IS344_Miscelanea_01_principalUn autor que interpela, que exige al interlocutor un análisis profundo de su propia humanidad; así es Shakespeare. Sus obras no sólo son exquisitas lingüísticamente, también son una ventana para recrear y cautivar a la imaginación.

 

En 2016 se cumplen 400 años de la muerte del dramaturgo más importante de todos los tiempos. También es el aniversario luctuoso de Cervantes, pero ésa es harina de otro artículo que alguien más debe contar.

Shakespeare es el creador de los personajes más emblemáticos de todos los tiempos, leído y releído, pensado y repensado, interpretado, adaptado, traducido a más de 100 idiomas; considerado como «el» canon occidental por Harold Bloom, uno de los críticos literarios más respetados de nuestros días.

Sí, todos conocemos la historia de Romeo y Julieta, hacemos referencia a los celos de Otelo, bromeamos con el famoso soliloquio de «ser o no ser…», sabemos que la mismísima película de El rey león de Disney es una adaptación light de la obra donde muere el príncipe de Dinamarca (Hamlet). Pero, ¿cuál es el secreto de Shakespeare?

 

WILLIAM SHAKESPEARE, AMO DE LA INNOVACIÓN
Existen miles de razones para defender a Shakespeare como el escritor anglosajón más genial y uno de los más simbólicos de la literatura universal, pero empecemos por partes. Se afirma, casi como una ley, que Shakespeare es el autor más trascendente de la lengua inglesa. Otro gallo hubiera cantado para este idioma sin Sueño de una noche de verano y las otras 37 obras de Shakespeare. Incluso sus contribuciones al inglés son mayores que las de Cervantes al español, según afirma Mario Murgía, doctor en Literatura Inglesa por la UNAM. Se calcula que el dramaturgo aportó entre mil 700 y dos mil palabras diferentes; algunas inventadas y otras, que ya existían en el lenguaje coloquial, se registraron por primera vez en sus manuscritos.

El experto y traductor al español de Shakespeare, Juan Carlos Calvillo, también académico de la UNAM, asegura que la obra completa contiene en promedio 27 mil palabras distintas. No existe otro escritor en ese idioma con tal riqueza de vocabulario. Undress, addiction, assessination, luggage, bloodstained… son algunas de las palabras que aportó al inglés. Sería iluso pensar que el autor se las inventaba de la nada, lo más probable es que las escuchara de alguna forma y las adaptara según las necesidades retóricas del personaje, desde su forma de ser, hasta su condición social y contexto. Por eso, podía hacer hablar al rey de Inglaterra con el lenguaje más aristocrático e introducir toda la ironía del mundo en personajes como Falstaff o la nodriza de Julieta.

Parte de la idiosincrasia occidental, no sólo de los británicos sino de todo el mundo, se manifiesta en frases que nos parecen muy comunes pero que en realidad son creaciones shakesperianas como «no todo lo que brilla es oro» y «tiene las manos manchadas de sangre». Los expertos también explican que en un sentido lingüístico, Shakespeare fue más que transgresor, pues convertía verbos en sustantivos y eso le dio una considerable flexibilidad al idioma que antes no tenía.

Si damos un paso más allá y nos percatamos de lo que el inglés implica para el mundo y la influencia que tiene en todos los idiomas en nuestros días, podemos afirmar que todos llevamos algo de Shakespeare en nuestro vocabulario cotidiano.

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SER HUMANO, CON CLAROSCUROS Y ALTIBAJOS
¿Cómo creó Shakespeare una monumental cantidad de personajes disímiles con tanta profundidad y agudeza? En cierta forma es un misterio porque si se necesita una capacidad literaria fuera de serie. Incluso se le han achacado teorías absurdas: si realmente no era uno sino varios Shakespeares o si compraba obras hechas. Es evidente que los estudiosos pueden rastrear un hilo conductor en el estilo inigualable del autor; también se sabe que hay una evolución trascendental entre tragedias tempranas como Tito Andrónico y las cuatro más emblemáticas de madurez: Macbeth, Hamlet, Otelo y El rey Lear.

Lo importante aquí es que el autor de Ricardo III hurga como ningún otro en la condición humana y no encuentra una mejor manera de hacerlo que por medio de la poesía y el teatro. A 400 años seguimos reviviendo las obras shakesperianas porque sus diálogos resuenan como campanas en nuestro interior cada vez que vemos a un personaje como Shylock, incapaz de perdonar; o a Macbeth, carcomido de culpa por su propia ambición. Shakespeare huye de la predicación de doctrinas morales y teorías ideológicas para mostrar al ser humano tal cual es, con sus claroscuros y altibajos.

Podemos identificarnos con la pureza del amor que siente Romeo por Julieta, pero también podemos reconocer que existe un Yago, el antagonista de Otelo dentro de nosotros. Justo eso hizo el escritor inglés, tratar con agudeza la contradicción humana, esa que les disgustaba a los jacobinos e isabelinos de su tiempo. Sí, Shakespeare es un autor incómodo, nos hace movernos, tomar postura, ser un lector o espectador activo. Incluso en el mundo de hoy nos enfrenta a nuestra propia identidad y a nuestra condición de mortales, con las miserias y actos heroicos que conviven en nosotros, que luchan a muerte y que pueden manifestarse en un solo día.

Shakespeare no lo hizo desde el discurso moral o político, dejó un espacio para la reflexión personal, un tesoro, para que el ser humano pueda hacerse la sempiterna pregunta: ¿quién soy?

Shakespeare hace eco en el mundo de hoy cuando habla de corrupción, anhelos incansables de poder, asesinatos, traición, cuitas políticas, diferencias sociales e incluso temas de género. No en vano, personajes que parecen tan contemporáneos como Frank Underwood, protagonista de la serie de Netflix House of Cards, están completamente basados en los principios de creación de personaje del escritor que naciera en Stratford-upon-Avon.

 

¿CÓMO HABLAR CON NOSOTROS MISMOS?
«Toda poderosa originalidad literaria se convierte en canónica», dice Harold Bloom. La originalidad de Shakespeare no se ha dado más; se han dado otras diferentes, pero no como él. Quizá nos parezca muy radical y cuestionable que un crítico como Bloom diga, sin pudor, que Shakespeare «es el canon», y aunque es verdad que podemos ser más mesurados al respecto, no podemos dejar de preguntarle a este académico por qué se atreve a tan ambiciosa proposición.

Para conocer los argumentos de Bloom tendríamos que leer El canon occidental, una atractiva puerta a la historia de la literatura. Ahí afirma que «sin Shakespeare no habría canon porque sin Shakespeare no habría en nosotros, quienesquiera que seamos, ningún yo reconocible». Para Bloom, Shakespeare supera a todos los demás escritores en agudeza cognitiva, energía lingüística y poder de invención. La creación de todos esos personajes, de todos esos individuos, es la genialidad máxima. Pero no sólo su creación, sino su capacidad de cambio. Shakespeare traza la descripción del cambio interior porque los personajes se oyen a sí mismos, ésta es una de las más extraordinarias innovaciones literarias que se hayan dado. Pensemos en el famosísimo soliloquio de Hamlet «Ser o no ser», toda una enseñanza sobre cómo hablar con nosotros desde nuestro íntimo yo. Todo lo anterior con una universalidad tan implacable, que los más de cien idiomas a los que se ha traducido no podrán negarlo.

Hoy es fácil hablar de interior de personajes y casi cualquier escritor busca ahondar y transformar a sus protagonistas, justo consideramos este punto como parte fundamental de la buena literatura, pero sin Shakespeare quizá no hubiera sido tan fácil llegar a esa certeza.

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EL PODER DEL TEATRO
La única manera de discrepar o no con Bloom será enfrentando cara a cara lo que nos queda de Shakespeare: sus obras. Sabemos poco de su vida y no es importante. Necesitamos ir a ver teatro para palpar todo lo que la escena es capaz de brindarle al ser humano.

El año pasado tuve la oportunidad de estar en pleno Globe, el teatro isabelino a las orillas del Támesis donde Shakespeare actuara y presentara sus obras. Me tocó la representación de El Mercader de Venecia (con Jonathan Pryce como Shylock) y Romeo y Julieta con la Compañía Nacional de Actores Jóvenes. Estaba debajo del escenario, de pie, con esos boletos de cinco libras que otorgan una experiencia tan viva como hace cientos de años. Al salir del recinto me envolvió como nunca el poder de los actores en las tablas, recitando sus diálogos y mirando a la muerte de frente. Creo fervientemente que hay una parte del alma de cada ser humano reservada para el teatro, para la belleza. Por eso podemos ver una obra con más de cuatro siglos e identificarnos con un personaje que en principio no parece tener nada que ver nosotros… y no sólo porque el texto le susurre con sutiliza a lo más profundo del espíritu humano, sino porque en el teatro, un actor le otorga, como si fuera la primera vez, un nuevo sentido a cada palabra. Y es que mientras haya un actor y un espectador, Shakespeare vivirá para siempre.

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