IS343_Coloquio_02_principalLa belleza es un deber, un imperativo de este mundo contemporáneo. Anhelarla es permitido, siempre y cuando no se convierta en una obsesión insaciable. El autor hace un recorrido por ciertos puntos de la literatura en los que se demuestra que quedarse en el plano de la belleza física es no conocer lo bello y la plenitud que puede propiciar en el alma.

 

Eres toda hermosa, amada mía,
y no tienes ningún defecto<
Cantar de los Cantares, IV, 7.

 

No es novedad elogiar la belleza, como tampoco lo es el riesgo de la vanidad que se le une a tal honra. Si desde tiempos inmemorables el hombre ha perseguido, disfrutado, temido y sufrido a la belleza, hoy en día, en pleno albor del siglo XXI, el deseo de belleza nos sigue siendo cercano. Más aún, con la revolución tecnológica que vivimos y el cambio de paradigmas que está provocando, las implicaciones de la belleza y su búsqueda se agravan y merecen una reflexión en (casi) todos los ámbitos de nuestra vida.

¿En qué consiste el problema de la obsesión actual con la belleza física, la relación de la belleza con el bien y la felicidad y, qué podemos rescatar al respecto en la literatura? Comenzaré por plantear los problemas de la belleza, desde el más superficial hasta los más sutiles y llenos de matices.

Superficialmente, la belleza se nos presenta en cada esquina bajo el disfraz de la cosmética. Desde los elogios y críticas en la alfombra roja (¡¿vieron el horroroso peinado de Taylor Swift en los Grammys?!) hasta las recomendaciones en revistas de «moda» para aprovechar al máximo el smartphone:

La verdadera belleza está en el interior… de tu bolso. De tu smartphone, concretamente, que te puede ayudar a hacer más llevaderas tus rutinas cosméticas y hasta tu dieta con un solo clic. 1

En términos generales, se confunde la belleza con el arreglo superficial de una persona o una cosa para que se vea mejor (o un poco menos mal). La literatura especializada en belleza (revistas como: Cosmopolitan, Vanidades y Vogue, por ejemplo) se ha enfocado en compartir los elementos cosméticos más relevantes para que las y los lectores puedan «verse y sentirse bien».

Esta concepción de la belleza ya había sido criticada por Platón en su diálogo Gorgias, cuando conversa con Polo sobre los sofistas y su actividad. Para el filósofo griego existen cuatro artes que procuran el bien del cuerpo y del alma: gimnasia, medicina, legislación y justicia. Éstas tienen una contraparte que sólo simula el bien al otorgar placer: cosmética, culinaria, sofística y retórica, respectivamente. Así, mientras que la gimnasia y la medicina le dan salud al cuerpo, la cosmética y la culinaria «maquillan» y dan la apariencia de salud.

A diferencia de Platón, a quien suelo creerle casi todo, yo no condeno tan vehementemente la cosmética. La hojalatería y pintura no hacen que un auto sea mejor, ¡pero vaya que ayudan a la experiencia entera! o al menos eso se dice en Top Gear.2

 

LA COSMÉTICA Y LA BELLEZA TIENEN SUS RIESGOS
Los seres humanos somos seres estéticos, es decir, adquirimos información y la juzgamos a partir de nuestros sentidos; por ello el agrado de la cosmética y la belleza propia de la salud del cuerpo y alma son esenciales para nuestro desarrollo personal y social.

Sobre esta característica que tenemos los humanos de buscar la belleza, ya en el siglo VI a.C. el Cantar de los Cantares elogiaba la belleza y la elevaba a un grado máximo de deseo: el amado reconoce la hermosura de su amada y eso la hace más deseable para él. No es relevante aquí investigar el carácter del texto hebraico, sino el reconocimiento de la belleza como algo que los humanos concebimos como bueno, y por lo tanto deseable. El riesgo cuando hablamos de la relación de la cosmética y la belleza está en el exceso. Es decir, en pasar la delgada línea entre «la manita de gato» y la «ingeniería profunda».

Como ejemplo encuentro muy interesante los ejercicios que realiza Michelle Phan en su canal de YouTube. Por un lado tiene tutoriales de Beauty Basics o cosmética3 y salud4, mientras que por otro lado, bastante más cercano a lo lúdico, posee toda una serie de Costume looks5 en la cual se transforma en personajes ficticios.

Michelle Phan genera aproximadamente $3 millones de dólares anuales (antes de impuestos) por estos videos en YouTube6. Llama la atención cómo un catálogo de tutoriales de belleza o de cosmética puede generar un interés tan alto que consigue un promedio de 700 mil visualizaciones por video subido.

Menos superficial que el problema de la cosmética es el tema de nuestro deseo de belleza. Si la belleza es algo bueno, y por lo tanto deseable, ¿cuál será el riesgo de perseguirla incansablemente?

Me parece que el riesgo no está en la búsqueda de la belleza, sino en las respuestas que encontramos en nuestro camino.

 

EVITA MORIR COMO NARCISO
Platón en el Symposium o Banquete desarrolla la idea de que la belleza se identifica con el bien y, por ello, los hombres la deseamos. Y eso está bien. Que los seres humanos queramos poseer la belleza (en cosas o en nosotros mismos) es la manifestación de nuestro deseo natural de conseguir algún bien que nos haga felices.

Un problema lo encontramos en el mito de Narciso, personaje que, enamorado de su propia hermosura murió trágicamente. La persona que se obsesiona con su propia belleza se aísla del mundo, se ensimisma, y perece en dolorosa soledad. No puedo tratar aquí el tema, pero hay indicios médicos que apuntan en esta línea: el trastorno dismórfico corporal, por ejemplo.

Otro problema es que esta búsqueda de la felicidad siempre es violenta. El ser humano no posee el bien ni la belleza que desea y por lo tanto debe someterse al esfuerzo y al trabajo para conseguirla. Cansarnos en alcanzar el bien y la belleza es una violencia contra nuestra comodidad, y el gozo de haber logrado una victoria se puede convertir en aliciente para, como en una adicción, seguir intentándolo de modos cada vez menos desgastantes, más rápidos, aunque menos duraderos.

Me llama la atención que tanto para los sumerios como para los griegos las diosas que tenían relación con la belleza (Ishtar-Inanna y Afrodita, respectivamente) sean divinidades ligadas siempre a la guerra y la violencia: cuando Cronos castró a su padre Urano, de los cercenados testículos surgió espuma, de la cual nació Afrodita, como nos lo cuenta Hesíodo en su Teogonía.

 

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BELLEZA CON FECHA DE CADUCIDAD
Agustín de Hipona en el siglo III d.C. planteó la belleza como «la congruencia de las partes». ¿Qué es lo bello sino aquello que posee partes que van bien juntas? Esta idea la hemos heredado hasta nuestros días y la podemos rastrear en los juicios más banales y en los más serios de la moda, el buen gusto, la medicina y la biotecnología: «la corbata va bien con esa camisa», «ese collar se le ve bien», «al cuerpo humano le van bien dos brazos y dos piernas», «la mano humana tiene cinco dedos y no cuatro ni seis», etcétera.

En esta búsqueda de la congruencia de las partes, los avances médicos y las apps cobran mucho sentido. El hombre quiere que todas las partes que conforman su vida sean del mejor modo posible para ser tan sanos y tan bellos como se pueda. Las apps ayudan a acceder rápidamente a la información sobre salud y cánones de belleza vigentes. El problema es que la satisfacción por esta ruta siempre será de corto plazo. Por eso la salud y los cánones suelen generar tanta confusión y caen en extremos ridículos: comer carne roja es malo para tu salud, si no comes carne roja tu cuerpo no estará sano, diez ejercicios para adelgazar, doce rutinas para un abdomen de acero. A esta belleza siempre cambiante y con fecha de caducidad, un griego llamado Pausanías la denominó «Afrodita vulgar». Pero, ¿qué ocurre cuando la buscamos en la medicina y perseguimos, no los cánones de moda, sino la «plenitud» humana, al menos en lo físico?

Hoy en día tenemos la tecnología para crear prótesis cada vez más hermosas y funcionales para las personas que carecen de algún miembro del cuerpo (piernas, brazos, manos, orejas… y hasta donde sé ya se trabaja en ojos, órganos internos, etcétera).

Tales avances abren nuevas ventanas a la investigación sobre la belleza, el bien y la felicidad, al permitir crear implantes estéticos y con finalidades prácticas impresionantes: ¿qué tal un tatuaje que además tenga tu información personal codificada?, ¿te pondrías unos ojos artificiales para tener una visión perfecta?, ¿y si pudiéramos escoger los rasgos físicos de nuestros hijos para que fueran «estéticamente viables»?7

El reto que emerge de estas posibilidades es enorme y obliga a una reflexión profunda. Quizá lo único que vale la pena apuntar aquí es que, así como Pausanías identificó una «Afrodita vulgar» que satisface nuestros deseos perecederos, también descubrió una «Afrodita celeste» que es la que nos inclina a satisfacer deseos perennes.

Una nota más sobre este tema: por supuesto que el ser humano buscará siempre la belleza y claro que lo hará al intentar alcanzar la coherencia de las partes de su naturaleza: lo que no hay que olvidar es que parte insustituible de nuestro ser es el alma, ese resquicio inasible que nos permite acceder a lo misterioso y eterno… y si queremos ser bellos verdaderamente, también debemos buscar que el alma encuentre su bien y su salud.

 

DESDE OTRA PERSPECTIVA
Muchos años después de los griegos y de Agustín de Hipona, en 1659, Molière escribió una obra exquisita llamada Las preciosas ridículas.

La comedia en un acto es un maravilloso reflejo de nuestra sociedad contemporánea (en lo que respecta a la obsesión con la belleza, la moda, lo cool y similares).

Apenas abre el telón y el autor nos presenta a dos señoritas de sociedad que bien podrían ser millenials en un Starbucks:

¿Se ha visto nunca a dos bachilleras provincianas hacerse más desdeñosas que estas? (…) No he visto jamás hablarse tanto al oído como hacen ellas, bostezar tanto, restregarse tanto los ojos y preguntar tantas veces: «¿Que hora es?» No han contestado más que si o no a todo cuanto hemos podido decirles…8

Las dos señoritas de las que habla el fragmento son Madelón y Cathos, hijas de un burgués de renombre. Sus peripecias como millenials de 1600 causan muchos líos en la comedia y ponen al descubierto lo ridículo de una vida preciosista, es decir, obsesionada con los modales y los estilos adecuados para encajar en sociedad.

Madelón y Cathos hablan de grasa de cerdo para untarse el hocico, hoy escuchamos de lip-gloss y máquinas de bronceado; ellas hablan de aventuras y visitas a un jardín, hoy se habla de borracheras y snapchats; ellas admiran a quien puede usar porteadores de literas, hoy admiramos a quien puede usar Uber Black (o Uber Chopper, dependiendo del bolsillo) en lugar del Uber Pool; ellas hablan de bofetones, hoy hablamos de #Ladies y #Gentelmen de Polanco, la Condesa o cualquier parte.

La burla de Molière se sublima en una sentencia lapidaria: «la gente de calidad sabe todo sin haber aprendido nunca nada». Casi podríamos replantearlo del siguiente modo: «la obsesión por la belleza suele darse en la gente que no sabe nada de belleza».

Y es que el afán por lo bueno que trae consigo la belleza parece que sólo se logra mediante un refinamiento del gusto y de la vida misma. Las preciosas ridículas, como las adolescentes de The Bling Ring, la banda de ladrones obsesionados con la farándula y la moda,9 persiguen sin éxito la belleza y la felicidad consecuente. La paradoja es tristísima: mientras más se empeñan en la belleza, menos logran los bienes que anhelan y que suponen que la belleza les debería otorgar.

Líneas atrás mencioné la soledad que acompaña a Narciso cuando ama con Afrodita vulgar. A la luz de las ridículas y de los ladronzuelos de celebridades esa idea vuelve a cobrar relevancia.

 

UNA BELLEZA QUE HIERE
En un texto escrito hace ya varios años, Elizabeth Gutiérrez nos recuerda que:

Benedicto [XVI] habla de una belleza que hiere: «Una función esencial de la verdadera belleza (…) consiste en dar al hombre una saludable ‘sacudida’, que lo hace salir de sí mismo, lo arranca de la resignación, del acomodamiento del día a día e incluso lo hace sufrir, como un dardo que lo hiere, pero precisamente de este modo lo ‘despierta’ y le vuelve a abrir los ojos del corazón y de la mente, dándole alas e impulsándolo hacia lo alto.»10

La idea es preclara: «La belleza auténtica –continúa Elizabeth– abre al hombre al deseo profundo de ir hacia el otro. Con ello se refiere [Benedicto XVI], por supuesto, al Dios católico, pero también —y como paso previo, casi siempre— a los otros hombres, al mundo».

¿Qué hubiera sido de Madelón y Cathos o de los adolescentes bandidos si hubieran puesto sus fuerzas no en buscar la ilusión y la superficialidad de una belleza que caduca, sino de una más profunda y que por lo tanto abre los ojos a nuevos horizontes?

Por su parte, Víctor Hugo en su obra Los Miserables ofrece una reflexión a la relación entre belleza y espíritu personal en el capítulo dedicado a los estudiantes que se irán a la batalla en las barricadas de París.

Los amigos del ABC (un juego de palabras en el original francés: «les amics de l’ABC» se pronuncia igual que «les amics de l’abaissés» o «los amigos de los oprimidos») era una sociedad republicana de jóvenes, donde las características físicas de sus integrantes reflejan mucho de su alma.

Enjolras, el líder del grupo, era «hijo único y muy rico; su rostro era bello como el de un ángel (…) parecía no saber que existían las mujeres y los placeres». Courfeyrac «era de familia aristocrática. Tenía esa verbosidad de la juventud, que podría llamarse la belleza del diablo del espíritu». Laigle «era un muchacho alegre y desgraciado. Su especialidad era que todo le salía mal, pero se reía de todo. A los veinticinco años ya era calvo». Y así continúa Hugo, presentando a los demás miembros del ABC, mostrando la belleza ligada al espíritu: un borrachín escéptico, un médico hipocondriaco, y uno más, sin descripción física alguna, el buen Feuilly, que poseía un solo pensamiento: «libertar al mundo».

Para terminar esta somera revisión hay un autor estrafalario, jocoso e imprudente que también tiene algo que decirnos sobre el tema. Es Enrique Jardiel Poncela, autor español. En su novela «Amor se escribe sin hache» nos presenta la siguiente idea que resume muy bien varios de los conceptos hasta ahora presentados:

Quiero decir que el público literario en España está casi exclusivamente constituido por las mujeres. Y las mujeres, cuando se fijan en el trabajo de un escritor, se apresuran a imaginárselo a su gusto. Después, cuando conocen personalmente al escritor, vienen las desilusiones (…) Soy feo, singularmente feo, feo elevado al cubo. Además, soy bajo: un metro sesenta de altura (…) Y con esas dos primeras declaraciones, me supongo ya fuera del alcance de las lectoras apasionadas (…) Físicamente, por lo dicho, no reúno condiciones bastantes para obtener un solo elogio de las personas entendidas en estética. Esto le sucede al 999 por mil de los hombres, con la diferencia de que yo lo reconozco y lo digo, y los demás abrigan la pretensión de creerse guapos y seductores…11

No queda más que cerrar este artículo. A modo de conclusión una reflexión final sobre la belleza y nuestra obsesión con ella.

El mundo está herido, leo con desasosiego sobre bombazos, niños masacrados, sacerdotes crucificados, refugiados perseguidos… Quizá la herida esté en riesgo de gangrenarse. Como sea, la necesidad de ver un poco de luz es urgente y por eso mismo quizá es el mejor momento para obsesionarnos con la belleza. Pero con la verdadera, con la que no acaba ni muta, con la que no podemos definir ni publicar en un video ni en un catálogo.

Después de todo, como nos lo dice Dostoievsky en El Idiota: «sólo la belleza salvará al mundo».

Entre «la manita de gato» y la «ingeniería profunda»
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