Conocemos de memoria todos los males que aquejan a la humanidad, los hemos escuchado a diario como música de fondo. En la conferencia de El Cairo se trataron con aires tremendistas y parciales: sobrepoblación, hambre, pobreza, sida La ONU quiso «celebrar» con una reunión el Año Internacional de la Familia. Después de ese negro panorama, lo que hace falta, lo urgente, es escombrar el camino y mirar las posibilidades a futuro partiendo, sí, de esta realidad.

Algo de esto ocurrió en una reunión previa muy diferente, el Primer Congreso Panamericano sobre Familia y Educación celebrado en Monterrey con 2,500 participantes. Voces claras, con curiosidad intelectual y exigencia imaginativa plantearon luchas muy concretas, ideales alcanzables a los que puede aspirar la familia hoy.

No es optimismo ingenuo o necio, es elemental necesidad de sobrevivir en una mundo menos corrupto y mercantil, donde cada persona sea tal y no una raya más en la espeluznante cifra de 5,500 millones de habitantes. Esto no lo pueden lograr la técnica, la economía ni la ONU, sólo la familia.

Recoge esta edición unas cuantas ideas muy pocas con relación a las presentadas que pintan un bosquejo del panorama que se abre para los que nos rebelamos ante el negro futuro de hacinamiento y egoísmo que dibujaron en El Cairo.

«Cuanto más profundas son las raíces del árbol dice Carlos Llano-, más libre se encuentra para resistir el vendaval; al contrario, la arena suelta del desierto, libérrima carencia de ataduras, es esclava de una brisa ligera. Quien no se encuentra dentro de una familia ()es erradicado, voluble, carente de ligaduras, habitante de la nada». Por su parte, Aquilino Polaino subraya el optimismo: «A la educación familiar le sobra petetismo y le falta buen humor, le sobra ese aire de tragedia, que llega a asfixiarla, y le falta el viento fresco y festivo de la comedia, le sobra mucha rutina y cansancio y le falta creatividad y vitalidad juvenil además, cierta dosis de confianza».

Ramón Ibarra insiste «ahora más que nunca tenemos los recursos psicológicos, pedagógicos, tecnológicos que deberían emplearse sistemáticamente para sacar a la familia de su marasmo vital» y David Isaacs da tips para remar contra corriente en este río caudaloso y no angustiarse demasiado, no vaya a ser que nos «contentemos» con poco.

El mayor lastre que arrastramos es quizá el miedo a tender puentes, a buscar en las formas del pasado todo lo que sirve, desempolvarlo y «recibirlo», pero también escudriñar el futuro sin temor, y mezclar todo ello con nuevas actitudes y sueños.

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