Con sus manos regordetas, el pequeño Moishe de apenas 10 años separa los rollos de la Torah mientras busca nerviosamente una cita. «Espera, espera aquí está» le dice a B.Z. Golberg, director del documental Promesas. Su dedo índice da con el texto, levanta la mirada un instante, vuelve a posarla sobre el escrito y, con voz solemne, lee: «Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios. ¿Lo ves? dice con ojos de triunfo, Dios dio a Abraham esta tierra una vez y, por tanto, es nuestra». Así de sencillo, así de simple: Dios dio Palestina a los judíos y eso no se discute ¿Qué hombre o institución, por importante que sea, tiene derecho a poner en entredicho al Altísimo?

Israel es una democracia: el Parlamento la Knesset y el Primer ministro son elegidos cada cuatro años y cualquier israelí aun los árabes, sean musulmanes o cristianos pueden crear partidos políticos. De hecho hay varios partidos árabes representados en la Knesset.

Los israelíes y los defensores de su Estado están orgullosos de haber formado la única democracia de Oriente medio y, a excepción de Turquía, llevan razón. Si para cualquier occidental «democracia» implica «libertad» e «igualdad de oportunidades», para los judíos el significado es mucho más hondo: su salida del gueto. Fue la Revolución francesa la primera que les permitió, en 1791, dejar su aislamiento a la vez que les dio igualdad jurídica.

¿DEMOCRÁTICO Y CONFESIONAL?

Pero Israel se autodefine como Estado democrático y judío. Es aquí donde se complica dar con la cuadratura del círculo. Para los padres de la democracia moderna, el sistema implicaba secularidad; es decir, el Estado respeta las creencias de sus ciudadanos y no se inmiscuye en sus conciencias.

En principio aunque con frecuentes abusos los estados debían favorecer por igual cualquier tipo de creencia sin discriminar ninguna. Sin embargo Israel, al autodefinirse judío, favorece una religión. «No, eso no es así», dirán los defensores de ese Estado, «el concepto judío no es de tipo religioso sino étnico» [1] . Bien, entonces se podría argumentar que el beneficiario es una etnia concreta en detrimento de las demás. «Puede ser así seguiría nuestro interlocutor, pero en Israel los árabes viven mejor y tienen más oportunidades que en el resto de los países árabes».

La respuesta es convincente por ser cierta en la mayoría de los casos. Aún así, no deja de ser discriminatorio, ya que el Estado israelí favorece la emigración judía y frena la de otras etnias, especialmente si son árabes e, incluso, si fueron expulsados de ese territorio en 1948. «Bien seguiría nuestro amigo, ¿pero qué etnia necesita un Estado para defenderse de la ira de los pueblos? ¿Qué pueblo ha sufrido a lo largo de dos mil años persecuciones sin fin hasta llegar a perder 6 millones de vidas en un holocausto? ¿Qué pasaría si en un futuro los judíos fueran minoría en Israel? Se habría perdido el único sitio donde pueden sentirse totalmente seguros».

Uno podría contestar que el antisemitismo ha disminuido y que los judíos viven pacíficamente en la mayor parte del mundo; aún así, si quien escribe este artículo hubiera perdido a alguno de sus tatarabuelos en los pogroms rusos de finales del XIX, y a casi toda su familia en los campos de concentración nazi, tendría serías dudas para responder a esas preguntas.

Sí, hoy los judíos viven en igualdad de condiciones en Europa, Latinoamérica, Estados Unidos pero, ¿y mañana? «Precisamente por ese mañana que puede volver a tomar tintes dramáticos conviene que el Estado de Israel no pierda su carácter confesional, como salvavidas para los millones de judíos que siguen viviendo en la diáspora», seguiría nuestro interlocutor. Quizá uno pueda o no estar de acuerdo con esa postura, pero definir a Israel como Estado judío, pésele a quien le pese, supone implicaciones religiosas insoslayables.

LA TIERRA: ESPACIO SAGRADO

La historia de Israel es la de una trilogía escribió el intelectual franco-judío André Chouraqui: la de un Dios, la de un pueblo, la de una tierra. Sin considerar estos tres elementos es imposible entender el Estado de Israel, concluye el humanista galo.

¿Existiría hoy el pueblo judío si no se hubiera diferenciado de los demás por su monoteísmo? ¿Hubieran elegido los judíos en el Congreso sionista de 1904 la vuelta a Palestina sin el firme arraigo en sus mentes de las promesas bíblicas, cuando había otras opciones más ventajosas, como Kenia o Argentina? ¿Hubieran arriesgado su dinero, a veces su vida, por volver a una tierra, de no existir el firme convencimiento de que ese pedazo del planeta les pertenecía según las promesas hechas a los profetas?

Dios es quien da sus lotes a los pueblos y fija sus límites así lo entienden varios pasajes bíblicos; Él entregó Canaán a los judíos. Para el gordito Moishe era muy claro y, como él, para millones de judíos. Esa tierra fue habitada por los hebreos desde la llegada de Abraham, hacia el siglo XVIII a.C., hasta el año 70 d.C., cuando Tito, general romano y posterior emperador, acabó con casi todo vestigio judío en Palestina en castigo a una rebelión contra la dominación romana. Empezaba la diáspora más larga sufrida por el pueblo elegido.

Aún así, durante casi dos milenios pocos judíos permanecieron en la tierra de sus padres; primero bajo dominación romana, luego cristiana y, a partir del siglo VII, musulmana. Año tras año, judíos, piadosos o no, rezaban aún lo hacen como un ritornello en el día de Pascua: «el año que viene, en Jerusalén». Sí, era un pueblo exiliado que hablaba mil lenguas y habitaba en todos los confines del planeta, pero su centro siempre era el mismo: Eretz Israel.

La predicación itinerante de los rabinos y la exclusión voluntaria o, en la mayoría de los casos, forzada, hicieron que el judío tuviera conciencia de su singularidad. La creación de los guetos, a principios de la Edad moderna, ayudó a perpetuarla.

La Revolución Francesa, con sus ideales de igualdad, les permitió salir de los guetos e integrarse a la vida social y política como ciudadanos con plenos derechos. Sin embargo, los nuevos beneficios implicaban un peligro difícil de superar: ¿cómo comportarse como los otros sin dejar de ser nosotros?

El ideal mesiánico se diluía; «los Reformados» corriente judía decimonónica declaraban en 1869 que su deseo ya no era la restauración del Estado de Israel y en bastantes comunidades alemanas dejó de rezarse por la vuelta a la tierra prometida. Ya no se consideraban una nación, sino una comunidad religiosa cuya misión era difundir una ética entre todas las naciones.

No faltaron, por otra parte, muchos que se convirtieron a otras religiones, por convicción u oportunismo las familias de Marx y Disraeli; Edith Stein. El pueblo judío, temían algunos, podía desaparecer diluido entre los gentiles.

El antisemitismo feroz de finales del XIX ayudó a revivir el sueño del retorno a la patria bíblica. El Congreso sionista de Basilea de 1904 casi escindió en dos el naciente sionismo político. Los ortodoxos triunfaron: si se necesitaba un Estado, ese sólo podía estar en Palestina. Los judíos no religiosos, que veían en esa opción grandes dificultades, tuvieron que ceder para evitar una división segura en un movimiento incipiente y sin grandes apoyos. La llegada de Hitler al poder convenció incluso a los más recalcitrantes.

COLONIZACIÓN ESTRATÉGICA Y MESIÁNICA

La constitución del Estado de Israel en 1948 era ¡por fin! el cumplimiento de las promesas milenarias. El mismo Ben Gurión, partidario convencido de un Estado laico, decía en 1953: «todos ven la vuelta a Israel como un movimiento mesiánico que cumple la misión de los profetas hebreos de Israel». Sin embargo, en 1948 la obra estaba en peligro.

Gran parte del Israel bíblico estaba en manos de Jordania incluyendo la mitad de Jerusalén y el Muro de las Lamentaciones. La Guerra de los Seis Días 1967 completó la tarea: todo Jerusalén y Palestina, hasta el Jordán, eran del Estado judío. Sólo había un pequeño problema: un millón de palestinos poblaba ese territorio y, por muchos motivos, no se les podía expulsar Lo que sí se podía era iniciar una colonización judía dividiendo el territorio palestino estratégicamente.

Aunque en esa colonización había motivos militares y de recursos el agua del Jordán, los religiosos no eran menores. Muchas de las nuevas comunidades fueron habitadas y lo continúan hoy día por judíos fervorosos que se trasladaron a esas zonas, peligrosas y no muy agradables, con el único propósito de acelerar el cumplimiento de las profecías mesiánicas ligadas a la tradición judía.

La visión mesiánica está en la mente de muchos judíos, así lo demuestran miles que, abandonando sus tranquilos hogares en países ricos, se lanzan a un futuro incierto. Las familias de Yeshouha y Yael quedaron consternadas cuando estos dejaron sus sosegadas vidas en Baltimore para ir a vivir a Cisjordania en plena segunda intifada. «¿Por qué ahora y por qué no a Tel Aviv?», les preguntaron. La respuesta del matrimonio fue contundente: «Israel nos necesita ahora y en Tel Aviv ya hay muchos judíos».

Sí, Cisjordania sigue presente en la mente de miles de judíos como parte de la tierra prometida y hay que recuperarla físicamente; no basta con tener el control militar, debe ser enteramente poblada por descendientes de Abraham. Para ellos no importa que en la actualidad la habiten más de dos millones de palestinos. Quizá se puedan quedar allí, piensan otros, pero bajo soberanía israelí. Lo que Dios entregó no se puede dejar sin lucha.

EL DILEMA: RECUPERAR O CEDER

A partir de 1967, cuando Israel ocupó Gaza y Cisjordania, la colonización judía ha aumentado cada año hasta llegar a unos 200 mil colonos viviendo entre palestinos. El costo del mantenimiento infraestructura y defensa es enorme, ellos consumen un porcentaje desproporcionado del PNB israelí. Pero eso no importa, las promesas bíblicas se diga o no explícitamenteestán presentes.

Desde hace dos décadas ningún partido en el poder ha podido gobernar solo y ha necesitado de la ayuda de otros. En la mayoría de los casos los grupos religiosos jugaron un papel fundamental en la democracia israelí. Eso implicaba que el presupuesto destinado a esas zonas no podía disminuir.

Sin ir más lejos, las últimas elecciones celebradas en Israel fueron provocadas por la salida del gobierno de los laboristas, quienes se negaron a aprobar un presupuesto que concedía demasiado a las colonias judías en Gaza y Cisjordania. Ariel Sharon estaba en un dilema: si no daba ese dinero a las colonias cisjordanas, los partidos religiosos le retirarían su apoyo y, si lo otorgaba, los laboristas lo abandonarían. En cualquier caso era necesario convocar a nuevas elecciones.

Cierto, en las declaraciones oficiales será difícil encontrar un argumento bíblico en la decisión de seguir con la colonización en Gaza y Cisjordania. Sin embargo, basta abrir la página web de la Secretaría de Asuntos Exteriores israelí para ver que el gobierno no está exento de esa visión.

En la sección dedicada a historia, el primer mapa que aparece es de la época salomónica cuando Israel llegó a su máxima extensión superpuesto al actual que incluye las zonas ocupadas de Cisjordania y Gaza y cuya extensión es menor al de Salomón. El mensaje es claro: estamos en nuestra tierra, en la tierra de nuestros antepasados y, si hay que ceder algo, ya lo hicimos. Parece que el mapa dice: «Ya dimos mucho, ¿quieren que cedamos más?».

LA TRES VECES SANTA

Melquisedech, rey-sacerdote de Salem, ofreció el pan y el vino a Abraham en el monte Moria. En ese mismo lugar, según la tradición judía, Abraham iba a sacrificar a Isaac. Y allí, Salomón edificó el primer Templo de Jerusalén, donde se guardarían durante siglos las tablas de la Ley que Dios entregó a Moisés en el Sinaí. Allí predicó y paseó Jesucristo pocos años antes de que Tito arrasara el Templo.

Poco quedó en pie: un muro que el pueblo judío llama de las Lamentaciones y una gran explanada que recordaba el majestuoso Templo de Salomón, reconstruido en varias ocasiones. Hacia ese templo pidió Mahoma que se dirigieran las oraciones de los musulmanes antes de que cambiara de opinión a favor de La Meca. Según la tradición musulmana, desde ahí Mahoma subió al Cielo. Y también allí, poco después de ser conquistada, los musulmanes construyeron dos mezquitas: la de la Roca y la de Al Qsa.

Sitio único en el mundo por su alcance religioso, Jerusalén ha sido motivo constante de guerra en vez de paz, que es lo que su nombre significa. Católicos contra musulmanes en las Cruzadas; ortodoxos contra católicos; musulmanes contra ortodoxos; judíos contra musulmanes Hoy, después de 3 mil años, el monte Moria aún es causa de conflicto.

Hace un año, en una prestigiada institución educativa del país, se celebró un congreso acerca del conflicto paletino-israelí. Los ponentes, en repetidas ocasiones, afirmaron que no hay un fondo religioso en el problema. En parte es cierto. Cuestiones como el agua, las carreteras, la soberanía, la posibilidad de que los refugiados palestinos vuelvan a Israel, etcétera, son los obstáculos en el camino hacia la paz.

Aún así, la cuestión religiosa es importante. Una avisada participante del congreso preguntó con un poco de malicia: «De acuerdo, en el conflicto no hay motivos religiosos pero entonces ¿por qué uno de los problemas más difíciles de resolver es el tema de Jerusalén?» Simplemente, no hubo respuesta.

Jerusalén no es importante estratégicamente como son los Altos del Golán; no hay agua como en la ribera del Jordán por no tener, no tiene ni aeropuerto. Lo que sí posee es un templo reclamado por musulmanes y judíos. El sueño de muchos de ellos incluso de numerosos cristianos que ayudaron a la emigración judía desde fines del XIX es la reconstrucción del Templo para esperar, según profecías judías y cristianas, la venida del Mesías (segunda para los cristianos, primera para los judíos).

Sin embargo, a ningún gobierno israelí laborista o del Likud se le ha ocurrido poner ni una sola piedra para reconstruirlo. Saben perfectamente que después de la primera piedra, la segunda será un balazo que iniciaría una terrible guerra por parte de los países árabes: sería la excusa perfecta.

Durante todas las guerras que ha librado Israel, incluyendo las dos contra Iraq, en las que no participó pero sí sufrió, el sitio más seguro era el barrio anejo al Templo. Cualquier judío sabe que ningún país árabe, ni siquiera el Iraq de Sadam, sería capaz de atacar esta zona por temor de dañar las mezquitas sobre la explanada.

En términos vitales y para la mentalidad secular occidental es más importante el agua que la religión; una casa donde cobijarse que un Templo para adorar a Dios, la seguridad nacional que la liturgia. Pero la lógica secularizante no siempre funciona.

EN RELIGIÓN NO HAY CONCESIONES

Uno de los escollos más importantes en todas y cada una de las rondas de negociación entre palestinos y judíos ha sido siempre Jerusalén. En la casa de descanso presidencial de Estados Unidos en Campo David a principios del año 2000 el entonces premier israelí Ehud Barak prometió al líder palestino Yasser Arafat que le permitiría establecer su capital en Jerusalén Este.

Al conocerse la noticia en Israel, muchos de los que apoyaban a Barak lo abandonaron y se vio obligado a dimitir poco después. La segunda intifada inició el 28 de septiembre de ese año. A Sharon, entonces candidato del Likud para ocupar el puesto de Primer ministro, se le ocurrió pasearse por la explanada del Templo, donde están las dos mezquitas. Ese acto fue considerado una provocación es difícil pensar en otra cosa y Sharon, cabe poca duda, lo hizo con esa intención. Dio donde más podía dolerles a los musulmanes de todo el mundo. El estallido de la intifada favoreció su llegada al poder en febrero de 2001.

Es posible que sesudos intelectuales digan que el problema no es religioso. Más complicado es convencer a muchos palestinos e israelíes de lo contrario. Simon Peres ex Primer ministro y en varias ocasiones Secretario de Exteriores de Israel lo sabía muy bien cuando, en un discurso pronunciado en Estados Unidos, afirmó que era posible hacer concesiones pero que si se habla de cuestiones relacionadas con la religión, como en el caso de Jerusalén, la razón funciona de otra forma y alcanzar acuerdos se complica. En el citado documental Promesas queda claro.

Si el pequeño Moishe defiende la posesión de la tierra como algo dado por Dios, Muhamad, otro niño pero musulmán, alega la posesión del Templo porque es parte de su tradición: allí, Mahoma subió al Cielo, ¿cómo pensar que esa explanada, sobre la que yacía el tercer lugar más santo para los musulmanes, fuera para quienes no creen en Alá? Los niños no mienten, repiten lo que escuchan a sus mayores.

LA LEY DEL RETORNO: ¿CIVIL O RELIGIOSA?

En 1950 la Knesset aprobó la Ley del Retorno. Según ella, todo judío que demostrara serlo podía conseguir la ciudadanía israelí si se instalaba en ese país. En principio, la ley es de carácter civil, ya que al supuesto candidato no se le impone practicar ninguna religión. Pero la cosa no es tan sencilla. En primer lugar, porque se abre la puerta para que un gentil, goyim, pueda convertirse. Ahí empiezan los líos.

Teóricamente, un judío lo es cuando es hijo de madre judía; demostrado eso no habría obstáculos para quien deseara acogerse a la ley, independientemente de si practica la religión o no; es decir, la ley es étnica, no religiosa. Pero a su amparo, si un gentil se convierte, adquiere también el derecho a volver y por tanto la norma toma un cariz religioso. Ahora, la cuestión es saber bajo qué rama del judaísmo se convirtió, ya que las distintas ramas no reconocen las conversiones de las otras. Además, muchos gentiles que viven en Israel se están convirtiendo al judaísmo sólo por conseguir la nacionalidad.

Para evitar ese abuso, el Parlamento aprobó otra ley según la cual los conversos en Israel no pueden acceder a la ciudadanía; sin embargo, varias ramas judaicas consideran válidas, únicamente, las conversiones realizadas en territorio israelí.

Al fin y al cabo, lo que está en discusión es la esencia del ser «judío». Si sólo es un concepto étnico, entonces todos los conversos quedarían fuera de la ley. Si, por el contrario, es religioso, entonces el Estado difícilmente se puede considerar a sí mismo laico. Por si fuera poco, los judíos no practicantes que viven fuera de Israel no se podrían acoger a ella.

El galimatías es tal que no extraña que la interpretación de esa norma sea la que más quebraderos de cabeza ha dado a parlamentarios y responsables de aprobar las peticiones ciudadanas.

Pero al margen de considerar al judío desde la óptica religiosa como hacen los observantes o desde el punto de vista étnico, es discriminatorio para otro tipo de etnias o creencias; por ejemplo, el caso de un hijo de judía converso al catolicismo, a quien se le negó la nacionalidad por el hecho de ser católico. Se puede ser ateo, pero no convertirse a otra religión.

Además, no deja de ser chocante que un árabe que abandonó casa y tierras en 1948 por expulsión o propia voluntad no pueda acceder a la nacionalidad israelí y un judío radicado en Pennsylvania la obtenga fácilmente.

VIVIR EN LA AMBIGÜEDAD

Se podrían dar estos y otros muchos argumentos contra una ley claramente discriminatoria. Pero el simple hecho de hacerlo notar no soluciona nada; el problema es mucho más complejo.

Los judíos son perfectamente conscientes del costo de vivir entre los gentiles: por fin consiguen un Estado propio donde no son discriminados y no quieren perderlo. Actualmente viven en Israel unos 5 millones de judíos y casi un millón de árabes nacionalizados sin contar los que habitan Cisjordania y Gaza que carecen de esa ciudadanía.

Por otro lado, la natalidad es muy baja entre judíos y muy alta entre árabes. El aumento de población judía en Israel proviene mayoritariamente de la emigración de otros países, aunque está bajando desde hace una década.

Así las cosas y pensando a largo plazo, o se estimula la emigración judía y se evita toda la que no sea semita, o el único Estado judío del mundo podría peligrar dentro de unos decenios. Eso lo saben tanto laicos como religiosos y, por eso, a pesar de todas las posibles contradicciones de la Ley del Retorno, nadie está dispuesto a modificarla sustancialmente.

El Estado democrático y judío se encuentra ante un dilema difícil de resolver. Como señala Michel Warschawski, reconocido intelectual judío-israelí, la cuestión es la siguiente: o se hace más democrático y, por ende, cambia la Ley del Retorno o, por el contrario, reafirma su carácter judío y aumenta los ya altos privilegios de las comunidades ortodoxas. Una tercera salida, y es la que aparentemente se tomará, sería seguir en la ambigüedad. La solución no es fácil y un pequeño tropiezo en ese terreno podría costar demasiado.

ISRAEL EN JUEGO

Europa occidental lleva siglos luchando por poner a las «dos espadas» en el sitio que les corresponde. Hubo momentos cuando la Iglesia o las iglesias, porque también hay que incluir a las distintas ramas del protestantismo pesaba mucho en las decisiones de la vida civil. En otros, el poder civil atropelló los legítimos derechos de las iglesias.

En los albores del siglo XXI parece que las cosas van por buen camino: cada «espada» se preocupa de su ámbito específico y respeta el de la otra. Pero en Israel el asunto es mucho más complicado: la religión está mezclada con la etnia, es un Estado amenazado perpetuamente y, por si fuera poco, apenas lleva 50 años de existencia y ese tiempo es, para la vida de un país, muy poco.

Sólo el tiempo dirá si la nación israelí es capaz de superar esas contradicciones. En cualquier caso, y sin disculpar la falta de equidad en algunas de sus leyes, no hay que olvidar que la historia siempre pesa y, en este caso concreto, muchísimo.

Lo que es innegable, en honor a la verdad, es que la Biblia sigue siendo determinante y su fuerza afectará en el futuro muchas decisiones de los políticos israelíes, por muy agnósticos que sean y por mucho que deseen hacer un Estado totalmente laico. La pervivencia misma de Israel está en juego.

[1] Los estudioses del Estado de Israel frecuentemente lo denominan como etnocracia

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