responsabilidad social con el prójimo. Si dormimos a pierna suelta, me temo, es porque no hemos pensado lo suficiente en la justicia social.</p>
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		<title>Por eso pude disentir con él</title>
		<link>http://istmo.mx/2010/11/por-eso-pude-disentir-con-el/</link>
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		<pubDate>Fri, 26 Nov 2010 22:03:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Carlos Llano]]></category>
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		<description><![CDATA[Carlos Llano me enseñó y me protegió. No fue mi amigo, pues la amistad requiere de una intimidad y un trato que nunca sostuvimos. Hasta en eso, en los afectos, era un hombre extraordinariamente templado. Casi estoico. Esa sobriedad no &#8230; <a href="http://istmo.mx/2010/11/por-eso-pude-disentir-con-el/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Carlos Llano me enseñó y me protegió. No fue mi amigo, pues la amistad requiere de una intimidad y un trato que nunca sostuvimos. Hasta en eso, en los afectos, era un hombre extraordinariamente templado. Casi estoico. Esa sobriedad no significaba ausencia de cariño. Lo había. Pero la amistad se teje entre iguales y, muy a pesar de mis libros y de mis éxitos –menudos o grandes, lo mismo da– siempre lo miré como un superior.</p>
<p>A él dediqué mi primer libro <em>¿Qué es la ecología? : conservación ambiental, empresa y modernidad</em>: «A Carlos Llano, que me enseñó a hacer filosofía de la empresa; y de la filosofía, una empresa», reza la dedicatoria. Además, él financió la publicación de mi primer libro de Filosofía, el de la inducción en Aristóteles. Según esto, consiguió un donativo de su madre para tal propósito. Y no hace mucho, me ayudó a publicar otro texto de Filosofía.</p>
<p>Pienso en el doctor Llano como un hombre que cultivó la magnificencia, una virtud rara, propia del caballero aristotélico. Carlos Llano era sobrio y austero consigo mismo, jamás tacaño. Unas semanas antes de su muerte, le ayudé con un discurso. Recibí un pago estupendo, que superó mis expectativas. Así fue siempre conmigo: magnífico.</p>
<p>Conforme maduré, tomé distancia intelectual de él. Por ejemplo, no le gustó mi libro <em>Gula y cultura</em>; percibió en él un tufillo frívolo. En otra ocasión, le comenté que su posición sobre el divorcio coincidía <em>grosso modo</em> con Horkheimer. Se molestó mucho: «Los católicos tenemos suficientes argumentos y no necesitamos de ellos», objetó. A pesar de ese amable distanciamiento siguió encargándome pequeños trabajos; enterado de mis necesidades económicas, pude contar con esos ingresos complementarios.</p>
<p>Cuando me sentí filósofo de la empresa, le consulté sobra la conveniencia de conseguir un coautor para escribir un libro de ética de los negocios. Su respuesta me fulminó. Él se ofreció a ser coautor conmigo. Publicamos en Trillas. Él mismo me llevó con uno de los señores Trillas para presentarle, de parte de los dos, <em>nuestro</em> manuscrito. Cuando el libro se publicó, en el lomo sólo apareció el apellido «Llano» –en portada, por supuesto, luce el «Zagal» emperifollado con el «Llano»–. Le escribió, entonces, una carta indignada al editor por ese minúsculo desprecio hacia mi persona.</p>
<p>Cuando era estudiante de la licenciatura, él era Rector de la Panamericana y mi profesor. Le pedí una cita para hablar de filosofía. Supongo que lo busqué para discutir sobre los posibles temas de tesis. Durante esa entrevista le pidió a Josefina, su secretaria, un expediente. Ella le contestó que no lo encontraba. Llano, de una manera firme, muy a la española, le ordenó: «¡pues búsquelo!»</p>
<p>A los pocos días recibí una llamada de su oficina. El Rector quería verme de nuevo. Acudí a la cita con curiosidad. «Héctor, te busqué porque quiero que sepas que hice mal, que la otra vez traté mal a la secretaria, y quiero que sepas que no se trata así a la gente». Aquello me conmovió hondamente. Yo era un escuincle de 21 años.</p>
<p>Al final del día, caigo en la cuenta de que era un gran maestro: me apoyó, me animó, no me asfixió ni me convirtió en su sombra. Precisamente por ello pude disentir con él en tantos puntos. Doctor Llano, muchas, muchas gracias por todo.</p>
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		<title>Los temibles 50. Jugando en los tiempos extra</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Sep 2010 02:34:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[310]]></category>
		<category><![CDATA[vejez]]></category>
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		<description><![CDATA[Antiguamente, el homo sapiens vivía en promedio 40 años. No fue sino hasta la generalización de las vacunas y los antibióticos cuando las esperanzas de vida se alargaron. Hoy por hoy, en los países desarrollados, fácilmente se llega a los &#8230; <a href="http://istmo.mx/2010/09/los-temibles-50-jugando-en-los-tiempos-extra/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal2.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-58096" style="margin: 2px;" title="zagal2" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal2-250x300.jpg" alt="" width="203" height="243" /></a>Antiguamente, el <em>homo sapiens</em> vivía en promedio 40 años. No fue sino hasta la generalización de las vacunas y los antibióticos cuando las esperanzas de vida se alargaron. Hoy por hoy, en los países desarrollados, fácilmente se llega a los 75. Sin embargo, ahora que rondo los temibles 50, caigo en la cuenta de que, desde el punto de vista biológico, estoy jugando en los tiempos extras del partido. Hace tiempo que dejé de ser un «adulto contemporáneo» para convertirme en un «hombre maduro».</p>
<p>La muerte se acerca con paso firme, contundente, decidido. Ya no es una posibilidad etérea, sino una realidad con la que convivo cotidianamente. Mis maestros van cayendo poco a poco. Cuando reviso el obituario del periódico, me topo siempre con el nombre de algún conocido.</p>
<p>El escenario me aterra. La seguridad social es un desastre. Para los empleados, la jubilación significa un empobrecimiento, precisamente en el momento en que más dinero necesitan.</p>
<p>Durante la vejez, los gastos médicos representan 40% de los ingresos.<sup>1</sup> Para la mayoría de los mexicanos, el retiro significa una tragedia, un descenso en el nivel de vida, porque nuestro perverso sistema de seguridad social es incapaz de mantener nuestro nivel de vida.</p>
<p>La sociedad, además, castiga a los viejos. El transporte público los hostiliza, el tráfico los atropella. Las aceras se diseñan para jóvenes saludables. Los semáforos obligan al peatón a correr.</p>
<p>El mercado laboral, lacerante e inmoral, nos discrimina. Las oportunidades laborales de un «cincuentón» son lastimeras. Algunos supermercados admiten a personas mayores como empacadores: no tienen sueldo, sólo propinas. Lo justo sería que quien trabajó durante toda su vida, no tuviese que empacar despensas cuando llega a viejo.</p>
<p><strong><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal3.jpg"><img class="size-medium wp-image-58095 alignright" style="margin: 5px;" title="zagal3" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal3-216x300.jpg" alt="" width="151" height="210" /></a>EL </strong><strong><em>GADGET</em></strong><strong> COMO ESTILO DE VIDA</strong></p>
<p>Los constantes cambios tecnológicos neutralizaron el valor de la experiencia acumulada. El mundo laboral lucha constantemente contra la obsolescencia. El <em>software</em> se actualiza varias veces al día. El conocimiento y la tecnología caducan en semanas. Los <em>gadgets</em> nacen obsoletos.</p>
<p>Hace unos días, mi sobrina comentó algo sobre Facebook, su primo, Enrique, de catorce años, replicó:</p>
<p>–¡Huy!, el Facebook es de viejitos.</p>
<p>–Pero mis alumnos de universidad lo utilizan –objeté yo.</p>
<p>Enrique me miró con conmiseración, y se dirigió a mi sobrina:</p>
<p>–¿Ves lo que digo?</p>
<p>El Twitter representa el tiempo nuevo: el instante. Importa el presente. Lo demás, el blog, el Facebook, el libro impreso, la historia, la memoria, la retrospectiva, llegan demasiado tarde.</p>
<p><strong>SIN ESPACIO PARA EL PASADO</strong></p>
<p><img class="size-medium wp-image-58093 alignleft" style="margin: 5px;" title="zagal 1 babie" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal-1-babie-300x204.jpg" alt="" width="210" height="143" /></p>
<p>¿Qué aportamos los viejos a un mundo así? Poco, muy poco. La madurez, la prudencia, se construía sobre cuatro cualidades: la circunspección, la previsión, la petición de consejo, la memoria. Madurez equivalía a detenerse un momento a la mitad de la carrera para examinar nuestras circunstancias. Madurez equivalía a prever consecuencias. Madurez equivalía a solicitar ayuda de los más experimentados. Madurez equivalía a saber historia. La madurez, así entendida, se fue por el caño.</p>
<p>Velocidad, creatividad, audacia, cambio, innovación y vigor. El conservadurismo carece de carta de ciudadanía. Y todo anciano es, por definición, un conservador; su riqueza es, precisamente, la experiencia atesorada.</p>
<p>Como ya he señalado en artículos anteriores, la paradoja es que caminamos rumbo a un mundo de viejos. La pirámide demográfica se invierte. Y los ancianos, al parecer, estarán de más. El fantasma de la eutanasia y del suicido rondan los corazones.</p>
<p>¿Razones para temer la vejez? Pobreza, enfermedad, torpeza física, y sobre todo, soledad. Los viejos son –somos– los parias de la sociedad, los damnificados de 1968.</p>
<p>Como sucedió con otras revoluciones, la Revolución de 1968 devoró a sus iniciadores. Quienes tenían 18 años en 1970, están a un tris de los 60. Para 2015 deberán jubilarse, recluirse, resignarse a desaparecer del mundo público que ellos hicieron inhabitable para los viejos.</p>
<p>¿Qué podemos hacer? «Propón algo, me comentó mi querida editora cuando leyó la primera versión de este manuscrito».</p>
<p>Antes que nada, los gobiernos deben apuntalar el sistema de pensiones. La primera política pública para proteger a los ancianos es garantizar el derecho a una pensión digna. Si los ancianos carecen de ingresos –me choca el eufemismo «adultos mayores»– serán considerados un estorbo por los más jóvenes. Y hoy por hoy, al menos en el caso de México, no veo que las pensiones sean una prioridad de nuestros gobernantes.</p>
<p>Segundo, los empresarios, los ejecutivos, los jefes de recursos humanos tienen una enorme responsabilidad: revalorizar las virtudes de la vejez. El mercado laboral no debe privilegiar la juventud. Las empresas deben contratar personas maduras y mayores; si no lo hacen, están siendo cómplices de la catástrofe.</p>
<p><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal4.jpg"><img class="size-medium wp-image-58094 alignright" style="margin: 5px;" title="zagal4" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/09/zagal4-250x300.jpg" alt="" width="175" height="210" /></a>Si el Estado y la empresa no asumen sus responsabilidades, la sociedad se estará suicidando. Nadie querrá envejecer. En 2050, México tendrá 166 viejos por cada 100 niños.<sup>2</sup> ¿Cómo tratarán los niños a los ancianos?</p>
<p>Pero al final, se impone una realidad: la vejez es antesala de la muerte. La condición humana es efímera. Contra la muerte sólo hay tres posibilidades: la resignación estoica, la esperanza religiosa, o el antidepresivo potente. Nótese el peso específico de la palabra <em>esperanza</em>. A la hora de la muerte, la esperanza no es poca cosa.</p>
<p>Hay, además, un paliativo para la vejez: el cariño de amigos y familiares. Una de las novelas que más me ha impresionado es <em>El extranjero</em> de Alberto Camus. Sus primeras líneas son demoledoras. Meur-<br />
sault, se entera de la muerte de su madre. ¿Su reacción? El personaje escribe en primera persona:</p>
<p>«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo, ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer».</p>
<p>¡Qué diferencia del modo como mueren los patriarcas del Génesis! La madre de Meursault muere sola; los patriarcas, en cambio, rodeados de sus hijos y nietos. La vejez siempre será indeseable, pero hay distintas formas de morir. En la Escritura, los patriarcas abandonan este mundo colmados de cariño. El amor de los otros suaviza el trance de la muerte. Por ello, quien ama y es amado atesora recursos para ese momento.</p>
<p>__________________________</p>
<p><sup>1</sup> http://ols.uas.mx/PubliWeb/Articulos/mexico-un-pais-destinado-a-la-vejez.pdf consultada el 08/08/2009</p>
<p><sup>2</sup> CONAPO, Secretaria de Gobernación, comunicado de prensa 40/05, 27 de agosto de 2005.<strong> </strong></p>
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		<title>Sobran estereotipos</title>
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		<pubDate>Tue, 13 Jul 2010 00:50:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[309]]></category>
		<category><![CDATA[estereotipos]]></category>
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		<description><![CDATA[Antígona es una revolucionaria feminista ante un tirano. Bertolt Brecht Mamá abráceme con todo su cariño, yo no debí crecer, debí ser siempre un niño. José Alfredo Jiménez, Madre sólo hay una Fedro es uno de los diálogos más hermosos &#8230; <a href="http://istmo.mx/2010/07/sobran-estereotipos/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em>Antígona es una revolucionaria</em></p>
<p style="text-align: right;"><em> feminista ante un tirano.</em></p>
<p style="text-align: right;">Bertolt Brecht</p>
<p style="text-align: right;"><em> </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>Mamá abráceme con todo su cariño, </em></p>
<p style="text-align: right;"><em>yo no debí crecer,</em></p>
<p style="text-align: right;"><em>debí ser siempre un niño.</em></p>
<p style="text-align: right;">José Alfredo Jiménez, Madre sólo hay una</p>
<p><em>Fedro</em> es uno de los diálogos más hermosos de Platón, un texto chispeante, agudo, sugerente. En él explica, entre otras cosas, su recelo hacia la palabra escrita. Por boca de Sócrates, Platón advierte que la escritura, fuera del contexto en que se generó, se parece a una roca que rueda por una ladera. La escritura, sin ayuda del autor, es como un huérfano que deambula por un bosque oscuro.</p>
<p>Recordé la referencia del<em> Fedro</em> al revisar los comentarios sobre mi artículo «La liberación femenina y la decadencia de la comida mexicana». Me temo que di pie a cierto malentendido. Con estas líneas pretendo aclarar lo que no expresé con la suficiente contundencia: aborrezco el machismo.</p>
<p><strong>¿EDUCAR VÍCTIMAS?</strong></p>
<p>A ver, vamos por partes. Primera idea. Soy enemigo de los estereotipos. Bailar ballet no es propio de mujeres ni dirigir una empresa lo es de varones. Si bien la genitalidad es un hecho innegable, es igualmente cierto que el género tiene gran parte de construcción cultural. Sólo las mujeres pueden parir. Verdad biológica irrefutable en el caso del <em>homo sapiens</em>. De lo cual no se concluye, sin embargo, que a ella le corresponda por naturaleza el cuidado de la prole y que al varón le corresponda conseguir el sustento fuera de la casa.</p>
<p>Tal estereotipo coloca, por lo pronto, a la mujer en una condición de indefensión frente al varón. Carezco de conocimientos sólidos de neurología. Ignoro si la ternura y la hospitalidad preponderan en el cerebro femenino. Quizá sí, quizá no. Dejo a los científicos la discusión.</p>
<p>En cambio, sí creo que debemos superar la imagen de la mujer como «abnegada y sufrida cabecita blanca» del antiguo cine mexicano. Este fenómeno obedece a un complejo entramado de causas, entre ellos, un malentendido concepto de abnegación. Se olvida que en la medida del amor al prójimo es el amor a uno mismo. Un colega lo decía a su modo: «Uno debe de apoyar al más débil, incluso cuando uno es el más débil».</p>
<p>Construir una relación sana presupone el reconocimiento de la propia dignidad. Por ende, debemos prevenirnos de los discursos y prácticas que perpetúan la vulnerabilidad de la mujer. El amor femenino jamás debe enmascarar el abuso masculino.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>ANTÍGONA: EL ESTEREOTIPO DE EMOTIVIDAD</strong><strong> </strong></p>
<p>Una segunda idea. «Virilidad» y «feminidad» son conceptos terriblemente jabonosos. Hace algunos meses, una estudiante me sugirió cambiar el perfil de mi blog porque, según él, declarar que aborrezco el futbol sugería poca masculinidad.</p>
<p>Hegel contribuyó a esta cristalización de roles al presentar a Antígona como la prototipo de la piedad familiar. En la tragedia del mismo nombre, Sófocles desarrolla un dilema. Creonte, gobernante de Tebas, prohíbe el entierro de Polínice, hermano de Antígona. El cadáver yace fuera de las murallas de la ciudad, como pasto para los carroñeros. El cuerpo de Polínice, declarado enemigo de la ciudad, no merece un entierro. Atentó contra la polis, que hace posible la vida humana. Antígona, desafiando el decreto, entierra a su hermano.</p>
<p>El problema es que Hegel entendió a Antígona como la encarnación de la piedad familiar, de la ética privada, insuficiente para fundar el derecho político. Antígona es tan hogareña como Penélope. Mujeres fieles y tiernas, incapaces de gobernar.</p>
<p>Cuando atribuimos a la mujer la hospitalidad y la ternura, suscribimos el machismo hegeliano. Sugerimos que la feminidad se articula en torno al eje de la emotividad. Este estereotipo es inadmisible.</p>
<p>Una lectura más atenta de la <em>Antígona</em> de Sófocles revela que ella decide enterrar a su hermano con base en una racionalidad cósmica. Su perspectiva es más universal que la de Creonte. Ella alude a ley universal que tiene precedencia sobre las normas de las ciudades. No invoca a los sentimientos, sino a la razón.</p>
<p>Así entendida, la oposición entre Antígona y Creonte no equivale al enfrentamiento entre la piedad familiar y la racionalidad política, sino a una tensión entre dos tipos de ley, y por ende, dos formas de pensar. Esta interpretación desvanece los estereotipos. Hospitalidad, delicadeza, ternura, compasión, ni son ni deben ser cualidades exclusivas de la mujer. En consecuencia, el manido «calor de hogar» no es tarea exclusiva de la mujer, sino de una corresponsabilidad de las parejas.</p>
<p><strong>¿QUIÉN CUIDA A LOS ENFERMOS?</strong></p>
<p>Hay una tercera idea que quiero reiterar; la que originó el malentendido. Nada hay tan humano como la protección del vulnerable: enfermos, niños, discapacitados, ancianos. Tradicionalmente la mujer cuidaba de ellos. Subrayo lo de <em>tradicional</em>. Nadie exime al varón de la obligación de cuidar al vulnerable, pues equivaldría a despojarlo de su condición humana.</p>
<p>Ahora que, tal y como pinta la economía, los vulnerables, especialmente entre lo más pobres, se llevan la peor parte. Los mecanismos para paliar la ausencia de la familia en el hogar –hospitales, guarderías, asilos– merecen nuestro respeto y apoyo. Lamentablemente, en nuestro país son insuficientes. Por lo pronto, los más viejos son los más desprotegidos por la asistencia social. ¿Quién los atenderá? Esta es la pregunta que pretendía plantear en el artículo mencionado.</p>
<p>Pensemos en otro fenómeno: la obesidad infantil. Nuevamente es un problema de origen multifactorial. No obstante, la proliferación de la comida chatarra algo tiene que ver con la falta de comida casera. «A los niños –decía un nutriólogo famoso– hay que darles guisados a la antigüita, caldositos y con mucha verdura».</p>
<p>La obesidad se emparenta con la pobreza, aunque también es un problema de educación. Las frituras y golosinas fascinan a los pequeños. Las guarderías pueden preparar menús balanceados; sin embargo, hay un punto al que los profesionales no llegan. Aprendemos a comer de nuestros padres.</p>
<p>La estructura pública no debe colonizar el hogar. Existe en la casa un reducto incomprensible en términos de reciprocidad económica. Precisamente porque en la familia hay un componente de desinterés y afecto gratuito, tanto varón como mujer deben aprender a entregarse por los demás. Coincido, por tanto, en que debemos abandonar los modelos machistas que contribuyen a cargar a la mujer con el peso de la atención a los vulnerables.</p>
<p>Claro que esto no resuelve el reto. La verdadera comida casera se prepara en casa…</p>
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		<title>La fascinación del azar</title>
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		<pubDate>Wed, 05 May 2010 16:20:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Héctor Zagal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Las manías de Zagal]]></category>
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		<description><![CDATA[El miedo es la pasión más profunda; es con el miedo con lo que usted debe jugar si desea saborear las alegrías más intensas de la vida. Stevenson, El club de los suicidas. ¿Sabían que Marge Simpson es adicta al &#8230; <a href="http://istmo.mx/2010/05/la-fascinacion-del-azar/"></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em><a href="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/05/zagal1.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-57603" style="margin-left: 5px; margin-right: 5px;" title="zagal" src="http://istmo.mx/revista/wp-content/uploads/2010/05/zagal1-300x212.jpg" alt="" width="300" height="212" /></a>El miedo es la pasión más profunda; </em></p>
<p><em>es con el miedo con lo que usted </em></p>
<p><em>debe jugar si desea saborear las alegrías </em></p>
<p><em>más intensas de la vida.</em></p>
<p>Stevenson<em>, El club de los suicidas. </em></p>
<p>¿Sabían que Marge Simpson es adicta al juego? Una buena madre se transforma frente a las maquinitas tragamonedas, simplemente pierde la razón. Recordé ese episodio de <em>Los Simpson</em> cuando me enteré de que una amiga está a punto de perder marido, hijos, casa, salud y empleo por su adicción al bingo. Hasta ahora, no me había percatado de la cantidad de casinos que pueblan nuestras ciudades. Ignoro los entresijos jurídicos que permitieron que florecieran en México. Como tantas cosas en este país, simplemente<em> sucedió</em>.</p>
<p>Al margen de cualquier prurito victoriano, los juegos de azar afectan nuestra vida moral. Por ejemplo, la Marquesa Calderón de la Barca señalaba, a mediados del siglo XIX, los desmanes que ocasionaba la feria de San Agustín de las Cuevas. Hacia finales de agosto, la sociedad acudía a jugar en aquel pueblo, hoy llamado Tlalpan, distante aún de la ciudad de México. Los ricos, que veraneaban en San Ángel, perdían cantidades enormes. Los pobres, por su parte, dormían donde podían y gastaban el dinero del que carecían.</p>
<p>Los juegos de azar son fascinantes, el peligro ronda. Es el vértigo de la ruleta que retrata Dostoievski en <em>El jugador</em>. Su embrujo, tan adictivo como el alcohol, no es fácil de explicar. ¿Por qué demonios nos gusta apostar?</p>
<p><strong>LA RUEDA DE</strong><strong> LA FORTUNA</strong><strong> </strong></p>
<p>Jugar es aceptar nuestros límites. En la ruleta reconocemos que la vida escapa de nuestro control. Nuestra actitud ante el azar es ambivalente. Lo odiamos cuando nos lastima; lo admiramos cuando nos consiente. Nos atrae su incertidumbre, anhelamos dominarlo y esclarecer sus secretos.</p>
<p>A veces el azar parece manifestar la irracionalidad del mundo; otras, insinúa la presencia divina. Los cristianos miraron con temor el juego para no «poner a prueba» a Dios. Los paganos intentaron sobornar a sus divinidades con sacrificios y ruegos. Los ilustrados aprendieron cálculo para domesticar la veleta del azar.</p>
<p><strong>BARAJA CONTRA AJEDREZ</strong><strong> </strong></p>
<p>Si bien el azar afrenta al entendimiento humano, también lo consuela. El peso de la propia responsabilidad agobia. Es la idea del cuento <em>El club de los suicidas</em>, de Stevenson. El grupo reúne a quienes ya no quieren vivir, pero carecen de arrestos para suicidarse. El club es una argucia: por las noches se juega a la carta. Quien saca el as d    e espadas morirá «accidentalmente» a manos de quien sacó el as de bastos.</p>
<p>Los juegos de azar son la antípoda del ajedrez. En el tablero triunfa el diestro y pierde el torpe. El juego agobia pues sólo impera la razón calculadora. Puede romper el precario equilibrio humano.</p>
<p>Si en <em>El jugador</em> triunfa la sinrazón, la saturación de ajedrez enloquece de tanto pensar. Es el drama de <em>La novela de ajedrez,</em> de Zweig. Chesterton advirtió recurrentemente que el exceso de razón nos puede volver locos: <em>La esfera y la cruz</em>.</p>
<p>Los jugadores de Dostoievski y Zweig pierden el equilibrio: queda el exceso, la destemplanza. Ironiza Jardiel Poncela: «Cuando un hombre ha apuntado demasiadas horas a la ruleta, acaba apuntándose al corazón». Cierto, pero quien ha apuntado demasiadas responsabilidades en el alma, acaba apuntándose con el psiquiatra.</p>
<p>¿Qué es más peligroso, la obsesión de la racionalidad o el sutil ímpetu de la suerte? No lo sé. Me temo que el ajedrecista de tiempo completo acaba loco o, por reacción pendular, jugando frenéticamente a la ruleta. Nuevamente Dostoievski pinta a un personaje así en <em>La estrategia de Luzhin</em>, un consumado ajedrecista.</p>
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