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Al entrar a nuestro país, deberíamos entregarles un protocolo de seguridad cultural a los turistas estadounidenses. No hablo de esa cartilla de advertencia a propósito de la implacable amibiasis que van a pescar en las taquerías callejeras, o del riesgo de que un mosquito con dengue los haga hervir de fiebre. En fin, ni siquiera me refiero a la remota posibilidad de que un comando armado secuestre su turibús en carretera. Hablo de algo más rupestre, algo así como un manual para comprender a México y no morir en el intento. Jorge Ibargüengoitia lo pretendió ya en su célebre Instrucciones para vivir en México, una sobredosis de ironía histórica para adentrarse en la mentalidad del mexicano.

¿A poco no es cierto que un anglosajón que viene a nuestro país se enfrenta a un inminente choque eléctrico de categorías mentales? Una de las patologías del mexicano (asunto que ni Sigmund Freud hubiera curado), y que Ibargüengoitia no trató explícitamente, es el barroquismo mental. Es una palabra complicada para una enfermedad muy elemental: hacer todo de la manera menos práctica posible, pero guardando siempre las apariencias. El barroco es, pues, lo excesivamente recargado y adornado. Dicen que «barroco» es una palabra portuguesa, berrueco: una perla con forma compleja, retorcida, sinuosa. Somos el pueblo barroco por excelencia.

En el mejor de los casos, el barroquismo aparece en nuestra gastronomía, como en el mole, y eso nos merece el título de Patrimonio Intangible de la Humanidad por la UNESCO. (Algunos de mis amigos de EU, al contrario, llegan al exceso de considerar la comida como un mero combustible). Nuestra cocina es paradójica, recargada, agridulce, llena de contrastes y matices. Aquí los dulces que comen los niños son picantes, como los tamarindos, y ahogamos los chiles picantes en nogada dulce.

Somos el país de las salsas. En una mesa mexicana jamás pueden faltar las tortillas, los limones y las salsas. Incluso en el norte del país, la región menos barroca, existe una afición por ellas. Simplemente nos aburre la comida simple, sencilla, directa y franca. Sin chiles ni especias, la comida nos sabe insípida.

En el peor de los casos, el barroquismo se refleja en nuestra manera de trabajar, de hacer política y hasta de hablar. En la oficina, vivimos bajo el principio de «por donde vea la suegra». ¿Se acuerdan? Barremos por arribita y pocas veces limpiamos debajo de la alfombra. Somos un pueblo que cultiva las apariencias, mago de la improvisación y amigo de las ceremonias y rodeos.

Sospecho que los políticos, más por costumbre estética que por malicia, maquillan las cifras de nuestra economía. Comparen ustedes los discursos políticos de EU con los de México. La demagogia es, obviamente, común en ambos; pero el habla de un político estadounidense frecuentemente es descarnada, dura y brutal para la sensibilidad mexicana. Recordemos, por ejemplo, las declaraciones de Donald Trump o las no menos ácidas declaraciones de muchos miembros del Tea Party. Por el contrario, en nuestro país el discurso es oblicuo, gaseoso y rimbombante. Los mensajes políticos se mandan por caminos indirectos y nebulosos. El éxito de ciertas publicaciones críticas es, precisamente, servir de canal para los mensajes que se manda entre sí la clase política.

En el habla coloquial, nos empeñamos en usar el doble sentido, en darle vueltas al asunto, como nos enseñó Cantinflas, y en usar formas verbales que denotan la diferencia jerárquica entre los interlocutores. El enredo es el pan nuestro de cada día.

Aunque cada vez somos más groseros para hablar y vamos perdiendo el registro del «tú/usted», pocas veces decimos las cosas como son. Aquí el tonito cuenta. Nos insultamos desde el automóvil, pero en la convivencia ordinaria, nos avergüenza ser claros y contundentes. Médicos y abogados saben a qué me refiero. Los pacientes y los clientes pocas veces se atreven a llamar las cosas por su nombre. Un notario me lo explicaba así: «mis clientes no se atreven a decirme limpia y llanamente que no quieren dejarle nada a sus hijos y yo debo adivinar su verdadero deseo».

En un país así los símbolos son muy decisivos. Como nuestro lenguaje es indirecto, el lenguaje no verbal es clave. Modo de comer, vestir, oler, tipo de gadgets, automóvil, el lugar donde se vive… Todo ello indica mucho. El código postal es, para algunos, la mejor recomendación para un empleo. Por eso somos despilfarradores. Aunque no tengamos para comer, siempre encontraremos la manera de traer un buen celular.

 

LA COBIJA DE LOS POBRES, ¡EL SOL!

El contraste entre la eficacia estadounidense y el barroquismo mexicano se ve claramente en detalle pintoresco. ¿Por qué nadie se vuelve adicto a la lotería de kermés? Fácil: la lotería es el juego de apuestas más impráctico que ha inventado la humanidad. Es bonita y relativamente divertida, pero carece de la eficiencia anglosajona para liberar adrenalina en el jugador, esa garra para atraparte en el vértigo del azar. La lotería tradicional mexicana, a diferencia del bingo, no tiene números, sino dibujitos, que cantamos con nuestra típica picardía e ingenio. Un gritón se encarga de crear adivinanzas o rimas antes de anunciar la carta ganadora, lo cual puede darle una ventaja de fracciones de segundo al jugador más atento. Las jaras, el barril, el sol, el catrín, el árbol, la pera… todas esas hermosas figuras «se cantan». No se vale decir «el camarón» a secas, debemos añadir algún refrán o frase ingeniosa.

Esto de la impráctica lotería se parece a la tan citada recepción de Maximiliano de Habsburgo en la ciudad de México en 1864. Los imperialistas pensaron en los cohetes, la pachanga y los valses para recibir a los emperadores. Pero nadie pensó que en la noche les haría falta una cama sin chinches donde pudieran dormir. Lo cuenta la Condesa Kolonitz, quien acompañó a la pareja en su viaje a México. Maximiliano pasó su primera noche en la capital sobre una mesa de billar. Estábamos en guerra por culpa de un emperador, y la Regencia no previó en una cama limpia.

Más tardo que perezoso, Maximiliano le sacó jugo a este barroquismo mental. Se disfrazó de charro, puso banderitas por doquier y, dicen, comió mole en actos públicos. En fin, demostró que su gobierno podía ser tan hermosamente impráctico como el de cualquier otro mexicano. Era cierto, porque si bien su gestión imperial nos heredó una asombrosa deuda pública, también satisfizo nuestra necesidad inconsciente de pompas, rituales y fanfarrias. Hasta hace unos años, el informe presidencial, abrevando de una nostalgia imperial, era más un espectáculo burlesco antes que un examen de conciencia gubernamental. En las kermeses como en las recepciones de gobierno, los colores saturados y las engorrosas parafernalias marcan nuestra mentalidad. Poco lugar hay para la efectividad, cuando lo que nos importa de veras es cómo se ven las cosas a primera vista.

 

MIEDO A QUEJARNOS

En el fondo, el barroquismo mental consiste en una carencia de frontalidad. El mexicano no ataca las cosas de una vez por todas ni cara a cara. Le da un rodeo al conflicto, se las ingenia para poner soluciones temporales, pero no se va al núcleo del problema. Por eso, entre otros motivos, carecemos de una cultura de la queja. Al contrario de lo que ocurre en otros países, donde el reclamo puede llegar a un punto absurdo, a los mexicanos nos «apena» quejarnos. Consideramos que un defecto en el servicio, por ejemplo, es el statu quo. Nos parece algo violento el quejarnos. Entonces, cuando se trata de un problema más serio, como la situación política, en lugar de hacer una denuncia o ejercer el pensamiento crítico, nos acomodamos resignadamente.

Más allá de los retruécanos cantinflescos, los chiles en nogada o una espectacular arquitectura virreinal, al haber adoptado el barroquismo mental, los mexicanos nos hemos perdido de una capacidad competitiva frente a otras culturas. El rodeo puede ser muy bello en la fachada de un convento, es sumamente espiritual, pero muy pernicioso al intentar construir un proyecto de nación, de solucionar los problemas más serios de nuestra economía. El barroquismo es inclusive pintoresco, simpático para los extranjeros; pero no es un factor benéfico para una sociedad que pretende ser más desarrollada.

Por supuesto, mis consideraciones son generalizaciones; son una reflexión intuitiva, pero no por ello descaminada. Somos un pueblo barroco.

Lotería vs. Bingo. Instrucciones para vivir en México
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