Es un lugar común pero no deja de ser verdad decir que los agobios y trabajos de nuestra época no nos dejan tiempo ni humor para el ocio de la reflexión. Vivimos anegados en slogans, en frases hechas, en toneladas de impresos que nos proporcionan materia «pensada», lista para digerirse, que tiende a administrarnos el cerebro y a hipotecar nuestra opinión. Para superar todo esto se necesita esfuerzo y firmeza porque se requiere sacar la cabeza por encima de lo vulgar, por sobre la atmósfera intelectual prefabricada, hacer funcionar nuestro aparato mental y adaptar nuestro modo de actuar a lo que hemos calificado de óptimo.

Gilbert Keith Chesterton es nuestro vecino en el tiempo. Era londinense por sus cuatro costados y vivió en el ambiente de Fleet Street donde se cruzan tantas corrientes de pensamiento. Las condiciones de su época no difieren mucho de las de nuestros días. Y, en este sentido, es ejemplo viviente: tuvo energía para reaccionar contra los errores, humildad para abrirse a la verdad y una contagiosa jovialidad para irla viviendo. Además, enseñó a sus contemporáneos que el cristianismo es ambiente de salud mental. «Se hizo católico por haberse convencido de que el mundo está loco en la medida estricta en que es anticatólico».

A los doce años era un pagano y a los dieciséis un agnóstico hecho y derecho. Antes de los treinta era un cerebro maduro. Dejó los prejuicios a la puerta de su casa y salió a respirar la atmósfera de las verdades que el mundo le ofrecía. Estaba dotado de una extraordinaria dosis de ese sentido común que «depende de cierta aprehensión de largo alcance del estado real de las cosas, una aprehensión lo suficientemente fuerte para resistir a los mil ardides y sofismas de la discusión y de la mala interpretación verbal». En su sensatez, comprendió que «la gente del mundo ignora completamente aún lo que es el mundo y todo lo reduce a unas cuantas máximas cínicas que ni siquiera son verdaderas».

Su trayectoria hacia la conversión y sus ideas sobre el cristianismo y sobre mil otros temas las ha dejado reseñadas en numerosos libros y artículos llenos de paralelismos, con torrentes de ideas que hacen recordar el caudal de temas musicales de Brahms. Su alegría perenne, el humour con el que salpica su obra, su empeño en ver las cosas «desde el otro lado», nos producen la impresión de una corriente de aire fresco de montaña.

El mundo entero habla en verso

La visión del mundo que presentaban los racionalistas, los agnósticos, los deterministas, le parecía una cárcel gris, una esfera de líneas cerradas. El mundo no es eso. Lo sentía enteramente distinto. El mundo no es gris y monótono. Al contrario, es inmensamente bello, lleno de maravillas y colores. «La perplejidad de la vida emana de haber en ella demasiadas cosas interesantes para que podamos interesarnos debidamente en ninguna de ellas. Lo que llamamos su trivialidad es, en efecto, el busilis de innumerables historias; la existencia corriente e insustancial, vacía de sentido, es como diez mil apasionantes novelas detectivescas revueltas con una cuchara». «El mundo entero habla en verso; sólo nosotros, con elaborada ingeniosidad, logramos hablar en prosa».

El verse ciudadano de este mundo le produjo una inmensa alegría y asombro. La vida le parecía «un privilegio excéntrico»; el universo, «una joya única», como al náufrago le parecen los despojos de un naufragio.

Se sentía agradecido, sin saber a quién. «Los niños sienten gratitud cuando San Nicolás colma sus mediecitas de juguetes y bombones. ¿Y no había yo de agradecer a mi santo cuando pusiera, en vez de dulces, un par de maravillosas piernas dentro de mis medias? Agradecemos los cigarros y pantuflas con que nos regalan el día de nuestro cumpleaños. ¿Y a nadie había yo de agradecer ese gran regalo de cumpleaños que es ya de por sí mi nacimiento?».

Chesterton no podía explicarse este cosmos maravilloso por las teorías racionalistas o escépticas de su tiempo, ni por el simple juego determinista de las férreas leyes físicas. ¿Dónde encontrar la respuesta a este misterio?

«Todos los seres humanos han olvidado quiénes son y de dónde vinieron… Ninguno de nosotros se vio nacer; y aunque alguno lo hubiera logrado, eso no habría resuelto el misterio». Esta ignorancia la vía plasmada en una obra meramente humana: los cuentos de hadas. «La esencia del país de las hadas es ésta: que es un estado cuyas leyes ignoramos. Ésta es igualmente la peculiaridad del mundo en que vivimos. No sabemos nada sobre las leyes de la Naturaleza; ni siquiera si son leyes… no sabemos que estas repeticiones naturales de que estamos rodeados son leyes: ni sabemos que sean necesidades. Lo que sí sabemos de ellas es que son fórmulas mágicas… El agua está encantada, y por eso cae siempre hacia abajo. Los pájaros están encantados, y por eso vuelan. El sol está encantado, y por eso brilla». «El reino de las hadas no es más que el luminoso reino del sentido común».

Para el que no está formado en la teología cristiana y para quien las filosofías heterodoxas no dicen nada que valga la pena sobre este misterio, le queda solamente el recurso de expresar que la explicación del cosmos no encaja dentro de ninguno de los panoramas que están a su alcance. ¿Qué tiene de extraño que se recurra a compararlo en su incomprensión a un mundo fantástico?

Es posible que este punto de vista no agrade a todos, pero ¿quién no ve que con él se rompe la neblina gris a través de la cual muchos ven este mundo de Dios?

La verdad que nos enseña el cristianismo efectivamente es incomprensible en el plano natural, y en el sobrenatural sobrepasa la más viva imaginación. En esto salvadas las proporciones se asemeja a las extrañas cosas que suceden en el país de las hadas. Siempre creyó Chesterton que el mundo ocultaba un poder mágico, pero cuando sus emociones infantiles chocaron con los modernos credos científicos, creyó que ocultaba algún mago, y entre tanto no se le ocurrió acordarse de la teología cristiana.

A buscar respuestas

Poco a poco la verdad llegaba a su entendimiento. En una entrevista que GKC concedió después de la publicación de Ortodoxia, manifestó que había tenido y que había vencido casi antes de advertirla la tentación de convertirse en profeta destacando una parte de la verdad y omitiendo lo demás. «Tuvo una visión que constantemente se hacía más amplia y profunda, de la multilateral unidad de la verdad, pero veía que todos los profetas de la época, desde Walt Whitman y Schopenhauer a Wells y Shaw, habían llegado a serlo tomando un aspecto de la verdad y haciendo de él toda la verdad. Es mucho más fácil ver y amplificar una parte, que esforzarse penosamente en abarcar el conjunto».

Su mirada no era de ave de corral sino de águila: «la filosofía es eterna o no es filosofía… decía en la introducción al Libro de Job. Una filosofía cósmica no está construida para ajustarse a un cosmos. Un hombre no puede poseer una religión privada, como no puede tener un Sol y una Luna para su uso particular». Repasó algunas de las herejías de su tiempo y las juzgaba ineptas para resolver los problemas humanos: «Las filosofías ambientes no sólo tienen cierto dejo o vago sabor de manía, sino de manía suicida». Vio que el libre pensamiento está no en su infancia, sino en su vejez y su última caducidad.

Al escepticismo ya no le quedan otras dudas que proponer; ya se ha puesto en duda a sí mismo. «Ya no tenemos más preguntas que formular.

En los más oscuros rincones, en las más solitarias cumbres, las hemos buscado diligentemente. Ya hemos encontrado todas las que había. Dejémonos ya es tiempo de buscar preguntas. Vamos ahora a buscar respuestas».

Libertad o debilidad mental

Se vio impelido a encontrar respuestas que fueran la verdad objetiva, donde pudiera asentar los pies como en una roca. No le interesaban las medias tintas. La inteligencia está hecha para la verdad y no puede contentarse con las transigencias, con el error: «El hombre libre no es aquel que piensa que todas las opiniones son igualmente verdaderas o falsas: eso no es libertad, sino debilidad mental. El hombre libre es aquél que ve los errores con la misma claridad con que ve la verdad».

En otro lugar expresó estas mismas ideas: «El mal de la noción moderna del progreso mental es que siempre guarda relación con las ideas de romper lazos, borrar fronteras, dar de lado dogmas. Pero si ha de haber ese desarrollo mental, tiene que envolver el desarrollo en convicciones más y más definidas, en más y más dogmas. El cerebro humano es una máquina para llegar a conclusiones; si no puede llegar a ellas, es porque está mohoso.

Cuando se nos habla de que un hombre es demasiado listo para creer, se nos está hablando de algo que casi tiene el carácter de contradicción en las propias palabras.

Es lo mismo que si se nos dijera que un clavo es demasiado bueno para fijar una alfombra, o un cerrojo demasiado fuerte para cerrar una puerta… El hombre puede definirse como un animal que hace dogmas. A medida que apila doctrina sobre doctrina y conclusión sobre conclusión para formar algún tremendo proyecto de filosofía y religión, se va convirtiendo en más y más humano, en el único verdadero sentido que puede darse a la frase.

Cuando en un refinado escepticismo abandona una doctrina tras otra, cuando se niega a adherirse a un sistema, cuando dice que posee definiciones sentadas, cuando afirma que no cree en una finalidad, cuando ante su propia imaginación, posa como Dios, no sosteniendo forma ni credo, pero divagando sobre todos, entonces, por ese mismo proceso, se va hundiendo lentamente hacia atrás en la indeterminación de los animales errantes y en la inconsciencia del campo. Los árboles no alientan dogmas. Los nabos son singularmente tolerantes».

Es reveladora la réplica que hizo al novelista Arnold Benett que concedía a Chesterton sólo un aparato intelectual de segunda clase porque era un dogmático: «En realidad existen sólo dos clases de personas: los que aceptan dogmas y lo saben, y los que aceptan dogmas y no lo saben. Mi única ventaja sobre el bien dotado novelista estriba en que pertenezco a la primera clase».

Desarraigar ilusamente

Comprende que el hombre necesita estar ligado en relaciones con Dios. En alguno de sus muchos artículos, tiene una narración fantástica que titula Las raíces del mundo, donde cuenta la historia de un niño que vivía en un jardín y que se empeñó en arrancar de raíz un árbol a pesar de las razones que le daban sus guardianes para no hacerlo.

El niño empezó su tarea de descuajar el árbol. Tiró y tiró. La planta no se movía, pero hizo mayores esfuerzos y, de pronto, vio que mientras hacía esta labor, la chimenea de su casa se caía con estruendo. No obstante esto, prosiguió en su empeño y los desastres siguieron: su casa se cayó, se hundió la mitad de la ciudad.

A pesar de estas calamidades, reunió otros hombres que lo ayudaron en su empeño, porque el árbol no cedía. Siguieron peores infortunios: se hundió parte de la muralla china, se cayó la Torre Eiffel, se derrumbó la estatua de la Libertad, se murieron todos los periodistas de Fleet Street (comenta Chesterton que algunos opinaron que esto último no merecía el nombre de calamidad). Después, la mitad del mundo civilizado vino por tierra, pero el árbol seguía en su sitio.

Al final, el niño reclamó a sus maestros el que no le hubieran dado las dos razones verdaderas por las que no debía tratar de desarraigar el árbol: porque no se podía y porque, si llegaba a intentarlo, estropearía todo lo demás. «Todos aquellos que han tratado, en nombre de la ciencia, de desarraigar la religión concluye, me parecen muy semejantes al niño del jardín.

Los escépticos no consiguen arrancar las raíces del cristianismo, pero sí consiguen arrancar las raíces de las parras y las higueras de todos los hombres, del jardín de todos los hombres y del patio de todos los hombres. Los laicistas no han logrado destruir las cosas divinas, pero han logrado destruir las cosas humanas… los enemigos de la religión no pueden dejarla estar. Intentan laboriosamente aplastarla. No pueden aplastarla pero aplastan todo lo demás».

Como un crujido de alivio

Su conversión se preparó de un modo original: las cosas absurdas que los autores no cristianos y anticristianos atribuían al cristianismo, lo llevaron a verlo como un milagro de equilibrio entre pasiones humanas contrarias, cada una en su sitio. «Encuentro que el pastor cristiano dice tiene que cuidar de ese equilibrio de ideas que, fuera de su sitio, salidas de su cauce, hubieran producido la corrupción del mundo… Las doctrinas hay que definirlas dentro de límites muy estrictos, para que el hombre pueda gozar de libertades generales. La Iglesia ha de ser cuidadosa, para que el hombre pueda ir descuidado».

Si se quiere entender a Chesterton, hay que adentrarse en su Ortodoxia. Ahí se encuentran, como en lingotes, muchas de sus ideas, que sostendría a lo largo de su vida, y la narración de su camino hacia el cristianismo.

Es imposible dar una idea del libro, ni siquiera esquemática, pero vale la pena leer ese pasaje donde cuenta cómo ocurrió «el milagro» que hizo posible que sus propias ideas compaginaran con la teología cristiana: «Parecióme que, desde el día de mi nacimiento, vivía yo desatinado entre dos enormes e inmanejables máquinas, muy distintas entre sí, y sin la menor conexión aparente. El mundo y la tradición cristiana. En la máquina del mundo había yo logrado descubrir este agujero: que es posible, en cierto modo, dar con un medio de amar al mundo sin confiar en él, de amarlo sin ser mundano.

Ahora bien; en la teología cristiana encontré al fin, a manera de perno, este principio fundamental: la insistencia dogmática de que Dios es un ente personal y ha creado un mundo distinto de su propia personalidad.

El perno del dogma entraba exactamente en el agujero descubierto en la máquina del mundo como que sin duda para eso estaba hecho. Y entonces aconteció el milagro. Una vez que las dos máquinas quedaron así conectadas, todas las demás piezas, una tras otra, se fueron aviniendo con fantástica exactitud; y hasta me parecía oír el ruido que iban haciendo todos los engranajes al morder en su sitio justo, con un como crujido de alivio.

Puesta en su lugar una pieza, todas las demás repitieron la exactitud, así como los relojes van dando, casi a una, las doce campanadas del mediodía… Toda la tierra pareció entonces encenderse para iluminar los campos de mi remota infancia: y aquel cúmulo de ciegos caprichos infantiles que (…) he intentado bosquejar entre sombras, súbitamente se aclaró y se justificó.

De modo que no me engañaba yo al suponer que en el rojo intenso de las rosas había cierto don de elección: tratábase, en efecto, de una elección divina. No me engañaba yo al sospechar que era más probable que el color de la hierba fuese una equivocación y no una necesidad, puesto que, en efecto, la hierba pudo haber tenido otro color.

Y mi creencia de que la felicidad pendía del hilo sutilísimo de una condición, no dejaba, en resumidas cuentas, de tener un significado profundo: significaba, nada menos, que la doctrina de la Caída».

Comenzar a vivir

Ya aquí pensaba en cristiano. La conversión formal vendría más tarde. Chesterton mismo enuncia las tres fases por las cuales pasan la mayoría de los conversos y que él también experimentó: «patrocinar a la Iglesia, descubrir a la Iglesia y huir de la Iglesia». «La tercera etapa dice más adelante es quizá la más verdadera y la más terrible.

En ella el hombre intenta no convertirse. Se ha acercado demasiado a la verdad, y ha olvidado que la verdad es un imán con su fuerza de atracción y repulsión… Hasta cierto punto es un temor que acompaña a todas las decisiones agudas e irrevocables… El hombre tiene la misma sensación de haberse comprometido; o de haber sido, en cierto modo, atrapado, aunque esté contento con ello… Si puedo referirme una vez más a la experiencia personal, podría decir, que por mi parte, nunca fui menos turbado por dudas que en la última fase, cuando me turbaban temores… Pero no tuve dudas ni dificultades inmediatamente antes.

Tuve sólo temores; temores de algo que poseía la finalidad y la simplicidad del suicidio. Pero cuanto más lo rechazaba hacia el fondo de mi espíritu, más cierto estaba de lo que era. Y por una paradoja que ahora no me asusta en lo más mínimo, acaso no tenga nunca tan absoluta seguridad de que es cierto como cuando hice mi último esfuerzo para negarlo».

El paso lo dio con gozo. «Convertirse al catolicismo no es abandonar el pensamiento, sino aprender a pensar. Es así exactamente en el mismo sentido que curarse de la parálisis no es dejar de moverse sino aprender a moverse».

Sería injusto terminar esta antología sin hacer algunas referencias a su biografía. Su conversión formal al catolicismo ocurrió en 1922, cuando ya era famoso como escritor y polemista. En ella tuvieron parte algunos amigos suyos: el padre John OConnor cuya personalidad le inspiró la figura del simpático Padre Brown de sus cuentos policiacos, Hilaire Belloc, Maurice Baring y aquél también converso y humorista de buena cepa: Ronald Knox.

Dijo Chesterton alguna vez: «Cuando un hombre ha encontrado algo que prefiere a la vida, entonces es cuando por primera vez comienza a vivir. Se abre en su alma una fuente de poesía de la que nuestras terrenas experiencias no poseen la llave». Todo el regocijo de una conversión está contenido en estas palabras.

Falleció cristianamente el 14 de junio de 1936, con lo que causó comentó Alfonso Junco el único disgusto que dio en su vida.

Califica este artículo
(Visited 46 times, 1 visits today)