La gran diferencia entre el hombre y el animal es la responsabilidad de sus actos. El primero puede responder porque tiene conciencia de ser y no lo determinan sus instintos, en esto consiste su dignidad: gracias a su razón puede responder por sus acciones. Toda acción humana se revierte en perfección, o perjuicio, del hombre mismo y su medio ambiente, ya que percibe las relaciones de dependencia de los seres y su finalidad. Él mismo es consciente de su finitud, y esta conciencia influye en la forma como asume la responsabilidad de su existencia. En efecto, la persona se hace una pregunta que sólo ella es capaz de concebir: ¿qué hacer con mi vida?, ¿con mi vida temporal y finita pero no determinada?

Sin embargo, existe en nuestra naturaleza ¾ aunque no esté determinada¾ una tendencia innata a buscar la felicidad. Esta facultad espiritual la llamamos voluntad y busca siempre el bien en cada acción. Sócrates diferenciaba el bien aparente del bien verdadero, decía que los hombres no son malos: se confunden por su ignorancia, por su falta de conciencia para reflexionar con profundidad e interpretar lo verdaderamente valioso de cada situación. De aquí la importancia que le otorgaba a la educación.

Entregar el corazón

La búsqueda de ideales o valores en el joven surge de la necesidad de realizar su vida con miras a la felicidad. Ya lo decía Ortega y Gasset: “La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta en algo, una empresa gloriosa o humilde, un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña pero inexorable, escrita en nuestra conciencia”. Pero cada quien tiene derecho de hacer su vida por sí y para sí, y por eso añadía: “() si esa vida mía, que sólo a mí me importa, si no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin forma”. De aquí surge el concepto de vocación, del latín vocatio que significa llamado: la persona se da cuenta que su vida debe tener una finalidad más allá del simple “pasarlo bien” y de la satisfacción momentánea del éxito. Esto es lo que Víctor Frankl llama voluntad de sentido, es decir, la autotrascendencia: “() el hecho de que en todo momento el ser humano apunta, por encima de sí mismo, hacia algo o hacia un sentido que hay que cumplir. En el servicio a una causa o en el amor a una persona, se realiza el hombre a sí mismo”.

La necesidad de vincularnos espiritualmente a los otros se expresa en la necesidad de amistad, dice Aristóteles en la Ética Nicomaquea: “Absurdo sería, ciertamente, hacer del hombre dichoso un solitario, porque nadie escogería poseer a solas todos los bienes, puesto que el hombre es un ser sociable y nacido para convivir. Así, el hombre feliz tiene también necesidad de amigos”.

El narcisismo, es decir, nuestra actitud de temor y desconfianza hacia los demás, nos encierra en nosotros mismos pensando que la felicidad consiste en nuestra autonomía ¾ no depender de nadie más¾ y en nuestro orgullo de sentirnos autosuficientes. Pero señala Ortega y Gasset: “Contra lo que suele creerse, es la criatura de selección y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente”. Esto es la nobleza. Se define por la exigencia y las obligaciones, no por los privilegios. De ahí el significado de la frase noblesse oblige.

Humildad, exigencia, eternidad

“Noble significa el conocido: se entiende el conocido por todo el mundo, el famoso que se ha dado a conocer sobresaliendo de la masa anónima. Implica un esfuerzo insólito que motivó la fama”. Pero la nobleza significa también humildad. Sólo la persona humilde es consciente de sus limitaciones y está siempre dispuesta a mejorar; aquí está la clave de su grandeza. El que se cree perfecto se cierra a las críticas que podrían ayudarlo y su propia soberbia se convierte en su peor enemigo; el sentirse dios lo aleja de los demás hombres, al despreciarlos como seres inferiores e imperfectos, corta vínculos con ellos y se condena al peor de los suplicios: la soledad.

Éste es el peor castigo, priva al espíritu de trascendencia y de significado porque el hombre no puede entenderse a sí mismo sin comunicación con los demás; por eso estamos dotados de lenguaje. La universalidad del lenguaje nos indica la necesidad de salir de nuestra particularidad individualista y trascendernos en la comunidad.

Esto no significa perdernos. Somos personas con dignidad propia que se caracterizan por el hecho de tener un yo. Afirma Kierkegaard: “El hombre es un espíritu, el espíritu es el yo. El yo es una relación que se relaciona consigo misma, o dicho de otra manera: es lo que en la relación hace que ésta se relacione consigo misma”. Esto es, que lo característico del hombre es su vida interior, el diálogo que mantenemos siempre con nosotros mismos y que llamamos conciencia.

Únicamente en el hombre la vida se reconoce como conciencia de ser, de devenir, de no conformarse con lo que es y lo que se es, de ser capaz de valorar y de buscar siempre lo mejor, lo óptimo. Pero también, sólo en él se da la conciencia de la temporalidad y el anhelo de eternidad; se reconoce como mortal, y aunque la muerte es un hecho necesario desde el punto de vista general, siempre es una sorpresa y una tragedia desde un enfoque particular. Sin embargo, el destino individual humano carecería de sentido si no fuera por los valores, sobre todo la esperanza y la confianza de un vínculo sagrado que dé sentido de eternidad a todo lo realizado. En efecto, sin esta vinculación la vida sería, en palabras de Kierkegaard, “pura desesperación”. Si bien la condición de nuestro cuerpo es limitada y mortal, nuestro espíritu anhela eternidad; de aquí la importancia del amor, pues sólo por él existe esperanza de eternidad. “Cada uno de nosotros perdurará en el recuerdo, pero siempre en relación a la grandeza de su expectativa: uno alcanzará la grandeza porque esperó lo posible y otro porque esperó lo eterno, pero quien esperó lo imposible, ése es el más grande de todos”.

Fidelidad a los principios

Así pues, la realización de los valores es lo fundamental en la naturaleza humana, y solamente fructifica en los espíritus nobles que poseen conciencia de su humildad. Noble no es el petulante que se cree superior, sino aquel que se exige más que a los demás; exigencia que se dirige a realizar acciones nobles, es decir, valores. El noble es consciente que los valores importan porque, gracias a ellos, encontramos sentido a nuestra vida al salir de la soledad espiritual y vincularnos con amor a la realidad. En efecto, si existe algo que consideramos valioso estamos dispuestos a esforzarnos e incluso a sufrir, si es necesario, para su realización o conservación.

Esa pasión del noble por realizar o conservar valores lo conduce a esforzarse siempre, a tener una disciplina que lo lleva por caminos difíciles, a tomar decisiones que implican riesgos y compromisos que, quizás, la mayoría considerarían locura. Esto es, por ejemplo, lo que significa la figura del Quijote: “Loco estaba () porque no pensaba como el común de las gentes. Loco porque no se acomodaba a la realidad de todos aquéllos cuyos pensamientos jamás habían sobrepasado la altura de sus sombreros”. Pero, continúa el doctor Agustín Basave, don Quijote no se hizo caballero andante por locura, sino por “() amor a la justicia, por llevar el bien a todas partes, por sincera cristiandad, por arrojo a toda prueba”.

Antes de hacerse caballero ya había en él un caballero ingénito, era cuestión de necesidad, de vocación. En otras palabras, su nobleza proviene de su creencia, amor y confianza en su misión: “Yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la dorada o de oro. Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos hechos”.

Esta disposición a enfrentarse a su destino lo hace siempre fiel a sus principios éticos, a llevar adelante su empresa: “Atrevíme, en fin, hice lo que pude, derribáronme y, aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra”.

Su fortaleza es ejemplo de carácter fundamentado en una axiología: se sabe persona, tiene conciencia de su dignidad y responsabilidad, y ello lo motiva a adoptar una actitud comunitaria y cumplir con su deber siendo siempre fiel a su promesa moral. De aquí la importancia en la propia exigencia: si se quiere mejorar, hay que ser objetivo con uno mismo y subjetivo con los demás. La ética comienza con la actitud socrática de no guiarse más que por la propia conciencia porque sólo ésta, y no mi conveniencia, me puede indicar lo que debo hacer, si busco realmente ser yo mismo.

El genio de Cervantes logra comunicarnos, a través de la figura del Quijote, la importancia de llevar una existencia auténtica. La locura de su personaje tal vez se debiera a un exceso de conciencia de la gravedad de la existencia humana. En realidad, se convierte en un arquetipo del hombre: “¡Ay del que no haya tenido alguna idea de don Quijote, ni corrido el riesgo de verse apaleado o ridiculizado por enderezar entuertos!”, su vida queda condenada a la pura desesperación.

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