Con 112 millones de habitantes, México necesita que su crecimiento económico y de generación de empleos alcance las necesidades de su dinámica poblacional. Se requieren nuevos emprendedores con capacidad innovadora para un auténtico cambio. ¿Será necesario hacer algo distinto para prepararlos y transformar al país?

Según el último censo de población realizado por el INEGI (Instituto Nacional de Estadística y Geografía) en 2010, los mexicanos rebasamos los 112 millones, cifra con la que México se ubica en 11° lugar mundial en lo que a número de habitantes se refiere.

En cuanto al tamaño de nuestra economía, con 1,567 mil millones de dólares de Producto Interno Bruto (PIB), estamos también en la posición número 11. Sin embargo, cuando hablamos del PIB per cápita, México desciende hasta el lugar 84 (con 8,143 dólares anuales), monto incluso por debajo de otras economías en circunstancias similares de desarrollo.

Mucho se discute en México sobre la pobreza y la desigualdad social; surgen especialistas en pobreza («pobretólogos») que señalan con detalle que 40 % de los mexicanos son pobres. No queremos ser pobres, pero siempre encontramos una razón para explicar nuestro destino fatal, ya sea para culpar a los gobiernos, al «vecino del norte» o al villano en turno.

Prácticamente todos los mexicanos contamos con un pariente o amigo que emigró a Estados Unidos tras el sueño americano. El endurecimiento de las leyes migratorias ha vuelto más difícil ese recurso; muchas personas al no poder cruzar la frontera, se quedan a trabajar en las zonas fronterizas; otras, al ser deportados lo más común es que se queden sin recursos para regresar a su lugar de origen.

Estas circunstancias han frenado el flujo hacia el norte. Se escucha un sinnúmero de críticas a esta política migratoria, pero más allá de juzgar si el país vecino tiene razón o no, la urgencia de la situación en México reclama soluciones internas a los problemas propios. ¿Qué pasa en México que no somos capaces de generar oportunidades para los miles de mexicanos que las necesitan?

En los últimos 20 años la economía mexicana ha experimentado un crecimiento del PIB per cápita que ha cambiado la realidad de la nación (figura 1). Aún a pesar de las crisis económicas, como la de 1995, donde el PIB per cápita disminuyó 7%, (un retroceso aproximado de 30 años) e impactó fuertemente el nivel de vida de la población, este indicador sí ha aumentado aunque no en la proporción deseable para un país como México en el contexto de las economías globales, lo que da la sensación de que vamos lento y que las acciones no impactan en la realidad, «el bolsillo» de la sociedad. Es evidente que países como Brasil, Corea o la India han logrado imprimir un dinamismo en su economía por encima del de México (figura 2).

Incluso en los últimos 50 años, se puede decir que el país ha evolucionado de manera positiva, tomando en cuenta indicadores como la disminución de la pobreza alimentaria, de la mortalidad infantil, de la muerte por enfermedades parasitarias, el aumento en la esperanza de vida, el crecimiento en el nivel de escolaridad promedio y en educación superior… que dejan ver la transformación y evolución del país.

Según información publicada por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), de 2000 a 2005, 26 estados de la República presentan una disminución significativa en los niveles de pobreza alimentaria; 23 en los niveles de pobreza de capacidades y 19 en pobreza de patrimonio. El CONEVAL mide la pobreza tomando en cuenta los siguientes indicadores:1

•          Ingreso corriente per cápita

•          Rezago educativo promedio en el hogar

•          Acceso a los servicios de salud

•          Acceso a la seguridad social

•          Calidad y espacio en todas las viviendas

•          Acceso a los servicios básicos en la vivienda

•          Acceso a la alimentación

•          Grado de cohesión social

Con información más reciente del mismo Consejo, entre 2000 y 2008, la pobreza alimentaria se redujo 5.9%, lo cual equivale a 4.2 millones de personas en situación de pobreza alimentaria.

La esperanza de vida, según el Consejo Nacional de Población (CONAPO), durante la década de los años 30, era de 35 años para las mujeres y 33 para los hombres, cifra que se incrementó para 2010 a 78 años para mujeres y de 73 para los hombres.2

A pesar de estos rezagos, la sociedad mexicana pasó de ser una sociedad relativamente pobre a una con cada vez mayores satisfactores, incluyendo aquellos que transforman la forma de vivir y elevan la esperanza de vida al nacer.

Si bien durante los años 70 y 80, el país sorteó periódicas crisis económicas que dañaron el crecimiento, el desarrollo de las personas y la movilidad social, en los últimos quince años se ha alcanzado estabilidad económica pero no se ha logrado construir un modelo de crecimiento constante que utilice a su favor estos indicadores, ni se han dado de forma homogénea entre la población.

La convivencia entre la gente de escasos recursos y los estratos más favorecidos en la dinámica económica provoca tensiones, agravadas en los últimos años e incuba un germen de descomposición social que a su vez ha degenerado en violencia y otros males como el crecimiento de la economía informal, del narcotráfico y de la delincuencia organizada.

Aunque la tendencia apunta hacia la disminución de la desigualdad (ver figura 3), la gran pregunta es: ¿se podrá acelerar el ritmo? Y, si es posible, ¿cómo?

También es evidente que no todos los mexicanos tienen las mismas oportunidades para aprovechar los beneficios de la movilidad social, lo que ahonda la brecha entre las clases sociales. Ver figura 4.

Otros factores que acrecientan esas brechas son los cambios estructurales, tecnológicos y el desarrollo de la economía del conocimiento.

¿DE QUÉ TAMAÑO ES LA NECESIDAD?

Hoy México cuenta con casi 80 millones de personas en edad laboral (mayores de 14 años), de las cuales 94% están ocupadas en alguna actividad económica. El nivel de escolaridad de este porcentaje de mexicanos es el siguiente:

Estudios superiores 18%

Bachillerato   17%

Secundaria    32%

Primaria o menos     34%

Aunque la cobertura de la educación superior es cada vez mayor, todavía un porcentaje considerable de personas carece de formación académica y de herramientas para obtener empleos mejor remunerados.

En México, aproximadamente 2.5 millones de jóvenes estudian en instituciones de educación superior y se incorporan al mercado laboral cerca de 500 mil cada año. Cerca de 3.9 millones estudian bachillerato y alrededor de 800 mil cada año no ingresan a la universidad. Si se suman los 500 mil egresados de estudios superiores más los 800 mil que interrumpen su bachillerato, se necesitan cerca de 1.3 millones de empleos al año, sin tomar en cuenta los rezagos de años anteriores.

Según información de la Secretaria del Trabajo, 2010 fue uno de los mejores años en generación de nuevos empleos formales: 750 mil, resultado de un gran esfuerzo –sería mezquino no reconocerlo– sin embargo, la cifra se queda corta al contrastarla con la necesidad existente.

Seguramente los 750 mil empleos serán para los mejor capacitados, ¿y el resto, las 550 mil personas que requieren incorporarse al mercado laboral qué harán? ¿Quién debe generar estos empleos? No se trata solamente de un deber formal, sino moral. ¿No serán aquellos que tengan mayor capacidad quienes deben buscar la forma no sólo de conseguir empleo, sino además de generar empleo para otros?

¿Cuál es el perfil de los egresados de las instituciones de mayor prestigio en México?, ¿a qué se dedican cuando egresan?; ¿cuántos de ellos deciden fundar nuevas empresas que generen el desarrollo económico e impulsen la creación de nuevos empleos?

EL RETO: EMPRENDIMIENTO DE ALTO IMPACTO

La empresa es el factor que por esencia genera riqueza y empleos. Aunque el discurso político prometa generar más empleos, la realidad es que a lo más que podrán llegar es a proponer las reformas que el país necesita y gestionar la gobernabilidad suficiente para que las empresas inviertan y estén en posibilidades de brindar nuevas posiciones de trabajo.

Demos un vistazo al mapa empresarial de México según los censos económicos de 2009 elaborados por el INEGI (figura 5).

En México 98% de las empresas se consideran PyMES y soportan poco más de 50% del PIB y aproximadamente 72% de los empleos. Esta situación no difiere mucho de lo que sucede en países desarrollados, como en el caso de EUA o en economías de diferente tamaño pero con un grado de desarrollo equivalente, como Chile. En cualquier caso, depende del crecimiento de estas empresas pequeñas y medianas el incremento de las fuentes de trabajo para que puedan también ser mejor pagados.

Así se entiende mejor el esfuerzo de instituciones públicas como la Secretaría de Economía y los organismos oficiales de desarrollo económico estatales y municipales, para instrumentar apoyos para las PyMES, ya que cualquier impacto positivo en este sector redunda en generación de empleos e impulsa la economía nacional.

SE REQUIERE INNOVACIÓN

Pero, como dijimos, México necesita incrementar su ritmo de crecimiento económico y de generación de empleos para cubrir las necesidades de su dinámica poblacional, y las empresas actuales no son capaces de generar, ni los empleos suficientes, ni los salarios adecuados para acelerar la movilidad social. Se requieren nuevas empresas de alto impacto que den paso a una nueva dinámica en la economía mexicana.

Los países desarrollados han fundamentado parte importante de su crecimiento en el desarrollo de la tecnología y la innovación, que en muchos casos surge de sus universidades. La formación de nuevas empresas con alto contenido de innovación y tecnología necesita también del impulso de un ecosistema de innovación que apoye de forma decisiva la creación de nuevas empresas con alto valor.

Integran el ecosistema diversos actores que solo trabajando conjuntamente son capaces de generar las condiciones necesarias para que las nuevas empresas con un modelo de negocio innovador, den sus primeros pasos y logren crecer de forma acelerada para lograr los impactos que México necesita.

Si se forman ecosistemas de innovación en los lugares de menor desarrollo en México, si las universidades hacen su parte impulsando la investigación y el desarrollo, las instancias de gobierno hacen la suya mejorando el marco regulatorio y si las empresas existentes logran aprovechar las ventajas que les puedan dar estos nuevos modelos negocio para incorporarlos a su cadena de valor, siempre habrá capitales dispuestos a invertir.

Dos modificaciones recientes de leyes pondrán las condiciones para impulsar este ecosistema:

1) La figura legal de las Sociedades Anónimas Promotoras de Inversión  (SAPIS) y la formación de fondos de capital privado.

2) La Ley de Ciencia y Tecnología (LFCYT) que en su artículo 40 BIS propone la creación de las Unidades de Vinculación y Transferencia de Conocimiento (UVTC) que permitirán obtener beneficio económico del abundante desarrollo tecnológico que se genera en las universidades mexicanas y que muchas veces no tiene ningún aprovechamiento comercial.

Estas modificaciones de ley abren la puerta al desarrollo de dos elementos vitales del ecosistema: la generación de proyectos de contenido tecnológico que sean los productos innovadores que respondan a las demandas de nuestra sociedad y por otra parte, aportan seguridad jurídica a inversionistas para que apoyen empresas de base tecnológica con un modelo de negocio viable para que puedan crecer.

El desarrollo tecnológico en México también comienza a adoptar buenas prácticas en lo que respecta a la protección a la propiedad intelectual, aunque estamos todavía lejos de lo deseable.

Parece que el gobierno está poniendo su parte con estos avances, si bien faltan las tan esperadas reformas laboral y fiscal, estos ajustes de ley son avances importantes en el sentido correcto. Gobiernos locales e instancias federales destinan actualmente abundantes recursos para apoyar a emprendedores y a PyMES en diferentes rubros: consultoría, capital semilla, asesoría tecnológica, eventos, etcétera.

EMPRENDEDORES DE ALTO IMPACTO

No obstante estas mejoras, no se detonará el crecimiento de nuevas empresas en México sin emprendedores de alto impacto que condensen capacidad innovadora para triunfar en la nueva economía y una gran responsabilidad social para ser factor de cambio. No habrá nuevos emprendedores si quienes tienen el deber de formarlos no hacen su parte. Todos estamos involucrados y tenemos mucho que hacer.

Muchos empresarios actuales se formaron en «la calle», no en las universidades, sin embargo la experiencia en otros países muestra que el alto contenido de innovación y tecnología de los modelos de negocio actual requieren una forma distinta de hacer negocios. Esa innovación y desarrollo tecnológico ya se está generando en las universidades mexicanas, pero falta apuntalar la conexión con el mercado, con las empresas, con los emprendedores y con los inversionistas (Ecosistema de Innovación).

Emprendedores de alto impacto, ¿cuál será su origen o dónde se formarán? ¿Será posible que ya estén entre nosotros los Bill Gates o los Steve Jobs mexicanos, o que ya hayan nacido los nuevos Carlos Slim, Lorenzo Servitje o Lorenzo Zambrano? Recordemos que somos 112 millones de mexicanos, de los cuales requerimos muchos, muchísimos emprendedores innovadores que puedan colocar a México en el primer mundo en los próximos años.

¿Cuál es el rol de las instituciones mexicanas de educación superior en la formación de emprendedores? ¿Están diseñados los planes de estudios para lograrlo? ¿Están poniendo los medios?

Mi experiencia en algunos comités de fondos de capital privado que invierten en nuevas empresas me lleva a comprobar, con tristeza, que la mayoría de los emprendedores que se acercan a estas alternativas de financiamiento ¡son mexicanos que estudiaron en el extranjero!, ¿qué está pasando en México? ¿Será necesario hacer algo distinto para preparar nuevos emprendedores de alto impacto que puedan transformar al país?

México necesita alternativas de solución que partan de la sociedad. No podemos poner las esperanzas en que cada seis años llegue una solución «casi divina» que reconstruya el país y encauce todos nuestros esfuerzos. Hace más falta organización e inteligencia en muchos líderes sociales, que un caudillo que proponga caminos nuevos. La responsabilidad y tarea de ponerse de acuerdo es de todos los actores involucrados, donde la clave será generar empresas de alto valor que permitan detonar el crecimiento económico.


 

 

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