IS346_Miscelanea_03Curiosamente, personas con grandes conquistas no saben disfrutar de lo que construyen en su camino. Parten del paradigma engañoso de trabajar duro muchos años para luego vivir cómodamente tras el retiro. Pero resulta que a descansar también se aprende, alimentando la imaginación, la creatividad y la mente.

Llama la atención en ciertos ambientes el número de personas que tienen aparentemente una vida envidiable, éxito profesional, grandes logros económicos y reconocimiento social, pero basta profundizar un poco para advertir que no están contentas con lo que tienen o con lo que hacen.

Con frecuencia escuchamos historias de gente que se lamenta por el tiempo perdido. Directores que han alcanzado un importante desarrollo profesional y reconocen amargamente: «Se me ha ido la vida y el ritmo vertiginoso que ésta ha adquirido sólo parece ir en aumento». Un ritmo que compromete, por lo menos, la posibilidad de tener control sobre la propia vida.

Hay quienes se han dedicado completamente a su trabajo, comprometidos hasta los huesos, entregando todas sus capacidades y todo su tiempo, desarrollando su oficio hasta niveles verdaderamente excepcionales. Sin embargo, no alcanzan a ver, o no quieren aceptar, que no podrán realizar esa función para siempre: «¡No quiero dejarle el puesto! ¿Qué sigue para mí?». Al final de su carrera profesional se encuentran desprevenidos y desarmados. A veces tristes, a veces solos o simplemente aburridos.

Otros más previsores amasan fortunas y construyen grandes patrimonios después de años de intenso trabajo, pero también experimentan desconcierto: «No me preparé para este momento», «soy un desconocido en mi casa». Con la mira puesta en el retiro, descubren, para su sorpresa, que no saben disfrutar de todo aquello que han construido porque su cabeza y su corazón se enfocaron únicamente en construir, sin preguntarse por el sentido de aquello o sin haber creado o sostenido las relaciones para compartirlo. En estos casos, la riqueza material no parece ser el factor que determina el nivel de satisfacción o de desconcierto.

También conocemos historias más dramáticas, algún empresario optimista que se había fijado un momento en el futuro, por ejemplo los 55 años, para empezar a vivir el segundo tiempo, pero su vida no llegó a dicha edad, de modo que tampoco disfrutó lo que iba consiguiendo.

 

Urge aprender a descansar
Es curioso cómo, casi contraintuitivamente, algunas personas educadas e inteligentes, con grandes logros y conquistas, no saben disfrutar. Resulta que a disfrutar también se aprende. Y se aprende no en los libros o en las aulas: se requiere entrenamiento. Hay que declarar con Aristóteles: Cuanto más perfecto es un individuo, más pura es la felicidad que busca y más elevado su origen, con lo cual, para ocupar dignamente el tiempo, hay necesidad de conocimientos y de una educación especial».1

Impera, en esta época, el engañoso paradigma de trabajar duro muchos años para luego retirarnos y vivir cómodamente los que nos queden. Es engañoso, de entrada, porque no sabemos ni podemos controlar el número de años «que nos queden». Es una apuesta arriesgada. El viejo esquema de trabajo arduo seguido de un retiro relajado debe ser desechado,2 tanto por el bien del trabajo arduo, como por el bien del retiro, tanto por la eficacia en la actividad profesional, como por la fecundidad fuera de ella. Prepararse para disfrutar de la vida es un ejercicio que debemos iniciar con sentido de urgencia.3

 

La clave del entrenamiento
¿Existe alguna guía para empezar el entrenamiento requerido para disfrutar la vida? La clave está en vivir un pequeño domingo cada día (tomo prestada la expresión a Scott Hahn, teólogo norteamericano). Los directores necesitan descanso, y ¡a descansar también se aprende!

El domingo refiere al descanso, pero no al ocio sin más, al sofá, las pantuflas o la televisión, a ese no hacer nada que termina en un sentimiento de vacío o, cuando menos, en aburrimiento.

Vivir un pequeño domingo cada día es la clave del entrenamiento y la preparación para disfrutar de la vida; es aprender a descansar activamente, alimentando la imaginación, la creatividad, la mente. El domingo es el descanso en la belleza, en la amistad, en la familia, en la oración, en las actividades que podemos compartir. Ese descanso invita a volver a lo más fundamental de la vida humana.

Vivir un pequeño domingo cada día es descubrir esas fiestas que no terminan en resacas físicas, emocionales o morales, sino aquellas verdaderamente reparadoras del cuerpo y del espíritu. Son descansos que llenan de energía para volver con más pasión, más eficacia y con más recursos interiores a las labores propias del directivo. Vivir un pequeño domingo no sólo prepara para trabajar con más intensidad y de mejor manera, también dispone para «el segundo tiempo de la vida» (si se nos regala vida para llegar a ese momento), y además, permite disfrutar el camino.

 

Descansar es imprescindible
El trabajo no es sólo el medio para conseguir el alimento (o la riqueza material), no es ese mal necesario para satisfacer otras necesidades: es en sí mismo humanizante y disfrutable. Pero requiere descanso y diversión que, bien llevados, también nos enriquecen y expanden. «El juego es principalmente útil en medio del trabajo», dice Aristóteles (aunque alguien podría pensar que es una idea innovadora de alguna empresa funky de nuestro siglo), «el hombre que trabaja tiene necesidad de descanso, y el juego no tiene otro objeto que procurarlo. El trabajo produce siempre fatiga y una fuerte tensión de nuestras facultades, y es preciso, por lo mismo, saber emplear oportunamente el juego como un remedio saludable. El movimiento que el juego proporciona afloja el espíritu y le procura descanso mediante el placer que causa».4

El descanso requiere de una medida humana para ser verdaderamente reparador, esto es, que sea razonable en cuanto a calidad y a cantidad.5 Se puede fallar en la medida por el lado de la cantidad, por falta de organización. El descanso debe distribuirse en el tiempo, como el alimento, para que pueda aprovecharse: no conviene dejar de comer toda la semana y atiborrarse el fin de semana, nuestro cuerpo no funciona así. Sin embargo, siendo tan obvio, se nos olvida este principio con respecto al sueño o a la diversión. Ese pequeño domingo se requiere, efectivamente, cada día. También erramos contra esa medida humana por el lado de la calidad, cuando se malgasta el tiempo en diversiones que menguan la dignidad de la persona o de su profesión. Cualquier tipo de falla en esa medida razonable, aunque se «descanse», limita la posibilidad de obtener los frutos que el descanso ofrece.

El principal enemigo del descanso no es el trabajo o la falta de tiempo, como podría pensarse de manera superficial: el principal enemigo es uno mismo. El tiempo, lo sabemos perfectamente, es un recurso limitado: debemos cambiar la intención de manejar el tiempo por la idea de manejarnos a nosotros mismos en el tiempo disponible.6 Es nuestra propia necesidad de reconocimiento la que nos mantiene demasiadas horas en la oficina, nuestra propia ambición la que no nos permite detenernos, nuestra curiosidad o nuestra flojera la que nos distrae de las cosas en que deberíamos estar concentrados, nuestra inseguridad la que no nos permite decir que no cuando deberíamos, nuestro egoísmo el que no nos deja dimensionar adecuadamente nuestros propios objetivos.7

Vivir un pequeño domingo cada día significa arriesgarse a «perder el tiempo» en actividades reparadoras para el cuerpo y el espíritu, para que así la vida adquiera nuevos relieves y acentos, para que dimensionemos nuestras distintas actividades, las ordenemos, jerarquicemos y adquieran sentido. Tomar un descanso activo nos permitirá descubrir las cosas más fundamentales y reservar en la agenda espacios razonables para ellas.

Sin descanso, lo importante se desdibuja: ¿cuánto espacio ocupan en nuestra agenda la diversión, los amigos, la familia, Dios? Estos «asuntos» no suelen figurar en la agenda. Nos llenamos de reuniones y tareas por hacer y lo más fundamental se relega al tiempo sobrante. Pero, ¿en verdad tenemos tiempo de sobra? No es lo habitual. Y la consecuencia lógica es que no le dedicamos suficiente tiempo.

Si no nos enfocamos en lo importante, el tiempo y la energía se malgastan, se despilfarran. Este despilfarro genera ansiedad, estrés, resultados pobres e insatisfacción. En contraste, el tiempo bien empleado es fuente de serenidad y alegría.8

No se trata de cuidar la salud y recuperar la energía física para volver como brutos a trabajar más, sino de recobrar la claridad y la lucidez para trabajar con más intensidad, productividad y eficiencia, concentrados en las cosas más importantes y dedicando más energía a lo que objetivamente conviene. Es, en suma, restablecer el orden de nuestra actividad y el orden interior.

Cuando en una ocasión le preguntaron a Carlos Llano sobre la relación entre el trabajo y la felicidad comentó: «la felicidad es inasequible sin el buen trabajo. Sin embargo, no basta trabajar bien para ser feliz. El trabajo, por muy importante que sea, está inserto en una variedad más rica de las facetas del hombre. Uno, además de trabajar bien, debe tener familia, amistades, un hobby… Todo ello también constituye la felicidad. Buscarla sólo por una de las fibras del hombre es reducirlo. Debemos buscar la felicidad en un radio omniabarcante». Y aunque parece obvio, vale la pena recordar, porque solemos olvidarlo, que no basta tener una familia, tener amistades o tener un hobby, sino que cada una de estas facetas de nuestra vida reclama cierto tiempo de dedicación. Reclamo que no debe entenderse como una carga, sino como una oportunidad de ampliar nuestros propios horizontes.9

El ritmo vertiginoso de la vida nos plantea un gran reto: no ser esclavos de las circunstancias, tomar el control de la propia vida y estar atentos a aquello que nos permita recuperar lo más humano, sin volcarnos hacia afuera en un activismo que puede terminar siendo poco fértil. Evitar el riesgo de «perder el tiempo» en el recogimiento, en la apertura a los demás, en la diversión sana, conduce a un riego más grave: el riesgo de vivir una vida sin fecundidad, en un mundo en que, sin fecundidad, la vida no se puede aprovechar ni disfrutar.

 

Notas finales
1           Aristóteles. Política. Libro V, cap. 2.
2           Jim Collins en el prólogo de «Half Time» de Bob Buford.
³           Cfr. Druker, P. (2005)
⁴           Aristóteles. Política. Libro VIII, 1337b20.
5           Cfr. S.Th. II-II, q. 168 a. 3.
6           Cfr. MacKenzie, A. (1997)
⁷           Cfr. Armenta, A. (2006)
⁸           Ibid
9           En una charla en su visita a la Clínica Universitaria de la Universidad de Navarra, publicada en la página web de la Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

 

Bibliografía
Armenta, Alejandro. (2006) Aprovechamiento del tiempo, pro manuscripto.
Aristóteles (1988) Política. Gredos.
Buford, Bob (2008) Halftime: Moving from Success to Significance. Zondervan.
de Aquino, Tomás (1989) Suma de Teología. Tratado de la templanza. BAC.
Druker, Peter (2005) «Gestionarse a sí mismo». Harvard Business Review.
Hahn, Scott (2007) Trabajo ordinario, gracia extraordinaria. Rialp.
MacKenzie, Alec (1997) The time trap, AMACOM.

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