Los últimos años se había insistido en la influencia creciente del cine norteamericano en el festival. Algunos hablaban de «imperialismo», otros de «hegemonía». Y todos evocaban el combate desigual entre el gigante hollywoodiano y el cada vez más modesto cine europeo, descrito a menudo como agonizante.
El resultado de estos escarceos oratorios fue, en el 46 Festival Internacional del Film de Cannes, un retorno masivo del cine europeo frente a una representación más bien discreta del norteamericano. Esta inversión de fuerzas sólo se tradujo parcialmente en el Palmarés. El jurado presidido por Louis Malle se inclinó en sus premios fundamentales por cinematografías lejanas en realidad o apariencia. Se esperaba a Europa, pero son chinos y neozelandeses quienes se llevaron las Palmas de Oro, dobladas esta vez no es la primera para complacer a todo el mundo. Del lado europeo, británicos y alemanes consiguieron recompensas notables, mientras Italia y Francia se contentaron con participar. Una «desgracia» que compartieron con los norteamericanos, también ausentes del Palmarés. Con todo, del otro lado del Atlántico no dominó el rencor. Hollywood envió sus estrellas más fulgurantes de Michael Douglas a Robert de Niro, pasando por esa página de historia llamada Liz Taylor.La lucha contra el sida, bajo patrocinio también norteamericano, ocupó una jornada entera del Festival y desde la Croisette fue imposible mirar hacia el Mediterráneo sin descubrir la gigantesca silueta de Arnold Schwarzenegger.
Al abordar las líneas generales de este competitivo Festival, es preciso señalar las ausencias. La de América Latina no es desgraciadamente una novedad; más llamativa fue la de la hasta hace poco considerada como «Europa del Este». Sólo una película rusa Douba-Douba de Alexandre Khvan, para representar al mundo excomunista. Una primera cinta, rápidamente enterrada por la crítica, pero que merecía más atención por mostrar la desorientación general de unas cinematografías que, en época de crisis, no han conseguido reemplazar el cine estatal por empresas comercialmente viables. Todo lo que se hace al Este son co-producciones, en el mejor de los casos destinadas a la exportación.
Antes de entrar en el análisis detallado, interesa poner de relieve una característica de este Festival: los occidentales hablaron en presente, en términos de actualidad a menudo sumamente crítica, mientras que las grandes películas venidas de horizontes lejanos, se esforzaron en revivir la historia del último medio siglo. Del lado de China y Taiwan el fenómeno fue evidente.
Señalemos finalmente las inevitables presencias injustificadas en la selección oficial competitiva. Difícil acusar al Delegado General, Gilles Jacob, de pereza, puesto que afirma haber visto 663 películas para la selección oficial. Con todo, podemos preguntamos si obras como Broken Highway de Laurie McInnes (Australia), Splitting Heirs de Robert Young (Gran Bretaña), Friends de Elaine Proctor (Africa del Sur) o Body Snatchers de Abel Ferrara (Estados Unidos), merecían entrar. El hecho de que dos de estas obras fueran primeras películas, firmadas por mujeres, no justificó la entrada en una «selección» que debe reunir lo más importante del cine mundial. Sin duda estas películas presentan, cada una a su manera, cierto interés, pero su lugar se justificaría más en Un certain regard. Añadamos que por el contrario, obras presentadas en esta sección como L’odeur de la papaya verte (premiada con la Cámara de Oro que recompensa una primera película) del vietnamita Tran Anh Hung tenían su lugar en la sección competitiva.
Dos estrellas francesas: inauguración y clausura
El Festival tiene una debilidad por las grandes estrellas. Quizá por esta razón, Cannes 93 había apostado por Catherine Deneuve e lsabelle Adjani para abrir y cerrar el Festival con Masaison préférée de André Téchiné y Toxic Affaire de Philomène Esposito.
La segunda obra lo mejor es olvidarla cuanto antes. Los críticos de Cannes dejaban traslucir sentimientos casi homicidas hacia una película-pretexto que ilustró el retorno de lsabelle Adjani después de tres años de ausencia. Esta cinta ligera y sin pretensiones sólo podía sacar de Cannes una lista de adjetivos injuriosos por parte de una crítica ya fatigada por doce días de Festival.
La película de Téchiné merece mayor atención. Catherine Deneuve encontró un papel más sutil que el de llorona neurótica de Adjani. Ma saison préférée representa una cierta griffe de calidad francesa. Película exclusivamente psicológica, con análisis detallados de «estados de ánimo» no siempre evidentes. Paradójicamente, la película adolece del mismo defecto de base que el de Esposito: construir una historia para unos determinados actores. La génesis de esta película hay que buscarla en el deseo de André Téchiné de reunir a Catherine Deneuve y Daniel Auteuil. Para escapar a la historia de amor trivial, Téchiné hizo de Deneuve y Auteuil dos hermanos unidos por lazos apasionados y conflictivos, que se ven con ocasión de la enfermedad de la madre. El duelo de actores no deja de ser interesante, pero es difícil no darse cuenta que los otros personajes de la historia carecen de la más mínima consistencia.
En conexión directa con la actualidad
La actualidad de ciertas películas se corroboró por los sucesos políticos de los últimos días. Bastaba encender la televisión para darse cuenta de que Ricky Tognazzi en La Scorta no inventaba nada. El guión de Graziano Diana y Simona Izzo se inspira en hechos reales, mientras que la realización de Ricky Tognazzi puede provenir de una doble influencia: las películas policíacas norteamericanas y las cintas políticas italianas de los sesenta. La obra es eficaz e incluso deja una cierta duda de la explotación demasiado fácil de ciertos tópicos sobre la complicidad entre la mafia y los políticos.
Del lado británico, la actualidad adquiere perfiles diferentes, más sociales o, si se prefiere, sociológicos, Mike Leigh en Naked (premio a la Mejor Dirección) se interesa por el destino de Johnny (David Thewlis, Palma al Mejor Actor), joven marginal, sin trabajo ni domicilio fijo que va de Manchester a Londres en busca de una antigua amiga, para encontrar, a su paso, a otros individuos tan perdidos como él. El anti-héroe de Naked, como toda la sociedad británica si creemos a Mike Leigh, corre a su destrucción. La pérdida de valores adquiere un carácter patológico. Sin embargo, Leigh trata este mundo de pesadilla con cierto humor que produce momentos felices.
Ken Loach en Raining stones (Premio del Jurado, compartido con El maestro de marionetas), aborda también el problema del desempleo. Los héroes de esta obra, Bob y Tommy, católicos de Manchester, roban un cordero para hacer frente a sus necesidades vitales. Todo ello conducirá a peligrosas aventuras de las que escaparán gracias a los consejos del cura de la parroquia.
Loach continúa su vena populista. Los actores han sido reclutados en la región y a veces no olvida sus orígenes de documentalista. Quizá a causa de la edad, Ken Loach no desea hacer una obra amarga y desesperanzadora. Su película tiene un final feliz, un poco inesperado. Para ello hace jugar al sacerdote un papel curioso de intérprete privilegiado de una voluntad divina quizá no demasiado ortodoxa.
La realidad inmediata es también la base de la película norteamericana de Schumacher, Falling down. Con frecuencia leemos en los periódicos el caso de quien, en una crisis de locura, dispara sobre ciudadanos en un lugar público. Michael Douglas es aquí el hombre que pierde pie en un mundo en crisis. En medio de un embotellamiento en Los Angeles, abandona su coche. Su objetivo es visitar a su esposa, de la que está separado, y a su hija. En el camino encuentra la violencia que él mismo empleará en un crescendo de actos sangrientos. Del otro lado de la ciudad, un policía sagaz (Robert Duvall) comprende que entre los actos violentos hay una relación. Todo se organiza para evitar que el loco furioso cause daño a su propia familia.
Si Duvall asume, con su policía, el papel de «héroe positivo», Michael Douglas no es su antítesis total. Su personaje es agresor y agredido en una sociedad de crisis generalizada. En todo caso, el cine norteamericano prueba una vez más su capacidad de ofrecer un relato espectacular en el que la tensión dramática no recae un solo instante. Añadamos que Douglas fue el favorito para el Premio al Mejor Actor.
La defensa de las causas nobles
Las películas políticas han sido raras este año en Cannes. L’homme sur le quais del haitiano Raoul Peck es una de ellas; evoca la represión bajo el régimen de Duvalier. Relato en principio simple, visto a través de los ojos de una niña. Quizá la presencia en competición de esta película era excesiva, como la de Friends, de Elaine Proctor, que aborda los problemas de Africa del Sur. La cinta describe la amistad entre tres mujeres. Los actos terroristas de una de ellas, causan dos víctimas. Ello produce una crisis profunda en el grupo, que se superará en las últimas imágenes de la película, con la supresión del apartheid.
Opresión y represión son los temas de la última película de Alain Cavalier, Libera me, un título en latín que, como ha explicado su autor, expresa el carácter universal de sus intenciones. Esta obra de Cavalier, después del enorme éxito de Thérèse, era esperada con curiosidad pues se sabía sin diálogos ni música. En la pantalla, este nuevo ejercicio de estilo, que va en la sobriedad mucho más lejos que Thérèse, no ha convencido a todos. Se trata de saber qué es lo que Cavalier buscaba: su obra es un verdadero «ensayo», a medio camino entre la fotografía y el cine más cerca de la primera. Estamos ante una especie de «oratorio» de imágenes evocadoras de situaciones concretas que no necesitan explicaciones complementarias. Quizá el error reside en que Cavalier no renuncia completamente a «contar una historia», propósito que va contra la intención general de la película que debía funcionar como simple mecanismo de asociación de ideas a través de la imagen.
La actualidad política ha inspirado también en cierta medida la última película de Wim Wenders, In weiter Ferne, so nah! (Gran Premio del Jurado). La mejor prueba de ello es la presencia de Mijail Gorbachov, interpretando su propio papel y revelando a su ángel, pensamientos profundos sobre la tarea de los políticos. La nueva película de Wenders es continuación de Der Himmel über Berlin, realizada en 1987 y que ya trataba de los ángeles en la capital del antiguo Reich. Hoy, Wenders desea dar un contenido más sólido. Las referencias a Dios son más explícitas, el llamamiento a construir un mundo sobre el amor y la solidaridad es más acuciante. Es preciso liberar al hombre moderno de los espejismos de una civilización basada únicamente en las apariencias.
Con todo In weiter Ferne, So nah! no se presenta como pura divagación filosófica, ni como lección de moral, el relato va de la fábula a la película policiaca, pasando por la metáfora simbólica. Quizá hay demasiadas cosas en esta obra en la que el cineasta alemán prueba una vez más la riqueza de su inspiración, tanto en el terreno cinematográfico como en el moral.
Intermedio lúdico y retomo al pasado
Escribíamos más arriba que Cannes 93 se ha repartido entre la actualidad y el pasado; con algunas obras más intemporales que no sería justo olvidar. Así, Frauds, del australiano Stephan Elliott, constituye un apasionante suspense cómico. Es difícil resumir esta obra, llena de ingenio y sorpresas, en la que una pareja será la víctima de un agente de seguros con intenciones no claras (el cantante Phil Collins). En todo caso, Sthepan Elliott, que tiene la insolencia de sus treinta años, representa con su primera película, una nueva generación en Cannes, dispuesta al relevo de los grandes maestros.
Remontar el curso de la historia ha preocupado siempre a un grupo de cineastas. La investigación histórica más curiosa fue la del italiano Pupi Avati en su Magnificat, que revive la vida cotidiana en una región indefinida de los Apeninos, la Semana Santa del año de 926. Todo se organiza en tomo al monasterio de la Visitación al que llegan, por diversas razones, los más variados personajes. La obra, muy interesante desde el punto de vista formal, no deja de poseer una cierta ambigüedad, precisamente en la medida en la que sus personajes no encuentran una respuesta a sus interrogantes sobrenaturales. Pupi Avati parece decirnos que el hombre moderno necesita de esta dimensión espiritual; sin embargo, el ejemplo arcaico que nos muestra no parece que pueda servirla.
La historia es también la base de la película francesa Louis, enfant Roi, de Roger Planchon, que en cerca de tres horas cuenta la infancia de Luis XIV, bajo la vigilancia de su madre, la española Ana de Austria (Carmen Maura) y del cardenal Mazarino (Paolo Gaziosi). Planchon, es un hombre de teatro que ha trabajado obras históricas de Shakespeare. Su película es un gran fresco confuso, debido al gran número de personajes y a la complejidad de la época la Guerra de la Fronda que no sedujo a la critica en Cannes. El principal reproche a esta obra sin duda ambiciosa, es un auténtico desprecio por la verdadera historia, al inventar episodios sin ningún fundamento.
La historia está presente también en la película de los hermanos Paolo y VittorioTaviani, Fiorile. Nos dicen, a su manera, que las grandes pasiones, amor y poder, mueven al mundo. El amor representado por el encuentro de una joven toscana con un soldado del ejército de la revolución. El poder, por un cofre lleno de oro, que la familia de la joven se apropia indebidamente y que pesará sobre su descendencia como una maldición. Las dos grandes pasiones perdurarán sin que el paso del tiempo cambie demasiado los términos de esta invariable ecuación.
Sin abandonar Italia podemos aún asistir a otras historias de amor. Las contenidas en la comedia de Shakespeare Much ado about nothing que Kenneth Branagh rodó en una magnífica propiedad de Toscana. Pasada la hora de la guerra, los nobles que acompañan a don Pedro de Aragón (DenzeI Washington) se interesan en el amor. Así, Claudio se enamora de Hero, mientras Benedict (Brannagh) muestra una aversión superficial por Beatrice (Emma Thompson). Numerosos complots y estratagemas servirán para complicar las situaciones hasta el evidente final feliz. Kenneth Brannagh que ya había adaptado al cine Enrique V juega como de costumbre la carta de la fidelidad al texto. Ello no le dispensa de numerosos hallazgos visuales para dar a sus imágenes la misma gracia y ligereza del texto original.
La reconstitución de una época la Gran Depresión constituye también el eje de la adaptación a la pantalla de King of the hill, obra autobiográfica de A.E. Hotchner, realizada por Steven Soderbergh. El autor de Sex, lies and videotape está decidido a escapar a la imagen que su primera película Palma de Oro en Cannes 89 había producido. Ya su Kafka no tenía nada que ver con los personajes postmodemos de su primera obra. Aún menos los de King of the hill que cuenta las desventuras de un muchacho de doce años (Aron Kurlander) obligado a vivir en Saint Louis, en la habitación de un hotel de segunda clase con toda su familia. Las aventuras de Aron pueden situarse en la gran tradición de Mark Twain, relato nostálgico por el que desfilan numerosos personajes pintorescos. Ni el tema ni su tratamiento son nuevos. Pero Steven Soderbergh habrá probado lo que sin duda deseaba: que es capaz de hacer una película respetando los cánones más estrictos del cine popular norteamericano.
La evocación del pasado es también decisiva en la película francesa de Bartabas, Mazeppa, que interpretan su autor y Miguel Bosé en el papel del pintor romántico Théodore Géricault. Para realizar su cinta, Bartabas imagina un encuentro entre Géricault pintor ecuestre y el director del circo Franconi. Este encuentro no cristaliza en un verdadero guión. Asistimos pues a un espectáculo difícil de definir, a medio camino entre el documental sobre los caballos y las lecciones de iniciación a su ciencia dadas por Franconi a Géricault. El resultado es una obra densa sin verdadera línea dramática, en la que, por otra parte, el espectáculo ecuestre, aun siendo de gran belleza, no es suficiente para justificar una cinta.
The piano de Jane Campion
Jane Campion había realizado hasta ahora dos películas -Sweety y An angel at my table- consideradas como obras minoritarias y difíciles. En su tercera obra, The piano (Palma de Oro compartida con Chen Kaige), la realizadora neozelandesa, establecida en Australia, aborda la producción internacional «a la americana», aunque el financiamiento sea del francés Francis Buygues.
De su lejana Escocia, Ada (Holly Hunter, Premio a la Mejor Actriz) llega a las inhóspitas playas de Nueva Zelanda para compartir la vida con un desconocido (Sam Neil). Estamos en 1852, la condición de la mujer no es privilegiada. Ada, madre de una hija natural de nueve años, es muda; su modo de expresión es la música que toca en un piano difícil de desplazar en la selva. Por esta razón, el piano es abandonado en la playa y guardado por un mestizo (Harvey Keitel) al que el futuro marido de Ada, a cambio de unas tierras, obliga a recibir lecciones de piano.
Las relaciones entre Ada y su discípulo toman rápidamente un derrotero sexual, lo que en una sociedad puritana, tendrá dramáticas consecuencias. Jane Campion asegura que sus personajes del siglo XIX «no están preparados para afrontar los poderes devastadores de las pasiones amorosas». En realidad su tema reclama el espíritu romántico de las hermanas Brönte pero alimentándose de ideas feministas de los últimos veinte años. Ello hace que los elementos eróticos sean determinantes y cobren en la pantalla un lugar excesivo e innecesario para traducir el verdadero drama de la heroína: el descubrimiento de la pasión por un camino diferente del «acuerdo a distancia» que su familia convino.
Es evidente que Jane Campion da a su película el tono lírico-épico de los grandes relatos novelescos, ocultando hábilmente los aspectos melodramáticos de la historia. Esta se integra perfectamente en el paisaje y Stuart Dryburgh obtiene efectos de una gran belleza en la fotografía. La dirección de actores es también de calidad. El trabajo de Holly Hunter jugó un papel decisivo en el éxito de la película en Cannes.
Los grandes frescos históricos de la China
Si cada Festival contiene una revelación, la de 1993 concierne sin duda a la China en sus dos versiones: taiwanesa y continental. Taiwan presentaba Hsimeng rensheng («EI maestro de marionetas», Premio del Jurado compartido con Ken Loach) de Huo Hsiao Hsien. La historia de un hombre real, Li Tien Lu, marionetista célebre, que cuenta su vida, más de ochenta años de historia de su país, en particular varias décadas de ocupación japonesa.
El estilo de Huo Hsiao Hsien es sumamente personal. Su relato se compone de largas consecuencias, tomadas la mayoría de las veces en un solo plano, en que se desarrollan los episodios de su larga historia. Su cine, de gran belleza formal, se impone lentamente con una sobriedad de medios impresionante. Ello no impide que el público occidental tenga dificultad para adaptarse a la forma de contar del realizador taiwanés.
Chen Kaige sigue un camino semejante -el del gran fresco histórico-, centrado en un espectáculo -la Opera de Pekín-, pero su forma de filmar es completamente diferente. Bawang bieji («Adiós mi concubina», Palma de Oro compartida con Jane Campion), es el título de una famosa obra del repertorio de la Opera de Pekín, así como el del film de Kaige. Se trata de la adaptación, enriquecida con nuevos elementos, de la novela de Lilian Lee, publicada en 1985.
La historia va de los años 20 a 1977, en que la Opera de Pekín fue rehabilitada después de la revolución cultural. Para comprender la historia hay que saber que en la Opera de Pekín los papeles femeninos son interpretados por hombres, en cierto modo empujados a adquirir una segunda naturaleza femenina. La película de Kaige cuenta, desde la infancia, la historia de dos actores, Dieyi y Xialou. Para el primero, la fraternidad que les une será desviada en pasión amorosa, que nunca obtendrá respuesta ya que Xailou se casará con Juxian. Entre estos tres personajes se crean lazos complejos que pronto serán puestos en evidencia por los acontecimientos dramáticos por los que atraviesa el país: la ocupación japonesa, la instalación del régimen del Kuo Mintang y, finalmente, los avatares del régimen comunista.
La homosexualidad no es el tema central de la obra de Chen Kaige, que no contiene, por otra parte, imágenes chocantes. Los destinos personales de los héroes están a merced de la gran historia. Son los acontecimientos los que determinarán sus reacciones: actos heróicos o grandes traiciones. Chen Kaige presenta a través de sus personajes el proceso de los sucesos que han agitado China durante medio siglo.
Bawang bieji es una obra monumental de cerca de tres horas en las que cada episodio contiene una fuerza particular. Kaige ha recreado en los Estudios de Pekín los principales lugares de la acción, animándolos con una vida desbordante, un sentido acabado del movimiento, de la intriga dramática y de la belleza formal. Los que hemos seguido en los últimos años su carrera ya sabíamos que Chen Kaige era un gran cineasta. Después de su última película su nombre aparece no sólo como el número uno del cine chino, sino como uno de los más grandes realizadores de nuestra época.