Hace unos meses llegó a mis manos El libro negro de los colores (Cottin, M., y Faría, R. Ediciones Tecolote, 2008). Al principio me pareció un simple objeto curioso, pero pronto descubrí que era mucho más fácil entenderlo con los ojos cerrados y las yemas de los dedos atentas. Sus páginas son de papel negro mate, con texto en braille para invidentes y en gris plata para los videntes. Sus ilustraciones no son dibujos sino texturas con barniz brillante que sólo podemos ver por la diferencia de brillo en el papel. ¡Es un libro para ser tocado! Después, de manera casi inmediata establecí con este libro una relación íntima, reservada tan sólo a las cosas que se acarician. Irremediablemente llegó a mi cabeza la ceguera.

Desde siempre el ser humano ha primado ciertos sentidos sobre otros. No recuerdo ninguna novena sinfonía olorosa, o una capilla sixtina táctil. La tendencia es siempre enmarcar de oropel el espacio y acotar entre silencios el tiempo, dejando los otros sentidos, más etéreos e inconcretos, a un segundo plano. Por supuesto, no se entendería a la rosa sin su olor, ni a la seda sin su tacto, pero configuramos el mundo principalmente a través de la vista y el oído.

No es de extrañar, estos sentidos, vista y oído, nos proyectan. Es decir, mantienen el mundo lejos de nosotros. El resto de los sentidos, olfato, gusto y tacto nos obligan a acercarnos lo suficiente como para implicar cierto riesgo: cuando olemos algo ya está irremediablemente cerca, y llevarlo a la boca para saborearlo implica darle entrada a nuestro cuerpo.

En cambio, cuando tocamos el mundo, éste se extiende muy cerca, a la distancia del brazo, justo en la punta de los dedos. Cuando nos atrevemos a tocar algo es porque ya lo juzgamos seguro a la luz de las cosas que se aparecen, porque pensamos que no va pincharnos ni a quemarnos y lo dejamos acceder a nuestro espacio más íntimo: el que rodea nuestro cuerpo. Tocar el mundo es abrazarlo. Otorgarle las caricias y los gestos que reservamos a lo más preciado. Tocar las cosas es arriesgarse a intimar con ellas. Mientras uno permanece tranquilamente sentando en su atalaya visual, el mundo subsiste allá a lo lejos, como objeto de reflexión, plano e imaginable, seguro y sereno. Tocarlo es entender que lo que le pase al mundo también puede pasarte a ti. Claro, no es algo fácil.

Sin embargo, en la oscuridad las cosas no se ven: se huelen, se oyen, se saborean, se sienten pero sobre todo se tocan. Los ciegos aprenden a vivir en un mundo lleno de peligros, de aristas y objetos candentes; y han descubierto que no es tan terrible, que sí es posible la supervivencia. Mientras esto sucede en la más absoluta oscuridad, los videntes nos sentamos a verlas venir, en lugar de acercarnos. Hemos perdido la capacidad de intimar con ellas. En lugar de abrazar el mundo, frecuentemente nos limitamos a observar cómo acontece.

Los autores del libro, Cottin y Faría, traen una propuesta valiente: un álbum texturizado para invidentes y videntes capaces de abandonar la tranquilidad de la vista para dejarse llevar por sus otros sentidos. Si deciden arriesgarse descubrirán, después de cerrar la última página, que a su alrededor hay otros mundos a los que las personas con visión disminuida no tienen ningún problema en acceder. Sin duda, nos invitan a tocar, escuchar y dejarse sorprender, está en los lectores atreverse a abrazar la realidad e intimar con ella.

 

 

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