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Revista ISTMO
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Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter

Autor: María Pliego
Edición:
Sección: El buen vicio
Formación de la inteligencia, la voluntad y el carácter
Carlos Llano Cifuentes, Santiago Martínez Sáez
Ensayo
Trillas. México, 1999 

 


La perfectibilidad del ser humano apunta a alcanzar su plenitud y a cumplir los deberes que su misión requiere al dominar las tendencias inferiores.

Obra profunda, ordenada y amable de un autor que une el ser filósofo y educador en el auténtico sentido de la palabra. Ya la introducción aclara su objetivo: la formación de la persona que siente, que entiende y que quiere. Facultades que en armónica interrelación dan por resultado el carácter de quien va logrando, con esfuerzo continuo un pensar claro y un querer firme.

INTELIGENCIA, FUELLE QUE ALIMENTA EL ESPÍRITU
El primer capítulo define la inteligencia como facultad matriz del ser humano que se forma cuando aprende a pensar, es lo que le permite comprender lo universal al relacionar lo objetivo con lo subjetivo. Como sucede metafóricamente con la respiración: es el fuelle que alimenta el espíritu partiendo de los sentidos y llega a conceptualizar la realidad para después aplicar esos mismos conocimientos al devenir de los fenómenos sensibles.

Según la obra, el criterio para discernir la verdad de los conocimientos es la evidencia. Discernir los diferentes grados de verdad es una importante etapa de maduración intelectual. Por ello, el autor ejemplifica 21 aseveraciones que van desde un diagnóstico médico, hasta los primeros principios, leyes y verdades metafísicas.

Al referir los estados de la inteligencia define el error y la verdad ?respecto al objeto? y la ignorancia, la duda, la opinión y la certeza ?respecto al sujeto. Esto patentiza la circulación permanente entre la verdad y la conducta, por lo que la presencia de la voluntad se involucra con la actitud cognitiva: tendemos a juzgar como erróneo lo que no quisiéramos que fuese verdadero.

Carlos Llano señala ocho tipos de ignorancia, no obstante no podemos escapar de la responsabilidad que conlleva la libertad. La duda es un género de «ignorancia estructurada»: ante varios caminos, no saber cuál seguir. Afirma que el estado de duda es deficitario y debe superarse porque lleva el riesgo de caer en el inmanentismo, actitud que resulta de no querer o no poder salir de la duda. Sus consecuencias son los relativismos, escepticismos y agnosticismos.

La actitud básica del realismo es la admiración, el asombro que pertenece a otra dimensión de la mente, porque puede llevarnos a la fantasía y al mito. Buena parte de las artes son producto de la fantasía. El arte no sólo permite salir de la realidad, sino trascenderla y hasta completarla. Para mantener la identidad de los pueblos, han de vivirse los mitos, factores de identidad y recursos didácticos para transmitir sentimientos y actitudes del pasado.

El autor sugiere que la opinión es válida cuando se está inseguro, pero no porque la verdad no sea asequible. La voluntad interviene y puede llevar a opiniones equivocadas y carentes de fundamento. Hay asuntos que al ser humano no le cabe saber, pero sí le está permitido estimar. Pertenece a la razón de opinión considerar que lo que se estima como verdadero puede ser en realidad distinto, como el arte, que pertenece a un ámbito subjetivo de opinión.

A juicio del autor, una cuestión rectora para jerarquizar las áreas del pensamiento sigue ahora un camino desviado: técnica, ciencia, ética y humanidades. El orden correcto sería: conocer al hombre para perfeccionarlo y conocer al mundo para transformarlo, sin separar lo que distinguimos, pero sin confundir lo que unimos. Cronológicamente estos cuatro órdenes de la realidad deben trenzarse siguiendo una secuencia helicoidal.

VOLUNTAD, QUEREMOS QUERER
El segundo capítulo «La formación de la voluntad» la ubica como la facultad independiente, inaccesible e inviolable que tiende al bien universal a largo plazo. Dos tipos actuales de determinismo, racionalismo y conductismo se oponen a esta afirmación. La voluntad es causa de sí misma, por lo que educarla significa mantener una reflexibilidad expresa por la que queremos querer.

Sin embargo, entre las facultades aprehensivas y la respuesta volitiva hay una grieta que explica su proceder libre. Puede separarse de lo falso y pernicioso -huir de la tentación- y rodearse de un ambiente intelectual y vivencial que facilite su buen actuar. Cuando esto no sea posible, tendrá que actuar contra corriente y ejercitar el autodominio.

La voluntad puede incentivarse en la autopredisposición y en la autoproposición que Aquino llama persuasión. Por la asociación de imágenes o ideas se puede predisponer a seguir la ley del gusto y a ser sujeto de la manipulación; o bien utilizarlas para cumplir un deber y elegir lo mejor. La causa propositiva puede persuadir a base de razones, o seducir si se trata de la propia persona. Si coinciden aspectos buenos y malos, se pueden resaltar las ventajas y ocultar los inconvenientes, o será mejor habituarse a ver la conveniencia intelectual y ética.

Se considera bien formada una voluntad que es responsable de las consecuencias de sus actos; de las razones de ellos; de realizar su proyecto de vida y de cumplir su destino.

Debido a que la voluntad se automotiva para querer bienes verdaderamente valiosos que la inteligencia le aconseja, la reflexión volitiva acepta lo que el entendimiento le presenta u ordena ejercitar de nuevo su acto de pensar, a lo que el entendimiento no puede negarse.

CARÁCTER,
CULTIVAR LA SENSIBILIDAD
Y ORDENAR LOS SENTIMIENTOS

El tercer capítulo de la obra de Llano tiene que ver con la formación del carácter, que implica el dominio de lo universal -entendimiento y voluntad- sobre lo particular -sentidos y apetitos sensibles. Recomienda estar en guardia contra tres modos de ser: el racionalismo, el voluntarismo y el sentimentalismo, optando por la armonía -no equiparación- de estos elementos. Hay que cultivar la sensibilidad y ordenar los sentimientos, cuestión muy particular, porque la afectividad, la imaginación y los apetitos no están bajo el señorío de la persona.

No dejarse arrastrar por el sentimentalismo implica habituar a la voluntad a actuar inteligentemente, con visión objetiva de lo que somos y debemos ser, teniendo en cuenta que con frecuencia el sentimiento se disfraza de razón. Pedir consejo, desenmascarar disfraces y trascender los sentimientos es el único señorío del que somos capaces.

Otro obstáculo son los prejuicios; confundir el amor -que supone renuncia, entrega y sacrificio- con sensiblerías egoístas; y los sentimientos redundantes que no han de buscarse por sí mismos, porque en ocasiones no hay respuesta.

La familia es el ámbito formativo del carácter. Llano juzga que en nuestra cultura el autodominio define una estructura virtuosa. Los impulsos cuyo dominio es decisivo son: el miedo a perder la vida; la tendencia al placer de comer, de beber y del sexo; y la manifestación del enojo. Al orientarlos y trascenderlos se convierten en actos reflexivos.

Ante el carácter como armonía y dominio, orientación o lucha, el autor prefiere este último. Alcanzar el bien aquieta el apetito espiritual y permite encontrar la paz. Dominar los afectos sensibles no implica huída sino supremacía que se logra con la lucha. Las pasiones son esenciales: sin ellas no habría aventura, empresa, poesía. Pero se requiere un inteligente control de los apetitos.

El carácter como servicio generoso potencia la simpatía. El egoísta que busca su lucimiento, cae mal y trasluce falta de carácter. Desprenderse de los dones, desde no considerarlos como propios en su origen, hasta destinarlos al servicio de los demás, se establece en una escala que va en orden creciente desde los temporales a los naturales, sensuales y morales. El autor hace un análisis a la vez clásico y moderno de una serie de virtudes interrelacionables en diversos ámbitos hasta dedicar un espacio a la síntesis de las virtudes propias de quien dirige.

Valiéndose de un estudio realizado a mil 155 directores, sorprende con resultados que dan prioridad a los aspectos intelectuales más que a los volitivos y un exiguo valor a la humildad, que es fundamental para la primera actividad directiva: «el diagnóstico». La decisión requiere del ejercicio de la magnanimidad y la audacia. El mando, de la constancia, la confianza en los demás y la fortaleza. Son páginas extraordinarias por su claridad y su conocimiento profundo de las personas y las tareas.

El libro manifiesta un realismo optimista: adquirir las virtudes requiere de la voluntad propia y de la ayuda externa: «confiar en alguien al cual pedir consejo y del cual recibir ánimo».

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