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El gran conocimiento acumulado desde la antigüedad sobre las virtudes del buen gobernante puede dar nuevas ideas sobre el buen gobierno en política y empresas.

 

Al estudiar el modo en que en la antigüedad clásica grecorromana se formaba a los futuros gobernantes, exhumar sus principales conceptos, decodificarlos y luego aplicarlos a las realidades políticas hodiernas, me quedé admirado de la buena recepción y del entusiasmo que levantaba esa sabiduría antigua. Entre los asistentes a cursos de formación política, aparecía como muy práctica y aplicable en la actualidad.

En noviembre de 2016, durante el XVIII Encuentro Internacional de Profesores de Política de Empresa, en el Instituto San Telmo de Sevilla (España), volvió a impresionarme la buena acogida que tenían estos conceptos y la aplicabilidad que grandes especialistas vislumbraban para el mundo de la empresa.

Se dijo de Peter Drucker que es alguien bien preparado para el futuro porque conoce perfectamente el pasado. También es usual decir que “el historiador es un profeta que mira hacia atrás”. En el ambiente editorial de la dirección de empresas han hecho fortuna algunos escritores, intentando exhumar –cuando no aprovechar el prestigio– de personajes del pasado, para exportar ideas al presente.
Uno de los autores que han popularizado ese recurso ha sido el recientemente fallecido Antony Jay; en 1967 publicaba en Londres, Management and Machiavelli, pretendiendo interpretar al renacentista florentino en clave empresarial moderna. Su intento utilitario no es un paradigma de rigor histórico –como dicen los italianos se non è vero, è ben trovato– pero las sucesivas ediciones se han vendido por docenas de miles.

La idea directriz de este nuevo género de literatura es que en las últimas décadas se ha acumulado una gran masa de información sobre el arte de dirigir empresas, pero ese crecimiento no ha sido acompañado de una similar comprensión, y por eso debe recurrirse al complemento de la historia y la ciencia política. Quizás sea una justificación para el nuevo negocio afirmar, como en las primeras páginas de ese libro, que “la nueva ciencia de la dirección de empresas es en realidad tan sólo una continuación del antiguo arte de gobernar, y cuando se estudia la teoría de la dirección junto a la teoría política y ejemplos de ella junto a la historia política, se da uno cuenta de que tan sólo se están estudiando dos ramas muy parecidas de la misma materia”.

En la filosofía y teoría política contemporáneas esa afirmación está confirmada: los autores de mayor vigor intelectual se apoyan cada vez más en la inspiración que les brinda la riqueza humanística de los clásicos grecorromanos. En estas especialidades hay cierta conciencia del agotamiento en las ideas y, en esos antiguos filones de sabiduría, se renueva y refresca el pensamiento actual. Tanto es así que algunos desengañados han llegado a afirmar que “hoy la única novedad son… ¡los clásicos!”

Conviene apoyarse en una filosofía probada a lo largo de 25 siglos por el juicio de la razón y la experiencia histórica, como lo afirmó un gran humanista español que nos dejó hace pocos años, Antonio Fontán, maestro de filólogos, políticos y periodistas. Pensando en infundir savia nueva a nuestra cultura lo decía así: “casi todas las generaciones de Occidente han recogido los frutos más sazonados de su propia cultura en el jardín griego que los grandes romanos cultivaron con veneración.”¹

 

Quiénes escribieron sobre el tema
Los filósofos políticos griegos más antiguos que hablaron sobre las características del buen gobernante son el Sócrates platónico y jenofonteo; Isócrates, Platón, Jenofonte y Aristóteles. En Roma: Cicerón, Séneca y Tácito, con su idea de la historia como saber político. A mediados del siglo I de nuestra era y comienzos del siglo II, desarrolla su magisterio escrito y hablado en todo el ámbito del mundo antiguo un griego, de gran prestigio también en Roma: Plutarco de Queronea. Se le ha llamado “el clásico de los clásicos” porque una parte muy consistente de nuestra información sobre aquel mundo se debe a su pluma.

Plutarco estudia minuciosamente toda la cultura anterior a su época, la asume en su persona, y luego la transmite a la posteridad. Su principal preocupación fue estudiar cómo fueron las ideas y los hechos de los grandes gobernantes anteriores; conocer, tratar y aprender de los estadistas que le eran contemporáneos y luego dejar por escrito sus observaciones, para lograr una mejor formación de las personas destinadas a esas altas funciones. Después de largos años de estudio, pienso que es el mejor maestro para exhumar ideas que nos ayuden en programas de formación en el buen gobierno, pero la riqueza y las sugerencias que pueden extraerse de sus escritos es tan abundante que merece la pena examinarlo en más de un artículo. Aquí vamos a enfocarnos solamente en un significativo predecesor: el ateniense Jenofonte.

 

La educación de Ciro
Jenofonte, nacido hacia el año 431 a.C. y fallecido en el 354 a.C., es historiador, militar y filósofo; discípulo de Sócrates y contemporáneo de Platón. Como escritor e historiador es más famoso por su obra Anábasis; sin embargo, en su Ciropedia o Educación de Ciro entra de lleno en nuestra temática; aunque, en realidad, el aspecto formativo para el gobierno es tratado solamente en el primer libro de los ocho que componen esta obra. Los subsiguientes se ocupan de presentarnos el resto de su vida como prototipo del soberano y militar ejemplar. Pero, al repasar todo el arco de la vida de Ciro el Grande, se concluye que toda ella fue el despliegue y desarrollo de la acertada formación que recibió en su niñez y juventud. Por tanto, el título tradicional de esta especie de tratado de pedagogía aplicada se demuestra acertado.

El libro primero se abre con un proemio en donde realiza algunas consideraciones filosófico-políticas sobre la dificultad que supone el gobierno de hombres: “Los hombres, en cambio, contra nadie se levantan más que contra aquéllos en quienes noten intención de gobernarlos. Mientras meditábamos sobre estos asuntos, íbamos comprendiendo, al respecto, que al hombre, por su naturaleza, le es más fácil gobernar a todos los demás seres vivos que a los propios hombres.” Mas la experiencia histórica de Ciro le hace ver que es posible –a pesar de las muchas dificultades– llevar a cabo un buen gobierno, si se tienen las condiciones personales adecuadas, potenciadas por una buena educación dirigida hacia ese fin específico.

“Pero, cuando caímos en la cuenta de que existió el persa Ciro, que consiguió la obediencia de muchísimos hombres, muchísimas ciudades y muchísimos pueblos, a partir de ese momento nos vimos obligados a cambiar de idea y a considerar que gobernar hombres no es una tarea imposible ni difícil, si se realiza con conocimiento.”

Ciro consiguió algo que para un griego de la Ciudad-Estado era inédito: que lo obedecieran, respetaran y que quisieran agradarle súbditos que no lo conocían personalmente, que nunca lo habían visto ni lo verían jamás, en lugares que el soberano nunca podría pisar, pertenecientes a pueblos y razas diferentes, muchos de ellos antiguos enemigos. Jenofonte capta y refleja la transformación de su tiempo, en el que la antigua polis decae como forma socio-política y cede el paso a unidades de poder de otra naturaleza. Puede ser ésta una explicación de la aceptación que tuvo este autor en la época helenística, y de su influencia en los gobernantes y en la opinión general durante la dominación romana. Es el autor de los grandes espacios políticos, la apertura y absorción de civilizaciones diferentes, y la expansión imperial.

La referencia a Jenofonte reviste interés para nuestro tema, pues aunque pueda ofrecer datos discutibles, de todas maneras trata de un gobernante que ha pasado a la historia como un paradigmático jefe de Estado, que vivió en pleno siglo VI a.C. –un siglo antes de Pericles– y que no era griego. Todo ello amplía nuestro campo de referencia, aunque sea a través del prisma de un autor ateniense que vivió más de un siglo después del rey persa. Muchos pasajes, quizás literaturizados, aportan también datos objetivos de sumo interés para tomar contacto con las ideas educativo-políticas del mundo antiguo no helénico, que es más desconocido para nuestra cultura.

 

Virtudes del buen gobernante
Los estudiosos de la antigüedad clásica saben bien que los términos griegos originales no se corresponden en sentido unívoco con las lenguas modernas de origen indoeuropeo, como la nuestra, por eso a la hora de traducir un concepto griego nos vemos en la obligación de tener que perfilarlo aproximativamente con varias palabras. Es lo que se llama la inconmensurabilidad semántica. Advertido el lector de esta dificultad, de todas maneras intentaremos reflejar aquí un breve elenco de las virtudes, características o cualidades que según Jenofonte debe tener todo buen gobernante, y que él encuentra paradigmáticamente en Ciro el Grande. Aquí, para facilitar su comprensión, transliteramos los términos en griego y ponemos entre paréntesis, con el símbolo matemático de aproximación, su traducción genérica.

En primer lugar, siempre, la eusébeia (≈piedad). Siguiendo el consejo de su padre, Cambises, Ciro es muy respetuoso en toda ocasión con los dioses. Siempre que emprende una acción, se encomienda antes a sus cuidados y desea consultar su voluntad. Si la empresa tiene éxito, la atribuye a ellos. Esa piedad queda expresada claramente en todos sus discursos ante sus tropas, intentando persuadirles de comportarse siempre así ante los dioses. Su eusébeia no es superficial, ni se queda en sacrificios y libaciones rituales, como vemos en tantos casos de aquella época, sino que responde a su convicción profunda de que ahí deben estar los firmes pilares del imperio y de la vida de cada uno.

En segundo lugar debe estar la dikaiosýnê (≈justicia). Era el objetivo primordial en la educación persa. Para ellos, era el fundamento del Estado, lleva al respeto de las leyes y a la igualdad de derechos para todos garantizada por la monarquía. El soberano encarna las leyes: “es una ley con ojos”. En esto es similar a la idea de Isócrates, quien considera las palabras del rey como leyes. Y a Platón, quien atribuye al buen legislador el conocimiento de la ley eterna, por lo que puede descuidar las leyes escritas.

La tercera cualidad que encuentra en Ciro y propugna para el gobernante ideal es el aidós (≈respeto). Ya Homero la consideraba obligada en sus héroes y Hesíodo atribuye a su desaparición la pérdida de la buena conciencia en el mundo. Para Platón, asimismo, está en la base del arte político, junto con la justicia.

También encontramos en Ciro la evergesía, cualidad que manifiesta generosidad con su entorno, pero concebida no solamente como ayuda material, sino como una actitud de fondo que supone apertura a los problemas de los demás. Jenofonte presenta como partes integrantes de esta virtud a la philanthrôpia, la philomathía (amor al estudio) y la philotimía, que podría entenderse como “avidez de gloria” aunque quizás hoy la llamaríamos “espíritu competitivo”.

Otra cualidad suya, muy útil para todo el que ocupa puestos encumbrados, es la praótês, que puede entenderse como mansedumbre o “dulzura en el trato”; evita las distancias innecesarias con los subordinados y les facilita la confianza y afecto al superior. Homero aún no había exigido esta actitud a sus héroes, pero en el siglo IV a.C. se convirtió en algo exigible por la democracia moderada.

Se relaciona con la peithó (≈obediencia), que tendrá que tener de modo ejemplar quien después va a ejercer el mando. Era un elemento básico en la paideia de los jóvenes persas, a fin de que llegaran a ser militares muy disciplinados. En La República de los lacedemonios (cf. VIII, 3), puso esta cualidad como fundamento del Estado espartano. En el símil de las abejas, ilustra la necesidad de esta virtud para que se consolide el tejido social y que es imprescindible para lograr la eukosmía: el buen orden derivado de la disciplina.

Finalmente, una de las virtudes en las que Jenofonte más insiste como imprescindible en todo buen gobernante es la enkráteia. Se ha traducido como “continencia”, pero es también aquella fortaleza que lleva a soportar con buen ánimo las adversidades, el cansancio, el frío y el calor, el hambre y la sed… Era una distinción de los persas ante todos, principalmente de los medos. Tanto Platón como Jenofonte aplican esta virtud –por primera vez– no sólo a soportar la contradicción exterior sino al dominio de sí mismo.

 

Influjo posterior de la Ciropedia
La influencia que ha ejercido la Ciropedia en la literatura posterior, de modo particular en las diversas concepciones del gobernante ideal, ha sido muy notable. El prototipo de los reyes helenísticos está en gran medida calcado sobre ella. En el mundo romano, influyó principalmente en Cicerón, Escipión y Séneca. Gravitó allí también en el ámbito de la religión: en la era de los Escipiones se produce un movimiento de defensa de la religión ancestral romana ante los nuevos cultos orientales. Escipión, Lelio y Furio se apoyan en esta obra de Jenofonte para impulsar el resurgimiento. El lector romano siente mayor atracción por este autor que por Isócrates o Platón, ya que sintoniza más con sus enseñanzas militares, sus vidas ejemplares y las cuestiones políticas prácticas, como la ampliación de los límites del Estado, o la relación y absorción de los pueblos aliados o conquistados. El modelo jenofonteo fue muy discutido en el círculo de los Escipiones.

Pero la máxima influencia se encuentra en Cicerón. Por ejemplo, cuando ofrece una imagen de los tradicionales reyes romanos Rómulo o Numa, intentando que sirvan de ejemplo a los políticos contemporáneos suyos, está aplicando el modelo del Ciro retratado por el escritor ático. Esa influencia perdura y, bastante después, encontramos que Ausonio atribuye al emperador Graciano el conjunto de virtudes que Jenofonte había imputado a Ciro el Grande.

En el Renacimiento y en los siglos XVII y XVIII, el influjo de la Ciropedia sigue haciéndose sentir en la literatura europea. Así, por ejemplo, Maquiavelo en El príncipe, después de recoger muchas ideas de Jenofonte, concluye: “Alejandro Magno imitaba a Aquiles, César seguía a Alejandro y Escipión caminaba tras las huellas de Ciro. Cualquiera que lea la vida de este último, escrita por Jenofonte, reconocerá después, en la de Escipión, cuánta gloria le resultó a éste haberse propuesto a Ciro como modelo, y cuán semejante se hizo a él, por otra parte, con su continencia, afabilidad, humanidad y liberalidad.” Más tarde, Bossuet elogiará a Ciro como conquistador y a Jenofonte como historiador, y Fénelon imitará esa obra en su Telémaco.

La lista de autores influidos por este autor y por este libro sería demasiado larga para reseñarla aquí, pero este intento de espigar rápidamente algunas de sus enseñanzas sobre las condiciones que debe tener el buen gobernante, pueden servir al lector de istmo para vislumbrar que pueden ser fructuosamente aplicables hoy en el ámbito de la vida pública y de la empresa.

 

Notas finales
1 Antonio Fontán, Humanismo romano, Ensayos Planeta, Barcelona 1974, pág. 31.

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