Me han preguntado qué es para mí el éxito; también he tropezado con el tema en algún artículo empresarial. Pienso que toda persona, desde joven, en algunos momentos de su vida, puede cuestionarse si se considera exitosa, pero no sólo en el ámbito profesional. Yo propongo un éxito más integral, que bien podría llamarse plenitud.

A un estudiante, alguien le recomendaba: «Hay que balancear bien tres roles: familia, estudios y relación con el ser superior». Buen consejo; mejor aún si se agregan otros aspectos: salud, trabajo, amistad, ayuda social, cultura, etcétera. Esta tesis resultó muy acorde a lo que un especialista recomendó a una destacada profesionista que le pidió coaching.

 

COMO EL EQUILIBRIO EN UNA BALANZA

Ese «balance» se puede concebir como la integración de los diferentes roles, o como platillos de una balanza de siete u ocho brazos. En nuestra balanza personal, unos platillos son más grandes porque ocupan más horas de nuestro tiempo, por ejemplo, el trabajo. Según las circunstancias que vivimos, algunos platillos pesarán más: un problema serio de salud –propia o de seres queridos–, el apoyo a un amigo o a familiares…

Para cada uno de esos siete u ocho campos es bueno proponernos metas, aunque difícilmente llegaremos a cumplir todas al 100%. Lo importante es tener muy claro en la mente el ranking que damos a cada uno de esos roles y destinar entonces el tiempo y atención proporcional a sus correspondientes actividades. Esa «coherencia de vida» nos dará una gran paz  que difícilmente se perderá. Para lograrlo será muy útil enlistar esas metas y ordenarlas de acuerdo a una objetiva jerarquía de valores.

«A veces, la única manera de que una persona entienda, es cuando sufre una crisis», le oí decir al especialista mencionado. ¿Crisis? Sí: económica, afectiva, de salud, de trabajo, de amistad, de fe, de solidaridad. Por ejemplo, cuando nos ha dominado el egoísmo. Esas crisis en ocasiones pueden ser un «recurso» de ese ser superior para que entendamos que hay conductas y actitudes que nos conviene enmendar.

 

¡YA ES HORA!

Empero, no habría que esperar a que llegaran esas «señales», tendríamos que saber leer los mensajes que pasan por nuestra vida, e incluso buscar «capitalizar» alguna frase o suceso. Por ejemplo, al finalizar una exhortativa exposición sobre mejora personal, el orador –viendo el reloj– dijo: «Ya es hora», y una persona de la audiencia dijo para sí: «Efectivamente. ¡Ya es hora de que cambie y mejore!»

¿A qué nos lleva el concepto de éxito? ¿Por qué no concebirlo como la paz interior que se consigue al actuar de modo congruente con unos sólidos valores? Hemos de empeñarnos en descubrir cuál es nuestra propia misión y, sólo entonces, jerarquizar los platillos de nuestra balanza, los diferentes aspectos de nuestra vida, y vivir día a día en consonancia con esa jerarquía de valores, sin ignorar que en muchas ocasiones requeriremos calibrar si todavía vamos en la dirección correcta.

Poder, con serenidad, decirnos a nosotros mismos, que cada día intentamos hacer lo que considerábamos acorde a esa escala de valores. Amar con obras, no con palabras, correspondiendo a ese amor que se nos prodiga. Sabemos que la certeza de ser amado y amar, hace al ser humano auténticamente feliz.

Cuando la muerte –ineludible, y tal vez inesperadamente–  venga, que me sea factible escuchar de algún modo: bien, siervo bueno y fiel, porque fuiste fiel en lo poco, Yo te daré lo mucho.

 

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