El miedo, como cualquier pasión, es un movimiento natural y por lo tanto neutral. Ni bueno, ni malo. Beneficioso para huir del mal y para el progreso moral, según el gran Salomón; causa de la cobardía y de la falta de constancia en el ánimo según Julio, vencedor de las Galias (Pralon-Julia).

Se pueden tener miedos ante los caprichos de Zeus, ante el mal genio de Poseidón o a la bomba atómica del malencarado iraní Ahmadineyad. Se puede sentir ese dolorcillo que se extiende por todo el cuerpo y se aloja en el estómago encogiéndolo, haciéndolo pequeño, ante los chamanes o ante la posibilidad real de perder el empleo.

Poca duda hay de que puede ser conveniente. El miedo a una noche toledana nos hace más moderados ante una buena chuleta y unos sabrosos y cargados vinos. El miedo al ceño fruncido de la señora de la casa, y a unos bichos muy simpáticos que se alojan hasta que nos llevan a la tumba, nos aparta de una fiesta demasiado alegre con final incierto.

NI PUSILÁNIME NI VALIENTE

Es preferible ser temido a amado, Maquiavelo dixit. Es el arma preferida de los tiranuelos, especie que pulula por el mundo: presentes en el hogar, encaramados en pequeños y medianos puestos en las empresas, asentados en los gobiernos y en los organismos internacionales. Para ellos, el amor es algo mudable, poco consistente, depende del otro, no de mí y por lo tanto poco seguro.

El miedo es constante, medible por los actos de sumisión y, en buena parte, depende de mis acciones. No estoy seguro de generar amor por más que me esfuerce pero sí soy capaz de generar terror -miedo provocado a otros. Terror a sufrir la ley del hielo en la propia casa, terror a ser desplazado en el trabajo, terror a ser torturado en las cárceles, terror a perder miles de millones de dólares si no disminuyo la población de mi país o bajo los aranceles de los productos agrícolas mientras los ricos europeos y los millonarios norteamericanos los mantienen bien altos.

El hombre, por naturaleza, no es pacífico; tampoco belicoso. Ni perezoso ni ambicioso. Ni pusilánime ni valiente. Es todo a la vez. La educación y el esfuerzo personal harán de ese manojo de pasiones, que le llegan y le golpean, una cosa u otra: valiente o cobarde, magnánimo o apocado, desvergonzado o pudoroso.

TRANQUILIDAD, CLON DE LA FELICIDAD

Aun así, especialmente cuando llega la madurez y el ímpetu juvenil desaparece, el hombre entiende que la felicidad –eso que se escapa como anguilas entre los dedos– tiene un hermano cuasi clónico que se llama tranquilidad. A no ser por enfermedad –paranoicos peleoneros los hay donde quiera que uno vaya– el género humano intenta huir de los problemas, intenta vivir y dejar vivir. Por eso el individuo tiene una gran dosis de mimetismo. Nos gusta ser como los otros. El ser distinto, lo sabemos por experiencia, es desagradable. No es grato ser blanco entre negros, ni protestante entre católicos, menos judío entre musulmanes; peor: pobre entre ricos.

Todos los tiranos saben dos cosas: no nos gusta ser distintos y el que sí lo es, es peligroso porque ha sido capaz de superar el miedo a perder la «tranquilidad» en favor del autorrespeto. No se doblega ni se deja comprar. Sí, ha recibido los elogios colegas, compañeros de secretaría de estado… Ha recibido el honor… a escondidas, pero el diferente ha pagado, está pagando y seguramente pagará cara esa independencia.

En los momentos difíciles, que serán muchos, compañeros y colegas mirarán con indiferencia cómo el «original» cae. Únicamente lo elogiaran en el eventual momento en que haya triunfado y haya derrotado al sátrapa. Hay que hacer a todos iguales. Todos ciudadanos, todos uniformados. Nada de distintivos religiosos ya que son peligrosos, nada de ideas innovadoras que pongan en jaque el poder de mí mismo. Para eso hay que aprovechar el instinto mimético pero ayudándole un poco: asustándole por si alguien se atreve a disentir.

Sí, el amor a la libertad es algo escaso, el miedo frömmiano a ella muy extendido. Pensar con libertad de conciencia es demasiado arriesgado. El cardenal Newman ante una invitación a brindar por el Papa levantó la copa, y con mirada firme dirigiéndose a sus contertulios: «Brindo por el Papa, pero antes por mi conciencia». La libertad se conquista con esfuerzo. Es necesario pensar: no es suficiente aplicar mandamientos, criterios, normas y leyes ante lo asombroso y cambiante de la vida. Es saber que no se tienen todas las respuestas a la carta. Es saber que muchas veces habrá que disentir sin importar las consecuencias. ¡Muchísimo peor todavía! Sabré que soy el único responsable de mis actos. No podré salir con la adolescente cantinela de «yo no quería… pero me lo dijo mi padre, mi jefe, mi confidente, mi esposa, mi dogma…». ¿Ser libre? Sorry, too much.

SE ATORNILLAN LOS RESORTES

¿A quién beneficia el miedo? En principio a los tiranos. Se atornillan los resortes. Se estiran las cuerdas. Se cierran las contraventanas y el silencio se extiende. La espiral silenciosa –Noelle-Neumann– sube y sube en círculos cada vez más amplios hasta formar un cielo de nubarrones negros. Una vez instalada, los rayos de sol ya no pasan. Ya no se ve nada, pero sobre todo ya no se oye nada. Nadie se atreve, y los que se atreven tienen cómodas pensiones pagadas de por vida en los Guantánamos del mundo cuando no en una de las numerosas moradas del más allá.

A veces basta con la indiferencia. Y entonces, el díscolo hijo que quería estudiar filología o filosofía acaba siendo o ingeniero o desheredado, el subordinado expulsado o dejándose sobornar, el militar torturando o siendo torturado, el político mintiendo o volviendo a su oscuro trabajo de burócrata de medio pelo.

Y, entonces, ganan muchos, muchos. Los políticos sin escrúpulos. Los intelectuales que traicionan la defensa de la verdad por unos pesos o unos puestos (Julien Benda). Los empresarios que hacen lucrativos negocios con el hombre-mercancía. Los correveidiles que lucran con la delación bien pagada. Y por supuesto todos los mediocres del mundo unidos que son capaces de adaptarse. Que han vendido su conciencia. Que no les gusta pensar. Que confunden la tranquilidad con la falta de libertad para pensar.

LA POLÍTICA DEL MIEDO Y ESTADOS UNIDOS

Si hubo alguna vez en un lugar lejano y en un tiempo aún más pretérito algo que podía ser el paradigma de la política del miedo, ese monstruo se llamaba comunismo. Pero cayó como castillo de naipes baratos. Otros recogerían la estafeta. Los neocon, agachados, en disposición de listos esperaban con su mano abierta y hacia atrás a que el oso ruso le depositara el madero en su palma. A medida que corrían como posesos gritaban: «Quien no está con nosotros está contra nosotros». Grito únicamente válido en la boca de un Dios-hecho-hombre o de un loco.

Pertrechados en una venerable tradición de respeto a la vida y rechazo a la abominación del destripamiento de bebés nonatos se lanzaron a la conquista de la libertad de Oriente Medio mediante benéficas bazookas, metrallas y bombazos, aderezados con alguna que otra tortura en Abu Gabri. Apoyados en la multisecular política de la libertad de expresión, cuna en la que se meció la pujante Norteamérica del XVIII, pudimos ver las guerras del Golfo a través de la «plural» y única CNN –única porque no hubo otra a la que permitieran transmitir.

Subidos al patriotismo del liberalismo que los vio nacer hicieron gala de la política del disenso para decir que todo aquél que no está de acuerdo es un traidor, un desleal (tesis de Morris Berman y Al Gore).

En el mejor de los casos o, en el peor, se le ignora. Deseosos de transmitir la bondad de la democracia –pues está científicamente demostrado que las democracias son siempre más pacíficas que los estados autoritarios– se lanzaron a una carrera armamentística sin igual en la historia de la pobre humanidad. Y ahí mostraron, una vez más, que los hombres no es que sean «feroces y altaneros y excesivamente belicosos» si no que, todo lo contrario, que somos –sí, también nosotros– «mansos y tímidos y excesivamente pacíficos». Y entonces se comprueba que «El soldado profesional adquiere cada vez más poder a medida que la valentía general de una comunidad disminuye… El militar gana poder civil en la medida de proporción en que el civil pierde las virtudes militares» (Chesterton).

¿LIBERTAD A CAMBIO DE QUÉ?

La política del miedo funciona porque perdimos las virtudes castrenses. Baby It’s Cold Outside (Adam Curtis). Allá, en el aire limpio de la campiña habrá que ejercitar la fortaleza, la posibilidad de no encontrar el camino, ver con los demás y tener que ayudarles a resolver sus problemas, aunque sólo sea para que no nos golpeen como boomerang en el futuro. Demasiado complicado.

No, el aire fresco nos da miedo, preferimos la atmósfera viciada del cuarto cerrado pero seguro, conocemos nuestros bichos y sabemos que matan, pero lentamente y sin dolor. Y nos anestesiamos y callamos. Tenemos seguridad ¿qué más queremos? Para eso levantamos muros y controlamos los aeropuertos y cerramos las universidades a los extranjeros.

Y entonces, los presupuestos militares se disparan; las empresas engordan mientras pacíficamente construyen misiles destructores; los sátrapas de Oriente Medio, «amigos», no son molestados ante la descarada ausencia de derechos humanos en su tierra –los jeques saudíes pueden dormir tranquilos mientras aquellos que se atrevieron a tener una Biblia en su casa están en la cárcel. Eso sí, los neocon tienen siempre la Biblia en la boca y hacen lucrativos negocios con los príncipes. Los extractores de petróleo bombean alegremente el oro negro hacia las arcas occidentales pero siempre con el noble propósito de establecer democracia. Los chinos trabajan catorce o dieciséis horas diarias pero tenemos ipods baratos.

Nosotros somos los salvadores. ¿No lo ven? Hay ántrax y armas químicas y bombas nucleares –Irán se lo pone fácil. ¿Quién sino nosotros? Dad gracias al Altísimo porque no nos dejamos engañar. Estamos dispuestos a defendernos. No somos como Chamberlain que se dejó embaucar por Hitler. Sabemos golpear. Imitando silogísticamente al buen Scoto: conviene, podemos, lo hacemos. Por el beneficio de la humanidad. A cambio, nos darán un poco de su libertad hoy, otro poco mañana. No les diremos que quizá otro poco pasado mañana.

PAGAR SEGURIDAD CON LIBERTAD ES MORTAL

El miedo beneficia a todos los tiranos del mundo… en principio. El miedo genera hijos, empleados y ciudadanos pusilánimes, faltos de criterio y carentes de iniciativa. El ser humano se empobrece y con ellos la familia, la empresa, el país. A corto plazo permite mantener la calma, tener todo bajo control. A largo plazo el ingenio mengua, la capacidad de adaptación disminuye y el colapso llega. Bien lo saben los padres cuando llegan a abuelos y se quedan solos. Bien las empresas que no duran más allá de una generación. Bien los tiranos griegos, los emperadores-dictadores romanos, los burócratas comunistas… Bush y compañeros todavía no se han enterado que la libertad se compra a veces a un precio caro pero que comprar seguridad a cambio de libertad no es caro, es simplemente mortal.

«El militarismo demostró la decadencia de Roma, y demuestra la decadencia de Prusia» (Chesterton). Después llegó Hitler. Paradójicamente los isralíes le hacen el juego a los neocon, otros dirían que los neocon hacen el juego a los israelíes (Mearsheimer y Walt). En cualquier caso quieren comprar seguridad a base de miedo. Y quieren acabar con el terror islamista golpeando con F-17 o asustando con la bomba atómica. Eso sí, ponen el grito en el cielo si Irán quiere una: nosotros sí, ellos no. ¿Se puede ser más cínico? No, no son cínicos, parten de un principio básico: nosotros somos buenos y la tenemos para defendernos, ellos son malos y la utilizarán para atacar. ¿Puede haber alguien que se lo crea?

El miedo no se quita provocando miedo. Por desgracia miles de israelíes y palestinos muertos ya lo comprobaron muy de cerca…

Abuelo: Debemos repartir la tierra (con los palestinos), como el sol y la sombra para que otros compartan el amor

Nieto: ¿Con riesgo de acabar en el mar, muertos?

Abuelo: No hay amor sin riesgos y es difícil decidir cómo deben amar los demás. (Camina sin mí)

BIBLIOGRAFÍA

GORE, AL, El ataque contra la razón: cómo la política del miedo, el secretismo y la fe ciega erosionan la democracia y ponen en peligro a Estados Unidos y al mundo, Debate, México, 2007.

BENDA, JULIÁN, Trahison des Cleros, B.Grasset, Paris, 1975.

BERMAN, MORRIS, Localizar al enemigo: Mito versus realidad en la política exterior de los Estados Unidos, Sexto Piso, México, 2007.

CHESTERTON, G.K., Herejes, Acantilado, Barcelona, 2007.

CURTIS, ADAM, «The Power of Nightmares: The Rise of the Political Fear. Part I: Baby Its Cold Outside», Video producido por la BBC, 2004.

MEARSHEIMER, JOHN J. y WALT, STEPHEN, El lobby israelí, Taurus Ediciones, Madrid, 2007.

MIHAILEANU, RADU, Camina sin mí, Francia, Italia, Israel. 2005. Película.

NOELLE-NEUMANN, ELIZABETH, La espiral del silencio: Opinión pública, Ediciones Paidós Ibérica, Barcelona, 1995.

PRALÓN-JULIA, DOLORES, «Una teoría del miedo en el siglo XVII: el “De Metu…” de Carlos Avendaño» en Criticón n. 23, 1983, pp.35-43.

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